Cuatro justicias y ningún juez
La junta se convocó a las nueve y empezó a las diez y cuarto, por una cuestión de sillas.
Era martes, dos de octubre.
Se celebró en la casa del Ayuntamiento, frente por frente con la catedral, en una sala larga con dos ventanas y un retrato de Carlos IV que todavía olía a barniz.
El problema fue la mesa.
Era una mesa de cabecera, y una mesa de cabecera obliga a que alguien se siente en ella.
El corregidor entendía que, siendo la casa suya, la cabecera también.
El provisor entendía que la jurisdicción eclesiástica no se sienta de costado.
Ninguno de los dos quiso decirlo en voz alta. De modo que estuvieron una hora larga entrando y saliendo, mandando recados y buscando un escribano que no aparecía.
A las diez y cuarto, un carpintero quitó la mesa y trajo otra redonda.
—Es lo que hay —dijo el carpintero.
Fue el hombre más útil de la mañana.
Padre Mateo se sentó el último y sin discutir, porque no representaba a nadie y esa era, aquel día, su única ventaja.
A su derecha estaba don Íñigo de Bracamonte y Ayala, corregidor, mejor peinado que el sábado y peor dormido.
A su izquierda, el doctor don Ventura Arceo, provisor y vicario general, con una carpeta de badana y las manos encima.
Enfrente, junto a la ventana y con la silla algo retirada de la mesa, don Cosme Valdivielso, notario del secreto, que no había pedido asiento y a quien nadie había discutido el que tomó.
Y de pie, apoyado en el marco de la puerta, con las botas puestas y una vara corta en la mano, un hombre al que Padre Mateo no conocía.
—Que se siente ese señor —dijo Bracamonte.
—Estoy bien.
—Se lo digo por cortesía.
—Y yo le contesto por costumbre.
Tendría cincuenta años. Era seco, quemado del sol hasta el cuello de la camisa, con el pelo gris cortado a navaja y una cara que no había estado bajo techo más de tres días seguidos en su vida.
Traía barro seco hasta media pantorrilla y no se lo había quitado a propósito.
—Melchor Ribalta —dijo Arceo, sin gusto—. Alcalde de cuadrilla de la Santa Hermandad Vieja.
—Vieja —repitió Ribalta—. Lo de vieja lo dicen ustedes con retintín y a mí me gusta. Vieja quiere decir que estábamos antes.
El escribano apareció por fin y se sentó en un rincón.
—Antes de nada —dijo Arceo, abriendo la carpeta—, quiero que conste que asisto sin que esto pare perjuicio al derecho de mi jurisdicción ni sirva de ejemplar para lo sucesivo.
—Que conste —dijo Bracamonte.
—Y yo lo mismo —dijo Ribalta.
—Vuestra merced no tiene aquí derecho ninguno que perjudicar.
—Pues por eso lo digo. Para que no se me olvide.
Padre Mateo miró al escribano, que escribía sin levantar la cabeza, y comprendió que aquello iba a durar.
Bracamonte tomó la palabra como dueño de la casa.
—Resumo. El sábado, día de San Miguel.
—Resuma.
—Apareció muerto en el callejón de San Ginés, dentro de la ciudad, un vecino llamado Bruno Sardá. Encuadernador. Sesenta y un años. Lego y viudo.
—¿De qué murió?
—Estrangulado con cordel, según el doctor Nieto.
—Siga.
—Sujeto lego. Hecho dentro de la ciudad. La causa es mía.
—El hecho ocurrió en San Ginés —dijo Arceo.
—En el sótano de San Ginés.
—San Ginés es iglesia.
—San Ginés es un solar con paredes.
—Está sin desacralizar, señor corregidor. No ha habido decreto. Está cerrada por pobreza, que no es lo mismo. Ese suelo sigue siendo suelo de la Iglesia y lo que allí ocurrió, además de un homicidio, es un sacrilegio.
—¿Y quién lo dice?
—Lo digo yo, que para eso soy provisor.
—Muy cómodo.
