El hombre que guarda el secreto #3
Padre Mateo apoyó los dos codos en la mesa.
—Explíqueme una cosa de oficio, que yo de encuadernar no sé nada.
—Ni yo, pero he visto mucho.
—Un encuadernador que vive de esto y que trabaja para media ciudad, ¿tiene el banco vacío tres días seguidos?
Valdivielso no contestó enseguida.
—No.
—¿No?
—No, padre. Un encuadernador nunca tiene el banco vacío. Si no tiene trabajo de fuera, cose el suyo.
—Entonces, cuando lo mataron, aquel hombre tenía algo entre las manos.
—Tendría. Pero mío, no.
—¿Se inventarió su taller?
—Eso lo hizo el escribano del corregidor el día treinta, y ahora estará en ese atado que ha entrado esta mañana.
—¿Puedo verlo?
—Eso es del sumario. Ahí no puedo.
—¿Ni vuestra merced?
—Yo sí. Yo no puedo enseñárselo.
Padre Mateo se echó atrás en la silla.
—¿Y puede vuestra merced mirarlo y decirme, sin enseñármelo, si en aquel taller había un volumen de este archivo?
Valdivielso estuvo quieto un momento.
—Eso puedo.
—¿Lo hará?
—Lo haré esta noche y mañana se lo digo. Y le voy a decir la verdad aunque sea la que no le conviene, porque a estas alturas ya me he acostumbrado a que usted me la pida.
—Se lo agradezco.
—No me lo agradezca todavía.
A las cuatro de la tarde, Padre Mateo se apartó de la mesa y se frotó los ojos.
—Don Cosme.
—Diga.
—Explíqueme una cosa que no entiendo de este sitio.
—Lo que quiera.
—¿Qué es lo que más se consulta aquí?
Valdivielso no lo dudó.
—Las limpiezas.
—¿Los expedientes de limpieza de sangre?
—Con mucha diferencia. En veintiún años me habrán pedido tres veces un proceso de fe. Las limpiezas me las piden cada semana.
—¿Quién?
—Las casas.
—¿Qué casas?
—Todas. Un hijo que quiere ser colegial mayor. Un sobrino que se presenta a una canonjía. Una hija que casa con quien no debe y hay que probar que sí debe.
—¿Y no vale lo que probó el abuelo?
—No vale nunca. Cada generación tiene que volver a probar lo mismo, y cada generación viene aquí a que se lo saquen.
—¿Y qué buscan?
—Buscan un papel que diga que están limpios. Pero lo que temen es otra cosa.
—¿Cuál?
—Temen que dentro haya una línea. No una condena, padre. Una línea. Un testigo de hace doscientos años que dijo he oído decir que. Eso no se borra nunca y no se puede contestar nunca, porque el que lo dijo está muerto y no se le puede repreguntar.
Padre Mateo estuvo un momento sin hablar.
—Ha visto vuestra merced muchas.
—Miles.
—¿Y qué se hace con eso?
—Nada. Se cierra el legajo y se pone en el estante.
Padre Mateo sacó entonces del hábito un papel doblado.
—Don Cosme, tengo aquí una lista.
—¿De qué?
—De los diecinueve que declararon ante el corregidor. Nombre, oficio y calle. Me la ha hecho copiar esta mañana su escribiente.
Valdivielso la cogió y la leyó de arriba abajo, deprisa.
—Los conozco a casi todos.
—Quiero que se les vuelva a preguntar.
—¿Otra vez lo mismo?
—No. Una sola cosa. Dónde estaba cada uno la noche del veintiocho de septiembre y dónde estaba la noche del cinco de octubre.
—¿Los diecinueve?
—Los diecinueve. Y si se puede, alguno más.
Valdivielso dejó el papel sobre la mesa.
—Padre, eso no lo puede hacer usted.
—Lo sé.
—Ni el corregidor, porque ya no es suyo.
—Lo sé.
—Ni el provisor, porque los legos no son suyos.
—Por eso se lo digo a vuestra merced.
