La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El francés que no quiere hablar #2
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El francés que no quiere hablar #2

Padre Mateo giró el trozo hacia la luz y leyó despacio, en voz alta, con el acento de un castellano que ha aprendido francés en los libros y nunca en una calle:

—…le serment que j’ai…

Duval cerró los ojos.

—El juramento —dijo Padre Mateo—. Eso sí lo entiendo. Es una palabra que estos dos años se ha aprendido media Europa.

—Sí.

—«El juramento que yo…» ¿Que yo qué, abate?

—No responderé a eso.

Padre Mateo dobló el trozo de papel y se lo guardó.

Y aquí es donde el asunto se torció, aunque en aquel cuarto no lo notó nadie.

Porque Padre Mateo tenía en la cabeza, desde hacía un año, una lección que le había costado cara y que le había salido bien.

En Nueva España había aprendido que una muerte puede ser la punta de una máquina.

Hombres que no se conocen sirviendo a lo mismo. Papeles que valen más que las vidas que los firman. Una mano lejana que paga.

Y en aquel cuarto había un extranjero silencioso, papeles quemados y la palabra juramento.

De modo que Padre Mateo dejó de preguntar quién era aquel hombre y empezó a preguntar para quién.

—Siéntese en la cama, abate. Va a costar un rato.

Duval se sentó.

—¿A quién escribe vuestra merced?

—A nadie.

—Quemaba cartas recibidas. Alguien las mandaba.

—Ya no.

—¿Desde cuándo?

—Desde agosto.

—¿Y antes?

—Antes tenía país.

Padre Mateo escribía sin mirar el papel, que era una habilidad fea y muy útil.

—¿Ha recibido dinero desde que está en España?

—Once reales de la señora doña Ángela, cada semana. Y la comida.

—¿Nada más?

—Nada más.

—¿Ha visto a algún compatriota fuera de esta parroquia?

—A los de la lista. En la iglesia.

—¿Ha salido de Toledo?

Abajo, en el patio, alguien sacó agua del pozo. La garrucha chirrió tres veces y se paró.

—No.

—¿Ha estado en la vega?

—No.

—¿En los molinos de abajo?

—No sé dónde están.

—¿Conoce vuestra merced el callejón de San Ginés?

—No.

—¿Sabe qué hay debajo?

El abate se apartó un paso de la ventana por primera vez.

—Me lo han contado.

—¿Quién?

—La criada de esta casa. En agosto. Me dijo que en Toledo hay una cueva donde estudiaban los brujos y que por eso el rey don Rodrigo perdió España.

—¿Y qué le contestó vuestra merced?

—Nada. Es lo que hago.

—¿Conocía a Bruno Sardá?

—No.

—¿Ni de nombre?

—De nombre desde el sábado. Como todo el mundo.

—¿Ha entrado en alguna imprenta de esta ciudad?

Duval tardó un poco.

Fue una tardanza distinta de las otras. Las otras eran un muro. Esta era un hombre buscando una palabra.

—No.

—Ha tardado vuestra merced.

—He tardado porque he estado a punto. Pasé por la puerta de una en septiembre y me quedé mirando por la reja. No entré.

—¿Por qué no entró?

—Porque olía a tinta y me dio vergüenza.

Fue la respuesta más rara de toda la mañana, y Padre Mateo, que ya iba por otro camino, la anotó mal.

—¿En la Real Fábrica?

Duval levantó la cabeza.

—¿La de las espadas?

—Esa.

—¿Para qué iba yo allí?

—Se lo estoy preguntando yo a vuestra merced.

—No.

Padre Mateo pasó una hoja del cuaderno.

—El sábado veintiocho, por la noche. ¿Dónde estuvo?

—Aquí.

—¿Aquí dónde?

—En este cuarto.

—¿Desde qué hora?

—Desde vísperas.

—¿Solo?

—Solo.

—¿Toda la noche?

Arriba, en el cabildo, empezaron a repicar por los veinte años del cardenal. Sonaron ocho o nueve golpes antes de que ninguno de los dos volviera a hablar.

—Toda la noche.

—¿Nadie lo vio?

