La mujer de los montes
Aquel jueves, Padre Mateo fue el hombre más respetado de Toledo durante nueve horas.
Sus cuatro pliegos habían llegado el miércoles por la mañana a tres mesas distintas, y en una ciudad donde nada llegaba nunca a tres mesas a la vez, aquello produjo un efecto que no tenía nada que ver con la verdad.
El inquisidor decano mandó recado de que le parecía muy bien.
El corregidor los leyó dos veces y a la segunda escribió al margen, con letra grande: conforme.
El cardenal Lorenzana lo llamó a las once y lo tuvo veinte minutos.
Le dijo tres cosas.
Que había hecho un buen trabajo. Que la Real Fábrica era del rey y no suya. Y que llevar aquello hasta el final iba a costar mucho más de lo que Padre Mateo se figuraba.
—Habéis destapado un robo, padre.
—Eso creo.
—Un robo de veras. Con hierro y con firmas.
—Sí, eminencia.
—Y en Madrid, cuando eso llegue, no van a preguntar quién roba. Van a preguntar quién lo ha contado.
—Ya lo suponía.
—No lo suponíais. Lo suponéis ahora que os lo he dicho, que es distinto.
—¿Y qué haría vuestra eminencia?
—Lo que voy a hacer. Mandarlo a Madrid con mi firma, que pesa, y esperar seis meses.
—¿Seis?
—Ocho. Padre, un desfalco en una fábrica del rey no se resuelve. Se traslada. Se manda a la gente a otro destino y se cambia el método, y dentro de cuatro años se vuelve a robar de otra manera.
—Es una manera desalentadora de decirlo.
—Es la única que he aprendido en veinte años. ¿Puedo hacerle yo una pregunta ahora?
—Hágala.
—¿Cree vuestra paternidad que el capellán mató a mi canónigo?
Padre Mateo tardó medio segundo de más.
—Creo que las dos cosas son la misma trama.
—Eso no es lo que le he preguntado.
—Ya lo sé, eminencia.
A las once y media salió del palacio arzobispal con la sensación de estar haciendo su oficio.
A las ocho de la tarde de aquel mismo día, un carro de leña bajaba por la puerta del Cambrón con una mujer de sesenta y un años sentada encima de los haces.
Se lo contó Leoz a las nueve, en la posada, de pie y sin quitarse la capa.
—Han traído a una mujer de los montes.
—¿Quién la ha traído?
—La Hermandad. Dos cuadrilleros. La han metido en la Posada.
Padre Mateo dejó la cuchara.
—¿Nombre?
—María la Cabrera. Viuda. De Hontanar.
Padre Mateo se quedó quieto un momento largo.
Después se levantó, subió a su cuarto y bajó con el pliego que don Cosme Valdivielso le había puesto en la mano el sábado seis de octubre en aquel mismo zaguán, y que llevaba trece días doblado entre las hojas del cuaderno.
Lo dejó encima de la mesa.
—Es esta.
—¿La conocía usted?
—No. Tenía este papel desde hace trece días.
—¿Y?
—Y no fui.
Leoz no dijo nada.
—Dígalo.
—No tengo nada que decir.
—Dígalo igual.
—Padre, usted no podía estar en dos sitios.
—Podía haber mandado a vuestra merced.
Aquello sí se quedó en el aire.
—Sí —dijo Leoz—. Eso sí.
La Posada de la Hermandad, a las diez de la noche, es otro edificio.
De día es una casa vieja y hermosa con las armas de los Reyes Católicos encima de la puerta. De noche es doce escalones que bajan, un rastrillo de barrotes que se levanta a manivela y cuatro bóvedas.
Melchor Ribalta lo esperaba en el zaguán con la vara y sin sorpresa.
—Sabía que vendría.
—¿Cuándo la han prendido?
—Ayer al mediodía, en su casa.
—¿Con qué orden?
—Con la mía.
—¿Y en virtud de qué?
—De que Hontanar está en despoblado, de que el hecho de que se la acusa es de los que se cometen en despoblado y de que a mí me llegó un papel del tribunal el lunes.
—¿Del tribunal?
