La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El segundo altar
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El segundo altar

A don Fadrique Ortuño lo mataron debajo del cielo.

El viernes cinco de octubre, a las diez de la mañana, Padre Mateo esperaba en la antesala del tribunal con Leoz de pie a su espalda.

La antesala era una habitación pequeña con dos bancos, un crucifijo y una puerta que no se abría delante de nadie.

Esperaron cuarenta minutos.

—Padre.

—Diga.

—¿Nos van a recibir?

—Nos están recibiendo. Esto también es recibir.

Al cabo salió don Cosme Valdivielso, con las manos limpias y el paso corto, y les pidió disculpas dos veces antes de decir buenos días.

—No me han avisado hasta ahora. Lo siento en el alma.

—No importa.

—Sí importa. Cuarenta minutos de un hombre son cuarenta minutos.

Se sentó con ellos en el banco, cosa que a Padre Mateo le pareció un gesto y que probablemente lo era.

—¿Este caballero?

—Francisco Leoz. Viene de Nueva España y escribe mejor que yo.

—Eso no es difícil —dijo Leoz.

Valdivielso sonrió apenas.

—¿En qué puedo servirles?

—En dos cosas. La primera es una tontería.

—Las tonterías son mi oficio. Llevo treinta años guardándolas.

—Bruno Sardá le contó a una persona, el veintiuno de septiembre, que había encontrado en un libro un cuadernillo que no era de la misma familia que el resto del papel.

Valdivielso ladeó un poco la cabeza.

—¿Un cuadernillo?

—Eso dijo. Que no era hermano de sus hermanos.

—Es manera de encuadernador.

—¿Sabe vuestra merced qué quiere decir?

—Quiere decir que el papel de un pliego no casa con el de los otros. Pasa mucho, padre. En un legajo de doscientos años se han metido hojas nuevas cada vez que alguien lo cosió de nuevo, y se ha cosido cuatro o cinco veces.

—¿Y no significa nada?

—Significa que el libro ha tenido vida. Como todos.

Padre Mateo lo miró un momento.

—¿Podría saberse de qué volumen hablaba?

Valdivielso abrió las manos.

—Trescientos cuarenta y uno. Dígame cuál y se lo saco esta tarde.

—No lo sé.

—Entonces tendríamos que abrirlos todos.

—¿Se puede?

—Se puede pedir. Y le contestarán que no, y no se lo contestaré yo.

Hubo un silencio corto.

—La segunda cosa es más fácil —dijo Padre Mateo—. Necesito cotejar la relación que me dio vuestra merced con el inventario de la obra.

—¿Hay otro inventario?

—El del canónigo obrero. Don Fadrique Ortuño. Lo hizo su escribiente en abril, antes de entregar nada.

Valdivielso se quedó quieto un segundo.

Fue un segundo perfectamente normal, de los que emplea cualquier hombre en recordar un nombre.

—Ah. Sí. Claro que sí.

—¿Lo conoce?

—Lo he visto pasar. Yo casi no salgo de mi casa, padre, y por casa entiendo aquella puerta.

—Me lo trae mañana por la mañana a la posada.

—¿Mañana?

—El sábado. Quedamos ayer.

—Pues qué buena noticia. —Valdivielso se puso en pie y se alisó la casaca—. Con dos listas hechas por manos distintas se cotejan trescientos cuarenta y un asientos en una tarde. Con una sola no se coteja nada, se cree o no se cree.

—Eso mismo pensaba yo.

—Si quiere, cuando la tenga, subo yo mismo y lo hacemos entre los tres. Tengo buena vista para los números y ninguna otra cosa que hacer.

—Se lo agradezco.

—Es que me viene bien —dijo Valdivielso—. Los sábados en aquella oficina no hay nadie y a mí las casas vacías me ponen de mal humor.

Bajaron a la calle.

—Es amable ese hombre —dijo Leoz.

—Mucho.

