El hombre que guarda el secreto
Para entrar en aquel archivo hubo que abrir primero el suyo.
Los calificadores informaron el lunes ocho de octubre, a las nueve de la mañana, y tardaron nueve días en decir lo que todo el mundo esperaba desde el primero.
Que en lo hallado en San Ginés y en el Nuncio Nuevo había materia.
Que las señales, el círculo, las luces y la inscripción constituían aparato de pacto expreso o al menos vehemente sospecha de él.
Y que, en consecuencia, procedía avocar.
—Nueve días —dijo Leoz, en la cuesta.
—Es rápido.
—¿Rápido?
—Para dos teólogos que tienen que ponerse de acuerdo, nueve días es una carrera.
Aquella mañana, antes de subir, Padre Mateo pasó por el Ayuntamiento.
Encontró al corregidor de pie en su propia sala, con la casaca desabrochada, delante de la mesa redonda del carpintero, que seguía allí porque nadie se había atrevido a devolverla.
Sobre la mesa había cuatro legajos atados y un recibo sin firmar.
—Padre.
—Señor corregidor.
—Llega vuestra paternidad a tiempo de ver cómo se entrega once días de trabajo.
—¿Ya?
—A las once vienen a por ello. Con recibo y con dos alguaciles suyos, no vaya a ser que me lo quede.
Padre Mateo miró los legajos.
—¿Qué se llevan?
—Todo. Declaraciones, autos, el dibujo de los signos, la sal pesada, las velas, la ropa del encuadernador y la del canónigo.
—¿Y la copia?
—¿Qué copia?
—La del dibujo. La que firmaron vuestra merced y el provisor con la hora al pie.
Bracamonte se quedó mirándolo.
—Va dentro.
—¿Se hizo duplicado?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque el veintinueve de septiembre yo no sabía que iba a estar hoy aquí firmando un recibo.
Padre Mateo se sentó, aunque no le habían dicho que se sentara.
—¿Puedo pedirle una cosa antes de que venga esa gente?
—Pida.
—Que un escribiente copie ahora mismo, en media hora, la lista de los diecinueve testigos que declararon. Solo los nombres, los oficios y las calles. Nada más.
—Eso no es del sumario.
—Eso es una lista de vecinos de Toledo. Cualquiera puede hacerla andando por la calle. Solo que tardaría tres semanas.
Bracamonte lo pensó tres segundos y llamó a voces al escribano.
—Anote los nombres. Nombre, oficio y calle. Y déselos a su paternidad.
—Gracias.
—No me las dé. Lo hago porque me fastidia.
—Es un motivo excelente y suele durar más que los otros.
Bracamonte se abrochó la casaca.
—Hay otra cosa y no le va a gustar. Me han pedido al francés.
—¿Quién?
—Ellos. Por oficio, esta mañana, con muy buenas palabras. Que se le tome declaración en la casa del tribunal.
—¿Y qué ha contestado vuestra merced?
—Que no sé dónde está. Que es verdad.
—¿Y lo van a buscar?
—Van a pedírselo al provisor, que se lo pedirá a la señora de Padilla, que dirá que tampoco lo sabe.
—¿Y lo sabe?
Bracamonte lo miró.
—Padre, ¿lo sabe usted?
—No.
—Pues ya somos dos que no lo sabemos y uno de los dos miente. Y como no sé cuál, me quedo tranquilo.
La casa del tribunal no tiene rótulo.
Es la única casa grande de Toledo que no lo tiene. Ni escudo, ni cartel, ni nada que diga lo que es, y sin embargo no hay en la ciudad un chico de siete años que no sepa cuál es.
Tiene un portón, un zaguán con dos bancos y una segunda puerta.
Detrás de la segunda puerta no entra nadie.
Se entra por un portón que está siempre entornado, nunca abierto y nunca cerrado del todo, que es una manera de decir muchas cosas sin gastar un rótulo.
—Vuestra merced se queda aquí —dijo Padre Mateo.
—Ya lo sé.
—No es cosa mía.
—Ya lo sé, padre. No he abierto la boca.
—La ha abierto vuestra merced con la cara.
Leoz se sentó en el banco con la carpeta encima de las rodillas.
—Si a las dos no ha salido, ¿qué hago?
—Esperar.
—¿Y a las cuatro?
—Esperar sentado, que cansa menos.
Don Cosme Valdivielso lo recibió al otro lado de la segunda puerta, en una sala pequeña con una mesa larga, dos sillas y un armario cerrado.
—Padre.
—Don Cosme.
Estaba, como siempre, más limpio de lo que la casa consentía.
—Siéntese. Tengo que hacerle pasar por un trámite y le pido perdón de antemano, porque es humillante para todo el mundo y no se le puede quitar el filo.
—Diga.
—Para consultar papeles de este archivo, aunque sea con licencia y aunque sea delante de mí, hace falta información de limpieza.
—La tengo hecha desde antes de profesar.
—Lo sé. La tenemos aquí.
Padre Mateo levantó la cabeza.
—¿Aquí?
—Aquí. Vino de la Suprema en marzo del año pasado, cuando le dieron a vuestra paternidad aquella comisión para las Indias. Para una comisión de ese porte se piden los papeles y se guardan donde se guarda todo.
—No lo sabía.
—Nadie lo sabe nunca. Es lo primero que le sorprende a la gente de este oficio.
Valdivielso abrió el armario con una llave que llevaba al cuello y no en el llavero.
Sacó un legajo delgado, cosido con hilo blanco, con una carátula en la que había cuatro líneas y una fecha.
Lo dejó sobre la mesa, delante de Padre Mateo, y lo empujó con dos dedos.
