La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El círculo de sal #2
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El círculo de sal #2

Fue entonces cuando Padre Mateo bajó por fin al suelo y se puso en cuclillas junto al círculo, con las rodillas protestando.

La mano estaba limpia.

No limpia de hombre aseado. Limpia de fregada. Las uñas cortas y blancas por debajo. Las yemas arrugadas, con esa piel de más que se les hace a las lavanderas. La palma pálida.

—¿Qué oficio ha dicho vuestra merced que tenía este hombre?

—Encuadernador —dijo Bracamonte.

—¿Y qué tiene un encuadernador debajo de las uñas?

Nadie contestó.

—Cola —dijo Padre Mateo—. Cola de retazo, que se pega y se seca y no se va con agua. Tinta. Oro de los cantos, que se mete en la piel y tarda semanas. Y una raya en el canto del índice, aquí, de apretar la plegadera cuarenta años.

Le volvió la mano.

La raya estaba. Debajo no había nada más.

—Le han lavado las manos —dijo Nieto.

—Le han lavado las manos.

—¿Después de muerto?

—Después de muerto. Un hombre vivo no aguanta quieto tanto rato con los dedos en el agua.

Bracamonte se acercó un paso.

—¿Y para qué se le lavan a un muerto las manos?

—Esa —dijo Padre Mateo— es la única pregunta seria que se ha hecho aquí abajo esta mañana.

Se puso en pie con dificultad.

—¿Hay agua en este sótano?

—Hay —dijo el alguacil de la capa—. Al fondo, en el arranque de la bóveda tercera, hay un pocillo que no se seca nunca. Lo sabe todo el barrio.

—Enséñemelo después.

Volvió al círculo.

—Doctor Nieto, otra cosa. ¿Murió aquí?

Nieto tardó en contestar, que era su modo de contestar bien.

—Yo diría que sí. La sangre se le ha posado en la espalda y en los muslos, y ahí es donde toca el suelo. Si lo hubieran traído de otro sitio y lo hubieran tumbado boca arriba, tendría la señal en el sitio equivocado.

—¿Se fía vuestra merced de eso?

—Me fío de los que llevo vistos. Que no son muchos y son suficientes.

—Me vale.

Padre Mateo se volvió hacia la escalera.

—Que suba el azacán.

Bajó de lado, apretando el sombrero contra el estómago.

Tendría cuarenta y tantos años y la espalda de los que cargan. Traía las mangas mojadas hasta el codo y el olor limpio y frío del río.

—Toribio Maeso, para servir a Dios.

—¿Azacán?

—Desde los catorce.

—¿Cuántas cargas sube al día?

El hombre lo miró con desconfianza.

Nadie le preguntaba nunca por su oficio.

—Nueve. Diez si hay boda.

—¿Desde dónde?

—Desde el río. Con el burro.

—¿Y esta calle?

—Por esta calle subo desde hace veinte años. Es cuesta, pero se ahorra la vuelta del Ayuntamiento.

—Cuénteme lo de esta mañana. Despacio y sin adornarlo.

Toribio Maeso tragó saliva.

—Subía la segunda carga. Serían las seis y algo, que estaba oscuro pero ya se distinguía el suelo. Y vi la puerta.

—¿Qué puerta?

—Esa. La de la sacristía.

—¿Qué le pasaba?

—Que estaba abierta.

—¿Y eso es raro?

El azacán lo miró como se mira a un forastero que pregunta si el Tajo lleva agua.

—Padre, en veinte años no la he visto abierta ni una vez. Ni una. Ahí no entra nadie. Ahí no hay nada.

—¿Estaba forzada?

—Yo no entiendo de eso.

—¿Estaba rota? ¿Astillada? ¿Colgando?

—No, señor. Estaba abierta. Como se abre una puerta.

Padre Mateo se volvió hacia el corregidor.

—¿El candado?

—Puesto en la argolla —dijo Bracamonte—. Abierto y colgando. Sin forzar.

—Ah.

—¿Ah qué?

