Tinta, cal y ceniza
En Toledo no se podía comprar sal sin que lo supiera el rey.
Padre Mateo tardó once días en entenderlo del todo, y cuando lo entendió le pareció la única cosa razonable de aquel otoño.
—Explíquemelo otra vez —dijo Leoz.
—La sal está estancada desde hace ciento sesenta años.
—Eso ya lo sé.
—No la vende quien quiere. La vende el rey, en sus alfolíes, a precio puesto.
—¿Y?
—Y cada arroba que sale de un alfolí se apunta en un libro. Porque de ese libro come media hacienda del reino.
—¿Cada arroba?
—Cada media. Y con el nombre del que se la lleva.
Leoz dejó la pluma.
—Padre, en este reino se puede matar a un hombre sin dejar papel.
—No se puede comprar media arroba de sal sin dejarlo. Ahí quería llegar.
La mañana del martes nueve de octubre extendieron sobre la mesa de la posada todo lo que tenían.
No era mucho y ocupaba mucho sitio.
Un pliego con la copia de los signos, firmada por el corregidor y el provisor y con la hora al pie, de la que Padre Mateo había hecho sacar dos traslados de su bolsillo antes de que el original se fuera al tribunal.
Un trozo de papel quemado con cuatro palabras en francés.
Una nota de tres palabras clavada con una punta de zapatero.
Una vela de sebo, la quinta, la que había devuelto una vecina de San Ginés.
Dos cifras: una arroba y cuatro libras, una arroba y tres.
Y una lista de diecinueve nombres con su oficio y su calle.
—Esto es todo —dijo Leoz.
—Esto es todo.
—Es poco.
—Es lo que hay, y encima es nuestro, que en esta ciudad ya es raro.
Padre Mateo lo miró todo un rato largo y se dio cuenta de una cosa que no le gustó.
De las siete piezas que había encima de aquella mesa, cinco se las había dado a él la propia casa que las guardaba.
La copia de los signos. La relación de los legajos. El pliego de la Cabrera. La licencia de andar de noche. Y hasta su propio expediente.
Lo pensó dos segundos y lo apartó, porque no llevaba a ninguna parte y porque había trabajo.
Se repartieron el trabajo como se reparte una obra: por materiales.
—Vuestra merced, la sal. Al alfolí, con el papel del cardenal, y con paciencia.
—¿Y usted?
—Yo, la cera y el papel.
—¿Y los diecinueve?
—Los diecinueve los está tomando el tribunal. Van a tardar tres semanas.
—¿Y se fía usted?
Padre Mateo lo miró.
—Me fío de que estarán bien escritos.
El alfolí de Toledo es una nave larga con el suelo levantado sobre maderos, para que la humedad no suba, y dentro hay un montón blanco que llega hasta las vigas.
Huele a mar en una ciudad que no ha visto el mar.
Lo administra un hombre nombrado por la Renta, con un fiel que mide y un pesador que pesa.
Encima de la mesa hay un libro de la data en el que se escribe cada salida.
Y encima del libro, una tablilla con el precio, que no lo pone el que vende sino Madrid.
No se regatea. No se fía. No se despacha sin apuntar.
Es, probablemente, el único mostrador de Castilla en el que a nadie se le ha ocurrido nunca discutir.
Leoz volvió de allí el jueves por la tarde, con la cara de un hombre que ha discutido con cuatro funcionarios y ha ganado con el último.
—Lo tengo.
—Siéntese.
—Prefiero de pie, que llevo dos días sentado.
Abrió la carpeta.
—El alfolí de Toledo despacha al año unas cuatro mil arrobas entre la ciudad y los pueblos de su partido. Casi todo va en libras y en medias arrobas, a las casas.
—Vamos a lo grueso.
—A lo grueso. De sal gruesa, por junto, en cantidad de más de dos arrobas de una vez, en todo este año ha habido once ventas.
—Once.
—Once. Nueve son de tocineros y salazoneros, de julio y agosto, que es cuando salan. Están todos en el libro con su nombre y llevan veinte años comprando lo mismo.
—¿Y las otras dos?
—Una es del convento de la Concepción, cuatro arrobas, en junio. Firmó la madre despensera y el mozo que se lo llevó era el mozo del convento.
—¿Y la otra?
Leoz pasó la hoja.
—El tres de agosto. Seis arrobas de sal gruesa.
Padre Mateo dejó de moverse.
—Siga.
—En el libro de la data pone: seis arrobas de gruesa, con pedido, a Ramón Ávila, mozo.
—¿Quién es Ramón Ávila?
—No lo sabe nadie. Ni el administrador, ni el fiel, ni el pesador. Vino un hombre de unos treinta años con un pedido escrito, pagó al contado, cargó y se fue.
—¿Con qué?
—Con un burro alquilado. Eso lo recuerda el pesador porque el burro se le meó en el patio.
—¿Y el pedido?
—El pedido se lo llevó él. En el alfolí solo se apunta la data y el nombre que dice el que viene.
—¿No piden fe de quién es?
—Padre, es sal. Pagó el precio del rey, que es de lo que se trata. Al rey le da igual si se llama Ramón Ávila o Poncio Pilatos.
Padre Mateo se levantó y anduvo hasta la ventana.
—Seis arrobas.
—Seis.
—¿Cuánto es eso?
—Ciento cincuenta libras. En dos serones.
Padre Mateo se quedó de espaldas.
—San Ginés, una arroba y cuatro libras. El Nuncio, una arroba y tres.
—Sí.
—Y antes hubo tres círculos sin muerto.
Leoz tardó un segundo en hacer la cuenta y otro en no querer haberla hecho.
—Cinco círculos.
—Cinco círculos, cinco arrobas y pico.
—Y compró seis.