—Nadie.

Padre Mateo no levantó la vista del papel.

—Doña Ángela de Padilla dice que estuvo vuestra merced con ella hasta pasadas las diez, abajo, repasando cuentas.

Hubo un silencio de tres o cuatro segundos.

Cuando Duval habló, lo hizo despacio y con mucho cuidado, como el que anda por hielo.

—La señora es muy buena conmigo.

—No le he preguntado eso.

—No tengo nada más que decir.

—Abate, uno de los dos miente y a mí me da igual cuál. Lo que no me da igual es por qué.

—Ya.

—¿Estuvo con ella?

—No responderé a eso.

Padre Mateo cerró el cuaderno.

Se levantó, fue a la mesa y sacó de la manga un pliego doblado en cuatro.

Era la copia de Prudencio. Los once signos y la frase, con la letra volteada donde estaba y todo lo demás del revés.

Lo extendió sobre la mesa y lo alisó.

—Mire esto.

Duval se acercó por primera vez sin que se lo mandaran.

Lo miró un rato largo. Después ladeó la cabeza y lo miró de otra manera.

—¿De dónde ha salido esto?

—Del suelo donde murió el hombre por el que esta ciudad quiere colgarle.

Duval no se apartó.

—¿Puedo?

—Puede.

Se inclinó tanto que la nariz le quedó a un palmo del papel.

Y entonces hizo una cosa que a Padre Mateo se le quedó grabada sin que supiera por qué: giró el pliego media vuelta y lo miró de lado, como se mira una cosa que uno sabe leer al derecho.

Puso un dedo sobre las tres letras hebreas.

—Estas no dicen nada.

—Eso ya lo sabía.

—No, padre. No es que no digan palabra. Es que están en tres alfabetos de imprenta distintos.

Padre Mateo se quedó quieto.

—¿Cómo dice?

—Los tipos. Las formas. Esta es de una fundición y esta otra no. Un hombre que escribe hebreo escribe de una manera. Este ha juntado tres.

—¿Y vuestra merced cómo sabe eso?

—Porque he corregido pruebas doce años.

—¿Dónde?

—En Angers. En el seminario. Se imprimían catecismos y un compendio.

Padre Mateo se apoyó en la mesa con las dos manos.

—Siga.

Duval movió el dedo hasta la parrilla.

—Esto lo he visto.

—¿Dónde?

—Impreso.

—¿En qué libro?

—No me acuerdo.

—Piénselo.

—Lo he pensado mientras lo decía. No me acuerdo. En un libro de figuras. Había muchos.

—¿Un libro de artes prohibidas?

—No. Un libro corriente. De estampas.

Padre Mateo lo miró con mucha atención.

Tenía delante, en aquel momento, dos caminos y el ancho de una mesa para escoger.

Uno era la palabra impreso.

El otro era un extranjero con la boca cerrada.

Y entonces, en vez de tirar de aquel hilo, tiró del otro.

—Es curioso, abate.

—¿El qué?

—Que un hombre que no me dice dónde estuvo el sábado se ponga a explicarme fundiciones de letra hebrea con tanto gusto.

Duval retiró la mano del papel.

—Le he dicho lo que sé.

—Ha dicho vuestra merced lo que le conviene saber.

—No.

—Sabe mucho de esto.

—Sé de imprenta.

—Sabe mucho de esto —repitió Padre Mateo.

Fue una mala frase y él lo notó al decirla, del mismo modo en que se nota un escalón de menos.

Pero no la retiró.

—Padre —dijo Duval—, ¿qué quiere de mí?

—Lo que no me quiere dar. Es lo único que vale la pena pedir.

—Entonces vamos a estar mucho rato callados los dos.

Padre Mateo dobló la copia y se la guardó.

—Voy a decirle cómo se ve esto desde fuera de este cuarto.

—Dígamelo.

—Un extranjero llega en agosto sin papeles de su obispo. Se encierra. No trata con nadie. Quema cartas todas las noches. Sabe de letras, de tipos y de estampas. Y la única noche por la que se le pregunta, dice que estuvo solo mientras una señora respetable jura que estuvo con ella.

