La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) Tinta, cal y ceniza #2
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Tinta, cal y ceniza #2

Era una raya, hecha con cuidado, de lado a lado del umbral.

De los once sacerdotes franceses de la cuesta de Santa Leocadia quedaban tres.

A los otros ocho los había repartido el provisorato por pueblos de la sierra, de noche y en dos carros.

En el cabildo se dijo que era por su bien.

Y era verdad.

Del abate Duval no se sabía nada. Doña Ángela de Padilla iba a misa de siete todos los días y saludaba a Padre Mateo con una inclinación de cabeza exacta.

El jueves once, a media tarde, Padre Mateo se encontró a la altura del Alcázar con la lista de la compra de la semana en la cabeza y una hora libre.

Pensó en subir.

Pensó que arriba había una niña que dibujaba planos de memoria y que los jueves esperaba a un muerto.

Y pensó también que tenía que ver a un velero, a dos drogueros y a un regente de imprenta antes de que cerraran.

Subió al día siguiente, que era viernes, y le dijeron que las niñas estaban en el telar hasta las siete.

No volvió hasta diciembre.

Preguntó en la imprenta del arzobispado, que era el sitio donde le pareció que sabrían.

Está detrás del palacio, en dos salas bajas, y es de las mejores de España fuera de Madrid, porque su eminencia gasta en ella lo que otros gastan en carrozas.

En la primera sala había dos prensas de madera, con su platina y su barra, y cuatro hombres en mangas de camisa.

En la segunda estaban las cajas.

Filas y filas de cajones inclinados, con los tipos repartidos en cajetines por tamaños que Padre Mateo no sabía nombrar.

Y un olor espeso, de aceite, de tinta y de papel mojado, que se le quedó en la ropa hasta el día siguiente.

Contra la pared del fondo, en un bastidor de madera con separadores, había una fila de planchas de cobre puestas de canto, como platos en un vasar.

Padre Mateo pasó por delante de ellas dos veces.

A la ida y a la vuelta.

Salió de allí con un nombre y con las manos limpias, que es más de lo que salen casi todos.

Se lo dio el regente, un hombre pequeño con las manos manchadas de por vida.

—Para eso, el que sabe es Colodro.

—¿Quién es Colodro?

—Matías Colodro. Papelero. Tiene el molino de abajo, pasado el segundo recodo, aguas abajo del puente de San Martín, ya en la vega.

—¿Y sabe de marcas?

—Padre, ese hombre le coge a vuestra paternidad un papel, lo mira al trasluz y le dice el molino, y si el molino cerró, le dice el año en que cerró. Su padre lo hizo antes que él y su abuelo antes que su padre.

—¿Y eso vale?

—Vale para los pleitos. Cuando en la Chancillería alguien dice que un papel es de mil setecientos veinte y el otro dice que es de ayer, va y lo mira uno como Colodro.

Padre Mateo escribió el nombre en el cuaderno y puso una raya debajo.

Después escribió, en la línea siguiente: ir el lunes.

El lunes fue el día que Leoz volvió de la nómina de la obra con lo de la Fábrica, y la línea se quedó sin tachar, como se quedan las líneas cuando aparece algo que parece más grande.

Es un detalle pequeño y no tiene ninguna importancia hasta que la tiene.

Aquella tarde, en el zaguán del tribunal, se lo dijo a don Cosme Valdivielso, entre otras cinco cosas y sin darle importancia, porque estaba pidiéndole que le adelantara la razón del inventario del taller del encuadernador.

—Y otra cosa, don Cosme. ¿Conoce vuestra merced a un papelero llamado Colodro?

—De nombre.

—Me han dicho que fecha papeles por la marca.

—Eso he oído.

—Voy a llevarle dos.

—¿Cuáles?

—Una nota anónima y un trozo quemado. No creo que dé nada, pero es barato.

—Es barato —dijo Valdivielso—. Y del inventario del taller, padre, le tengo respuesta.

—Diga.

—Había un volumen del archivo. Uno solo. Estaba en el banco, con el lomo abierto.

—¿Cuál?

—Un libro de cuentas de fábrica de la casa vieja, de los años treinta. Ya lo hemos recogido.

—¿Y no está en su relación de trescientos cuarenta y uno?

—No.

—¿Y eso?

—Eso es culpa mía, y se lo digo yo antes de que lo diga usted. Se le entregaron cuatro el veinticinco y anoté cuatro.

—¿Y fueron cinco?

—O fueron cinco, o él se llevó uno de los devueltos para rematarlo en casa. En dos meses he anotado trescientos cuarenta y un asientos y me he equivocado en uno.

—Es poco.

—Es uno.

—¿Puedo verlo?

—Está en el archivo y usted tiene licencia. Cuando quiera.

Lo vio al día siguiente. Eran ciento ochenta folios de cuentas de albañilería del año treinta y cuatro, con las cifras en columna y ni una palabra que no fuera cal, ladrillo, jornal o teja.

No había ningún cuadernillo de papel distinto.

Padre Mateo lo miró hoja por hoja, contra la luz, durante tres horas.

Nada.

Cuando salió, le dolía la nuca y estaba de un humor de perros, y fue precisamente entonces cuando le llegó lo de la Fábrica.

Se lo trajo Leoz, y se lo trajo bien.

—Padre, ¿se acuerda del cura que fue a la Real Fábrica en agosto? El que decía Carrión que no había apuntado.

—Me acuerdo.

—Era don Fadrique Ortuño.

Padre Mateo dejó la taza.

—¿Seguro?

—Lo he sacado de la nómina de la obra.

—¿Y qué pintaba allí un canónigo obrero?

—La capellanía de la Fábrica depende de la obra pía de un canónigo muerto, y lo que queda de esa obra pía lo administra el obrero. La llevaba desde el año pasado.

