La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) La casa de la caridad #2
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La casa de la caridad #2

—Bruno Sardá restauraba legajos del archivo del tribunal desde marzo. ¿Quién mandó hacer ese trabajo?

—Yo. Con orden de su eminencia y con firma del provisor. Se compraron las casas viejas de la Inquisición para la universidad y hay que sacar de allí lo que hay dentro. Papel, humedad y ratones.

—¿Cuántos volúmenes?

—Los que sean.

—¿No lo sabe vuestra merced?

Ortuño se paró en el escalón.

—Padre, llevo el Nuncio Nuevo, que está sin techar y con doce mil reales de retraso; llevo esta casa, que tiene el tejado de poniente como un colador; y llevo la obra de la Puerta Llana. Sé lo que gasto, no lo que pesa.

—¿Y hay una relación de esos volúmenes?

—Hay un inventario. El de verdad, el de la obra, no el del tribunal.

—¿Dónde está?

—En mi casa, en un arcón, debajo de las cuentas del Nuncio. Lo hizo mi escribiente en abril, antes de entregar nada.

Padre Mateo sintió, sin darle importancia, algo que se parecía a una punzada.

—¿Puedo verlo?

—Hoy no. Hoy no puedo ni comer.

—¿Mañana?

—Mañana estoy en la vega. El sábado por la mañana se lo bajo yo mismo a su posada y hasta se lo leo, si quiere.

—El sábado, entonces.

—El sábado. Y ahora déjeme subir, que el maestro de obras está arriba y si no lo pillo antes de las doce se me va a comer y vuelve borracho.

Subió de tres en tres.

Padre Mateo lo vio irse y anotó dos palabras.

El convento de San Clemente está más abajo, en una calle que se estrecha antes de llegar.

Fue por la tarde, con doña Ángela, que lo llevó porque no había otro modo de que le abrieran.

—Sor Inés no recibe.

—¿A nadie?

—A nadie desde que tengo uso de razón. Pero se le puede hablar.

—¿Cómo?

—Por el torno. Y si le interesa lo que oye, por la reja del locutorio, con la cortina echada.

—¿Y si no le interesa?

—Entonces oirá vuestra paternidad girar el torno y se acabó la conversación.

El torno es una cosa muy simple.

Un cilindro de madera metido en el grueso del muro, abierto por un lado, que gira sobre un eje.

Se pone algo dentro, se empuja, y lo que estaba fuera está dentro sin que nadie haya visto a nadie.

Por ahí entra la comida, sale el dulce, entran los recados y, en otro tiempo, entraban los niños.

Padre Mateo se quedó mirando la madera gastada del cilindro.

Trece años antes, en el Alcázar, alguien había puesto a una recién nacida de nueve días en un cajón igual que aquel y lo había empujado.

Es la única máquina que ha inventado la caridad cristiana para recibir sin ver.

Sirve para que un niño viva.

Y sirve, exactamente igual de bien, para que nadie tenga que responder de él.

El locutorio era una habitación fría, con dos bancos de madera, un cuadro negro de humo y una reja de barrotes muy juntos con una cortina de sarga detrás.

Olía a cera y a membrillo.

Doña Ángela se sentó en un banco y sacó unas cuentas del bolsillo, para dejar claro que no estaba escuchando.

Padre Mateo se puso delante y llamó con los nudillos en la madera.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida. —La voz venía de la derecha, no del centro, y era una voz muy vieja y muy despierta—. Vuestra paternidad es el de Soria.

—Lo soy.

—Llega usted tarde. Yo lo esperaba el lunes.

—¿Por qué el lunes?

—Porque el domingo enterraron a don Bruno y un hombre razonable habría venido al día siguiente a preguntarle a los que le conocían.

—¿Y vuestra reverencia lo conocía?

—Treinta y un años.

—¿Cómo era?

—No lo sé. No le he visto la cara nunca.

Padre Mateo se apoyó en la pared.