Valdivielso se quedó un momento con la mano encima del papel.
—Yo lo puedo hacer —dijo—. Es exactamente lo mío. Se les cita, se les toma juramento y se escribe.
—¿Y lo hará?
—Lo haré yo mismo, uno por uno, y en un solo legajo, para que no se le pierda ninguno por el camino. En esta casa las cosas se pierden cuando las escriben cuatro manos.
—¿Cuánto tardará?
—Tres semanas. Puede que menos.
—Es mucho.
—Es lo que se tarda en citar a diecinueve personas que trabajan. Y le voy a decir una cosa, padre, para que no se haga ilusiones.
—Dígala.
—De los diecinueve, dieciocho le van a decir que estaban en su casa durmiendo. Porque es la verdad y porque además es lo que se dice.
—Ya lo sé.
—¿Y entonces?
—Y entonces me interesa el que no lo diga.
Valdivielso asintió despacio y dobló la lista con mucho cuidado, por la misma raya por la que venía doblada.
—Me parece bien pensado.
—Gracias.
—Se lo digo de verdad. Llevo treinta y dos años viendo preguntar y casi nadie pregunta a los diecinueve. Preguntan a uno y luego a otro, cuando ya se les ha ocurrido algo.
Valdivielso ató el último atado con balduque y lo llevó a su hueco.
—Aquí no viene nadie a preguntar por brujas, padre. Aquí viene todo el mundo a preguntar por abuelas.
Salió con la noche encima.
Leoz llevaba nueve horas en el banco del zaguán y había hecho tres cosas: dormirse, despertarse y llenar cuatro hojas con una lista de todo lo que había oído decir a los que entraban y salían, que no era nada.
—¿Y bien?
—Nada.
—¿Nada de nada?
—Nada de nada. Papel de cuentas. Y he mirado trescientos legajos con un hombre que sabe dónde está cada uno sin leer el número.
—¿Eso es bueno o malo?
Padre Mateo se paró en la calle.
—Es admirable.
Lo dijo en serio, y era verdad, y no había en aquella palabra ni una gota de otra cosa.
—No le he preguntado eso.
—Ya lo sé.
Anduvieron un trecho.
—Padre.
—Diga.
—Lleva usted desde las once con la misma cara.
—Tengo cincuenta y un años y me duelen las rodillas.
—Tenía usted esa cara a las once y veinte, cuando entró. Y le duelen las rodillas desde Almazán.
Padre Mateo siguió andando.
—Está bien —dijo Leoz—. No he dicho nada.
—Ha dicho vuestra merced lo suficiente y lo ha dicho bien, y es lo peor de tenerlo aquí.
—¿Quiere que lo deje?
—Sí.
—Lo dejo.
Lo dejó. Anduvieron hasta la posada sin hablar, y en la puerta Leoz preguntó otra cosa distinta, de trabajo, y Padre Mateo se lo agradeció más de lo que dijo.
Aquella noche no escribió nada en el cuaderno.
Se sentó en la cama con la vela al lado.
Estuvo repasando de memoria, palabra por palabra, las once líneas de un jornalero llamado Bernabé Solana.
Un hombre muerto hacía por lo menos treinta años, que había querido ser exacto bajo juramento y que probablemente no volvió a acordarse del asunto en toda su vida.
Había servido de moza hasta el año cuarenta.
Casó en abril.
Nació en noviembre.
No resulta.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que Padre Mateo, que llevaba veinte años enseñando a los demás que una sospecha no es un hecho, se había pasado la tarde entera calculando meses.
Se acostó tarde y durmió mal.
Y a las tres de la mañana se levantó, encendió la vela y estuvo un rato buscando en el cuaderno una página que no existía, hasta que se dio cuenta de que lo que buscaba no lo había escrito y de que no pensaba escribirlo.
No era un delito.
No era ni siquiera una acusación.
Era una línea escrita por un vecino que llevaba treinta años muerto, en un legajo cosido con hilo blanco, dentro de un armario que abría todas las mañanas un hombre muy cortés.