Cuatro justicias y ningún juez #3
El mozo se quedó con la piedra en la mano y con cara de no saber cómo salir de allí sin perder.
Fue entonces cuando entraron los alguaciles por el otro lado de la plaza.
Eran ocho y venían dando voces, que es la peor manera de entrar en una plaza llena.
El corro se deshizo como se deshacen los corros: hacia los lados, despacio y sin que nadie corriera, para que después ninguno pudiera decir que había estado allí.
Bracamonte llegó el último, a caballo, cuando ya no quedaba nadie a quien prender.
—¿Ha habido heridos?
—Un banquillo —dijo Padre Mateo.
—Entonces no ha habido nada.
—Señor corregidor, ha habido cuatrocientas personas mirando cómo tres muchachos decidían quién es de esta ciudad y quién no. Mañana serán los mismos cuatrocientos y sabrán que tardaron ustedes un cuarto de hora.
Bracamonte apretó las riendas.
—Deme un culpable antes de Navidad, padre, y le prometo que no vuelve a pasar.
—Deme vuestra merced hasta Navidad y le prometo que no le doy uno falso.
En el suelo quedaron los calderos y el banquillo.
Padre Mateo se agachó y empezó a recogerlos.
Al cuarto caldero se le juntó el calderero, y al sexto una mujer del mercado, y al octavo el chico que vendía esparto en el puesto de al lado.
Nadie dijo nada.
Bautista Larré fue el único que habló, cuando ya cargaba el serón.
—Padre.
—Diga.
—No hacía falta que hiciera eso.
—Ya lo sé.
—Mañana estarán otra vez.
—También lo sé.
—¿Y entonces?
Padre Mateo le puso el último caldero encima del montón.
—Entonces mañana volveremos a recoger los calderos. Es un oficio aburrido y no lo enseñan en ninguna parte.
A las cuatro estuvo en la Posada de la Hermandad, detrás de la catedral.
Era el edificio más viejo de la ciudad que no fuera iglesia.
Fachada de piedra, con las armas de los Reyes Católicos encima de la puerta.
Y dentro, la escalera que bajaba al sótano, cerrada con un rastrillo de barrotes que se levantaba a manivela.
Bracamonte llegó tarde y de mal humor.
Ribalta los esperaba en el zaguán, con un candil.
—Están abajo. No les he puesto grillos.
—¿Debo agradecérselo? —dijo el corregidor.
—No. Debe apuntarlo.
Bajaron doce escalones. Había cuatro celdas abovedadas y un olor a piedra fría que Padre Mateo reconoció y que no era el de las cuevas.
Las bóvedas eran bajas y el candil solo alumbraba hasta la mitad de cada una.
En la segunda celda había dos hombres sentados en el suelo, hombro con hombro.
Uno tendría treinta años y el otro más de setenta. El viejo tenía los pies vendados con trapos.
Padre Mateo se acercó a los barrotes y les habló en latín.
Contestó el joven. El viejo lloró, sin ruido y sin aparato, como lloran los que llevan mucho tiempo aguantándose.
Estuvieron hablando cuatro o cinco minutos.
Bracamonte se apoyó en la pared y miró al techo. Ribalta no se movió y no apartó los ojos del viejo.
Después Padre Mateo se volvió.
—Son sacerdotes. De la diócesis de Angers. El viejo lo es desde el año cuarenta y cuatro.
—¿Y qué hacían de noche en el camino? —dijo Ribalta.
—Ir a Talavera, donde les dijeron que había sitio. Salieron de día. Se les hizo de noche porque el viejo anda a media legua por hora con esos pies. Eso no es delito. Es aritmética.
Ribalta miró al viejo un buen rato.
—Que suban —dijo—. Y que les den de cenar antes de echarlos.
—Señor alcalde —dijo Padre Mateo—, ¿puedo hacerle una pregunta que no le va a gustar?
—Las que quiera.
—¿Por qué los detuvo?
—Porque estaban donde no se puede estar.
—¿Y por qué siguió teniéndolos tres días?
Ribalta apagó el candil contra la pared antes de contestar, aunque todavía no estaban arriba.
—Porque en la ciudad andan diciendo que fue un francés. Y yo tenía dos.
—Siga.
—Si los suelto el primer día y luego resulta que era verdad, nos comen crudos a mi cabildo y a mí.
—Ya.
—Y ahora usted me dirá que eso es una cobardía.
—Le voy a decir algo peor.
—Dígalo.
—Que es lo único razonable que ha hecho hoy alguien en esta ciudad, y que por eso mismo esos dos hombres han pasado tres noches en un sótano.
Ribalta no contestó enseguida.
—En el monte los muertos no mienten tanto —dijo por fin—. Es la única ventaja que tenemos.
Subieron.
En el zaguán, antes de salir, el alcalde de cuadrilla lo agarró del brazo.
—Padre. Una cosa.
—Diga.
—Si de verdad quiere buscar a un francés, en esta ciudad hay uno del que habla todo el mundo. Vive en la casa de un canónigo, no sale, no habla y quema papeles en su cuarto.
—¿Nombre?
—Duval. El abate Duval.
Padre Mateo se quedó con aquel nombre encima toda la vuelta.
Y aquí conviene decir una cosa, porque el que la calle no sería honrado.
En Nueva España, un año antes, Padre Mateo había aprendido que detrás de una muerte puede haber una máquina.
Hombres que no se conocen entre sí sirviendo a lo mismo. Dinero que viene de lejos. Papeles que valen más que las personas que los firman.
Aquella lección le había salvado un caso y quizá una ciudad.
Y desde entonces, cuando veía tres piezas juntas, empezaba a buscar la máquina antes de haber mirado bien las piezas.
Aquella tarde tenía tres piezas.
Una ciudad con cuatro justicias que no podían instruir nada.
Un montaje de sal y velas hecho por alguien con pulso y sin teología.
Y un extranjero callado, en una guerra que todavía no estaba declarada.
Nunca se le ocurrió que las tres pudieran no tener nada que ver entre sí.
La posada estaba a oscuras cuando llegó, y Ceferina Robles lo esperaba en el zaguán con la tranca en la mano.
—Padre.
—Buenas noches.
—Hay una cosa en la puerta.
—¿Qué cosa?
—Vaya a verla vuestra paternidad y no me la traiga a mí, que yo ya tengo bastante.
Estaba clavada por fuera, a la altura de los ojos, con una punta de zapatero.
Era un cuarto de pliego, doblado una vez. Alguien lo había clavado sin doblarlo del todo, de modo que se movía con el aire y llevaba moviéndose Dios sabe cuánto rato.
Padre Mateo lo sacó con cuidado, tirando de la punta y no del papel.
Lo abrió.
Tres palabras, en letras de imprenta hechas a mano, muy grandes, sin firma:
NO LO DEJARÁN
Se quedó mirándolas un momento en el escalón.
No eran una amenaza. Una amenaza dice váyase.
Aquello decía otra cosa, y la decía casi con lástima.
Después entró, pidió una vela y subió a su cuarto.
Allí hizo lo que hacía siempre con cualquier papel que le llegara sin nombre.
Era una costumbre que había empezado veinte años atrás por una tontería y que ya no sabía dejar.
Levantó el papel contra la llama y lo miró a contraluz.
Se veía la marca del molino en el grueso del papel, pálida, entre los corondeles.
Era una marca corriente. La había visto mil veces.
No aprendió nada.
Aun así lo apuntó, dobló el papel por donde ya venía doblado y lo guardó entre las hojas del cuaderno.