El francés que no quiere hablar
En Toledo, la palabra francés había dejado de ser un gentilicio.
Se había vuelto un cargo.
Padre Mateo lo comprobó el miércoles por la mañana, mientras subía desde la posada. En cuatro calles oyó la palabra seis veces y ninguna significaba lo que significa en los diccionarios.
—Los franceses.
—Ha sido un francés.
—Como no metan mano con los franceses.
Nadie decía un nombre.
Todavía.
En la posada, antes de salir, se lo había explicado Ceferina Robles mientras fregaba una olla con arena.
—Hoy ya lo dicen.
—¿El qué?
—El nombre. Anoche no. Hoy sí.
—¿Y cómo se pasa de anoche a hoy?
—Por una piedra.
Padre Mateo dejó la cuchara.
—Explíquese vuestra merced.
—Anoche le rompieron una ventana a la casa donde está. Cuando a una casa le rompen una ventana, la gente ya no pregunta quién vive dentro. Lo sabe.
—¿Y quién tira la primera piedra?
Ceferina siguió fregando con la arena.
—El que está seguro de que la segunda no la tira él solo.
Hay ciudades que tardan semanas en escoger a un culpable. Toledo tardó nueve días desde el primer círculo, y no eligió por maldad ni por estupidez.
Eligió porque llevaba dos meses con miedo y el miedo, cuando dura, necesita una dirección.
Un hombre callado, extranjero, con la lengua de los que habían degollado a doscientos sacerdotes en las cárceles de París tres semanas antes, era una dirección excelente.
Aquel día, tres de octubre, se cumplían veinte años justos de la entrada del cardenal Lorenzana en la ciudad, y el cabildo había mandado repicar a mediodía.
Iban a sonar las campanas por un arzobispo que había traído a quinientos sacerdotes franceses, en una ciudad que estaba decidiendo que un francés le había matado a un encuadernador.
Padre Mateo pensó que las ciudades tienen menos memoria que los frailes y más ruido.
Antes de llamar a aquella puerta, Padre Mateo había hecho lo que hacía siempre y que a nadie le parecía trabajo, porque no se ve.
Había pedido al provisor Arceo la lista de los sacerdotes franceses repartidos por la ciudad. Eran ciento nueve dentro de las murallas y muchos más en los pueblos.
De esos ciento nueve había hablado con siete, escogidos porque vivían cerca de la cuesta de Santa Leocadia y porque comían juntos los domingos.
Los siete le habían dicho lo mismo con distintas palabras.
Que el abate Duval no iba a las comidas. Que no rezaba con ellos. Que no aceptaba que le remendaran nada. Que saludaba en la iglesia y se marchaba antes que nadie.
Y uno de ellos, un viejo de Nantes al que le faltaban tres dedos de un pie, había añadido una frase que Padre Mateo apuntó entera:
—Ese hombre no huye de Francia, padre. Huye de nosotros.
Entonces le pareció una delación de emigrado envidioso.
Era la única descripción exacta que iba a oír de Étienne Duval en once semanas.
La casa estaba en la cuesta de Santa Leocadia, con dos plantas, un patio pequeño y una parra seca.
Era del canónigo Bustillo, que llevaba desde agosto en Yepes por unas fiebres y que probablemente no volvería. La mitad de las habitaciones tenían las contraventanas cerradas.
En la ventana de arriba, la del fondo, faltaba un vidrio.
Alguien lo había tapado por dentro con un cartón y lo había sujetado con dos clavos.
Le abrió una mujer que no era criada.
—Padre Mateo.
—Señora.
—Ángela de Padilla y Rojas. Viuda de Sotoca.
Tendría cuarenta y seis años. Iba de negro, sin ningún adorno, con las manos cruzadas delante y esa quietud que en algunas mujeres es educación y en otras es aviso.
—¿Vive vuestra merced aquí?
—No. Administro las obras pías de esta parroquia y de la de San Nicolás, y la sección de mujeres de la Casa de Caridad. Y desde agosto reparto huéspedes.
—¿Huéspedes?
—Sacerdotes franceses. Su eminencia me dio una lista y yo busqué camas. Once en esta parroquia.
—¿Cómo se busca una cama para once hombres?
—Como se busca todo aquí. Sabiendo quién debe qué a quién.
—¿Y vuestra merced lo sabe?
—Padre, llevo dieciocho años administrando limosnas ajenas. Sé lo que come cada casa de esta parroquia y sé cuál de ellas manda a misa a la criada para que no se note que no hay carne.
—Es un saber incómodo.
—Es el único que me dejaron aprender.
Se apartó un mechón gris con el dorso de la mano.
—Coloqué a diez sin trabajo. El once me costó tres semanas.
—¿Este?
—Este es el que peor cayó.
—¿Por qué?
—Porque no dio las gracias.
Padre Mateo la miró.
—¿Eso basta?
—En una ciudad pequeña, basta con menos.
Lo hizo pasar al patio.
—Antes de que suba, padre, quiero decirle una cosa.
—Dígala.
—El sábado por la noche, el veintiocho, el abate Duval estuvo conmigo.
—¿Dónde?
—Aquí. En la sala de abajo. Repasando las cuentas de la obra pía, que hay que cerrarlas por San Miguel.
—¿Hasta qué hora?
—Hasta las diez largas.
—¿Y quién más estaba?
—Nadie.
—¿Ni criada?
—Salió a las ocho. Yo cierro las cuentas sola porque las cuentas son mías.
Lo dijo mirándolo a los ojos, sin prisa, sin adornarlo.
Padre Mateo asintió.
—Gracias, señora.
—¿No lo apunta vuestra paternidad?
—Lo apunto luego. Cuando apunto delante de la gente, la gente empieza a hablar para el papel.