—Del tribunal. Con una relación del año ochenta y seis y una nota que decía que se pusiera en conocimiento de esta Hermandad por si tocaba a su jurisdicción.
—¿Firmada?
—Por un notario. No me sé el nombre y no me hace falta.
Padre Mateo miró el rastrillo.
—Señor alcalde de cuadrilla.
—Diga.
—¿Viene a pararme? —se adelantó Ribalta—. Porque si viene a eso, se puede volver.
—No vengo a pararle. Vengo a mirar. Que es lo que debí hacer hace trece días.
Ribalta lo observó un momento.
—Baje.
Estaba en la segunda bóveda, sentada en un poyo de piedra, con una manta encima de los hombros y los pies descalzos en el suelo.
Era pequeña, morena, con la cara cuarteada de sol y las manos de una mujer que ha cavado. Tenía el pelo blanco recogido con una cinta.
No lloraba. Miraba la pared de enfrente.
—¿Cuánto lleva así? —preguntó Padre Mateo.
—Desde ayer a las siete.
—¿Ha dormido?
Ribalta no contestó.
—Le he preguntado si ha dormido.
—La hemos tenido en pie hasta las tres de la mañana y otra vez desde las seis.
—¿Le han dado de comer?
—Pan y tocino a mediodía. Lo mismo que como yo.
—¿Y calzado?
—Vino descalza. En los montes andan descalzas hasta noviembre.
En el suelo, junto a la pared, había un banco largo con dos pares de grillos encima. En el rincón, apoyado, un armatoste de madera con correas que llevaba cuarenta años sin usarse y que nadie había tirado.
Padre Mateo lo miró y comprendió para qué seguía allí.
No hacía falta usarlo. Bastaba con que estuviera.
Un cuadrillero de unos treinta años estaba de pie delante de la mujer, con una hoja en la mano.
—Otra vez. ¿Estuvisteis en Toledo el veintinueve de septiembre?
—No, señor.
—¿Y el seis de octubre?
—No, señor.
—¿Habéis estado en Toledo este año?
—En mayo. A la feria.
—¿Conocéis a un encuadernador llamado Sardá?
—No, señor.
—¿Conocéis a un canónigo llamado Ortuño?
—No, señor.
—¿Sabéis lo que es un círculo de sal?
La mujer tardó un momento.
—La sal se echa en los umbrales. Eso lo hace todo el mundo.
El cuadrillero levantó la cabeza.
—¿Lo hace vuestra merced?
—Lo hace mi vecina.
—¿Y vuestra merced?
—Yo también.
El cuadrillero lo escribió.
Padre Mateo cerró los ojos un segundo, porque acababa de ver cómo se fabrica una prueba sin que nadie mienta.
—Basta —dijo Ribalta desde el arco.
—Señor alcalde, si me deja tres preguntas más.
—He dicho basta. Sube.
El cuadrillero subió.
Padre Mateo se agachó a la altura del poyo.
—Señora.
Ella volvió la cabeza sin ninguna prisa.
—¿Usted quién es?
—Un fraile. Me llamo Mateo. No la juzgo yo, no la prendo yo y no la voy a soltar yo. Se lo digo antes de nada para que no se haga ilusiones y no le mienta nadie más esta semana.
María la Cabrera lo miró de arriba abajo.
—Pues es usted el primero.
—¿Sabe de qué se le acusa?
—De todo.
—¿Se lo han dicho?
—Me han dicho que si soy yo la de los círculos. Me lo han preguntado catorce veces. Las he contado.
—¿Y qué ha contestado?
—Que no sé qué círculos son esos.
—¿Y ellos?
—Y ellos me lo vuelven a preguntar.
Padre Mateo se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, porque no había otro sitio y porque no quería estar de pie encima de ella.
—Dígame lo que hace vuestra merced. Sin adornarlo y sin quitarle nada.
Ella se ajustó la manta.
—Cojo hierbas.
—¿Cuáles?
—Salvia, malva, saúco, llantén, tomillo, mejorana. Y beleño.
—¿Beleño para qué?