—Lo dice usted raro.

—Lo digo como es. Es el único de esta ciudad que no me ha pedido nada.

Por la tarde bajaron al Nuncio Viejo.

Está en la calle que lleva su nombre, y lleva su nombre porque un canónigo de esta iglesia que fue nuncio del papa Sixto fundó allí, en el año ochenta y tres del siglo XV, un hospital para dementes en las casas de su propia morada.

Trescientos nueve años después, el hospital seguía en las mismas casas.

Padre Mateo lo supo antes de entrar, por el ruido.

No es un ruido de gritos. Es un ruido de muchas voces a la vez, ninguna dirigida a nadie, que sube y baja como el agua en una acequia.

El doctor Nieto lo recibió en el zaguán, en mangas de camisa.

—Padre. Y el escribiente.

—Leoz.

—Aquí dentro no toquen a nadie y no se aparten. No por peligro. Por costumbre.

—¿Cuántos hay?

—Setenta y uno para cuarenta plazas.

—¿Y el edificio nuevo?

—El edificio nuevo lleva dos años y medio y no tiene tejado en el centro. Se acabará. Cuando se acabe, meteremos aquí a setenta y uno y allí a setenta y uno, y estaremos igual pero con mejores ventanas.

Anduvieron por un corredor estrecho.

En un banco corrido, junto a la puerta, había cinco hombres sentados.

Uno hablaba solo, deprisa, sin mirar a ninguna parte. Otro tenía las manos cruzadas y la cara de un hombre que espera un coche. Un tercero, joven, muy flaco, seguía a Padre Mateo con los ojos de un extremo a otro del corredor, girando la cabeza entera.

—Ese —dijo Nieto, sin bajar la voz— se llama Perico y lleva aquí once años. Es de los que oyen.

—¿Que oyen qué?

—Todo. Este zaguán es la boca de la calle. Aquí entran los que traen la comida, los que vienen a ver a los suyos, los mozos, las lavanderas. Y hablan. Delante de ellos, la gente habla como delante de una silla.

—¿Y él escucha?

—Él lo repite. Palabra por palabra, tres semanas después, y creyendo que le ha pasado a él.

—¿Todo?

—Lo que sea. La semana pasada me contó con lujo de detalles cómo se le había muerto un hijo de garrotillo. No ha tenido hijos. Se lo oyó a la mujer del panadero en ese banco.

Padre Mateo se paró.

—¿Y usted cómo lo sabe?

—Porque le pregunté a la mujer del panadero.

—Doctor.

—Diga.

—Eso es lo más útil que me han dicho en esta ciudad en once días.

—Lo dudo. Pero se lo agradezco.

Salieron a un patio pequeño, con un naranjo y una fuente sin agua.

—Padre Mateo, ¿ha visto usted cómo está la ciudad?

—La veo.

—Yo llevo veintidós años tratando esto. Le voy a decir una cosa que no puedo probar y de la que estoy seguro. El pánico se pega.

—¿Como unas fiebres?

—Igual que unas fiebres. Empieza en tres o cuatro y pasa a los que están cerca.

—¿Y luego?

—Luego llega un momento en que un hombre que no ha visto nada le tiene miedo a un vecino que conoce de toda la vida.

—¿Lo ha visto vuestra merced?

—Lo he visto en esta casa con setenta y uno. Ahora lo estoy viendo fuera con treinta mil.

—¿Y qué se hace?

—Con setenta y uno, se separan. Con treinta mil, no lo sé.

Aquella noche llovió.

Fue una lluvia corta y sucia de octubre, de las que no calan pero dejan la piedra oscura y el yeso blando.

Padre Mateo la oyó desde la cama y no le dio importancia.

A las seis y media de la mañana del sábado, Ceferina Robles subió a llamarlo por segunda vez en ocho días.

Esta vez no dijo nada. Se quedó en el vano de la puerta con la vela.

—¿Otro?

Ella asintió.