—¿Cuánto estuvo?

—Media mañana.

—¿A qué?

—A ver las cuentas de la capilla. Eso dice el asiento: reconocimiento de cuentas de la capellanía.

—¿Y qué pasó?

—Que a los cuatro días mandó una carta al teniente Carrión.

—¿La tiene vuestra merced?

—No, padre. La tiene Carrión.

Fueron a la vega aquella misma tarde.

Don Blas Carrión los recibió en el cuerpo de guardia, de pie, y no los invitó a sentarse.

—Ya sé a qué vienen.

—Entonces ahorramos media hora.

—No van a ahorrar nada, porque no les voy a enseñar un papel.

—No le pido papeles. Le pido una cosa que no está escrita.

—¿Cuál?

—Que me diga vuestra merced qué le escribió don Fadrique Ortuño el veintitrés de agosto.

Carrión se quedó mirándolo. Tenía veintiocho años y en aquel momento aparentaba treinta y cinco.

—¿Cómo sabe la fecha?

—No la sabía. La acaba de decir vuestra merced.

Hubo un silencio largo.

Carrión fue hasta la puerta, la cerró, y volvió.

—Siéntense.

Se sentaron.

—Les voy a contar lo que sé, que no es lo que creen, y luego me van a hacer el favor de no volver por aquí en una semana.

—Cuente.

—En esta casa se rompen hojas. Las que salen mal. Se rompen delante de un oficial, se pesan los pedazos y se anota el peso, y con esa anotación se descarga el acero que se ha gastado.

—Eso ya nos lo dijo vuestra merced en octubre.

—Se lo dije porque estaba orgulloso de ello. Es un buen método.

—¿Y?

—Y en abril me pareció que salían muchas hojas malas.

—¿Cuántas?

—El año pasado, de cada cien, cuatro. Este año, de cada cien, once.

Padre Mateo se inclinó.

—¿Y qué hizo vuestra merced?

—Lo que hace un teniente de veintiocho años. Se lo dije a mi capitán. Mi capitán me dijo que en tiempo de prisa se rompe más, que es verdad, y que me dedicara a mi guardia.

—¿Y luego?

—Y luego fui una tarde al almacén de desecho y pesé yo los pedazos de una semana.

—¿Y?

—Y pesaban. Pesaban exactamente lo que decía el papel.

—Entonces no había nada.

—Eso creí. Hasta que miré los pedazos.

Carrión se pasó la mano por la boca.

—Padre, una hoja de espada rota se rompe de una manera. Se parte, y las dos mitades encajan como se rompe un hueso. Aquello no encajaba. Aquello eran pedazos de hierro de otra cosa.

—¿De qué?

—De llantas de carro. De rejas. De hierro viejo, cortado a cincel y pesado hasta cuadrar.

Nadie habló durante un momento.

—¿Y entonces?

—Entonces se lo escribí a mi capitán por conducto, y mi capitán se lo pasó al comandante, y el comandante mandó una visita en junio, y la visita dijo que todo estaba conforme.

—¿Y quién firma que las hojas se han roto?

Carrión los miró a los dos.

—Un oficial de guardia y un testigo de fe.

—¿Y quién es el testigo de fe?

—El capellán.

Padre Mateo se echó hacia atrás en la silla, muy despacio.

—Don Fermín Cazorla.

—Don Fermín Cazorla. Cuatrocientas veintitantas certificaciones en catorce meses. Todas con su firma.

—¿Y la carta del canónigo?

—La carta del canónigo decía tres líneas.

—Dígalas.

—Que había revisado las cuentas de la capellanía.

—¿Y?

—Que el capellán cobraba de esta casa una gratificación que no constaba en la obra pía.

—¿Y la tercera?

—Que me lo decía a mí y no al provisor, porque el provisor era amigo de la casa del capellán.

—¿Y qué hizo vuestra merced?

—Nada.

—¿Nada?

—Nada, padre. Guardé la carta. Tenía tres semanas de licencia pedidas y me las dieron. Volví el veinte de septiembre.

Se le puso la voz de otra manera.

—Y el seis de octubre me enteré de que a ese hombre lo habían estrangulado en un manicomio a medio hacer.

Salieron al patio. Los martinetes seguían dando un golpe cada dos segundos, y el ruido, después de aquella conversación, ya no sonaba a industria.

Sonaba a alguien contando.

Padre Mateo salió de allí con la sensación física que no había vuelto a tener desde México.

Es una sensación concreta y engañosa, y él la conocía: la de las piezas cayendo.

Volvió a pie, por el camino de las Barcas, con Leoz al lado y sin hablar durante media legua.

Después empezó a hablar y no paró hasta la posada.

—Escuche.

—Escucho.

—Hay un delito grande en esta ciudad. Grande de verdad. Se están sacando hojas de espada de una fábrica del rey en vísperas de una guerra con Francia, y se está haciendo con papeles firmados por un clérigo.

—Eso está probado.

—Eso está probado por un teniente honrado que se calló cuatro meses. Ahora escuche lo otro.

—Le escucho.

—El canónigo obrero descubre en agosto que el capellán cobra una gratificación que no consta. Escribe. Y en octubre aparece muerto dentro de un círculo de sal.

—Eso es cierto.

—Y el encuadernador, que cosía cuentas de fábrica, murió ocho días antes.

Leoz se paró en el camino.

—Padre.

—Diga.

—El encuadernador cosía legajos del tribunal. No de la Fábrica de Armas.

—Cosía cuentas.

—Cuentas de mil setecientos treinta y cuatro. De cal y de ladrillo.

—Ese es el que le devolvieron. ¿Cuántos volúmenes ha tenido ese hombre entre las manos desde marzo?

—Trescientos cuarenta y uno.