Cuatro justicias y ningún juez #2
A las once y media, Ribalta contó lo de los dos franceses y la junta se rompió.
—Antes de que se me olvide —dijo—. La noche del sábado cogimos a dos en el camino de los molinos, después del toque, andando en despoblado sin licencia y sin farol.
—¿Dos qué? —dijo Bracamonte.
—Dos curas franceses. O eso dicen. Traían un papel en su lengua que no entiende nadie de los míos.
—¿Dónde están?
—En mi casa.
—¿En la Posada?
—En la Posada.
El escribano dejó de escribir por su cuenta, que en aquella casa era la señal más fiable de que algo iba mal.
Bracamonte se puso de pie.
—¿Tiene vuestra merced a dos eclesiásticos en las cárceles de la Hermandad y viene a decirlo el tercer día, de pasada, entre dos asuntos?
—Vengo a decirlo hoy porque hoy había junta. No me pareció que hiciera falta molestarles antes.
—¿No le pareció?
—No. En despoblado, de noche, sin licencia. Es delito y es mío.
—¡Son sacerdotes!
—Eso lo dicen ellos y un papel. En el monte, señor corregidor, los papeles pesan poco y los hombres pesan lo que pesan.
—Vuestra merced no tiene jurisdicción sobre personas eclesiásticas —cortó Arceo, levantándose también—. Ni en poblado ni en despoblado ni en el fin del mundo. Suelte a esos hombres esta mañana.
—Sueltos van a estar cuando alguien me diga quiénes son.
—Se lo digo yo.
Ribalta se apartó de la puerta y dio dos pasos hacia la mesa. Fue la primera vez que entró del todo en la sala.
—Vuestra merced no estaba en el camino.
Bracamonte rodeó la mesa.
—Escúcheme bien, Ribalta. Su Hermandad lleva treinta años perdiendo lo que le queda porque no hay quien la aguante.
—Puede.
—Desde el sesenta y dos les han recortado cuanto se podía recortar. Y todavía se pasean con la vara como si esto fuera el reinado de los Reyes Católicos.
—Y usted lleva cuatro días con un muerto encima y no ha llamado ni a la puerta de la calle donde lo mataron.
—Repita eso.
—Lo repito despacio si quiere.
Estaban a un paso. Ribalta no levantó la vara. Bracamonte no levantó la mano. Pero los dos habían echado el peso adelante, y el escribano dejó de escribir, y Arceo dijo el nombre de Dios en voz baja.
—Señores.
Lo dijo Padre Mateo sin levantarse y sin levantar la voz.
—Si se pegan vuestras mercedes, mañana lo sabe la ciudad entera. Y la ciudad, en la situación en que está, no necesita enterarse de que sus justicias se dan de bofetadas por dos franceses.
Los dos se quedaron quietos.
—Siéntense, se lo ruego.
Se sentaron. Peor sentados que antes, pero sentados.
—Yo no quiero mal a esos dos hombres —dijo Ribalta, al cabo de un momento, mirando a la mesa—. Les he dado de comer lo que como yo.
—Le creo —dijo Padre Mateo.
—Nadie me cree.
—Yo sí. Y por eso le voy a pedir un favor que le va a costar poco: déjeme verlos esta tarde.
—¿Usted?
—Yo, con el señor corregidor, si él quiere. No para sacarlos. Para verlos.
Ribalta lo pensó.
—A las cuatro.
Padre Mateo aprovechó el silencio que vino después, porque sabía que no habría otro.
—Señores, quisiera proponer tres cosas. Son pequeñas y no tocan la jurisdicción de nadie.
—Diga —gruñó Bracamonte.
—Primera. Que haya una sola lista de testigos. Una. Escrita una vez y copiada tres, con los mismos nombres y las mismas preguntas.
—Los míos declaran ante mi escribano —dijo Arceo.
—Que declaren ante quien quieran. Pido que la lista sea la misma.
—¿Y qué más da?