—Muy antiguo, que es distinto.
Ribalta soltó una risa por la nariz.
—¿Le hace gracia? —dijo Bracamonte.
—Me hace gracia que lleven ustedes cuatro días peleándose por un sótano y ninguno haya ido a ver el círculo del río.
Se hizo un silencio.
Padre Mateo se enderezó.
—¿Qué círculo del río?
—El de la vega de abajo, padre.
—¿Cuál de los tres?
—El último. A legua y media de la puerta, cerca de los molinos. En despoblado.
—¿Y allí manda vuestra merced?
—Allí mando yo, mal que le pese a la ciudad.
—¿Sigue puesto?
—Lleva tres semanas con su sal y sus velas, porque nadie ha querido tocarlo.
—¿Sigue estando?
—Lo que ha dejado la lluvia. Que ha llovido dos veces.
Padre Mateo cerró un momento los ojos.
—Señores, hagamos una cosa sencilla. Los tres círculos anteriores. Uno por uno. Dónde y cuándo.
—¿Para qué? —dijo Bracamonte.
—Para tenerlo escrito. Empiece vuestra merced.
El corregidor miró al escribano, que buscó dos hojas atrás.
—El primero, el ocho de septiembre. En un corralón de la calle de la Sal, detrás de Zocodover. Suelo de la ciudad, casa de un particular. Lo instruí yo. No hay nada.
—¿Y el segundo?
—El segundo no es mío —dijo Bracamonte, y lo dijo con gusto.
Arceo pasó una hoja de la carpeta.
—El segundo apareció el quince, en el atrio de la ermita de San Eugenio del Camino, que está cerrada y es nuestra. Levanté yo la diligencia.
—¿Y el tercero es de vuestra merced? —dijo Padre Mateo a Ribalta.
—El veintidós. En la vega, en despoblado. Mío.
—Ocho, quince, veintidós.
—Cada ocho días —dijo el escribano, sin levantar la cabeza, y enseguida se puso colorado por haber hablado.
—Cada ocho días —repitió Padre Mateo—. ¿Y qué día habría tocado el cuarto?
Nadie contestó, porque la cuenta la hicieron todos a la vez.
—El veintinueve —dijo Arceo.
—El veintinueve. Y el veintinueve, señores, hubo círculo.
Se quedaron callados un momento.
—Con un hombre dentro —añadió Bracamonte.
—Con un hombre dentro.
El escribano escribió las cuatro fechas en una línea y las subrayó, y nadie de los presentes, tampoco Padre Mateo, se detuvo a mirar la otra columna, la de los sitios.
—¿Lo ha visto vuestra merced?
—Lo vi el día que me avisó un molinero. Puse dos cuadrilleros de guardia una semana y luego los quité, porque no tengo hombres para guardar sal.
—¿Y no dio parte?
—Di parte a mi cabildo, que es el mío. Y de la ciudad no me llamó nadie hasta anoche.
Bracamonte dio un golpe corto en la mesa.
—Porque no era asunto de la ciudad.
—Y ahora sí, ¿verdad? Ahora que hay un muerto con casaca.
—Con chupa —dijo Padre Mateo—. Y era encuadernador.
Ribalta lo miró por primera vez de frente.
—Usted es el de Soria.
—Sí.
—Me dijeron que había estado en las Indias.
—Estuve.
—Entonces ya sabe lo que es una tierra donde manda uno y obedecen diez.
—Sé lo que es una tierra donde manda uno. Aquí estoy aprendiendo lo otro.
Arceo carraspeó y sacó un papel de la carpeta.
—Hay una cuestión previa que conviene resolver.
—Resuélvala —dijo Bracamonte.
—El difunto Sardá trabajaba para el cabildo, para la universidad y para el tribunal.
—¿Y bien?
—Que su casa está llena de libros que no son suyos. Muchos, de fábrica de la iglesia. Algunos, de manos que no pueden andar de cualquier modo.
—¿Y qué propone vuestra merced?
Arceo alineó el papel con el borde de la mesa antes de contestar.