—Tiene vuestra paternidad que leerla, reconocerla como suya y firmarla al pie.
—¿La he de leer entera?
—No. Con que la reconozca basta.
—¿Y si no la leo?
—Entonces firmará un papel que no ha leído, y eso, en esta casa, no se lo aconsejo a nadie.
Padre Mateo puso la mano encima del legajo y no lo abrió enseguida.
Tenía treinta y cuatro años y estaba escrito en un pueblo de Soria en el que ya no vivía nadie que él conociera.
El hilo era blanco y estaba flojo de los dobleces. La carátula decía el nombre de un pueblo, el suyo, y el año, y debajo, con otra letra y otra tinta, alguien había añadido en algún momento: Remitida por la Suprema, marzo de 1791.
Padre Mateo pasó el pulgar por aquella línea.
Dieciocho meses llevaba allí.
Lo abrió.
Empezaba como empiezan todas.
Un comisario del Santo Oficio, en el lugar de su naturaleza, en el mes de mayo del año de mil setecientos cincuenta y ocho, recibió juramento a nueve testigos vecinos del dicho lugar.
Todos mayores de edad.
Se les preguntó si el pretendiente y sus padres y sus abuelos paterno y materno eran cristianos viejos, limpios de toda mala raza de moros, judíos, herejes ni penitenciados por el Santo Oficio, y de oficios honrados.
Los nueve testigos declararon.
Padre Mateo los fue leyendo por orden y fue reconociendo los nombres uno por uno, con esa sensación rara de encontrarse en un papel a gente que uno enterró de niño.
El herrero. El del molino. Dos hermanas que vivían pared con pared. El maestro de primeras letras, que le había enseñado a él.
Todos dijeron lo mismo con distintas palabras.
Que eran gente labradora, de buena fama, sin nota ninguna, y que jamás habían oído cosa en contrario.
El maestro de primeras letras añadió, porque no se pudo aguantar, que el pretendiente escribía mejor con doce años que muchos hombres con cuarenta.
Padre Mateo se quedó un momento en aquella línea, que no hacía falta para nada y que llevaba treinta y cuatro años esperándole.
El séptimo era un tal Bernabé Solana, de sesenta y un años, jornalero.
Padre Mateo se acordaba de él. Vivía en la última casa del camino y tenía dos hijas.
Lo que declaró Bernabé Solana ocupaba once líneas.
Dijo que a los padres del pretendiente los tenía por gente honrada y que nunca había oído nada contra la limpieza de la casa.
Y añadió, porque le preguntaron y porque estaba bajo juramento, que la madre del pretendiente había servido de moza en casa de don Fulano hasta el año cuarenta, que casó en abril de aquel año, y que el pretendiente nació en noviembre.
Y que él no decía nada de eso, sino que lo decían algunas mujeres del lugar por hablar, y que a él le constaba que aquella era una mujer de bien.
Debajo, el comisario había escrito de su puño:
«Repreguntado, dijo que no sabe más ni le consta otra cosa, y que lo dicho es hablilla de mujeres. Examinados los dos testigos siguientes sobre este particular, ambos lo negaron. No resulta.»
No resulta.
Padre Mateo estuvo mirando aquellas dos palabras un rato largo.
Su madre había muerto en el año setenta y siete. Había sido una mujer callada, muy limpia, que se levantaba a las cuatro y que a él, cuando volvía del seminario, le lavaba la ropa aunque tuviera criada, porque decía que la de fuera no sabía.
Nunca le había contado nada de esto y probablemente nunca lo supo.
Once líneas.
Escritas en mayo de mil setecientos cincuenta y ocho por un comisario de aldea, dictadas por un jornalero de sesenta y un años que quiso ser exacto, desmentidas en el mismo folio por dos vecinos y cerradas con dos palabras que en la práctica querían decir nada.
Nada.
Nada que fuera delito.
Nada que fuera siquiera acusación.
Nada, salvo que estaba escrito, y que estaba cosido, y que estaba en un armario, y que llevaba treinta y cuatro años allí, y que iba a seguir estando cuando él y todos los que lo habían escrito estuviesen muertos.
Levantó la vista.
Don Cosme Valdivielso no estaba mirándolo.
Se había levantado a mitad de la lectura, sin ruido, y estaba de espaldas junto a la ventana, abriendo un poco el bastidor con dos dedos.
—Entra un aire aquí que no se sabe de dónde —dijo, sin volverse—. Es una casa vieja. Tómese vuestra paternidad el tiempo que quiera.
—He terminado.
—No hay prisa.
—He terminado.
Valdivielso volvió a la mesa, le puso delante el tintero y la pluma y le señaló el sitio con la uña.
—Aquí.
Padre Mateo firmó.
—¿Ya está?
—Ya está.
—¿Y esto vuelve al armario?
—Vuelve al armario.
—¿Puedo pedir que se quite una hoja?
Lo preguntó sin pensarlo y se arrepintió antes de acabar la frase.
Valdivielso lo miró un instante.
Fue una mirada corta, atenta, sin ninguna maldad visible.
—No, padre —dijo, con mucha suavidad—. De aquí no se quita nada.
—Ya lo suponía.
—Es lo único que tiene de bueno esta casa. Todo lo demás se puede discutir.
Cogió el legajo, lo devolvió al armario y cerró con la llave que llevaba al cuello.
No volvió a mencionarlo.
Ni aquel día, ni al siguiente, ni en los dos meses que siguieron.
El inquisidor decano se llamaba don Isidoro Quiñones y Salcedo y llevaba tres semanas sin poder ponerse la bota derecha.