La casa de la caridad
Los jueves, en la Casa de Caridad, una niña esperaba a un muerto.
Padre Mateo subió al Alcázar a media mañana del cuatro de octubre, día de San Francisco, con el cuaderno bajo el brazo y la tos peor que de costumbre.
Se sube por una cuesta que no perdona a nadie y menos a un hombre de cincuenta y un años que se empeña en no pararse.
Se paró dos veces.
Desde arriba, el edificio no parece un edificio. Parece una decisión.
Sesenta varas de lado, cuatro torres en las esquinas, piedra por todas partes menos en un frente, y encima de todo aquello el aire de una cosa que fue construida para que la vieran desde Madrid.
Ochenta y dos años atrás, cuando las tropas del archiduque se retiraron de Toledo, le prendieron fuego al marcharse. Quedó en pie el cascarón y poco más. Estuvo así, negro por dentro, sesenta años.
Después Carlos III se lo cedió al cardenal, y el cardenal metió allí a los pobres.
Padre Mateo lo miró desde el pie de la rampa y pensó que había pocas maneras más elegantes de vengarse de la historia.
Dentro olía a lana cruda.
Ese fue el primer dato: lana, aceite de la máquina, sopa y, debajo de todo, el olor dulzón que dejan cuatrocientas personas viviendo juntas por caridad.
Por dentro, la mitad del edificio seguía siendo el edificio quemado.
Había crujías con las bóvedas rehechas, encaladas, con ventanas nuevas y suelo de yeso. Y había otras, cerradas con tablas, donde el hollín de mil setecientos diez seguía en la piedra como si el fuego se hubiera apagado el mes pasado.
El cardenal había traído de Madrid a un arquitecto famoso para arreglarlo. El arquitecto había arreglado lo que daba el dinero.
En Toledo, aquello se consideraba un éxito.
En el zaguán, junto a la fuente, un hombre descargaba cántaros de un burro.
—Padre.
—Maeso.
Toribio Maeso se enderezó, sorprendido de que se acordara del apellido.
—¿Sube usted aquí?
—Dos veces al día. La casa tiene pozo, pero con cuatrocientos no llega.
—¿Le pagan?
—Me pagan tarde y me pagan. Que es lo que hay.
—¿Conocía vuestra merced a la niña?
Toribio dejó el cántaro en el suelo.
—De verla. Los jueves estaba en la escalera esperándolo, y él subía con el cartapacio debajo del brazo. Yo le decía: don Bruno, que se le va a caer. Y él decía: pues que se caiga, que abajo hay quien lo recoja.
—¿Y ella?
—Ella nada. Pero le cogía el cartapacio.
Los telares estaban en la crujía de poniente. Sonaban como un ejército de carpinteros discretos.
Hilaban mujeres y niñas. Cardaban los viejos. En un rincón, tres ciegos hacían soga con una manivela que giraba un chico de diez años, y aquel chico era el único de la sala que parecía estar en un sitio del que se puede salir.
Doña Ángela de Padilla lo esperaba en la puerta de la sala de las mujeres, con un manojo de llaves y la cara del día anterior.
—Padre.
—Señora.
—¿Viene por mí o por la casa?
—Por la casa.
—Mejor.
Anduvieron por el corredor.
—Cuatrocientos doce —dijo ella, sin que se lo preguntara—. Ciento nueve mujeres, ciento sesenta hombres, ochenta y cuatro niños y el resto viejos, que no cuentan por sexo sino por achaques.
—¿De qué se mantiene esto?
—De las rentas de tres dignidades de la catedral, que cedió su eminencia. De lo que se vende del hilado. Y de una fonda.
—¿Una fonda?
—El cardenal mandó levantar un edificio grande, ahí abajo, para hospedar a los que fueran de Madrid a Andalucía. Iba a dar dinero todos los días del año.
—¿Y?