La habitación del abate estaba en el piso de arriba, al fondo, y era la más pequeña de la casa.
Una cama, una silla, una mesa, una palangana y un brasero.
Sobre la mesa, ocho libros y un tintero seco.
En el brasero, ceniza de papel.
Mucha. Bastante más de la que cabe en un brasero de aquel tamaño sin que alguien la haya estado removiendo durante días.
Padre Mateo la calculó con la vista, como se calcula un montón de grano.
No era la quema de una noche de miedo. Era la de un hombre que llevaba semanas deshaciéndose de algo poco a poco, con método, echando al fuego lo que cabe en una mano y esperando a que prendiera.
Eso lo hace quien no tiene prisa.
O quien no se atreve a acabar.
El abate Étienne Duval estaba de pie junto a la ventana cuando entró.
Tenía treinta y nueve años, era alto y delgado, con la cara pálida de los que no salen y una sotana vuelta del revés por una costurera hábil. Tenía las manos largas. No las movía.
—Padre.
—Abate.
No se apartó de la ventana ni le tendió la mano.
—Me han dicho que vendría.
—¿Quién?
—Todos.
Padre Mateo se sentó en la silla, que era la única, y dejó al otro de pie, cosa que no era descortesía sino método: un hombre de pie contesta antes.
Duval siguió de pie y no contestó antes.
—Hablo mal el castellano —dijo.
—Lo habla vuestra merced mejor que yo el francés. Podemos hacerlo en latín si le acomoda.
—Como usted quiera.
—En castellano. Que nos entienda quien pase por el pasillo.
Duval entendió aquello y no dijo nada.
—Nombre entero.
—Étienne Marie Duval.
—Edad.
—Treinta y nueve.
—Diócesis.
—Angers.
—¿Ordenado?
Hablaba sin mover las manos. Las tenía caídas a los lados y no se las llevó a la sotana ni una vez en toda la mañana.
—En mil setecientos setenta y siete.
—¿Cuándo salió de Francia?
—El veintiséis de julio.
—¿Por dónde?
—Por Bayona. A pie desde Poitiers.
—¿Cuándo llegó a Toledo?
La ventana daba a un tejado y a un trozo de muralla. No se veía calle. Padre Mateo pensó que aquel hombre llevaba dos meses sin ver pasar a nadie.
—El nueve de agosto.
—¿Con quién?
—Con dos. Uno murió en Talavera.
—¿De qué?
—De todo.
—Póngale nombre.
—Se llamaba Jean-Baptiste Renou. Tenía sesenta y seis años. Se le abrieron los pies en Salamanca y no se le cerraron. En Talavera dejó de andar y a los cuatro días dejó lo demás.
—¿Lo enterró vuestra merced?
—Lo enterró la parroquia. Yo cavé.
—¿Cavó?
—No había quien. Era agosto y hacía cuarenta y dos grados de los de Réaumur, o los que sean aquí.
Padre Mateo levantó la vista del cuaderno.
—Esa es la primera cosa que me dice vuestra merced y no es una fecha.
—Perdón.
—No pido perdón. Pido cosas.
Duval no se movió de la ventana.
—Sus papeles.
El abate fue a la mesa, abrió un libro y sacó dos hojas dobladas.
El libro era una gramática latina, y las hojas estaban entre las mismas páginas por las que se abría solo, de tanto abrirlas.
Padre Mateo las miró despacio.
Una era una licencia del vicario de un pueblo de Navarra, de agosto, para celebrar mientras estuviera de paso. La otra era una relación firmada por el propio Duval, con su nombre, su diócesis y su año de ordenación.
Nada más.
—¿Y las letras testimoniales de su obispo?
—No las tengo.
—¿Las perdió?
—No.
—¿Se las quitaron?
—No.
—¿Entonces?
Silencio.
—Abate, todos los sacerdotes franceses que han entrado en esta diócesis han traído algo. Un papel de su obispo, o de su cabildo, o de un párroco vecino, o de otro emigrado que responda por ellos. Vuestra merced es el único de once en esta parroquia que trae un papel escrito de su propia mano.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, soy el único.
Padre Mateo dejó las hojas sobre la mesa.
—Su obispo de Angers no juró.
—No.
—Salió de Francia el año pasado.
—Sí.
—¿Le pidió vuestra merced las letras?
Silencio otra vez. Más largo.
—Abate.
—No responderé a eso.
Fue la primera vez que dijo aquella frase, y Padre Mateo la anotó, porque las frases que un hombre elige repetir dicen más que las que improvisa.
—¿Qué quema vuestra merced en ese brasero?
—Papeles.
—¿De quién?
—Míos.
—¿Cartas?
—Cartas.
—¿Recibidas o escritas?
—Las dos cosas.
—¿Y por qué quema cartas propias un hombre que dice no tener nada que esconder?
—Yo no he dicho eso.
Padre Mateo se detuvo.
Era, hasta ese momento, la mejor respuesta que había recibido en Toledo.
—Explíquemelo.
—No.
Se levantó y fue hasta el brasero.
No lo removió. Se agachó, apartó la ceniza de arriba con el canto de una hoja y buscó abajo, donde el papel a veces se apelmaza sin arder del todo.
Tardó un minuto largo. Nadie dijo nada mientras tanto.
Encontró tres trozos.
Dos no tenían nada. El tercero tenía media línea, en francés, con los bordes tostados.
Se lo llevó a la ventana.
Se leían cuatro palabras y parte de una quinta.
—¿Qué dice aquí?
Duval no se acercó.
—No lo sé. No veo desde aquí.
—Acérquese.
Se acercó. Miró el papel un segundo y se apartó.
—Es letra mía.
—Le he preguntado qué dice.
—Ya lo sé.
—Dígamelo.
—No.