El segundo altar #3
Fueron cinco: Arceo, dos notarios, el corregidor a regañadientes y Padre Mateo, que entró porque Arceo le dejó entrar y que se lo agradeció sin decirlo.
Era la casa de un hombre que no estaba nunca en ella.
Una sala con dos sillas. Un dormitorio con una cama y un reclinatorio. Y un despacho con la mesa cubierta de planos de la obra, sujetos con piedras.
El ama de llaves se llamaba Petronila Zarco, llevaba diecinueve años en la casa y no había llorado todavía.
—¿A qué hora salió anoche?
—A las nueve y cuarto.
—¿Es hora de salir para un canónigo?
—Para ese, sí. Ese salía a la hora que hiciera falta y volvía cuando le daba la gana, y luego me pedía la cena fría por no molestar. Era la única delicadeza que tenía.
—¿Dijo adónde iba?
—A la obra.
—¿Así, sin más?
—Dijo: voy a la obra y vuelvo. Lo decía tres veces por semana.
—¿Y por qué salió anoche, con lluvia?
Petronila Zarco se apretó las manos en el delantal.
—Por el recado.
Padre Mateo se quedó muy quieto.
—¿Qué recado?
—Vino un chico a las nueve. Llamó, le abrí y me dio un papel doblado. Se lo subí.
—¿Qué chico?
—Uno. De doce o trece años. De los que hacen recados en Zocodover por dos cuartos.
—¿Lo conocía vuestra merced?
—No, señor. Y era de noche y estaba lloviendo y yo abrí un palmo.
—¿Qué decía el papel?
—Yo no leo, padre.
—¿Y él dijo algo al leerlo?
—Dijo: vaya por Dios. Y se puso la capa.
—¿Se lo guardó?
—En el bolsillo de dentro. Se lo vi hacer.
Padre Mateo se volvió hacia el notario.
—¿Qué traía este hombre en la ropa cuando lo levantaron?
El notario buscó en su lista.
—Un llavero de cuatro llaves. Un pañuelo. Una moneda de dos reales. Un lápiz de plomo.
—¿Papel?
—Ninguno.
En el rincón, un arcón de nogal con cerradura de dos vueltas.
—¿Dónde está la llave? —preguntó Arceo.
—En el llavero del difunto —dijo un notario—. Lo trajimos del cuerpo.
Abrieron.
Dentro, en orden, había un legajo de cuentas del Nuncio Nuevo atado con balduque; otro de la Casa de Caridad; otro de la obra de la Puerta Llana; un talego con ciento veinte reales en plata; dos cartas de un hermano suyo de Cuenca; y un rosario roto.
Nada más.
Padre Mateo se arrodilló delante del arcón y estuvo mirando el interior sin tocar nada.
—Doctor Arceo.
—Diga.
—¿Ve vuestra merced el talego?
—Lo veo.
—Ciento veinte reales en plata, encima de todo, a la vista de cualquiera que levante la tapa.
—Sí.
—Y el arcón no está forzado.
—No lo está.
—Y no falta nada de lo que hay.
Arceo empezó a entender y no le gustó.
—Padre, ¿qué es lo que falta?
—Un cuaderno cosido, de unos treinta pliegos, con la relación de los legajos que se sacaron del edificio viejo del tribunal antes de entregarlos al encuadernador. Lo hizo el escribiente de este hombre en abril. Ayer lo tenía aquí, debajo de las cuentas del Nuncio.
—¿Se lo dijo él?
—Palabra por palabra.
—¿Y no habrá copia?
—Eso es lo que voy a averiguar. Lo escribió un escribiente en abril. Los escribientes copian por costumbre, aunque no se lo manden.
—¿Sabe vuestra merced cómo se llama?
—Todavía no.
—Lo tendrá el mayordomo de la obra en la nómina —dijo Arceo—. Se lo mando mañana.
—Se lo agradezco, doctor.
—No me lo agradezca. Se lo mando porque si aparece esa copia y la tiene usted, la tenemos todos, y si la tiene otro, no la tiene nadie.
Se hizo un silencio incómodo en aquel despacho.
—Puede haberlo movido —dijo Bracamonte.
—Puede.
—Puede haberlo prestado.
—Puede. Miren vuestras mercedes debajo de las cuentas del Nuncio.
Un notario lo hizo. Debajo de las cuentas del Nuncio había más cuentas del Nuncio.
—Señores —dijo Padre Mateo, poniéndose de pie con dificultad—, esto no es un robo.
—¿Y qué es?
—Un robo se lleva la plata. Esto se ha llevado un cuaderno y ha dejado ciento veinte reales, dos cartas y un rosario. Y ha cerrado con llave al salir.
—¿Con qué llave?
—Con la del muerto. Que estaba en el muerto cuando lo levantaron esta mañana, porque la trajeron vuestras mercedes en el llavero.
Arceo se sentó despacio en una de las dos sillas.
—Está usted diciendo que alguien le quitó la llave, vino aquí de noche, abrió, sacó una cosa, cerró y se la volvió a poner en el bolsillo.
—Estoy diciendo lo que veo.
—Eso es de una sangre fría que no se le supone a un hombre que dibuja demonios en el suelo.
Padre Mateo se quedó mirando el arcón abierto.
—Esa es la frase más exacta que se ha dicho hoy en Toledo, doctor. Y me temo que no la ha dicho vuestra merced a propósito.
A las cinco de la tarde, cuando volvían, don Cosme Valdivielso los estaba esperando en el zaguán de la posada.
Traía el sombrero en la mano y la cara de un hombre que ha corrido y no quiere que se le note.
—Padre. Perdone que me presente así.
—Pase.
—No paso, que llevo prisa y además no debo. Vengo a dos cosas.
—Diga.