—Da esto. Que el molinero del río declare ante la Hermandad y no ante la ciudad. Que el vecino de San Ginés declare ante la ciudad y no ante la Iglesia.
—¿Y?
—Y dentro de dos meses tendremos tres legajos que no se pueden leer juntos. Ninguno servirá.
—Es razonable —dijo Valdivielso, desde la ventana.
Nadie le había preguntado, y sin embargo aquello movió algo.
—Segunda —siguió Padre Mateo—. Que se recojan las cuatro cosas materiales.
—¿Cuáles?
—La sal, las velas, el dibujo de los signos y las ropas del difunto.
—¿Y luego?
—Que se pesen, se cuenten y se firmen. Y que se guarden juntas.
—¿Dónde? —dijo Arceo, muy deprisa.
Y ahí se acabó.
—En el Ayuntamiento —dijo Bracamonte.
—En la casa del arzobispo.
—En la Posada, que tiene rejas —dijo Ribalta.
—En el tribunal, si se avoca —dijo Valdivielso, y añadió enseguida—: aunque yo no lo pido.
Padre Mateo esperó a que terminaran.
—¿Y la tercera cosa? —preguntó Arceo.
—La tercera ya no hace falta.
Salió a la plaza a las doce menos cuarto.
Valdivielso lo alcanzó en la escalera, con dos legajos bajo el brazo y sin resuello.
—Padre. Perdone. Esto es lo que me pidió el sábado.
Era una lista.
Padre Mateo la abrió allí mismo, en el rellano.
Ocupaba once pliegos cosidos.
Traía en columnas los volúmenes que Bruno Sardá había recibido para restaurar desde marzo: número, signatura, materia, fecha de entrega, fecha de devolución y una casilla al final para las observaciones.
Trescientos cuarenta y uno.
Todos con su fecha. Ninguno sin cerrar.
Estaba escrita entera con la misma letra, pequeña y regular, sin una enmienda, sin un borrón, sin una línea torcida.
—Es un trabajo hermoso —dijo Padre Mateo.
—Es mi trabajo.
—¿Lo ha hecho vuestra merced?
—Desde marzo, cada semana, con Sardá delante. Él no sabía escribir deprisa y yo no sé hacer otra cosa.
—¿Y esto lo tenía ya?
—Lo tenía. Solo he tenido que copiarlo limpio, que me llevó anoche hasta las tantas y no me ha costado nada, porque a mi edad se duerme poco y mal.
Padre Mateo pasó los pliegos con el pulgar.
—Le agradezco la diligencia.
—Hay otra cosa —dijo Valdivielso—. Y le pido de antemano que no le dé más importancia de la que tiene, porque seguramente no tiene ninguna.
—Dígame.
—Buscando esto me salió al paso un papel de agosto. Una relación que entró en el tribunal y que no se proveyó, porque no había materia. Es contra un canónigo joven de esta santa iglesia.
—¿Contra?
—Contra es mucho decir. Es una noticia. Que compra libros de los que no se pueden comprar. De artes de Toledo, de las antiguas. Cosas de la cueva y de la mesa y de todo eso.
—¿Nombre?
Valdivielso miró la escalera, arriba y abajo, aunque no había nadie.
—Don Andrés de Mena.
—¿Y por qué no se proveyó?
—Porque coleccionar tonterías no es delito mientras no se practiquen. Y porque el muchacho tiene veintiocho años y un tío en el cabildo.
Padre Mateo dobló la lista.
—¿Me da vuestra merced ese papel?
—Se lo doy y me quedo más tranquilo. Yo prefiero que estas cosas las mire alguien de fuera. Aquí dentro todos somos primos de alguien.
—Don Cosme.
—Diga.
—¿Le ha servido a vuestra merced de algo la junta?
—A mí, de nada. ¿Y a usted?
—De mucho. Ya sé lo que no va a pasar.
Valdivielso sonrió con los labios cerrados.
—En esta ciudad no manda nadie —dijo Padre Mateo.
El notario del secreto se quedó quieto un instante, con los legajos apretados contra el pecho.
