La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) La casa de la caridad #3
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La casa de la caridad #3

En Nueva España se santiguaba al entrar en la catedral, hablaba solo cuando le preguntaban y escribía lo que le mandaban escribir.

Ahora entró en el cuarto, miró la ventana, miró la puerta, miró dónde estaba la cama y se sentó sin que le dijeran dónde.

Sacó una carpeta, la abrió y puso encima de la mesa tres cosas antes de decir palabra.

Un pliego con las armas del virreinato.

Un paquete pequeño atado con hilo.

Y una carta.

—Los despachos ya no son suyos, padre. Se quedaron en Madrid. Esto es la copia de la parte que le toca, por si preguntan.

—¿Y el paquete?

—Chocolate. De la señora. Dice que aquí lo hacen con agua y que es una herejía que ya denunciará en su momento.

Padre Mateo se rió por primera vez en cinco días.

—¿Y la carta?

—La carta es la carta.

La abrió allí mismo, de pie.

«Padre:

Han pasado once meses y usted ha escrito dos veces. Una de ellas era para pedirme un dato. La otra tenía cuatro líneas y una de ellas era el saludo.

Le informo de lo que sé. Don Alonso de Villaclara se ha empeñado en administrar unas tierras y va camino de arruinarse decentemente, que es la única forma de arruinarse que le queda.

La ciudad sigue mintiendo, pero ahora miente en otro orden. De aquel asunto ya no habla nadie, lo cual me indigna y me tranquiliza en proporciones iguales.

Le mando a Leoz. No se lo devuelva estropeado.

Y contésteme a una sola cosa, que llevo un año preguntándomelo y no se me quita: ¿quién le lava a usted la ropa?

M. de V.»

Padre Mateo dobló la carta y estuvo un momento sin decir nada.

—¿Malas noticias? —preguntó Leoz.

—Ninguna. Es de las que escriben poco y aciertan mucho.

—Hay otra cosa. No está escrita.

—Dígala.

—La madre de Sebastián Mier cobró la pensión en marzo. Cuatro reales diarios. Vive en la casa de su hermana en Coyoacán y ha dejado de lavar para fuera.

Padre Mateo se acercó a la ventana y estuvo mirando la calle.

—¿Se lo dijeron a vuestra merced o fue a verlo?

—Fui a verlo.

—¿Por qué?

—Porque usted lo habría preguntado y no está allí para preguntarlo.

—No era necesario.

—Ya lo sé.

—Gracias.

Lo dijo mirando a la calle, y Leoz tuvo el buen juicio de ponerse a deshacer el arcón.

Estuvieron dos horas.

Padre Mateo se lo contó todo, en orden y sin adornarlo.

El círculo, la sal, las velas de sebo, los signos al revés, las manos lavadas.

Las cuatro justicias y la junta de las sillas.

El francés callado y la mujer que mentía por él sin que se le moviera la cara.

La fábrica de espadas trabajando el doble y el capellán que sudaba en octubre.

Leoz escuchó y escribió. Escribió sin que se lo pidieran, que era lo nuevo.

Cuando acabó, dejó la pluma.

—¿Puedo hablar?

—Para eso lo han mandado.

—No me cuadra el dinero.

—Explíquese.

—En México, aquello era una operación porque había dinero y se veía. Cargamentos, un banco, firmas.

—¿Y aquí?

—Aquí, padre, ¿qué le cuesta a alguien lo que usted me ha contado?

—Dígamelo vuestra merced.

—Seis arrobas de sal, cinco velas de sebo, un cuarto de almagre y un cordel. Doscientos reales largos y una noche libre.

—El dinero puede estar detrás.

—Puede. Pero usted no lo ha visto. Y en México lo vio a la tercera semana.

Padre Mateo se sentó.

—Siga.

—Hay algo peor, y lo llevo pensando desde la puerta de Bisagra.

—Dígalo.

—En México, todo lo que hacía aquella gente lo hacía para que nadie mirara.

—Sí.

—Aquí, todo lo que hace este hombre lo hace para que mire todo el mundo. Velas, sal, letras al revés. Y en los tres sitios de los que habla la ciudad desde hace quinientos años.

—Ya.

—No es la misma clase de crimen. Y usted lo está leyendo con el libro del año pasado.

Padre Mateo estuvo callado un rato largo.

—¿Sabe vuestra merced lo que ha hecho ahora mismo?

—¿Qué?

—Decirme delante de mi cara que estoy viendo México donde hay Toledo.

Leoz se puso un poco colorado, pero no retiró nada.

—Sí, padre.

—Hace dos años se santiguaba usted al entrar en la catedral.

—Y me sigo santiguando. Lo que ya no hago es callarme.

—Es una mejora discutible.

—Es la que hay.

—¿Y qué haría vuestra merced?

—Empezar por el muerto.

—Eso hice.

—No, padre. Usted empezó por el círculo. El círculo es lo que le pusieron delante.

—Es lo mismo.

—No lo es. Si empieza por el círculo, acaba preguntando quién adora al diablo. Si empieza por el muerto, acaba preguntando a quién le estorbaba un encuadernador de sesenta y un años.

—Nadie mata a un encuadernador de sesenta y un años.

—Alguien lo hizo.

Padre Mateo abrió el cuaderno y no dijo si le daba la razón.

Tampoco dijo que no.

Antes de acostarse, Leoz le preguntó una última cosa desde la puerta.

—¿Y la niña?

—¿Qué niña?

—La de la casa de caridad. Me lo ha contado la posadera mientras subía los arcones.

—Ah. Nada. Una expósita que dibuja bien.

—¿Vio algo?

—No lo sé.

—¿No se lo preguntó?

Padre Mateo tardó en contestar.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no habla, porque tiene trece años y porque entró vuestra merced por la puerta.

—Eso son tres razones.

—Ya lo sé. Cuando hay tres, suele sobrar alguna.

Leoz se fue a dormir.

Aquella noche escribió cuatro nombres para el día siguiente.

El primero era Valdivielso, con una línea al lado: preguntar por un cuadernillo de papel distinto.

El segundo, el doctor Nieto.

El tercero, el alfolí de la sal.

El cuarto era don Fadrique Ortuño, y al lado, dos palabras: el inventario.

No llegó a tachar ninguno.