La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El círculo de sal #3
20%

El círculo de sal #3

Bajó un hombre solo, sin farol, tanteando el escalón con la punta del zapato.

Era delgado, de mediana estatura, con casaca negra sin ningún adorno, medias negras y el pelo gris recogido atrás. Tendría unos cincuenta y ocho años.

Iba limpísimo.

Fue lo primero que Padre Mateo pensó de él, y lo pensó como un elogio: que iba más limpio de lo que aquella escalera consentía.

Se detuvo en el último escalón y no bajó.

—Perdonen vuestras mercedes la molestia.

—No moleste —dijo Arceo, con una cortesía que sonaba a otra cosa.

—Vengo tarde y encima estorbando. Me han avisado hace media hora, y he tenido que buscar quien me abriera la puerta de mi propia oficina, que es un modo tonto de perder el tiempo.

—Padre Mateo —dijo el provisor—, don Cosme Valdivielso. Notario del secreto del tribunal.

Valdivielso inclinó la cabeza y no adelantó la mano.

—Padre. Sé quién es usted. Anoche asenté su licencia en el libro.

—Ah. Era vuestra merced.

Lo dijo sin ningún énfasis, como quien devuelve un guante.

—Era yo. Firma de mi puño, a las ocho y media. Espero que no le pareciera una impertinencia. Es la costumbre.

—Me dijeron que pasaría un oficial.

—Pasó. Tomó el nombre y me lo trajo.

—¿Y lo escribió vuestra merced?

—Ese libro no lo escribe nadie más.

—¿Nadie?

—Nadie, padre. Es lo único que hago sin que me lo manden.

—No me pareció impertinencia. Me pareció eficiencia.

—Es lo único que puedo permitirme —dijo Valdivielso, y sonrió apenas—. En treinta años no he tenido más virtud que llegar a la hora, y ya ve: hoy ni eso.

Miró entonces hacia el centro, y su cara cambió.

—Dios santo.

—¿Lo conocía? —preguntó Padre Mateo.

—Claro que lo conocía. Es Bruno Sardá.

—Eso ya lo sabemos. Pregunto si lo conocía vuestra merced.

Valdivielso bajó por fin el último escalón.

—Trabajaba para nosotros. Y para el cabildo. Y para la universidad, y para media ciudad, y para cualquiera que tuviera un libro roto y dos reales. Nos está cosiendo desde la primavera los legajos viejos que hemos tenido que mover.

—¿Mover adónde?

—A ninguna parte todavía. Su eminencia compró las casas que fueron de la Inquisición para meter allí la universidad, y eso obliga a revisar, a recontar y a reencuadernar mucho papel que llevaba un siglo sin que nadie lo tocara. Sardá era el que sabía hacerlo sin romper nada.

—¿Cuántos volúmenes?

Valdivielso separó las manos un palmo y las volvió a juntar.

—Muchos.

—¿Cuántos, don Cosme?

Valdivielso lo miró con una atención nueva.

—No sabría decírselo de memoria. Está anotado. Si le sirve, yo mismo se lo saco.

—Me servirá.

—Pues cuente con ello. —Se volvió hacia el círculo y bajó la voz—. Señores, no me corresponde a mí decirlo y preferiría no decirlo.

—Dígalo —gruñó Bracamonte.

—Hay una frase escrita en el suelo que habla de pacto.

Hay velas negras. Hay signos. Yo no soy calificador ni teólogo, gracias a Dios, y me guardaré mucho de calificar nada.

Pero estoy obligado a dar cuenta a mis señores del tribunal antes de que se ponga el sol, y ellos preguntarán si esto es maleficio.

—No lo es —dijo Padre Mateo.

—¿Lo sabe ya vuestra paternidad? —preguntó Arceo, muy deprisa.

—Sé lo que no es. Es distinto y es menos, pero es más seguro.

Valdivielso asintió despacio, como si le quitaran un peso.

—Me alegro de oírlo. De verdad que me alegro. Ojalá lo entiendan igual arriba.

—¿Y si no lo entienden?

—Si no lo entienden, padre, esto pasa a mi casa. Y en mi casa se trabaja bien, pero con la puerta cerrada.

Nadie dijo nada durante un momento.

Bracamonte fue el primero.

—El muerto es lego y ha aparecido dentro de la ciudad. Es mío.

—Ha aparecido en una iglesia —dijo Arceo.

—En una iglesia que lleva cerrada desde antes de que yo tuviera dientes.

