El francés que no quiere hablar #3
—Padre, en Toledo dos alguaciles en una puerta no son una guardia.
—¿Y qué son?
—Un cartel.
Padre Mateo se quedó con el sombrero en la mano.
Estuvo a punto de no hacerlo.
Después dio las gracias, salió y mandó poner los dos alguaciles.
Los puso a las cuatro de la tarde, y a las seis ya lo sabían en Zocodover.
Por la tarde bajó a la vega.
La Real Fábrica estaba fuera de la ciudad, abajo, junto al río.
Era un edificio largo y blanco que no se parecía a nada de Toledo.
Dos plantas, ventanas iguales, un frontón en el centro y una simetría que solo puede salir de la cabeza de un arquitecto italiano al servicio de un rey.
La había levantado Sabatini y llevaba doce años terminada. Antes, la fábrica había estado arriba, en la Casa de la Moneda, desde el año sesenta y uno. Desde el ochenta y tres la mandaba el Real Cuerpo de Artillería.
Del canal venía el agua a los martinetes.
Y los martinetes se oían desde el camino: un golpe cada dos segundos, tan iguales que a los veinte pasos dejaban de oírse y se sentían en el esternón.
Era el único sitio de Toledo donde nada dependía de una jurisdicción, sino de un caudal.
Lo recibió un teniente de veintiocho años con el uniforme muy bien puesto y las manos mal.
—Don Blas Carrión. Comandante de la guardia.
—Padre Mateo.
—Traigo orden del señor corregidor de atenderle. No de darle papeles.
—No he pedido papeles.
—Todavía.
Lo llevó por el patio.
Padre Mateo miró todo lo que pudo, que era mucho, porque nadie le dijo que no mirara.
Vio las fraguas y las muelas.
Vio a cuatro hombres jóvenes con el pelo quemado por delante y la cara tiznada de una sola mejilla, la de mirar al fuego.
Vio los barreños del temple, alineados, llenos de agua del río, y a un maestro viejo metiendo una hoja al rojo con un gesto que llevaba haciendo cuarenta años y que no iba a enseñarle a nadie.
La hoja chilló y soltó vapor. El viejo la sacó, la miró al trasluz y la dejó en el suelo sin decir palabra.
—¿Cómo sabe si está bien?
—Lo sabe —dijo Carrión—. No pregunte más, que si le contesta se enfada.
Al fondo, dos hombres golpeaban las marcas en el recazo con un punzón y un martillo. Un golpe cada hoja. Ochenta golpes hasta la hora de comer.
Padre Mateo se quedó mirando aquello más rato del que hacía falta.
—¿Se marcan todas?
—Todas. Y se cuentan tres veces: al templar, al marcar y al encajonar.
—¿Y las que salen mal?
—Se rompen delante de un oficial y se pesan los pedazos.
—¿Cuánto sale de aquí al mes? —preguntó.
—No se lo puedo decir.
—¿Más que el año pasado?
Carrión tardó medio segundo.
—Más.
—¿Mucho más?
—Padre, en Francia han matado a su rey de hecho aunque no de derecho, y aquí hay una frontera. Saque vuestra paternidad la cuenta y no me la haga decir.
—Es una buena manera de contestar. Se la agradezco.
—¿Qué busca?
—Franceses.
Carrión se paró en seco.
—Aquí no hay ninguno.
—¿Seguro?
—Aquí entran ochenta y tres hombres y salen ochenta y tres. Están todos en un libro con su nombre, su oficio y su pueblo. Se lo digo yo, que los cuento dos veces al día.
—¿Y los que no entran?
—¿Cómo?
—Los que traen y llevan. Carreteros. Asentistas. El que trae el carbón. El que se lleva las hojas terminadas.
Y fue justo entonces cuando el capellán abrió la boca.
Llevaba un rato detrás de ellos, en el borde del grupo, y Padre Mateo lo había visto sin mirarlo: un clérigo de unos cincuenta años, colorado, con la sotana buena y las uñas comidas.
—Yo de las hojas no sé nada —dijo.
Se hizo un silencio muy corto y muy feo.
Carrión cerró los ojos un instante.
—Don Fermín Cazorla —dijo—. Capellán de la casa.
—Padre.
—Padre.
—Yo digo la misa de los operarios y llevo el libro de las difuntas —siguió Cazorla, deprisa —. Las cuentas son del contador. Yo no firmo entradas. Yo no he firmado nunca una entrada.