—Y cambiaron el camino de sitio. Ahora está lleno de fardos de lana. Fue lo más caro que se ha construido en Toledo para que sirva de almacén.
—¿Y de qué viven entonces?
—De que su eminencia paga lo que falta y no lo dice.
Padre Mateo se detuvo junto a una ventana.
—¿Cuánto falta?
Doña Ángela se ajustó el manojo de llaves.
—Padre, esa es la única pregunta que le he oído hacer que no me apetece contestar.
—Entonces está contestada.
Los expósitos estaban en el ala de mediodía, en tres salas: los de pecho, los de andar y los mayores.
Los mayores eran veinticuatro. Diecisiete varones y siete niñas.
—A los trece se les busca oficio —explicó doña Ángela—. A los varones les cuesta un año. A las niñas, tres.
—¿Por qué?
—Porque a un chico se le coloca de aprendiz y a una chica hay que colocarla de criada, y para criada hay que responder de ella. Y aquí nadie responde de nadie, porque nadie sabe de quién son.
—¿Y quién responde entonces?
—Yo. Con mi apellido, que es lo único que me dejó mi marido sin gravar.
Fue en la tercera sala donde Padre Mateo vio a la niña.
Estaba sentada en el poyo de la ventana, no en el banco, con las rodillas juntas y una tablilla encima. Tendría trece años. Llevaba el sayal pardo de la casa y el pelo recogido con una cinta que no era de la casa.
Miraba la puerta.
No miraba a los que entraban por la puerta. Miraba la puerta.
—Esa es Juana —dijo doña Ángela.
—¿Juana qué?
—Juana. Entró por el torno con nueve días. En el papel decía Juana y no decía más.
—¿Qué hace?
—Esperar.
—¿A quién?
Doña Ángela tardó un momento.
—Hoy es jueves.
Padre Mateo comprendió, y no fue una comprensión agradable.
—El encuadernador.
—Don Bruno subía los jueves desde hace dos años. De cuatro a seis. Le enseñó a leer, y después a otra cosa.
—¿A qué?
—A dibujar. Decía que si aprendía a poner en el papel lo que veía, no se le olvidaría.
—¿Y ella qué dice?
—Nada.
—¿Nada hoy o nada nunca?
—Nada desde los siete años. No es muda, padre. La oyó gritar media casa el día que se le cayó encima una caldera de agua caliente a la lavandera. Sabe hablar. No habla.
—¿Sabe que ha muerto?
—Se lo dijeron el domingo.
—¿Y hoy está ahí sentada?
—Hoy es jueves —repitió doña Ángela.
Padre Mateo se quedó un rato en la puerta sin entrar.
Después entró, cruzó la sala despacio y se sentó en el banco, a tres pasos de la ventana, sin acercarse más.
—Buenos días.
Juana lo miró.
Tenía unos ojos serios, sin miedo y sin coquetería, de las que miran mucho porque es lo único que hacen.
—Me llamo fray Mateo. Vengo de Soria y estoy averiguando lo que le ocurrió a don Bruno.
Ninguna respuesta.
—Sé que no habla vuestra merced. Doña Ángela me lo ha dicho. No pasa nada.
Juana bajó la vista a la tablilla.
—Yo he visto trabajos de don Bruno —siguió Padre Mateo—. Un libro que cosió para un azacán que se llama Toribio y que no le quiso cobrar.
La niña levantó la cabeza de golpe.
—¿Lo conocía?
Juana asintió una vez.
—Bien. Entonces ya nos conocemos los tres.
Estuvieron callados un momento. Abajo, en el patio, un carretero discutía con alguien sobre unos sacos.
—¿Puedo ver lo que dibuja?
Juana lo pensó.
Lo pensó de verdad, sin prisa, mirándolo a la cara mientras lo pensaba, que es una cosa que casi ningún adulto hace.
Después giró la tablilla y la sostuvo con las dos manos, sin soltarla.
Padre Mateo se inclinó.
No era un dibujo de niña.
