El segundo altar #2
Padre Mateo se detuvo a media escalera y miró atrás.
Cuarenta o cincuenta pisadas. De obra, de bota, de alpargata. Cruzadas, encimadas, inútiles.
—Ya está —dijo.
—¿Ya está qué?
—Nada. Suba vuestra merced.
Arriba, la escalera desembocaba directamente en la capilla.
Y la capilla no tenía techo.
Era una sala ovalada.
Ovalada de verdad, trazada con dos centros y una cuerda, con los muros ya levantados hasta la cornisa y la cornisa entera, corrida, perfecta, dando la vuelta al óvalo sin un solo tropiezo.
Encima de la cornisa, nada.
Iban a poner allí una cúpula. Estaban puestas las cimbras de madera en dos tramos, como el costillar de un barco al revés, y el resto era aire.
Por aquel agujero ovalado se veía el cielo de Toledo a las siete de la mañana, gris con una raya naranja al este, y en el borde del muro había cuatro palomas mirando hacia abajo.
Había llovido dentro toda la noche.
El suelo, que era de ladrillo puesto en seco, estaba oscuro de agua, y en el centro exacto del óvalo, donde algún día iría el altar de Nuestra Señora de la Visitación, había un círculo de sal.
La sal estaba mojada.
Se había apelmazado con la lluvia y había cogido cuerpo, de modo que el cordón blanco no se había deshecho: se había endurecido como una costra.
Dentro del círculo estaba don Fadrique Ortuño, boca arriba, con las manos sobre el pecho y los zapatos manchados de yeso hasta el tobillo.
Alrededor, en los cuatro puntos, cuatro velas negras apagadas por el agua.
Y en el suelo, más allá del círculo, a la altura de la cabeza, los signos con almagre y la frase escrita del revés.
Nadie dijo nada durante un rato largo.
Fue el corregidor el que habló primero, y no dijo lo que se espera de un corregidor.
—Yo comí en su casa en junio.
—Lo siento.
—Tenía un genio de mil demonios y no le debía nada a nadie. En este cabildo eso es casi una virtud teologal.
Padre Mateo se quedó en el arco, sin entrar.
—Señor corregidor. Esta vez no ha entrado nadie, ¿verdad?
—Ha entrado el guarda y ha entrado el maestro de obras.
—¿Y han tocado?
—El guarda dice que no. El maestro dice que le tomó el pulso.
—Con eso me conformo.
Entró él solo.
Anduvo pegado al muro, dando toda la vuelta al óvalo por fuera del círculo, mirando el suelo mojado.
Se paró tres veces.
La primera, delante de la frase.
Estaba igual que en San Ginés. Las mismas letras, del mismo tamaño, en el mismo orden invertido.
Y la misma letra volteada, boca abajo, con el vientre para arriba.
Padre Mateo sacó del hábito la copia de Prudencio, la desdobló y la sostuvo al lado, en el aire, comparando.
Idénticas.
No parecidas. Idénticas, como salen idénticas dos monedas del mismo cuño.
Se quedó mirando aquello mucho tiempo. Después dobló la copia y no dijo nada, porque no tenía todavía nada que decir y porque, cuando un hombre no tiene nada que decir, lo mejor que puede hacer es guardarse la boca y el papel.
La segunda vez se paró junto a una vela.
La raspó con la uña. Sebo, y debajo blanco sucio.
Del mismo molde. Del mismo largo. Del mismo taller.
La tercera vez se paró junto a las manos del muerto.
Se agachó, con las rodillas protestando otra vez, y le levantó la derecha con dos dedos.
Estaba limpia.
Fadrique Ortuño había pasado los últimos tres años entrando y saliendo de dos obras, y el día anterior tenía yeso hasta el tobillo. Aquella mañana lo seguía teniendo en los zapatos.
En las uñas, no.
Las tenía cortas, blancas por debajo y sin una brizna de cal. Las yemas, arrugadas.