—La primera, a decirle que lo siento. Lo del canónigo. Dicen que subía las escaleras de tres en tres.
—Sí.
—Y la segunda es que he estado toda la mañana revolviendo, porque me quedé pensando en lo del cuadernillo y no he podido con ello.
—¿Y?
—Y no he encontrado nada de eso. Pero me ha salido al paso otra cosa.
Sacó de la manga un pliego suelto, doblado en cuatro, viejo, con el borde comido.
—Es una relación del año ochenta y seis. Entró y se archivó sin proveer, como tantas.
—¿Contra quién?
—Contra una mujer de los montes. María la Cabrera, viuda, de un lugar de la sierra que no sé ni pronunciar. La denunciaron tres vecinos por yerbas, por sahumerios y por sacar el mal de ojo cobrando.
—¿Y por qué no se proveyó?
—Porque de eso entran treinta al año y no se provee ninguna. Ya no. Hace ochenta años, sí.
Padre Mateo desdobló el pliego y lo leyó por encima.
—¿Por qué me lo trae vuestra merced?
Valdivielso se pasó la lengua por los labios.
—Padre, se lo traigo con vergüenza. Y le voy a decir la verdad entera, aunque me deje en mal lugar.
—Dígala.
—Yo no creo que esa mujer tenga nada que ver. Ni ella ni ninguna de las treinta que entran al año. Pero mañana o pasado, mis señores del tribunal me van a pedir todo lo que haya en el archivo que suene a esto. Y esto suena.
—¿Y entonces?
—Entonces prefiero que lo tenga usted antes que ellos.
—¿Por qué?
—Porque si lo saco yo el primero y se lo doy a un fraile que pregunta en voz alta, alguien irá a ver a esa mujer y le hará preguntas.
—¿Y si lo sacan ellos?
—Si lo sacan ellos, irá la Hermandad. Que es quien manda en los montes y no pregunta igual.
Padre Mateo dobló el pliego.
—¿Sabe vuestra merced lo que me está pidiendo?
—Que llegue usted antes.
—Sí.
—Pues eso le pido.
Se puso el sombrero.
—Y otra cosa, padre, y perdóneme la impertinencia. El inventario del canónigo. ¿Apareció?
Padre Mateo lo miró un segundo largo.
—No.
—Vaya por Dios.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque ayer nos íbamos a pasar el sábado cotejando —dijo Valdivielso—. Y he tenido el sábado más inútil de mi vida.
La ciudad estalló a las seis.
No hubo una causa. Nunca la hay. Hubo una tarde de sábado, un mercado a medio recoger, y la noticia repetida por cuarta o quinta vez, que es cuando las noticias dejan de ser noticias y se convierten en otra cosa.
Han matado a un canónigo.
En el manicomio nuevo.
Sin techo, debajo del cielo, con velas negras.
A las seis y cuarto, doscientas personas subían por la calle Ancha sin que nadie las hubiera convocado.
A las seis y media eran cuatrocientas y ya iban hacia arriba, hacia la cuesta de Santa Leocadia, donde una casa de canónigo con la parra seca tenía dos alguaciles en la puerta desde el miércoles.
A las siete menos veinte llegaron los alguaciles del corregidor, quince, con las varas altas.
No hubo muertos.
Hubo una ventana rota, once heridos de piedra y de empujón, dos alguaciles con la cabeza abierta, un carro volcado y un chico de doce años pisado en el suelo, al que sacaron entre tres vecinos y que quedó vivo.
A los dos alguaciles de la puerta los sacó Bracamonte en persona, a caballo, metiendo el animal de costado contra la gente como se mete un bote contra el muelle.
Al abate Duval no le tocaron, porque no estaba allí.
Doña Ángela de Padilla lo había sacado a las cinco de la tarde, en cuanto oyó lo del canónigo, y lo había llevado a pie, por la ronda de abajo, a un sitio que no le dijo a nadie.
Padre Mateo llegó cuando ya se disolvía, que fue lo peor de todo.
Anduvo por la cuesta entre los que bajaban. Nadie le dijo nada. Un hombre le pidió la bendición y él se la dio sin pararse, y no supo si aquello había sido un sacramento o una cobardía.
Delante de la casa quedaba el vidrio de la ventana en el empedrado y la parra seca con dos hojas menos.
Leoz apareció por la cuesta a los diez minutos, con el sombrero en la mano y un corte encima de la ceja.
—¿Y eso?
—Un codo. No sé de quién.
—¿Ha visto vuestra merced quién empezó?
—Nadie empezó, padre. Eso es lo que no le va a caber en el cuaderno.
—Alguien tiró la primera piedra.
—Alguien la tiró, sí. Y si mañana lo prenden, la ciudad dirá que fue él y se quedará tranquila. Y volverá a pasar en Navidad.
Padre Mateo no contestó.
—¿Dónde está el francés? —preguntó Leoz.
—No lo sé.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Es lo único bueno del día.
Se quedó allí de pie.
A las siete y media empezaron a tocar a muerto por don Fadrique Ortuño.
Primero la catedral, con el clamor entero, que en Toledo se le hace a un canónigo y dura lo que dura.
Después San Nicolás. Después Santo Tomé. Después San Andrés, San Lucas, San Cipriano, Santa Leocadia, San Justo, y las demás, cada una en su tono y ninguna a compás, hasta que no hubo en toda la ciudad un solo sitio donde no se oyeran por lo menos tres.
Duró una hora y diez minutos.
Padre Mateo se quedó de pie en la cuesta, con las manos en las mangas, oyéndolas.
Llevaba once días preguntándose quién quería que Toledo tuviese miedo.
Aquella noche, por primera vez, se le ocurrió que a lo mejor la pregunta no era esa.
No se le ocurrió cuál era.