—Que el inventario de su casa lo haga un notario eclesiástico.
—El inventario de la casa de un lego lo hace mi escribano.
—El inventario de libros ajenos lo hace quien puede responder de ellos.
—¿Y quién responde de que su escribano no se lleve nada?
Arceo se puso muy blanco.
—Retire vuestra merced eso.
—Lo retiro y lo pienso.
—Señor corregidor.
—Lo retiro.
Padre Mateo levantó una mano dos dedos.
—Señores. Una pregunta de fraile ignorante.
—Hágala —dijo Arceo, agradecido de la interrupción.
—¿Ha entrado ya alguien en casa de Bruno Sardá?
Nadie contestó.
—Pregunto por saber a qué atenerme. ¿La casa está sellada?
—Está cerrada —dijo Bracamonte.
—¿Cerrada o sellada?
—Cerrada con llave.
—¿Quién tiene la llave?
—La tenía él. Estaba en su faltriquera.
—¿Y dónde está la faltriquera?
Bracamonte miró al escribano. El escribano miró la mesa.
—Con las ropas.
—¿Y las ropas dónde están?
—En el depósito.
—¿Y quién ha estado en el depósito desde el sábado?
—Padre —dijo Bracamonte, con la voz muy medida—, ¿me está preguntando si mis hombres roban?
—Le estoy preguntando cuántas manos han tocado la llave de la casa de un muerto en tres días.
—¿Y si han sido varias?
—Si la respuesta es ninguna, es la mejor noticia de la mañana. Si son cuatro, tampoco pasa nada.
—¿Entonces?
—Entonces conviene que las cuatro tengan nombre.
—Cuatro no. Dos.
—Escríbalas.
El escribano escribió dos nombres, y aquel fue el primer acuerdo de la junta, a las once menos veinte.
Valdivielso habló entonces por primera vez.
Lo hizo desde su silla retirada, en voz baja, sin inclinarse hacia la mesa.
—Perdonen vuestras mercedes. Yo no vengo a pedir nada.
—Tome asiento en la mesa, don Cosme —dijo Bracamonte.
—Estoy bien aquí. Vengo solo a tomar razón, y a decir dos cosas que me han mandado decir, y después me voy y les dejo.
—Diga.
—La primera. El tribunal ha recibido relación de lo hallado en San Ginés y ha nombrado calificadores para que informen si en aquello hay materia. No sé cuándo informarán. Nunca lo sé.
—¿Y si dicen que la hay?
—Entonces la causa se avoca. Con todo.
Valdivielso lo dijo como se dice la hora.
—¿Con todo qué? —dijo Ribalta.
—Con el cuerpo, con los papeles, con lo hallado y con lo que se halle después.
—¿Y con la sal?
—Y con la sal.
Ribalta se apartó del marco de la puerta.
—O sea, que un día de estos vienen ustedes con un papel y se llevan el caso.
—Yo no me llevo nada, señor alcalde. Yo lo guardo.
—Es lo mismo con mejores modales.
Valdivielso encajó aquello sin mover un músculo de la cara.
—Puede que sí.
Nadie dijo nada.
—La segunda cosa que tengo que decir es peor, y perdónenme. Si la causa se avoca, el procedimiento es reservado.
—¿Reservado hasta dónde?
—Ni el señor corregidor, ni el señor provisor, ni yo mismo podremos comunicar a nadie lo que en él conste.
—¿Ni a nosotros? —dijo Arceo.
—A nadie, doctor. La regla es la regla y es más vieja que todos los aquí sentados. Secretum meum mihi.
Arceo tradujo casi sin querer, mirando la mesa.
—Mi secreto es mío.
—Eso.
—Es de Isaías —añadió el provisor—. Y sigue diciendo vae mihi. Ay de mí.
—No conocía yo esa segunda parte —dijo Valdivielso.
—Casi nadie la conoce. Se cita siempre la mitad cómoda.
Padre Mateo estaba mirando por la ventana y no dijo nada.