—Es usted el primero que lo dice en voz alta desde que yo tengo memoria.
—Alguien lo habrá pensado.
—Pensarlo lo piensan todos. Decirlo cuesta el destino.
—¿Y a vuestra merced no le cuesta oírlo?
—A mí ya no me cuesta nada, padre. Yo soy el que apunta.
Zocodover a mediodía era otra cosa.
La plaza había sido mercado desde que la ciudad tenía nombre árabe, y el nombre lo decía: el zoco de las bestias.
Todavía se vendían allí.
Y con ellas cebada, esparto, loza, hierro viejo, ristras, gallinas y todo lo que un hombre puede llevar encima o en un serón.
Padre Mateo entró por el lado del arco.
Había cuatrocientas personas y un ruido que se oía desde la cuesta.
Y en medio de la plaza, contra la pared de un soportal, había un corro.
Los corros tienen un sonido propio. No gritan todos a la vez: gritan cuatro y callan cien, y ese callar es lo que da miedo.
Padre Mateo se metió por el borde.
En el centro había un hombre de unos sesenta años, con mandil de cuero y las manos negras hasta la muñeca.
Tenía la espalda pegada a la pared.
A sus pies, un banquillo caído y una docena de calderos abollados rodando por el suelo.
Delante de él, tres mozos y una mujer.
—¡Di algo! —gritaba uno de los mozos—. ¡Anda, di algo!
—Bautista, hombre —decía una vieja desde atrás—, diles que eres de aquí.
—Soy de aquí —dijo el hombre.
Y en esa frase de tres palabras, la erre le salió arrastrada.
El corro se movió.
—¿Habéis oído?
—Es gabacho.
—Los gabachos han matado a sus curas y ahora vienen a matar a los nuestros.
—¡Que enseñe las manos!
—¡Que diga el Credo!
El calderero empezó a decir el Credo.
Lo decía bien, con la cantinela de quien lo ha rezado sesenta años.
Y aquello no hizo más que empeorarlo, porque un mozo dijo que eso lo sabía cualquiera y que precisamente por eso.
Voló la primera piedra. Dio en la pared, un palmo por encima del hombro.
Padre Mateo se metió en el corro.
No corrió. No gritó. Anduvo tres pasos y se puso delante del calderero, de lado, sin taparlo del todo, porque un hombre tapado del todo parece un culpable escondido.
—Buenas —dijo.
El corro se paró. No por respeto: por sorpresa.
—¿Y este quién es? —dijo el de la piedra.
—Un fraile de Soria que lleva una semana en Toledo y todavía no ha entendido nada. ¿Cómo se llama vuestra merced?
—¿Yo?
—Vuestra merced, sí. El de la mano llena.
El mozo miró la piedra y la bajó un poco.
—Andrés.
La piedra le pesaba ya, y una piedra que pesa se baja sola.
—Andrés. ¿De qué parroquia?
—De Santiago del Arrabal.
—Bien. ¿Y este hombre?
—Este es francés.
—Se lo he preguntado a él, no a vuestra merced. Diga su nombre.
—Bautista Larré —dijo el calderero—. Calderero. Treinta y un años en esta ciudad, en la calle de las Cordonerías. Mis cuatro hijos están bautizados en Santo Tomé y dos están enterrados allí. Solo me delata la erre.
Hubo un movimiento en el corro. No un cambio: un movimiento.
—Andrés —dijo Padre Mateo—, hágame vuestra merced un favor.
—¿Qué favor?
—Vaya a Santo Tomé, que está a un cuarto de hora. Pregunte en el libro de bautizados por los hijos de Bautista Larré.
—¿Y si están?
—Si no están, vuelve vuestra merced con la piedra y yo mismo le sujeto a este hombre.
—Yo no sé leer.
—Que se lo lea el sacristán. Y si el sacristán se hace el remolón, dígale que le manda el fraile de Soria y que lo apunte todo, que a mí me gustan las cosas apuntadas.