La mujer de los montes #2
—Padre, si yo no la prendo, el lunes la prende el tribunal y se la lleva a un sitio del que no sale en dos años y del que no me dan noticia. Aquí está en un sótano frío con una manta y un cuadrillero que le hace preguntas tontas. Elija.
Padre Mateo estuvo un momento sin contestar.
—Esa es la razón más triste que me han dado en esta ciudad.
—Es la que hay. Y es verdad.
—Lo sé. Por eso es triste.
Salió a la calle con la sensación de haber colocado tres piedras pequeñas en un desprendimiento.
Aquella noche durmió cuatro horas y las durmió mal.
El sábado veinte de octubre era día de mercado.
Padre Mateo lo supo después, porque lo escribió todo el mismo domingo por la mañana, y lo escribió por orden y sin una sola palabra de sí mismo, que era su manera de no mentirse.
Lo que ocurrió fue esto.
El provisorato citó el viernes a doña Ángela de Padilla y Rojas para que declarase dónde se hallaba el presbítero francés Esteban Duval, requerido por el tribunal desde el ocho de octubre.
Doña Ángela compareció a las nueve de la mañana del sábado, respondió que no lo sabía y se mantuvo en ello durante hora y media.
A las diez y media la despidieron con apercibimiento.
A las once, alguien le contó al abate Duval que aquella mujer había estado hora y media de pie delante de tres clérigos, negándose a decir dónde estaba él.
A las doce menos cuarto, el abate Duval salió a la calle.
Lo hizo solo.
No se escondió, no se puso otra ropa y no dio un rodeo.
Bajó por la calle de la Plata con la sotana vuelta del revés por una costurera hábil, y echó a andar hacia la casa del tribunal.
La casa del tribunal está al otro lado.
Y para ir al otro lado hay que cruzar Zocodover.
Era sábado y era mediodía.
Había unas mil personas en la plaza.
Lo reconoció una mujer que vendía huevos junto al arco. No gritó nada. Le dio con el codo al de al lado y dijo un nombre, y aquello bastó, porque la ciudad llevaba tres semanas con el nombre en la boca y nada donde ponerlo.
Al principio no hicieron nada.
Se abrió un pasillo delante de él y se cerró detrás, y lo dejaron andar veinte pasos en silencio, que es lo más parecido a la caza que hace una multitud.
Después alguien dijo: que no se vaya.
Y lo cogieron por la manga.
Padre Mateo estaba en la Posada de la Hermandad, a cinco minutos andando, esperando al doctor Nieto para que reconociera a María la Cabrera.
Oyó el ruido a las doce y cinco.
Es un ruido que no se parece a ningún otro y que él ya conocía de octubre: cuatro voces y mucho silencio.
Salió a la calle. Preguntó. Echó a correr.
No corría desde hacía once años y no llegó a tiempo.
Cuando entró en Zocodover por el lado del arco, había en el centro de la plaza un bulto de cincuenta o sesenta personas apretadas, y del bulto salían brazos.
Padre Mateo hizo lo único que se le ocurrió, que fue meterse.
Se metió gritando que era sacerdote, que se apartaran, que aquel hombre estaba bajo la jurisdicción del arzobispo, y todo eso, en aquel sitio y en aquel momento, tenía exactamente el valor de una moneda extranjera.
—¡Es sacerdote! —gritaba—. ¡Es sacerdote!
—¡Y los que degollaron en París también! —le contestó alguien desde atrás, y aquello lo dijo un hombre con voz de tener razón.
—¡Apártense! ¡Está bajo la jurisdicción del arzobispo!
Nadie sabía lo que era una jurisdicción y todos sabían lo que era un francés.
Llegó a estar a cuatro pasos.
Vio la sotana en el suelo y vio una alpargata levantada.
Después alguien lo empujó de lado, y al empujarlo le enganchó el hábito, y como iba con el peso adelante, cayó.
Cayó de rodillas primero y de costado después.
Y en el suelo, en medio de aquello, lo pisaron dos veces: una en la mano y otra, sin querer, en las costillas.
Estuvo abajo lo que dura un padrenuestro.
No es mucho tiempo.
Es el suficiente para entender una cosa con toda claridad.
Y lo que Padre Mateo entendió, tumbado en el empedrado de Zocodover con la cara contra el barro de un mercado, fue que él había puesto dos alguaciles en la puerta de aquel hombre el tres de octubre.
Lo que lo sacó de allí fueron los cuadrilleros de la Santa Hermandad Vieja.
Eran nueve. Bajaron desde la calle de la Hermandad a paso vivo, con las escopetas cogidas por el cañón, y entraron en el bulto por el lado de poniente sin decir una palabra.
No dispararon. No podían y no hacía falta.
Lo que hicieron fue abrir a culatazos, cortos y bajos, en los riñones y en las corvas, con una eficacia que solo se aprende en sitios donde no hay nadie mirando.
Melchor Ribalta iba el primero.
Llegó hasta el centro, se plantó a horcajadas sobre el cuerpo del abate Duval, que ya no se movía, y desde allí hizo dos cosas.
La primera fue girar sobre sí mismo con la escopeta baja, despacio, sin apuntar a nadie, mirando a la cara a los que tenía delante.
La segunda fue gritar.
—¡El que dé un paso más se viene conmigo a los montes!