—No le he preguntado por ninguna entrada —dijo Padre Mateo.
—Ya. Ya. Es que como decía vuestra paternidad lo de las hojas.
—He dicho las hojas terminadas. Hablaba de espadas.
—Claro. De espadas. De qué iba a ser.
Cazorla se secó la frente con dos dedos.
Era el tres de octubre y hacía fresco en la vega.
Padre Mateo lo miró un momento más de lo necesario.
—¿Se encuentra bien vuestra merced?
—Del estómago. Es del agua de aquí abajo, que es más gorda.
—Beba vino.
—Es lo que hago.
—¿Lleva vuestra merced mucho aquí? —preguntó Padre Mateo.
—Once años.
—Buen destino.
—Tranquilo. Era tranquilo.
—¿Y ahora?
—Ahora hay el doble de todo. De hombres, de carros, de ruido y de papel.
—¿De papel también?
Cazorla abrió la boca y la volvió a cerrar.
—Yo no llevo papel.
Carrión lo apartó con el hombro, con una brusquedad que no era desprecio sino urgencia, y siguió andando.
—¿Sospecha de esta casa? —preguntó, cuando estuvieron lejos.
—Sospecho de su cara, teniente. La casa todavía no me ha dicho nada.
—Mi cara es la de un hombre de veintiocho años que manda una guardia de cuarenta y ocho en un sitio donde hay ocho mil hojas de acero y una frontera a ochenta leguas.
—Es una buena cara para eso.
—Pues déjemela.
Padre Mateo se detuvo junto al canal.
—Una pregunta y me voy. ¿Ha venido alguien de fuera a preguntar por esta fábrica en los últimos dos meses?
Carrión lo pensó.
—Un ingeniero de Madrid, en agosto, con orden. Un asentista de Vizcaya, tres veces. Y un cura.
—¿Un cura?
—De aquí. Del cabildo o del tribunal, no me fijé. Traía un papel del arzobispado sobre no sé qué de la capilla y estuvo media mañana.
—¿Nombre?
—No lo apunté.
—¿Y el que lo dejó pasar?
—El que estuviera de puerta. Está en el libro de la guardia.
Padre Mateo miró el río.
—¿Puedo ver ese libro?
—No.
—¿Y si lo pide el corregidor?
—Tampoco. Esto es del rey y de Artillería. Que lo pida el rey.
—Es la primera puerta cerrada de esta ciudad que se cierra por una razón entera —dijo Padre Mateo—. Casi me da gusto.
Volvió subiendo, a pie, por la cuesta de las Barcas, con las campanas del cabildo repicando todavía arriba por los veinte años del cardenal.
A media cuesta se paró a resollar y se enfadó consigo mismo por pararse.
Desde allí se veía el Alcázar, cuadrado y enorme, con las ventanas iguales y el humo de las cocinas saliendo por el lado de poniente. Dentro había cuatrocientos pobres, unos telares y una casa de niños expósitos.
Se acordó de golpe del azacán y de lo que le había dicho de los jueves.
Mañana era jueves.
Lo apuntó en el cuaderno, en una línea suelta, sin darle importancia, entre dos cosas que a él le parecían mucho más urgentes.
Aquella noche, en el cuarto de la posada, ordenó lo que tenía.
Puso el cuaderno junto a la vela y escribió despacio, en columna.
Un extranjero callado con la palabra juramento entre las cenizas.
Una mujer respetable que mentía por él sin pestañear.
Una fábrica de espadas trabajando el doble, con un libro de guardia que nadie le iba a enseñar y un capellán que sudaba en octubre.
Y una ciudad con cuatro justicias que no podían instruir nada, lo cual, a un hombre que quisiera trabajar tranquilo en Toledo, le venía de perlas.
Escribió cuatro líneas y las leyó dos veces.
Eran buenas líneas. Cada una estaba apoyada en un hecho comprobado y ninguna afirmaba nada que no hubiera visto con sus ojos.
Ese era exactamente el problema, y no lo vio.
Porque cuatro hechos ciertos, puestos en fila, parecen una fila. Y no lo son mientras no se demuestre que algo los ha puesto ahí.
Después sacó el trozo de papel quemado y lo puso entre las hojas del cuaderno, al lado de la nota de las tres palabras.
Dos papeles de dos manos distintas.
Los guardó juntos.
Fue la primera vez en aquel caso que ordenó dos cosas por lo que se parecían y no por lo que eran.