—¿En treinta y un años?

—En treinta y uno.

—¿Y qué puede decirme de un hombre al que no ha visto?

—Todo lo que importa.

Hubo una pausa breve. Padre Mateo tuvo la sensación exacta de haber perdido el primer asalto.

—Se lo agradecería.

—Tosía de noviembre a marzo y no en verano, luego era del pecho y no del vicio. Dejaba los libros en el torno, no los echaba. Es una diferencia que no imagina vuestra paternidad hasta que oye a doscientos hombres dejar cosas ahí dentro.

—Sigo.

—Contaba el dinero dos veces y las dos veces se equivocaba a mi favor.

—Siga.

—Nunca pidió más de lo convenido. Una vez devolvió medio real porque el trabajo le había costado menos.

—¿Algo más?

—De su mujer habló en presente hasta el año ochenta y cuatro. Ella murió en el setenta y nueve.

—¿Y después?

—Después empezó a hablar en pasado y se le puso la voz más vieja. Eso es lo que sé de la cara de don Bruno.

—Es más de lo que me ha dado nadie en esta ciudad.

—No lo dudo.

Padre Mateo cambió de peso.

—Reverenda madre, ¿cuánto hace que no sale de aquí?

—Cuarenta y tres años.

—¿Y no se le hace largo?

—A usted le parecerá que estoy encerrada.

—Me lo parece, sí.

—Padre, en esta ciudad hay treinta mil personas metidas dentro de una muralla, con un río alrededor y cuatro justicias que no se hablan. Aquí dentro somos veintiuna y nos hablamos todas. Piense vuestra paternidad quién está encerrado.

—Ha ganado vuestra reverencia el segundo.

—No llevo la cuenta.

—¿Cuántas son veintiuna?

—Veintiuna éramos en junio. En agosto se murió sor Bárbara, que tenía noventa y uno y la mejor cabeza de la casa. Ahora somos veinte y no lo digo nunca, porque en cuanto se sabe que un convento baja, vienen a contarnos las rentas.

—Sí la lleva.

—La llevo.

Al otro lado de la pared se oyó algo que podía haber sido una risa muy corta.

—Le voy a hacer preguntas de las que no le gustan —dijo Padre Mateo.

—Hágalas. Le contestaré a las que pueda.

—¿Y a las que no?

—A las que no, le diré que no. No le mentiré. Es un lujo que solo nos podemos permitir las que no tenemos nada que perder ni sitio donde perderlo.

—¿Qué se dice en esta ciudad de los círculos de sal?

—Se dice lo que se dijo del mal de la piedra en el sesenta y ocho y de la riada del setenta y tres. Que es castigo, que es aviso y que es de fuera.

—Siempre de fuera.

—Siempre. Toledo lleva mil años convencida de que lo malo entra por la puerta de Bisagra. Y lleva mil años equivocándose por el mismo sitio.

—Madre, hágame un favor y hábleme de esta ciudad como si yo fuera tonto.

—Eso lo hago con todos.

—¿Quién manda aquí de verdad?

—Nadie manda. Pero hay quien paga.

—¿Y quién paga?

—Cuatro o cinco casas. Los Vargas, que llevan aquí desde antes que la muralla. Los Ayala. Los Pantoja, que ya solo pagan de memoria. Y los Herrán de Sotomayor.

—Ese último no lo he oído nunca.

—Es que es nuevo.

—¿Nuevo cuánto?

—De mi tiempo. Yo entré aquí en el cuarenta y nueve y entonces no eran nadie. Un almacén de paños y una casa en el arrabal.

—¿Y ahora?

—Ahora tienen dos capellanías, sobrino canónigo, parte en la fábrica de abajo y sostienen con sus rentas la mitad de lo que su eminencia reparte entre los pobres. Sin ellos, esta ciudad tendría el doble de hambre.

—¿Y cómo se sube tanto en cuarenta años?

