La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) Tinta, cal y ceniza #3
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Tinta, cal y ceniza #3

—Trescientos cuarenta y dos —dijo Padre Mateo—. Y en uno de ellos había algo.

—¿En cuál?

—No lo sé.

—¿Y qué había?

—Tampoco.

Leoz no dijo nada.

—Vuestra merced quiere decir que eso no es una prueba.

—Sí, padre.

—Tiene razón. Y sin embargo, ¿cuántas maneras hay de que dos hombres que tocaron cuentas mueran en once días con el mismo cordel?

—Una es la que dice usted. Y otra es que no tenga nada que ver y que a los dos los matara la misma persona por otra cosa.

—¿Por cuál?

—No lo sé. Yo solo digo que hay dos.

—Y yo digo que solo una de las dos explica el aparato.

—¿El aparato?

—La sal, las velas, las letras. Piénselo. Si vuestra merced está sacando acero del rey y matan a los dos hombres que se han acercado a los papeles, ¿qué es lo peor que le puede pasar?

—Que investiguen los muertos.

—Exacto. ¿Y qué hace?

—Que investiguen otra cosa.

—Que investiguen al demonio. Y de paso, que la ciudad se ponga a apedrear franceses en Zocodover y que las cuatro justicias se peleen tres semanas por un sótano.

Leoz anduvo un trecho.

—Es bueno —dijo.

—Es lo primero que encaja desde que llegué.

—Ya. Es bueno y encaja. Es lo que a usted le pasa.

—¿Qué me pasa?

—Que cuando encaja, se lo cree.

Padre Mateo no contestó, y no contestó porque en aquel momento estaba pensando en otra cosa, que era en quién iba a poder prender a un capellán.

No pudo el corregidor, porque Cazorla era clérigo.

No pudo Artillería, porque Cazorla no era militar.

No pudo la Hermandad, porque la Fábrica no está en despoblado.

Lo prendió el provisorato el martes dieciséis de octubre, a las siete de la mañana, con dos alguaciles eclesiásticos y sin ruido, y lo llevó a la cárcel del arzobispado, que es la más decente de las cuatro que hay en Toledo.

La cárcel del arzobispado tiene seis cuartos con ventana, un patio con un limonero y un carcelero que reza el rosario en voz alta a las ocho, con los presos, y no obliga a nadie.

La llaman la cárcel decente, y lo es, y eso también dice algo de las otras tres.

El doctor Arceo lo hizo de mala gana y lo hizo bien.

—Padre Mateo, quiero que conste una cosa.

—Conste.

—Yo no prendo a un sacerdote de mi diócesis por una corazonada de vuestra paternidad. Lo prendo porque hay cuatrocientas veintitrés certificaciones con su firma y once hojas rotas de cada cien.

—Me parece muy bien.

—Y quiero que conste otra.

—Diga.

—Que de lo de la sal y las velas no hay en ese hombre ni una brizna, y que si vuestra paternidad me lo pide, se lo negaré por escrito.

Don Fermín Cazorla se derrumbó en cuarenta minutos.

No hizo falta apretarle. Estaba esperando aquello desde junio y se le notó en cuanto le pusieron delante el primer legajo de certificaciones.

Lloró, se sonó, pidió agua y contó lo suyo entero.

Que empezó por una gratificación de doce reales al mes. Que se la ofreció el asentista de los transportes, en la puerta, después de misa.

Que la primera vez firmó sin mirar.

Que la segunda ya miró.

Y que la tercera ya no podía dejar de firmar, porque la primera y la segunda existían.

—Padre, yo no robé nada. Yo firmé.

—Ya.

—Yo no sé ni cuántas hojas eran. Yo firmaba un peso.

—Un peso que era falso.

—Un peso que estaba escrito.

Padre Mateo lo dejó hablar hasta el final.

No lo interrumpió una sola vez.

Es lo único de aquella tarde de lo que después, cuando repasó todo lo que había hecho mal, no tuvo que arrepentirse.

Después le puso las manos sobre la mesa.

—Don Fermín, mírame.

—Le miro.

—El veintiocho de septiembre por la noche, ¿dónde estaba vuestra merced?

Cazorla dejó de llorar de golpe.

Se puso muy blanco, abrió la boca, la cerró y no contestó.

—Le he hecho una pregunta.

—No la voy a contestar.

—¿Por qué?

—Porque no.

—¿Y el cinco de octubre?

—Tampoco.

—Don Fermín, esas dos noches mataron a dos hombres.

—Ya lo sé.

—¿Y no va a decirme dónde estaba?

—No.

Y no lo dijo. Ni aquel día, ni el siguiente, ni al otro.

Se quedó sentado, con las manos en las rodillas.

Tenía la cara de un hombre que ya ha perdido todo lo que tenía y ha decidido no perder lo último.

Padre Mateo había visto esa cara antes.

La había visto en Soria, en septiembre, en un sacristán de sesenta y un años que confesó un robo en cuarenta minutos y tardó tres días en decir para qué lo había hecho.

Aquel día, en Soria, se había dado cuenta enseguida.

Aquí no.

Padre Mateo salió de la cárcel del arzobispado a las cinco de la tarde con una certeza que le llenaba el pecho.

Por el camino no habló.

Llevaba veinte días en Toledo y era la primera vez que subía la cuesta sin pararse.

Leoz lo alcanzó en la puerta de la posada.

—Padre.

—Diga.

—¿Puedo decirle una cosa que no le va a gustar?

—Es lo único que dice vuestra merced desde octubre.

—El capellán no ha dicho dónde estaba.

—No.

—Y usted lo ha entendido como que no puede decirlo.

—Lo he entendido como que no quiere.

—¿Y si no puede por otra cosa?

—¿Por cuál?

—No lo sé. Por una mujer. Por una deuda. Por vergüenza.

Padre Mateo se paró con la mano en la aldaba.

—Vuestra merced lleva dos semanas diciéndome lo mismo con distintas palabras.

—Sí.

—Y no me trae usted nada. Me trae una duda.

—Le traigo la única que queda.

—Una duda no es una pieza, Leoz.

—Tampoco lo es una certeza.

Padre Mateo abrió la puerta y no contestó, y aquello fue lo más parecido a una respuesta que hubo aquella noche.

Aquella noche escribió cuatro pliegos.

Los escribió para su eminencia el cardenal, con copia para el inquisidor decano y para el corregidor, y los escribió como se escriben las cosas cuando uno cree que ha llegado al final: en orden, con fechas, con números y sin un solo adjetivo.

Uno. Existe un desfalco continuado en la Real Fábrica, probado por peso y por firma.

Dos. Don Fadrique Ortuño lo rozó en agosto y lo puso por escrito.

Tres. Bruno Sardá manejó desde marzo trescientos cuarenta y dos volúmenes de cuentas.

Cuatro. Ambos murieron con el mismo cordel y en once días.

Y en ambos casos se montó alrededor un aparato de superstición que ha conseguido, punto por punto, tres cosas: que esta ciudad mire a otra parte, que sus cuatro justicias se estorben, y que la causa acabe en un procedimiento secreto.

Cinco. El capellán don Fermín Cazorla, requerido dos veces sobre las noches del veintiocho de septiembre y del cinco de octubre, se ha negado a responder.

Releyó los cuatro pliegos a la una de la madrugada.

No tuvo que enmendar una línea.

Era la primera vez desde que cruzó el puente de Alcántara que le salía un papel a la primera.

Se acostó a las dos y durmió de un tirón, sin toser, hasta las siete.