—Sí.

—¿Sí?

—Se ve así. Tiene usted razón.

—¿Y no va a decir nada más?

—No.

—¿Ni siquiera «yo no lo maté»?

Duval tardó.

—Yo no lo maté.

—Lo ha dicho porque se lo he pedido.

—Sí.

—Eso no vale nada.

—Ya lo sé.

Padre Mateo se volvió a sentar.

Estuvo un momento mirando el brasero.

—Falsus in uno, falsus in omnibus —dijo.

Duval levantó la cabeza.

—Falso en una cosa, falso en todas —tradujo—. Sí. La conozco.

—Bien.

—Es regla de testigos, padre. No de hombres.

Padre Mateo no contestó.

No contestó porque no tenía respuesta.

Y porque aquella frase se la había dicho él mismo a un prior, en Soria, hacía dos semanas y media.

A propósito de un sacristán que había robado ciento sesenta y cuatro reales para enterrar a su mujer.

Se acordó de haberla dicho.

No se acordó de haberla creído.

—Una última cosa —dijo, poniéndose en pie.

—Diga.

—Si vuestra merced calla por vergüenza, esto se arregla hoy. Si calla por obediencia a alguien, se arregla mal y tarde. Y si calla por miedo, entonces dígame de quién y yo veré lo que puedo.

Duval se quedó mirando el suelo mucho rato.

—Padre.

—Sí.

—No he hecho lo que esta ciudad dice que he hecho.

—Ya.

—He hecho otra cosa.

Padre Mateo esperó.

—Y de esa no doy cuenta a usted.

—Puede que tenga que darla a otro.

—¿A quién?

—Aquí hay un tribunal que pregunta en secreto. Yo pregunto en voz alta, con una señora en el pasillo y una ventana abierta. Le conviene a vuestra merced que las preguntas me las quede yo.

Duval sonrió por primera y única vez. Fue una sonrisa muy breve y sin ninguna alegría.

—En Francia también me preguntaron una vez —dijo—. Tampoco preguntaban dos veces.

Padre Mateo se detuvo en la puerta.

—Vae soli —dijo.

—Ay del solo —tradujo el abate.

—¿Lo conocía?

—Es del Eclesiastés. «Ay del solo, que si cae no tiene quien lo levante.»

—Sí.

—Yo me lo digo todas las noches, padre. Es lo único que sé decirme en esta casa.

Doña Ángela lo esperaba abajo, de pie, en el mismo sitio.

No se había sentado en toda la mañana. Padre Mateo lo supo por la silla, que seguía arrimada a la pared.

—¿Ha hablado?

—Ha hablado poco y ha mentido menos de lo que temía.

—Entonces ya está.

—No, señora. Dice que el sábado estuvo solo en su cuarto desde vísperas.

Ella no parpadeó.

—Se equivoca.

—¿Se equivoca él o se equivoca vuestra merced?

—Se equivoca él. Con el frío y con lo poco que come, ese hombre no sabe qué día vive.

—Doña Ángela.

—Padre.

—Le voy a hacer una pregunta y le pido que se tome el tiempo que quiera. ¿Estuvo el abate Duval con vuestra merced la noche del sábado veintiocho?

Se lo tomó. Tres segundos enteros.

—Estuvo.

No se le movió la cara. Ni un músculo, ni el color, ni los ojos.

Padre Mateo había visto a hombres perder haciendas por menos aplomo que el de aquella mujer en aquellos tres segundos.

—Bien.

—¿No me cree?

—La creo capaz de decirlo hasta el final. Que es otra cosa y me merece más respeto.

Ella apretó las manos.

—¿Lo cree culpable?

—Lo creo callado. Es distinto, y es peor para él.

—Es peor para él porque ustedes lo hacen peor.

—Puede.

Padre Mateo cogió el sombrero de encima del arcón.

—Voy a pedir al corregidor que ponga dos alguaciles en esta puerta.

Doña Ángela de Padilla se puso muy derecha.

—No haga eso.

—Es por su seguridad. La ciudad está caliente y esta calle es estrecha.