—Como se sube siempre, padre. Se casa bien, se presta a quien no puede pagar y se entra en el cabildo.

—¿Y para entrar en el cabildo?

—Para entrar en el cabildo hay que probar la sangre. Aquí eso se lleva con mucho rigor desde hace doscientos cincuenta años, y es lo primero que se mira y lo último que se perdona.

—¿Y ellos la probaron?

—La probaron. Por los años sesenta, si no me falla la cuenta.

—¿Le falla?

—Casi nunca. Es lo peor que tengo.

—¿Vuestra reverencia sabe lo que es un notario del secreto?

Hubo un silencio de tres segundos.

—Sé lo que es.

—¿Y qué me diría de esa oficina?

—Nada.

—¿Nada porque no sabe?

—Nada porque no debo. Secretum meum mihi. Mi secreto es mío. Es de Isaías, y en una casa como esta se aprende pronto.

—¿Y no le pesa?

—Me pesa desde el año sesenta y uno. Pero un secreto que se cuenta cuando pesa no era un secreto: era un préstamo.

Padre Mateo apuntó aquello en el cuaderno y supo, mientras lo apuntaba, que lo iba a usar mal.

—Última cosa. En las últimas semanas, ¿le dijo don Bruno algo que le pareciera raro?

—Don Bruno decía cosas raras todos los martes. Es lo que tienen los oficios.

—Dígame las de septiembre.

La voz tardó un poco.

—Que la cola de retazo se había puesto por las nubes. Que a su gato le faltaba un ojo desde el verano y que veía mejor que antes. Que le habían dado trabajo del tribunal y que pagaban tarde pero pagaban.

—¿Algo más?

—Una tontería de un cuadernillo.

Padre Mateo levantó el lápiz.

—¿Qué tontería?

—Que había encontrado un cuadernillo que no era hermano de sus hermanos.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Se lo pregunté. Dijo que el papel no era de la misma familia. Yo entendí que sería más nuevo, o más viejo, no lo sé. No soy encuadernadora.

—¿Y qué más dijo?

—Se rió. Dijo que en los libros viejos pasa, que alguien arranca una hoja y mete otra, y que eso lo hacen los estudiantes.

—¿Cuándo fue eso?

—El día de San Mateo.

Padre Mateo se quedó quieto.

—¿Está segura vuestra reverencia?

—Segurísima. Me acordé de que era su santo de usted y no lo dije, porque entonces no sabía que existía usted.

—El veintiuno de septiembre.

—El veintiuno.

—Gracias, madre.

—¿Sirve de algo?

—No lo sé.

—Esa es la primera respuesta honrada que oigo por este agujero desde marzo.

Padre Mateo cerró el cuaderno.

—Voy a preguntárselo al tribunal.

—Hágalo.

—¿Lo dice vuestra reverencia con retintín?

—Lo digo sin nada. Yo aquí no tengo tono. Solo tengo voz.

El torno giró y salió un plato con seis pastas de almendra.

—Para el camino.

—No he pedido nada.

—Nadie pide nunca. Y todos se las comen.

Francisco Leoz lo estaba esperando en la posada, de pie en el zaguán, con dos arcones, un sombrero de Madrid y la cara de un hombre que lleva ochenta y siete días viajando.

Padre Mateo se paró en la puerta.

—Vaya.

—Padre.

—Ha crecido vuestra merced.

—Tengo la misma altura.

—No he dicho que haya crecido de alto.

Se dieron la mano, que era lo máximo que se permitían los dos.

—¿Cuándo ha llegado?

—A las once. He estado en Madrid cuatro días entregando los despachos del virrey y he bajado en cuanto me han soltado.

—¿Le han soltado o se ha soltado?

—Las dos cosas.

Ceferina Robles les puso vino sin preguntar y se llevó los arcones sin pedir ayuda.

Subieron al cuarto.

Leoz tenía veinticuatro años, la piel más oscura del sol del mar y el gesto asentado.