—Para el dolor de muelas y para dormir a los que no duermen. Y sé que es malo y sé cuánto se pone, que es lo que no saben los que se matan con él.
—¿Cobra?
—Cobro.
—¿Cuánto?
—Dos cuartos. Cuatro si voy andando a otro pueblo.
—¿Y ensalma?
María la Cabrera tardó un momento.
—Digo unas palabras.
—¿Cuáles?
—Un padrenuestro, un avemaría y unas palabras.
—¿Qué palabras?
—Las que me enseñó mi madre. No las entiendo. Son cosa de decirlas.
—¿Y eso lo cobra también?
—Eso va en los dos cuartos.
Padre Mateo asintió despacio.
—Señora, eso último está mal hecho y es lo único que hay contra vuestra merced en el mundo.
—Ya me lo dijo el cura de Hontanar hace veinte años.
—¿Y?
—Y se lo dije yo a él: señor cura, en mi pueblo no hay médico. Hay yo.
Padre Mateo se quedó mirando el suelo.
—¿Cuántas casas hay en Hontanar?
—Sesenta y tres.
—¿Y el médico más cerca?
—En Navahermosa. Cuando puede y si le pagan el viaje.
Subieron los doce escalones sin hablar.
Arriba, en el zaguán, Padre Mateo se paró.
—Señor alcalde de cuadrilla, le voy a pedir tres cosas y ninguna es soltarla.
—Pida.
—Que duerma. Seis horas seguidas, esta noche.
—Eso me lo va a dar por perdido el fiscal.
—Que duerma.
Ribalta lo pensó.
—Concedido.
—Segunda. Que la vea el doctor Nieto mañana y que ponga por escrito cómo está. No para defenderla. Para que dentro de dos meses no diga nadie que estaba estupenda.
—Eso me perjudica a mí.
—Eso le protege a vuestra merced más que a ella, y si lo piensa dos minutos lo ve.
Ribalta lo pensó menos de dos minutos.
—Concedido.
—Y tercera. Que le pregunten una sola cosa más y luego la dejen en paz hasta que haya causa.
—¿Cuál?
—Dónde estaba la noche del veintiocho de septiembre y la del cinco de octubre.
—Eso ya se lo hemos preguntado.
—¿Y?
—Dice que en su casa, durmiendo. Como todo el mundo.
—¿Y alguien lo puede decir?
—Vive sola desde el ochenta y uno.
Padre Mateo cerró los ojos un segundo.
—Señor Ribalta.
—Diga.
—Va a confesar.
Ribalta se puso rígido.
—A esa mujer no la ha tocado nadie.
—Lo sé. La creo. Y le digo que va a confesar igual.
—¿Por qué?
—Porque lleva dos días oyendo la misma pregunta.
—Eso no es nada.
—Porque no sabe leer, y porque un día de estos va a entender que la única manera de que dejen de preguntársela es contestar que sí.
—Eso lo dice usted.
—Lo he visto. En México, con un arriero. Tres semanas.
—¿Y confesó?
—Confesó bien. Con detalles. Y los detalles se los habían ido dando ellos sin darse cuenta.
Ribalta se quedó callado.
—En el monte eso no pasa —dijo al fin.
—En el monte no tienen ustedes tiempo. Aquí sí.
—¿Y qué hago?
—Escribir la pregunta y la respuesta la primera vez, y no volver a hacerla. Y si la vuelve a hacer, escribir cuántas veces la ha hecho.
—Eso no lo hace nadie.
—Por eso se lo pido a vuestra merced y no a otro.
Ribalta lo acompañó hasta el portón y allí se paró.
—Padre.
—Diga.
—Usted me desprecia.
—No.
—Sí. Desde el martes de la junta. Se le nota en que me habla despacio.
Padre Mateo se quedó con la mano en la jamba.
—Le hablo despacio a todo el mundo.
—A mí más.
—Puede que sí.
—Se lo digo sin queja. Yo he despreciado a mucha gente y sé cómo se hace. Solo quiero que sepa una cosa.
—Dígala.
—Yo no quería a esa mujer. Yo quería que no me la quitaran.
—No le entiendo.