—Nada. Que ya he tenido este mes una conversación parecida sobre otra cerradura que tampoco estaba forzada. Es una casualidad y no significa nada. Siga, Maeso.

—Entré. No debí, pero entré.

—¿Por qué entró?

—Porque olía a vela.

Padre Mateo levantó la cabeza.

—¿A vela?

—A vela apagada. Mucho. Y yo pensé: aquí hay alguien durmiendo, y con esta ciudad como está, más vale que lo sepa el sereno antes que la gente. Bajé con mi farol y lo vi.

—¿Tocó algo?

—Nada. Se lo juro por mi madre.

—Le creo.

—Nadie me cree nunca a la primera.

—Yo no soy nadie. ¿Conocía al muerto?

Toribio Maeso miró el suelo.

—Le vendía agua. Dos cántaros a la semana, los martes. Don Bruno.

—¿Don?

—Yo le decía don. Él decía que no hacía falta. Yo se lo decía igual.

—¿Por qué?

—Porque me arregló un libro.

Se le puso la voz de otro modo al decirlo.

—¿Vuestra merced tiene libros?

—Tengo uno. De mi mujer, que en gloria esté. Se estaba deshojando y él lo cosió y le puso tapas y no me quiso cobrar. Dijo que le sobraba la tarde.

Padre Mateo estuvo callado un momento.

—¿Le sobraban muchas tardes?

—Las de los jueves. Los jueves subía a la Casa de Caridad, a la del Alcázar, a enseñarle las letras a una cría de las expósitas. Sin cobrar tampoco. Eso me lo contó él, no me lo invento.

—¿Cómo se llama la niña?

—No lo sé, padre. Nunca se lo pregunté.

—Gracias, Maeso. Va usted a esperar arriba. Le necesitaré otra vez y hoy no va a subir agua.

Toribio Maeso no se movió.

—Padre, si no subo agua no como.

—Comerá. Eso lo arreglo yo con el corregidor.

—Eso lo arregla vuestra paternidad con el corregidor —repitió Bracamonte, seco—, que además está aquí delante.

—Y que va a decir que sí, porque le conviene que este hombre esté disponible y no en el río.

Bracamonte apretó la mandíbula y dijo que sí.

Padre Mateo pidió entonces una escoba, un vidrio y un hombre que dibujara.

—¿Una escoba? —dijo Arceo.

—Para recoger, no para barrer. Y la quiero limpia.

—¿Y el vidrio?

—Para después.

—¿Y el dibujante?

—Que dibuje lo que ve.

—Eso hacen todos.

—No, doctor. Todos dibujan lo que entienden. Si un hombre ve una letra al revés, la endereza sin darse cuenta, porque su mano sabe leer. Quiero uno que no piense. ¿Hay alguien así en el Ayuntamiento?

—Hay varios —dijo Bracamonte—. Es lo único abundante.

Mientras esperaban, Padre Mateo se acercó a las velas.

Se agachó junto a la del norte, sacó la uña del pulgar y raspó el costado.

Debajo del negro salió una raya blanca sucia.

—Doctor.

Nieto se acercó y olió lo que Padre Mateo le mostraba en la yema.

—Sebo.

—Sebo.

Bracamonte se acercó el farol a la cara y lo apartó enseguida, molesto consigo mismo.

—¿Y lo negro?

—Negro de humo. Hollín molido, del que se coge en la campana de una chimenea o se compra a cuartos en cualquier taller. Se amasa con un poco de grasa y se pasa por fuera. Cinco minutos de trabajo.

Bracamonte se acercó.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que no son velas negras.

—Yo las veo negras.

—Vuestra merced ve una vela de sebo de a cuarto pintada de negro por un hombre que no quería gastar en cera. La cera negra existe, señor corregidor. Se hace, se vende y es cara. Quien montó esto no compró velas negras.

—Quizá no las encontró.

—Quizá. O quizá le pareció que bastaba con que lo pareciesen. Y tuvo razón, porque a vuestra merced le ha bastado, y a mí me habría bastado si no fuera un desconfiado de oficio.

Fue en ese momento cuando recordó lo de la mujer.

—Señor corregidor, ¿cuántas velas había?

