El círculo de sal
El primer muerto apareció con las manos limpias.
Eso fue lo único que a Padre Mateo le pareció, desde el principio, verdaderamente diabólico.
Lo despertaron a las siete menos cuarto, cuando la luz todavía era una intención gris detrás de los tejados. Golpearon la puerta con los nudillos y luego con la palma.
—Padre.
—Estoy despierto.
—Pues no lo parece.
Ceferina Robles estaba en el pasillo con una vela y el pelo por recoger.
—Hay un hombre abajo. De parte del corregidor.
—¿Qué quiere?
La vela le temblaba en la mano y no era por el frío.
—A vuestra paternidad.
—¿Ha dicho para qué?
—No ha hecho falta.
Padre Mateo se sentó en la cama.
—¿Dónde?
—En el callejón de San Ginés.
Se quedó un momento con una media en la mano.
—Anoche no me dijo vuestra merced que uno de los círculos estuviera allí.
—Anoche no lo estaba.
Era sábado, veintinueve de septiembre, fiesta de San Miguel Arcángel, que en la doctrina es el que pesa las almas y en Toledo era, además, feria.
Bajó sin desayunar. Ceferina le puso un mendrugo en la mano al pasar y no le dejó devolverlo.
El callejón de San Ginés está a cien pasos de la catedral.
Ese fue el primer dato que Padre Mateo se guardó, antes incluso de ver el cadáver: cien pasos. Desde la esquina se oía toser al que barría el atrio de la Primada.
El callejón era estrecho, torcido y en cuesta.
Las casas, de dos alturas, se inclinaban una hacia otra como vecinas que se cuentan algo.
A media calle, a mano izquierda, había un muro largo de mampostería con una puerta clausurada. Empotradas en la fábrica, junto al dintel, tres piedras labradas con hojas y círculos llevaban allí mil años sin que nadie las mirara.
Era lo que quedaba de la iglesia de San Ginés.
La parroquia se había cerrado hacía muchos años, cuando ya no había quien la sostuviera ni quien la llenara. Le quedaba el cascarón, la sacristía y unos sótanos.
Debajo de los sótanos estaba lo otro.
Había cuarenta personas en el callejón.
Cuarenta, a las siete y veinte de la mañana, en una calle donde no caben doce sin rozarse. Dos alguaciles sostenían a la gente con los brazos abiertos y sin ninguna convicción. Al fondo, junto a la puerta de la sacristía, tres hombres discutían.
—Abran paso —dijo el que había venido a buscarlo.
Nadie abrió nada. Pasaron de costado.
Uno de los tres hombres se volvió. Era ancho, de unos cincuenta y cinco años, con la casaca puesta encima de la ropa de dormir y la peluca torcida.
—¿Es usted el fraile de Soria?
—Lo soy.
—Íñigo de Bracamonte y Ayala. Corregidor de esta ciudad.
Tenía la voz de los hombres que llevan toda la noche mandando cosas que no sirven.
—Señor corregidor.
—Le advierto una cosa antes de que baje.
—Adviértamela.
—Yo no le he llamado. Le ha llamado el cardenal. A mí me lo comunicaron por oficio, que es la manera cortés de no preguntarle a uno nada.
—Entonces empezamos igual de mal informados y podemos hacernos compañía.
Bracamonte lo miró un instante, sin saber si aquello había sido una impertinencia.
—Baje.
—Antes, tres preguntas.
—Bájelas conmigo.
—No. Estas son de aquí arriba.
El corregidor resopló pero se quedó.
—¿Quién lo encontró?
—Un azacán.
—¿Está aquí?
—Está ahí.
—¿A qué hora?
—A las seis y poco.
Padre Mateo miró la puerta de la sacristía, negra y abierta, con dos alguaciles delante.
—¿Y cuánta gente ha bajado desde entonces?
Bracamonte hizo el cálculo con una mueca.
—Alguna.
—Señor corregidor.
—Bastante.
—Gracias. Ya sé lo que voy a encontrar.
Se bajaba por una escalera de piedra, estrecha, con el escalón gastado en el centro.
Olía a humedad vieja, a piedra mojada y a otra cosa que Padre Mateo conocía y que en Nueva España había aprendido a no nombrar en voz alta delante de los criados.
Abajo se abría un espacio que ninguna palabra castellana describe bien.
No era una cripta ni un aljibe ni una cueva.
Eran bóvedas de cañón, de sillarejo, levantadas para guardar el agua de una ciudad que entonces se llamaba de otra manera, por hombres que llevaban mil setecientos años muertos.
Los arcos arrancaban del suelo con una seguridad que ya no se ve.
Al fondo, la oscuridad seguía y no se sabía hasta dónde.
Toledo entera contaba que allí abajo había una escuela.
Padre Mateo se detuvo tres escalones antes del suelo.
—Nadie se mueva.
Había siete personas dentro y cuatro faroles.
—Nadie se mueva —repitió—. Señor corregidor, haga vuestra merced el favor de sacar a todo el que no tenga que estar.
—Están tomando razón.
—Están pisando.
Bracamonte dudó un segundo y después ladró tres nombres. Salieron cuatro hombres, de mala gana y de lado.
Padre Mateo bajó el último escalón y no dio un paso más.
Miró.
El suelo era de losa grande, la misma piedra de arriba, con juntas anchas.
En el centro, un círculo de sal.
No un trazo fino. Un cordón grueso, del ancho de dos dedos, de sal gorda, blanca, mal molida, con los granos gruesos brillando bajo los faroles como si estuvieran mojados. El círculo tendría dos varas de diámetro y estaba entero.
Casi entero.
Por el lado de la escalera, en un tramo de un palmo, la sal estaba aplastada y arrastrada, y de allí salían huellas de suela hacia dentro y hacia fuera.
