La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El hombre que guarda el secreto #2
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El hombre que guarda el secreto #2

Lo recibió en una sala grande con una mesa de nogal, un dosel y tres sillones, sentado en el del medio con el pie encima de un almohadón y un paño encima del pie.

Tenía setenta y cuatro años y la cara de un hombre que ha tomado muchas decisiones y ninguna reciente.

—Siéntese, padre. Perdone que no me levante.

—No se levante vuestra señoría.

El paño estaba húmedo y olía a vinagre.

—Es la gota. Dicen que es del vino. Yo digo que es de la humedad de esta casa, y como el que lo dice soy yo, gano la discusión.

—Es un método.

—Es el único que me queda.

Le indicó la silla de enfrente.

—Conque usted es el fraile del cardenal.

—Soy el fraile de nadie, señoría. Pero es verdad que me llamó su eminencia.

—Buena respuesta. Falsa, pero buena.

—Puede que sea de las dos cosas un poco.

Quiñones se acomodó el pie.

—Voy a decirle cómo está esto y luego usted me pide lo que quiera. ¿Sabe cuántas personas ha penitenciado en público este Santo Oficio, en toda España, desde que es inquisidor general el señor obispo de Jaén?

—No, señoría.

—Catorce. En ocho años. Catorce en todos los tribunales del reino. Y ni uno solo relajado al brazo seglar, ni uno.

—Lo sé.

—No lo sabe. Lo ha leído. Es distinto.

Padre Mateo inclinó la cabeza.

—Tiene razón.

—Nosotros ya no quemamos a nadie, padre. Hace cuarenta años que no. Ahora recogemos libros franceses, y expedientes de limpieza, y de vez en cuando un molinero que dice una barbaridad en una taberna y al que le mandamos oír misa un mes.

—¿Y esto?

—Esto es una desgracia.

—¿Por qué?

—Porque a mí me llega un informe de dos calificadores que dice pacto expreso.

—¿Y?

—Y tengo que avocar aunque no me dé la gana.

—¿Y entonces?

—Entonces todo lo que ha hecho el corregidor en once días vale para envolver pescado. Y todo lo que hagamos nosotros no lo sabrá nadie jamás.

—Señoría, ¿cuántos son ustedes aquí?

—Tres inquisidores, un fiscal, dos secretarios, un alguacil mayor y un portero. Y de los tres inquisidores, uno está en Madrid desde febrero y otro tiene menos ganas que yo.

—¿Y familiares?

—Quedan los que quedan y no sirven para nada. Antes un familiar del Santo Oficio era un hombre al que se le abría la puerta en cualquier casa de Castilla. Ahora es un tendero con un papel que enseña en las bodas.

—¿Y el sueldo?

Quiñones se rió sin ganas.

—Va con dos años de retraso, como el de todo el mundo. Padre, nosotros no somos ya lo que la gente cree que somos. Y ese es exactamente el problema.

—No le sigo.

—Le voy a poner un ejemplo y luego me deja en paz con el pie. Hace ciento cincuenta años, si en Toledo se decía que un hombre tenía pacto, ¿qué pasaba?

—Lo prendían ustedes.

—Lo prendíamos nosotros. Y lo teníamos dos años en un cuarto, y le hacíamos ochenta preguntas, y en la mayoría de los casos salía y se iba a su casa con una vela en la mano y una vergüenza para toda la vida. Era horrible. Era lentísimo. Y era un proceso.

—¿Y ahora?

—Ahora ese hombre no llega a nuestra puerta. Se lo come la calle el sábado por la tarde.

Padre Mateo se quedó quieto.

—El sábado hubo cuatrocientas personas en la cuesta de Santa Leocadia.

—Once heridos y un chico pisado. Me lo han contado tres veces.

—¿Y qué concluye vuestra señoría?

—Que ya no hace falta que quememos a nadie, porque la ciudad ha aprendido a hacerlo sola y sin escribirlo. Y de eso, padre, no queda archivo.