—Compró seis.
Nadie dijo nada durante un rato.
—Le queda una —dijo Leoz.
—Le queda una.
—¿Y qué hacemos?
—Escribirlo hoy y decírselo mañana a los cuatro. Y que cada uno de los cuatro lo apunte en su libro, que es lo único que hacen los cuatro a la vez.
El sábado trece de octubre no pasó nada, y eso fue lo peor de la semana.
Había sido ocho, quince, veintidós, veintinueve y seis. La ciudad, que no sabe restar pero sabe contar en domingos, había hecho la cuenta sola.
Desde el jueves no se hablaba de otra cosa.
En Zocodover se cerró el mercado a las cuatro. Dos parroquias sacaron el Santísimo el viernes por la tarde sin pedir licencia a nadie.
Bracamonte dobló las rondas. Puso hombres en San Ginés, en el Nuncio Nuevo y en las Cuevas.
Y en tres sitios más donde no había ocurrido nada nunca.
Y el sábado amaneció, pasó y anocheció.
No hubo círculo. No hubo muerto. No hubo nada.
El domingo por la mañana, en la calle, la gente estaba de peor humor que el sábado por la noche.
—No lo entiendo —dijo Leoz.
—Lo entiende vuestra merced perfectamente.
—Se les ha pasado el miedo y están enfadados.
—No se les ha pasado. Se les ha quedado sin sitio donde ponerlo. Es distinto y es peor.
—¿Y a usted qué le dice?
Padre Mateo estuvo un momento callado.
—Que si no ha habido nada el trece, es que nunca hubo trece.
—¿Cómo?
—Que los ocho días no eran una regla. Eran una costumbre que alguien nos enseñó para que la aprendiéramos.
—¿Y para qué?
—Para que la cuenta la hiciéramos nosotros. Eso es lo que llevo dos semanas sin entender: aquí nadie nos ha dicho nada. Todo lo hemos deducido nosotros, y todo lo que hemos deducido nosotros estaba puesto para que lo dedujéramos.
Leoz lo apuntó.
Padre Mateo, que acababa de decir en voz alta la frase más cerca de la verdad que iba a decir en cinco semanas, se levantó y se fue a ver al velero.
Al velero lo encontró en la calle de la Sierpe, un hombre de setenta años que trabajaba sentado y que no se levantó.
El taller era una habitación con dos ventanas, una caldera apagada y unas varas de las que colgaban, cabeza abajo, cuarenta o cincuenta velas a medio hacer.
Olía a sebo frío, que es un olor que no se le quita a nadie de la ropa en dos días.
Padre Mateo le puso la vela delante sin decir nada.
El velero la cogió, la olió, la rascó con la uña y se la devolvió.
—Sebo. De a cuarto. De las de doce en libra.
—¿Es de vuestra merced?
—Puede. Y de otros cuatro. Ese molde lo tiene medio Toledo.
—¿Cómo lo sabe?
—Por la costura. Fíjese aquí. Cuando se vacía en molde de dos piezas queda esta raya, y la raya de las mías va del pabilo al asiento, así, derecha. Esta también. Y la de Ambrosio también, y la del de Santo Tomé también.
—Entonces no sirve.
—No, señor. Sirve para saber lo que no es. No es de cera. No es de iglesia. No es de encargo.
—¿Y lo negro?
El velero se rió por lo bajo.
—Eso no lo he puesto yo.
—Ya lo sé.
—Es negro de humo con un poco de grasa. Se pasa con un trapo y en un rato se hacen veinte.
—¿Dónde se compra el negro de humo?
—En la droguería. Y en Toledo hay tres.
—¿Quién lo compra?
—Los pintores. Los sombrereros, para teñir. Y los de imprenta, que lo gastan por arrobas.
Padre Mateo apuntó las tres palabras y no se detuvo en ninguna.
Al papel le dedicó dos días y no le sacó nada.
Es un trabajo que no se puede hacer más que a ciertas horas.
El papel de mano se hace en una forma, que es un bastidor con hilos de latón muy juntos y, cruzados encima, otros más gordos y separados.
Los finos dejan los puntizones. Los gordos, los corondeles.
Y si el molino tiene marca, va cosida con alambre encima de esos hilos, de modo que allí el papel queda más delgado.
No se ve. Se ve el hueco que deja.
Por eso hay que ponerlo contra la luz, y por eso hay que hacerlo entre las diez y las doce, que es cuando la ventana del cuarto de Padre Mateo daba una claridad blanca y pareja contra el vidrio.
Puso los tres papeles contra el vidrio de la ventana, uno detrás de otro, a la hora en que mejor entraba la luz: el trozo quemado del abate, la nota de las tres palabras y una hoja en blanco de su propio cuaderno, para comparar.
En los tres se veían los corondeles y los puntizones, y en dos de ellos, en el grueso, una marca pálida.
En la nota anónima, una especie de jarra con dos asas.
En el papel del abate, nada: era el trozo de un pliego cortado y la marca se había quedado en la otra mitad.
—¿Y eso qué le dice? —preguntó Leoz.
—Que el que escribió la nota usó papel de escribir corriente y que en Toledo se venderán mil resmas al año de ese.
—Entonces nada.
—Entonces casi nada. Pero hay gente que sabe leer esto.
—¿Quién?
—Los que lo hacen.
Aquella semana, Toledo se fue poniendo de un color que Padre Mateo no había visto nunca en una ciudad.
No era miedo de gritos. Era miedo de horario.
La gente seguía haciendo todo lo que hacía, pero una hora antes.
Se abrían las tiendas a la misma hora y se cerraban a las cinco. Los chicos volvían del río sin que hubiera que llamarlos.
Y en la puerta de las casas, la sal ya no era un montoncito.