Era un plano.
Estaba hecho a lápiz de plomo sobre un papel malo, con el trazo fino y sin repasar. Representaba el patio de la casa visto desde arriba, como lo vería un pájaro que hubiera bajado a mirar.
Estaban las cuatro crujías. Estaban los arcos, contados. Estaba la escalera.
Estaba el pozo, que no está en el centro sino corrido hacia el mediodía, y ella lo había corrido hacia el mediodía.
Estaban las dos puertas que se usan.
Y la tercera, la tapiada, dibujada con una raya distinta.
Y en una esquina, junto a la crujía de poniente, había un carro con dos ruedas y cinco sacos.
—¿Esto lo ha hecho vuestra merced de memoria?
Juana asintió.
—¿Sin bajar?
Otra vez.
Padre Mateo no dijo nada durante un rato.
Había visto planos en su vida. Había visto los del ingeniero de la ciudad de México, hechos con regla, con escuadra y con seis meses de sueldo.
Aquel estaba hecho con un lápiz de plomo por una niña de trece años que no había bajado a mirar.
Padre Mateo se levantó, fue a la ventana y miró abajo.
El carro estaba donde ella lo había puesto. Los sacos eran cinco.
Contó los arcos de la crujía de enfrente. Nueve.
Volvió a la tablilla. Nueve.
—Doña Ángela.
—Diga.
—¿Sabía vuestra merced que esta niña dibuja así?
—Dibuja mucho. Le doy el papel que sobra de las cuentas.
—No he preguntado si dibuja mucho.
Doña Ángela se acercó y miró la tablilla el tiempo que se mira un mantel.
—Es bonito.
—No es bonito. Es exacto, que es otra cosa y es rarísima.
—Padre, aquí hay ochenta y cuatro niños.
—Lo sé.
—Y once mujeres para ochenta y cuatro. Yo no puedo pararme delante de cada uno a ver si lo que hace es bonito o es exacto.
—No la estoy reprendiendo.
—Sí lo está. Y tiene razón, que es lo que fastidia.
—Juana.
La niña volvió los ojos hacia él.
—Le voy a hacer preguntas de las que se contestan con la cabeza. Si es que sí, la mueve. Si es que no, la mueve al otro lado. Y si no lo sabe, no haga nada, que no pasa nada.
Juana asintió una vez.
—¿Le enseñó don Bruno a dibujar así?
Sí.
—¿Le dijo para qué servía?
Sí.
—¿Para acordarse?
Sí. Y esta vez asintió dos veces, que en aquella sala era un discurso.
—¿Dibuja vuestra merced todos los días?
Sí.
—¿Y guarda los dibujos?
Juana no movió la cabeza.
Se quedó muy quieta, mirándolo.
Juana estaba mirando a Padre Mateo con mucha atención.
Y entonces hizo un gesto pequeño: se llevó la mano al bolsillo del mandil, lo apretó por fuera, y esperó.
Padre Mateo lo vio.
Lo vio y no le preguntó qué llevaba dentro.
Iba a hacerlo.
Tenía la pregunta en la boca y tenía, además, la costumbre de hacerla.
Pero en ese momento entró un hermano de la casa diciendo que en la portería había un caballero de Madrid preguntando por él con mucha prisa.
Y Padre Mateo se puso en pie, dio las gracias, dijo que volvería y salió.
Juana sacó la mano del bolsillo, vacía.
Volvió a mirar la puerta.
En el patio, saliendo, se cruzó con un canónigo que subía los escalones de tres en tres.
Tendría cuarenta y pocos años, era ancho, iba sudando y llevaba los zapatos manchados de yeso hasta el tobillo.
—¿Es usted el fraile?
—Lo soy.
—Fadrique Ortuño. Canónigo obrero. Llevo las obras de su eminencia y llevo tres semanas sin dormir. Le doy cuatro minutos porque estoy subiendo y bajando.
—Con dos me basta.
—Diga.