—¿Y le parece mal a vuestra señoría?

Quiñones lo miró por debajo de las cejas.

—Me parece que tengo setenta y cuatro años y un cigarral con cuatro higueras y treinta y un olivos que no ha visto un hombre desde agosto. Eso es lo que me parece.

—Es una respuesta más honrada de lo que suena.

—Es exactamente igual de honrada de lo que suena. Le voy a decir una cosa, padre, y no se la repita a nadie de esta casa. Yo no creo que nadie haya hecho un pacto con el demonio en el sótano de San Ginés.

—¿Y qué cree?

—Que alguien ha matado a dos hombres. Lo demás es decoración y me está costando el otoño.

Padre Mateo se inclinó un poco hacia delante.

—Señoría, entonces déjeme trabajar.

—¿En qué?

—En los papeles. En los legajos que estaban restaurando cuando murió el encuadernador. No pido causas. No pido procesos. No pido nombres de testigos. Pido papel viejo de cuentas y de obra.

—¿Para qué?

—Para saber qué había en el volumen que Bruno Sardá abrió el veintiuno de septiembre.

Quiñones se quedó pensando, moviendo el pie muy despacio.

—¿Y qué le hace pensar que abrió alguno?

—Que se lo contó a una monja de clausura ocho días antes de que lo estrangularan.

—Eso no es una prueba.

—No, señoría. Es una casualidad. Yo trabajo con esas hasta que dejan de serlo.

Valdivielso, que había entrado y estaba de pie junto a la puerta, habló entonces por primera vez.

—Señoría, si me permite.

—Permito.

—Lo que pide el padre no toca el secreto. Los legajos de obra son cuentas de fábrica, memoriales de gasto y expedientes viejos sin causa abierta. Si vuestra señoría lo autoriza, yo se los saco y estoy delante mientras los mira.

—¿Y usted qué gana?

—Yo gano acabar antes. Llevo dos meses con cajones abiertos por toda la casa porque nos han hecho mudar de edificio, y cuanto antes se cierre esto, antes vuelvo a tener el archivo como debe estar.

Quiñones hizo un gesto con la mano.

—Autorizado. Con tres condiciones.

—Diga vuestra señoría.

—Primera: siempre delante del notario. Segunda: puede tomar notas, no puede sacar copia ni llevarse hoja. Tercera, y esta es la que me importa: si encuentra algo, me lo dice a mí antes que al cardenal.

—Eso último no se lo puedo prometer.

Se hizo un silencio de dos segundos.

—¿Cómo dice?

—Que no se lo puedo prometer, señoría. Ya le dije lo mismo a su eminencia en septiembre y también le sentó mal.

Quiñones se rió. Fue una risa corta y le hizo daño al pie.

—Váyase al archivo, padre, antes de que me arrepienta.

—Gracias.

—Y otra cosa. Secretum meum mihi.

—Mi secreto es mío —tradujo Valdivielso, desde la puerta, en voz baja.

—Eso. Ahí dentro no hay demonios. Hay abuelas.

El archivo del secreto estaba en la planta baja, al fondo, en dos salas comunicadas por un arco sin puerta.

Padre Mateo se había figurado otra cosa.

Se había figurado polvo, montones, oscuridad y ese desorden solemne que tienen los sitios donde se guarda lo que a nadie le importa.

Lo que había era una biblioteca.

Estanterías de pino desde el suelo hasta el techo, en las cuatro paredes, con los estantes numerados con chapas de latón. Los legajos, atados de tres en tres con balduque encarnado, puestos de canto, con el lomo hacia fuera y en cada lomo una cartela pegada con engrudo.

En el centro, una mesa larga con dos velones de cuatro mecheros.

En un rincón, cuatro cajones de mudanza a medio vaciar, y encima de cada cajón, un papel con una lista.