—¿Quién ha entrado en el círculo?
Silencio.
De los tres faroles que quedaban, dos bajaron un palmo.
—Pregunto sin ánimo de castigar a nadie. Pero lo pregunto.
—Yo —dijo un alguacil—. Para taparlo.
—¿Para taparlo?
—Estaba destapado, padre. Un cristiano.
Padre Mateo lo miró un momento. El hombre tendría treinta años y aguantaba la mirada porque creía haber hecho bien.
—Ha obrado vuestra merced con caridad y me ha estropeado el trabajo. Las dos cosas son verdad y solo una tiene remedio. ¿Con qué lo tapó?
—Con mi capa.
—Enséñemela luego. Y no la sacuda.
En los cuatro puntos del círculo, como las esquinas de una cruz mal entendida, había cuatro velas.
Estaban consumidas hasta el asiento. Eran negras.
Alrededor del cordón de sal, por fuera, alguien había trazado signos con almagre.
Padre Mateo los contó desde donde estaba. Once.
Había estrellas de seis puntas y un aspa dentro de un aro. Había tres letras que no eran latinas, y que él conocía lo bastante para saberlas hebreas y no lo bastante para leerlas. Había dos garabatos que no significaban nada que él supiera reconocer.
Y entre todo aquello, dibujada con el mismo esmero que lo demás, una parrilla.
Una parrilla de asar. Con sus patas y su mango.
Se quedó mirándola más rato del que hubiera querido que se le notara.
Y al otro lado, a la altura de donde estaría la cabeza, escrita en letras grandes de un palmo:
SVDEOF IBI LAS IBV
—Está al revés —dijo Bracamonte.
—Sí.
—Léalo del final.
—Ya lo he leído.
El provisor Arceo estaba junto al arco del fondo, con un pañuelo en la mano que no se llevaba a la cara por no ofender a nadie.
—Ubi sal, ibi foedus —dijo—. Donde hay sal, hay pacto.
—¿Es de la Escritura? —preguntó el corregidor.
—No con esas palabras. Pero la sal de la alianza está en el Levítico, y en el libro de los Números, y en el segundo de las Crónicas. Es una idea vieja y respetable.
—Pues aquí no parece respetable.
—Aquí no lo parece —concedió Arceo.
Padre Mateo seguía mirando las letras.
Había una letra que no estaba como las demás.
No al revés: boca abajo. Volteada sobre sí misma, con el vientre hacia arriba.
La habían trazado con el mismo cuidado que a las otras.
Y nadie la había corregido.
No dijo nada.
El muerto estaba en el centro del círculo, boca arriba, con las manos sobre el pecho.
—¿Así lo encontraron?
—Así no —dijo el alguacil de la capa—. Tenía los brazos abiertos. Se los puse yo.
—Gracias por decirlo.
—¿Hice mal?
—Hizo vuestra merced lo que hace un cristiano y lo que no debe hacer un alguacil. Con el tiempo aprenderá a elegir, y no siempre acertará. Retírese y no toque nada más.
Era un hombre de unos sesenta años, pequeño, de hombros redondos y pelo blanco muy corto. Vestía chupa parda, calzón, medias de lana y unos zapatos gastados pero limpios. Sobre la chupa llevaba una capa buena, de las de salir.
Nadie sale de noche con la capa buena para ir a que lo maten en un sótano.
Nadie sale de noche, en general, sin un motivo que le parezca bastante.
—¿Lo conoce alguien? —preguntó Padre Mateo.
—Medio Toledo —dijo Bracamonte—. Es Bruno Sardá.
—¿Quién es Bruno Sardá?
—Un encuadernador.
El médico llegó a las ocho y no saludó a nadie.
Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, alto, con la cara larga y las manos muy cuidadas, y traía un maletín que dejó en el suelo fuera del círculo sin que se lo indicaran.
—Nieto. Cipriano Nieto. Médico del Hospital del Nuncio.
—¿Del de los dementes?
—De los dementes. Que son, por lo común, la parte más razonable de esta ciudad.
—Padre Mateo.
—Ya sé quién es usted. Lo sabe Toledo desde el jueves.
Se arrodilló junto al cuerpo, del lado de fuera, y estiró el brazo por encima de la sal para no pisarla. Padre Mateo lo advirtió y lo apuntó a su favor.
—¿Puedo?
—Puede.
Nieto trabajó en silencio unos minutos. Le abrió el cuello de la camisa, le volvió la cabeza a un lado y a otro, le levantó un párpado, le palpó la mandíbula y los brazos.
—Está duro. Lleva muerto entre ocho y doce horas. Anoche, no esta madrugada.
—¿De qué?
—De esto.
Separó el cuello de la camisa un poco más.
Alrededor de la garganta corría un surco delgado, oscuro, con la piel arrugada hacia arriba en los bordes.
—Un cordón. Fino y fuerte. Por detrás.
—¿Se resistió?
Nieto le levantó una mano y se la volvió a dejar sobre el pecho, exactamente donde estaba.
—Poco.
—¿Poco por qué?
—Porque no tiene nada bajo las uñas y no tiene marcas en los antebrazos. Al que estrangulan por detrás, si tiene tiempo, se agarra a la cuerda y se araña él mismo el cuello. Este no lo hizo.
—¿Estaba dormido?
—Estaba de espaldas y confiado. No es lo mismo, pero se le parece bastante.
En la bóveda del fondo cayó una gota de agua. Se oyó como si hubiera caído dentro de la cabeza de todos.
Padre Mateo miró las manos cruzadas sobre el pecho.
—Doctor.
—Diga.
—Enséñeme las manos.
Nieto le abrió la derecha.