—¿Dónde?

—En el Nuncio Nuevo.

—¿Quién?

—Dicen que un canónigo.

Padre Mateo se sentó en la cama despacio.

—¿Han dicho el nombre?

—No.

Lo sabía antes de bajar la escalera.

El Nuncio Nuevo está en el extremo de poniente de la ciudad, en la calle Real, pegado a la muralla, mirando a la vega.

Se llega por un tramo donde ya no hay casas viejas porque las tiraron todas para hacerlo.

Lo estaban levantando desde hacía dos años y medio, con dinero del cardenal y del cabildo, sobre la traza de un arquitecto de Alicante que había estudiado con Sabatini y que dibujaba como si el mundo fuera a obedecerle.

Y el mundo, en aquel solar, le estaba obedeciendo.

Padre Mateo llegó cuando amanecía.

Lo primero que vio fue el andamio.

Cubría la fachada entera. Cuatro alturas de rollizos atados con soga, tablones cruzados y escaleras de mano.

Detrás de aquel esqueleto de madera se adivinaba la piedra nueva, cortada a escuadra, con un basamento ciego que salvaba el desnivel de la calle.

Y encima, dos cuerpos de ventanas todas iguales.

No había una sola moldura de más. No había un santo, ni un escudo, ni un ángel.

Era un edificio que no quería que lo mirasen. Quería que lo entendiesen.

Delante, en la calle, había montones de arena, un tinglado de sierra, tres carros y una casilla de tablas con la puerta abierta.

Y ochenta personas.

—Que nadie pase de aquí —estaba diciendo un alguacil, sin ningún efecto.

Bracamonte llegó al mismo tiempo que él, a caballo, y esta vez no llegó tarde.

—Padre.

—Señor corregidor.

—Antes de entrar. Es Ortuño.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque anteayer me dijo que hoy me traía un papel.

Bracamonte lo miró de un modo distinto.

—Explíqueme eso luego.

—Se lo explico ahora en tres palabras y luego lo escribimos. El canónigo obrero tenía en su casa un inventario de unos legajos. Quedó en traérmelo esta mañana a las nueve.

—¿Y quién lo sabía?

—Yo. Vuestra merced ahora. Y todo el que pasara por la escalera del Alcázar el jueves a mediodía, porque lo dijimos en voz alta. Y el que yo se lo conté ayer, que fueron cuatro.

Se entraba por el portón grande, que todavía no tenía puertas.

Dentro, el edificio era una idea.

No había suelos acabados ni cielos rasos ni vidrios. Había una planta enorme, cuadrada casi, organizada en cuatro patios, y entre patio y patio unos corredores rectos que se cruzaban en ángulo recto y desde los cuales, mirases donde mirases, se veía otro corredor exactamente igual.

Por el hueco de una ventana sin marco entraba la luz gris del amanecer y se posaba en el suelo de ladrillo sin barrer.

Olía a cal apagada, a yeso húmedo y a serrín mojado por la lluvia de la noche.

Había cuerdas colgando de los andamios interiores. Había cubos. Había un cesto con clavos. Había, apoyada en una pared, una hilera de puertas nuevas de pino, sin colocar, con un número escrito a lápiz en cada una: 14, 15, 16, 17.

Padre Mateo se paró delante de las puertas.

—¿Qué son?

—Las celdas —dijo Bracamonte—. Habrá noventa y seis.

—Todavía no tienen a nadie dentro.

—No.

—Y ya tienen número.

Anduvieron hacia el centro por el eje.

Y entonces subieron la escalera.

Aquella escalera era lo mejor del edificio, y ninguno de los dos estaba en condiciones de apreciarlo.

Arrancaba ancha, se partía en dos tiros y volvía a juntarse, toda de piedra y sin barandilla todavía.

Los peldaños estaban cubiertos de polvo blanco de cal, y en la cal se marcaban las pisadas de los últimos dos días como en la nieve.