No había una mota de polvo en la mesa.

Padre Mateo se quedó parado en el arco.

—Es el sitio más limpio de Toledo —dijo.

—Es el único sitio de Toledo que solo tiene un dueño —dijo Valdivielso—. Todo lo que está mal ordenado en este mundo, padre, es porque lo ordenan dos.

El aire olía a papel seco, a engrudo y a cera de suelo. No olía a moho. En Toledo, en octubre, eso no se consigue sin trabajo.

—¿Cuánto lleva vuestra merced aquí?

—De notario del secreto, desde el setenta y uno. Veintiún años.

—¿Y antes?

—Antes, once años de oficial menor, en esta misma casa, sacando y metiendo lo que me mandaban.

—Treinta y dos años.

—Treinta y dos.

—Es una vida.

—Es la vida, sin más. Yo entré aquí con veintiséis y no he tenido otra cosa. Ni mujer, ni hijos, ni pleitos, ni casa propia. Tengo un cuarto encima de la portería y este suelo.

Lo dijo sin queja, sin orgullo y sin buscar nada, que era la manera en que aquel hombre decía todo.

Padre Mateo miró los estantes.

—¿Cuántos legajos hay?

—Nueve mil doscientos y pico.

—¿Y los tiene vuestra merced en la cabeza?

—No. Los tengo en tres índices. Que es mejor, porque la cabeza se muere.

—¿Puedo ver un índice?

—Puede.

Valdivielso sacó de un cajón un libro grande, forrado en pergamino, y lo abrió sobre la mesa con las dos manos.

Era una tabla.

Año, materia, número de legajo, estante y chapa. Todo en columnas, todo con la misma letra, sin una tachadura, con los años en números romanos y los legajos en arábigos.

—¿Esto lo ha escrito vuestra merced?

—Desde el setenta y uno.

—¿Y lo de antes?

—Lo de antes lo copié yo también, porque estaba en cuatro cuadernos distintos y no se entendía nada. Me llevó seis años de tardes.

—¿Solo?

—Solo. Es un trabajo que no se puede hacer entre dos, padre. Entre dos salen dos criterios.

Padre Mateo pasó tres hojas.

No había una enmienda.

—¿Y si vuestra merced se muere?

Valdivielso lo tomó sin ofenderse.

—Entonces vendrá otro, tardará quince años en entender esto y hará lo que hice yo: copiarlo de nuevo a su manera.

—Es un desperdicio.

—Es lo que hay. Los archivos no son de las casas, padre. Son de los hombres que se sientan en ellos. Por eso duran menos de lo que parece.

Trabajaron seis horas.

Valdivielso sacaba y ponía sobre la mesa, de tres en tres, con una diligencia que no aflojó ni al final de la tarde. No preguntaba para qué. No comentaba. Si Padre Mateo pedía un año, traía el año. Si pedía una materia, traía la materia.

Y cada vez que devolvía un legajo al estante, lo devolvía exactamente al hueco del que lo había sacado, sin mirar el número.

Fueron pasando cuentas de fábrica de la casa vieja.

Memoriales de gasto de mil setecientos cuarenta a mil setecientos setenta.

Libros de visita. Relaciones sin proveer.

En cuatro horas, Padre Mateo no tuvo que pedir dos veces nada, ni esperar, ni ver una carpeta abierta que no fuera la que había pedido.

Papel viejo, sano, aburrido y honrado.

A las tres, Padre Mateo pidió otra cosa.

—Don Cosme, la relación que me dio vuestra merced. Trescientos cuarenta y uno.

—La tengo aquí.

—¿Todos devueltos?

—Todos.

—¿Y el último?

Valdivielso pasó dos pliegos con el pulgar.

—El último entró el veinticinco de septiembre. Cuatro volúmenes juntos.

—¿Y desde el veinticinco no se le entregó nada más?

—Nada más. Se paró la entrega porque había que hacer sitio.