—Cerrada no es lo mismo que profanada, señor corregidor. El suelo sigue siendo el que es.

—Está en un sótano romano, doctor. Debajo del suelo de su iglesia.

—Debajo también es dentro.

Padre Mateo los dejó tres réplicas y luego levantó una mano.

—Señores.

Se callaron, más por sorpresa que por obediencia.

—Discutan vuestras mercedes esta tarde, con papel y con sillas, que se discute mejor. Ahora hay un hombre en el suelo y va a empezar a hacerle falta un ataúd.

—¿Y qué propone? —dijo Bracamonte.

—Que se lo lleven. Que lo vea el doctor Nieto con luz y con mesa. Y que antes de tocarlo, ese muchacho dibuje.

El dibujante llevaba diez minutos abajo, aguantándose.

Era un pasante del Ayuntamiento, de unos veinte años, con las orejas rojas y una carpeta.

—¿Cómo se llama vuestra merced?

—Prudencio.

—Prudencio, óigame bien. Va a copiar todo lo que hay pintado en ese suelo. Los once signos y las letras.

—Sí, señor.

—Con dos condiciones. La primera: no arregle nada. Si una letra está torcida, la copia torcida. Si está al revés, al revés. Si está boca abajo, boca abajo.

—Pero es que está mal escrito.

—Está escrito como está. Vuestra merced no es maestro de escuela hoy. Es un espejo.

—Sí, señor.

El muchacho ya estaba sacando el carboncillo, y le temblaba.

—Segunda condición: cuando acabe, no me lo entregue a mí. Que lo firmen el señor corregidor y el señor provisor al pie, los dos, y ponga vuestra merced la hora.

Arceo lo miró.

—¿Para qué?

—Para que dentro de dos meses nadie pueda decirme que este dibujo se hizo después y a conveniencia.

—¿Y quién iba a decir eso?

—Alguien —dijo Padre Mateo—. Siempre hay alguien. Es la parte más constante de mi oficio.

Valdivielso, desde el arco, sonrió con los labios cerrados.

—Es usted un hombre ordenado, padre.

—Soy un hombre escarmentado, don Cosme. Se parece y cansa más.

—Si necesita algo de los papeles viejos de esta ciudad, no tiene más que decírmelo. Llevo treinta años guardándolos. A estas alturas los conozco mejor que a mi familia.

—Lo tendré presente.

—No lo tendrá. Todo el mundo dice eso y nadie vuelve.

Subió el primero, tanteando otra vez el escalón con la punta del zapato.

Cuando se llevaron el cuerpo, Padre Mateo se quedó abajo con un farol y con el alguacil de la capa.

El círculo estaba ahora vacío y parecía más grande.

—Padre.

—Diga.

—¿Puedo preguntarle una cosa?

—Puede.

—¿Por qué le lavaron las manos?

Padre Mateo miró el hueco blanco del suelo.

—Porque agarró algo.

—¿Y no se lo quitaron sin más?

—Se lo quitaron. Pero un hombre que se agarra a lo que le quitan deja rastro de lo que era. Cola, polvo, tinta, hilo. Y el que se lo quitó lo sabía.

—¿Y qué era?

Padre Mateo tardó en contestar.

El farol siseaba. Del pocillo del fondo llegaba el olor frío del agua parada.

—Eso lo sabremos dentro de mucho tiempo o no lo sabremos nunca.

Se agachó por última vez junto al cordón de sal y cogió unos granos entre dos dedos.

Eran gruesos, angulosos, con las aristas vivas. Se los llevó a la lengua.

—Sal de alfolí —dijo—. De la del rey.

—¿Y de qué otra iba a ser? Toda la sal es del rey.

—Exacto.

Se limpió los dedos en el hábito y se irguió.

—Recojan la sal.

—¿Cómo?

—Toda. Con la escoba limpia y en un saco. Que no se pierda un grano.

—¿Para qué, padre?

—Para pesarla.

El alguacil lo miró como si acabara de pedirle que confesara a la mula.

—¿Pesar la sal?

—Pesar la sal.

Arriba, muy cerca, a cien pasos de allí, empezaron a tocar a fiesta.

Era el veintinueve de septiembre y Toledo tenía que celebrar a san Miguel, que en las estampas aparece con la espada y con la balanza, porque el mismo que vence también pesa.

Padre Mateo se quedó al pie de la escalera hasta que terminó el repique.

Después subió.