Y la plaza se abrió.
No se abrió por la ley. En Zocodover, un alcalde de cuadrilla de la Hermandad no tiene jurisdicción ninguna: la ciudad no es despoblado y aquellos nueve hombres estaban, técnicamente, cometiendo un desacato.
Se abrió porque todos los que había en aquella plaza sabían dónde están los montes de Toledo y lo que se tarda en volver de allí.
Lo sacaron entre cuatro, en volandas, por la calle de la Sillería.
Padre Mateo se levantó solo.
Le sangraba la mano izquierda, tenía el hábito abierto por el costado y no podía respirar hondo.
Se quedó de pie en medio de la plaza vacía, mirando cómo se iba la gente, que se fue como se va siempre: hacia los lados, despacio, sin correr, para que después ninguno pudiera decir que había estado allí.
En el suelo había un zapato, un cesto volcado y sangre.
Bracamonte llegó a la plaza a las doce y veinte con dieciocho hombres.
Se bajó del caballo delante de Padre Mateo y lo primero que hizo fue mirarle la mano.
—¿Está entero?
—Estoy entero. No es lo mismo.
—Padre, yo tenía doce hombres en la puerta de Bisagra por lo de la sal, ocho en San Ginés y seis en el Nuncio.
—Lo sé.
—Y tenía cuatro aquí. Cuatro, en un mercado de sábado.
—¿Dónde estaban?
—Dos en la esquina de la Sillería y dos en el arco. Han visto empezar aquello y han venido a buscarme a mí.
—¿Y cuánto se tarda en ir a buscarle a vuestra merced?
—Once minutos.
Bracamonte miró el cesto volcado y el zapato.
—Padre, esto no lo arregla más gente. Yo puedo poner cien hombres y a los cien les va a pasar lo mismo, porque a esa mujer de los huevos no la para nadie con una vara.
—¿Y qué la para?
—Que alguien le diga que fue otro. Y llevamos veintiún días sin poder decírselo.
Lo llevaron a la casa de doña Ángela de Padilla.
No al hospital, ni a la cárcel, ni al palacio. A la casa del canónigo Bustillo, en la cuesta de Santa Leocadia, porque fue lo que dijo Ribalta y porque a Ribalta, aquella tarde, no le llevó nadie la contraria.
El doctor Nieto llegó a la una y media y estuvo dentro tres horas.
Cuando salió al patio se lavó las manos en el pilón, despacio, antes de decir nada.
—Vive.
—¿Entero?
—No. Tiene tres costillas rotas del mismo lado, el brazo derecho quebrado por dos sitios y la cabeza abierta encima de la oreja. Y lo peor no es nada de eso.
—¿Qué es lo peor?
—Que le han pisado la mano izquierda hasta destrozársela. Ese hombre no va a volver a escribir con esa mano ni a sostener un libro abierto.
Padre Mateo no dijo nada.
—¿Y usted? —dijo Nieto.
—Yo estoy entero.
—Enséñeme la mano.
—Estoy entero.
—Padre, enséñeme la mano.
Se la enseñó. Nieto se la miró, se la movió, le hizo apretar y le vendó dos dedos.
—Esto se le va a poner negro y le va a doler tres semanas. Y las costillas son golpe, no rotura. Ha tenido usted suerte.
—Sí.
—No lo diga así.
—¿Cómo lo digo?
—Como quiera. Pero no como quien preferiría lo otro, porque eso no le sirve a nadie y a mí me da mucho trabajo.
—Doctor.
—Diga.
—¿Cuántos ha visto vuestra merced así?
—¿Apaleados por una multitud?
—Sí.
—Cuatro. En veintidós años.
—¿Y cuántos de los cuatro eran culpables de algo?
Nieto se secó las manos en el faldón.
—Uno. Un tratante que había vendido carne mala en el año setenta y ocho y se murió de eso.
—¿Y los otros tres?
—Uno era sordo y no contestó cuando le hablaron. Otro era portugués. Y del tercero no me acuerdo, que es lo que más me molesta de esta conversación.
Subió a verlo a las seis.
El cuarto era el mismo del tres de octubre. La misma cama, la misma silla, la misma mesa con ocho libros y el brasero apagado.
Étienne Duval tenía la cabeza vendada y un ojo cerrado por la hinchazón. Con el otro lo miró entrar.
Padre Mateo se sentó en la silla y estuvo un rato sin hablar.
—Abate.
—Padre.
—Vengo a decirle dos cosas y ninguna es una disculpa, porque una disculpa ahora sería para mí.
Duval esperó.
—La primera es que yo mandé poner aquellos dos alguaciles en esta puerta el tres de octubre. Nadie me lo pidió. Fue idea mía y lo hice creyendo que lo protegía.
—Lo sé.
—¿Lo sabía?
—Me lo dijo la señora aquel mismo día. Yo estaba detrás de esa pared.
—Y no dijo vuestra merced nada.
—¿Qué iba a decir?
—Algo.
—Padre, yo llevo un año y medio sin decir nada. Es lo único que sé hacer bien.
Doña Ángela de Padilla estaba en la puerta, de pie, con las manos cruzadas.
No había dicho una palabra desde la una.
—Señora.
—Padre.
—Hábleme.
—No tengo nada que decirle.
—Prefiero que me lo diga.