Padre Mateo le dejó la mano donde estaba.
—Doctor Nieto va a tardar —dijo Bracamonte desde el arco—. Está en el otro Nuncio.
—Que venga cuando pueda. Este ya no tiene prisa.
Se levantó y miró el óvalo entero.
Las paredes lisas. La cornisa impecable. El cielo arriba. Las cimbras. Las palomas.
Y en el centro, el círculo.
Un círculo de dos varas dentro de un óvalo de veinte, trazados los dos con cuerda y las dos figuras perfectas.
—Señor corregidor.
—Diga.
—¿Sabe vuestra merced lo que es esto?
—Un sacrilegio, dirán arriba.
—Puede. Yo le voy a decir lo que veo.
—Dígalo.
—Alguien ha entrado de noche, con lluvia, en un edificio sin puertas.
—Eso lo hace cualquiera.
—Ha subido una escalera de piedra sin barandilla con un hombre de cuarenta y cuatro años, vivo o muerto.
—Eso ya no lo hace cualquiera.
—Y ha buscado el centro exacto de una sala ovalada a oscuras, y ahí ha puesto la sal.
—¿Y?
—Que el centro de un óvalo no se encuentra a ojo. Ni de día.
Bracamonte se quedó callado.
—¿Qué está diciendo?
—Todavía nada. Estoy contando.
El doctor Nieto llegó a las nueve y subió la escalera sin decir buenos días, que era su manera de darlos.
Se arrodilló fuera del círculo, igual que la otra vez.
—¿Hora?
—Anoche. Entre las diez y las dos.
—Es mucho margen.
—Es lo que hay. Ha llovido encima de él seis horas y el agua enfría. Si le doy una hora exacta, le miento.
—Prefiero el margen.
—Ya lo sé. Por eso se lo doy.
Le abrió el cuello de la camisa.
—El mismo surco.
—¿Seguro?
—Del mismo grueso y por el mismo sitio. Cordel fino, por detrás, y apretado con las dos manos hasta el final.
—¿Se defendió?
Nieto tardó.
—No.
—Doctor.
—Le estoy diciendo que no. Nada bajo las uñas. Nada en los antebrazos. Ni un botón arrancado.
—Este hombre tenía cuarenta y cuatro años y subía las escaleras de tres en tres.
—Ya lo sé. Yo lo he visto subirlas.
—¿Y entonces?
—Entonces estaba de espaldas, quieto, y no le importaba estar de espaldas.
Padre Mateo miró el círculo, el óvalo y el cielo.
—¿Un golpe antes?
Nieto le pasó los dedos por la nuca y por detrás de las orejas, despacio, dos veces.
—Nada. Y si le hubieran dado, aquí lo tendría.
—Entonces conocía al que estaba detrás.
—Eso lo dice usted, no yo. Yo digo que no se volvió.
—Es lo mismo.
—No, padre. Lo mío se puede escribir en un papel y firmarlo.
Padre Mateo se levantó.
—¿Y las pisadas?
—¿Qué pisadas?
—Las que había en el yeso húmedo de esta capilla antes de que lloviera seis horas.
Nieto miró el suelo encharcado.
—Esas se las ha llevado octubre.
—Sí.
—Padre, no ponga esa cara. Si no hubiera llovido, tendríamos ciento veinte pisadas de albañil y una del muerto.
—Y una más.
—Y una más, que no sabríamos distinguir.
El guarda de la obra se llamaba Gervasio Nieva, tenía cincuenta y nueve años y estaba sentado en el poyo de la casilla con las manos entre las rodillas.
—Padre, yo me dormí.
—¿A qué hora?
—Después de la lluvia. Serían las once.
—¿Había bebido?
Gervasio Nieva levantó la cabeza.
—Un cuartillo. Como todas las noches desde hace catorce años, ni más ni menos, y usted apúntelo si quiere, que ya me lo van a quitar todo igual.