—Cuatro.

—¿Está seguro?

Bracamonte se volvió hacia el alguacil de la capa, que se puso colorado.

—Eran cinco —dijo el alguacil—. Una se la llevó una mujer.

—¿Qué mujer?

—Una del callejón. Cuando bajó la gente. Dijo que era pecado dejarla ahí.

—Súbame a esa mujer y no la asuste.

Bajó a los diez minutos: sesenta y tantos años, mandil de esparto, las manos cruzadas y los ojos muy abiertos.

Traía la vela envuelta en un trapo.

—Padre, es cera —dijo antes de que nadie le preguntara nada—. Yo qué sabía. Iba a llevarla a San Justo.

—No es cera.

—¿No?

Padre Mateo raspó el costado de la vela con la uña y le enseñó la raya blanca.

—Es sebo. Y no ha hecho vuestra merced ningún mal. En su lugar, media España habría hecho lo mismo y la otra media habría rezado antes de hacerlo.

La mujer le puso la vela en la mano y se echó a llorar sin ruido.

—¿Vio algo anoche?

—Nada. Cerré con tranca a las nueve.

—¿Oyó algo?

—Nada. Yo estoy sorda de un lado desde el año del hambre.

—Vaya con Dios.

Cuando subió, Padre Mateo puso la quinta vela junto a las otras cuatro y las comparó a la luz del farol.

Iguales. Del mismo largo, del mismo grosor, del mismo molde.

Cinco velas de un mismo taller, ennegrecidas por la misma mano en la misma tarde.

Se levantó y anduvo por fin alrededor del círculo, muy despacio, con las manos a la espalda.

—Padre —dijo Nieto—, ¿qué busca?

—Lo que sobra.

—¿Cómo?

—Aquí no falta nada, doctor. Ese es el problema. Hay sal, hay velas, hay signos, hay una frase en latín y hay un muerto. Está todo. Cuando en una habitación está todo, es que alguien la ha amueblado.

—¿Cree vuestra paternidad que hay brujería aquí?

—Creo que hay carpintería.

Nieto soltó una risa corta y se la tragó enseguida por respeto al difunto.

Padre Mateo se detuvo frente a los signos.

—Doctor, vuestra merced es hombre leído. ¿Esas tres letras hebreas dicen algo?

Nieto se agachó.

—No sé hebreo.

—Yo tampoco. Pero para saber que tres letras no forman palabra no hace falta saber la lengua. Hace falta saber que las lenguas tienen vocales, o las tienen supuestas, y un orden. Esas tres están puestas como se ponen las flores en un jarrón.

Nieto se enderezó y se limpió las rodillas con dos golpes secos.

—¿Y la parrilla?

—La parrilla es lo mejor de todo.

—¿Lo mejor?

—Doctor, esa es la parrilla de san Lorenzo. Es un atributo de mártir. Un hombre que de verdad creyera estar tratando con el enemigo antiguo no le pondría a su altar el instrumento de un santo español, como no se pone la cruz en una herejía por adorno. Esto no lo ha compuesto un hereje.

—¿Entonces quién?

—Alguien que ha visto muchas estampas y no ha leído ninguna.

Se agachó y señaló, sin tocar, la letra volteada.

—Y alguien que trabaja con cuidado, porque todo está bien hecho. Fíjese vuestra merced en el trazo. No tiembla. No se corrige. El que pintó esto tenía pulso y no tenía prisa.

—¿Y esa letra?

—Esa letra está boca abajo.

—Un descuido.

—Puede.

Se irguió.

—Falsus in uno, falsus in omnibus.

Nieto tradujo casi sin pensarlo:

—Falso en una cosa, falso en todas.

—Es regla de jueces y es mala para los hombres. Para los aparatos es excelente. Si una pieza de este altar es falsa, lo son todas. Y llevo contadas tres.

—Entonces no fue el demonio.

—El demonio no compra sal, doctor.

Bracamonte, que llevaba un rato callado, levantó la cabeza.

—¿Cómo dice?

Y en ese momento se oyeron pasos en la escalera.