—Lo apunto y apunto también que lo ha dicho vuestra merced sin que se lo preguntara dos veces.
—Es que yo guardo cal y ladrillo, padre. Cal, ladrillo, herramienta y plomo. Nunca me dijeron que hubiera que guardar una capilla vacía.
—¿Cuánta gente tiene llave de esta obra?
—Aquí no hay llaves. No hay puertas.
—¿Ninguna?
—El portón no tiene hojas. Están en el taller de abajo, sin herrar. Se entra andando.
—¿Y de noche?
—De noche estoy yo. Y si estoy dormido, no está nadie.
Padre Mateo miró la fachada, los cuatro pisos de andamio, los montones de arena.
—¿Cuántos hombres trabajan aquí?
—Ciento diez o ciento veinte, según la semana.
—¿Y quién los cuenta?
—El aparejador. Y el canónigo, que subía dos veces al día y no se le escapaba un ladrillo.
El guarda se paró y se le puso otra cara.
—Perdón. Subía.
Pesaron la sal a las once, en el patio, con la romana del maestro de obras y delante del escribano del corregidor.
Padre Mateo lo hizo él mismo, con una escoba limpia y un saco, como en San Ginés.
Una arroba y tres libras.
Sacó el cuaderno y buscó la página del veintinueve de septiembre.
San Ginés: una arroba y cuatro libras.
Se quedó mirando las dos cifras un buen rato.
—¿Qué pasa? —dijo Bracamonte.
—Que son casi la misma.
—Será casualidad.
—Señor corregidor, si vuestra merced echa sal en el suelo dos veces, a ojo, en dos sitios distintos y a oscuras, no le sale la misma cantidad ni por milagro. Le sale una vez el doble que la otra.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que este hombre no echa la sal. La mide.
—¿Y para qué la iba a medir?
—Porque la compró contada. Y el que compra contado, gasta contado, porque le tiene que durar.
Bracamonte se pasó la mano por la cara.
—¿Cuánta le queda?
—Ojalá lo supiera.
El provisor Arceo llegó a las once y media, con dos notarios eclesiásticos y una calma que Padre Mateo no le había visto nunca.
No discutió. No levantó la voz. No sacó ningún papel de la carpeta.
Se limitó a decir, en el patio, delante de todos:
—El difunto es canónigo de esta santa iglesia primada. El edificio es del cabildo y del arzobispado. La causa es del provisorato.
Bracamonte tardó tres segundos en contestar.
—Este es lego —dijo, señalando hacia ninguna parte—. El otro. Sardá.
—El otro y este son el mismo hecho.
—Eso está por ver.
—Señor corregidor, está a la vista de cuantos estamos aquí. Misma sal, mismas velas, mismas letras.
—¿Y?
—Y o es una causa o son dos.
—Diga vuestra merced lo que quiere decir.
—Si es una, y hay un canónigo muerto dentro, es nuestra. Si son dos, vuestra merced tiene un muerto, nosotros tenemos otro, y ninguno de los dos tiene nada.
Era, técnicamente, impecable.
Padre Mateo lo escuchó y sintió una cosa fría en el estómago que no supo colocar.
—¿Y los papeles del primero? —preguntó Bracamonte.
—Los pediremos por vía ordinaria.
—Los pedirán y no se los daré.
—Entonces tendremos dos legajos que no se pueden leer juntos —dijo Arceo—, que es exactamente lo que nos advirtió este padre el martes, y que a mí me parece una desgracia y no una victoria.
Miró a Padre Mateo.
—Lo siento. Yo también sé lo que estoy haciendo.
—Lo sé, doctor.
—¿Y qué le parece?
—Me parece puntual.
—¿Cómo dice?
—Que llevamos ocho, quince, veintidós, veintinueve y seis. Cada ocho días, doctor. El que hace esto no llega tarde nunca.
La casa de don Fadrique Ortuño estaba en la calle de la Trinidad y la abrieron a las dos de la tarde.