Una carta con sello ajeno #3
—Con los papeles. Con lo que se encuentre encima. Con lo que se hallara en la casa.
—Con todo —dijo el provisor—. Y en secreto.
Padre Mateo se quedó mirando el brasero.
—Cuatro justicias —dijo.
—Cuatro —confirmó Lorenzana—. Y las cuatro con razón, que es lo peor que le puede pasar a una ciudad.
—Una pregunta más, eminencia, y es la que menos me gusta hacer.
—Hacedla.
—¿Quién sabía que yo venía?
Lorenzana miró al provisor.
—Esta casa —dijo Arceo—. La Secretaría, en Madrid. El deán.
—¿Nadie más?
Arceo dejó la pluma sobre el papel, muy recta, paralela al borde.
—Hubo que dar aviso.
—¿A quién?
—Al corregidor. Al alcalde de cuadrilla de la Hermandad. Al tribunal.
—¿A los cuatro?
—A los cuatro. No se mete a un hombre a averiguar en Toledo sin decírselo a los que averiguan en Toledo. Sería una descortesía, y además una torpeza.
—No lo discuto, doctor. Lo apunto.
—¿Y qué apunta vuestra paternidad?
—Que llevo seis días de camino y que aquí me esperaban desde hace nueve.
—¿Me creéis, eminencia, si os digo que eso me preocupa más que la sal?
—Todavía no. Pero os oigo.
Padre Mateo se puso en pie, porque pensaba mejor de pie y ya no le importaba que se notara.
—Tres círculos, en tres sitios. ¿Los tres dentro de la ciudad?
—No —dijo Arceo—. Uno está en el término.
—¿Cuál?
—El último. Junto al río, aguas abajo.
—¿En despoblado?
—En despoblado.
Padre Mateo se quedó muy quieto.
—Padre —dijo el cardenal—, ¿qué estáis pensando?
—Estoy pensando mal. Es un defecto que traje de las Indias y todavía no he aprendido a dejarlo en la puerta.
—Decidlo igual.
—Estoy pensando que alguien está probando dónde caen las cosas.
Arceo soltó una risa corta y seca.
—Eso es mucho pensar para tres montones de sal.
—Puede que sí, doctor. Ojalá.
El cardenal se levantó, y al levantarse se le vieron los setenta años de golpe, y enseguida se le dejaron de ver.
—¿Por qué yo, eminencia?
—Porque leí un despacho en el que un virrey confesaba por escrito que habíais resuelto en su capital un negocio que él daba por perdido. Y porque sois fraile, sois de fuera y no debéis nada a nadie de esta ciudad.
—Eso último ya no es del todo cierto.
—¿No?
—Desde que crucé el puente, le debo a vuestra eminencia el viaje.
—Vamos a lo nuestro. Yo os he llamado, y voy a deciros lo que quiero con las palabras exactas, para que después no discutamos sobre lo que dije.
—Se lo agradezco.
—Quiero que esto se acabe sin escándalo.
—No puedo prometeros eso.
Lo dijo sin dureza, como quien devuelve un objeto que no le pertenece.
—Explicaos.
—Puedo prometeros que no diré una palabra que no esté probada. Puedo prometeros que no daré un nombre antes de tiempo, porque un nombre dado antes de tiempo es una condena que no revoca ningún tribunal. Puedo prometeros orden, y método, y que os enteraréis vos antes que la calle.
—Eso ya es bastante.
—No he terminado. No puedo prometeros silencio. Si al final de esto hay un culpable y resulta que su nombre estorba a vuestra eminencia, a Madrid, a este cabildo o a mí mismo, lo diré igual.
Arceo abrió la boca.
Lorenzana no lo dejó.
—¿Y si os mando callar?
—Callaré lo que me mandéis y me iré. Pero no diré otra cosa en su lugar. Ahí sí que no.
El cardenal lo miró largamente.
—¿Me creéis capaz de mandaros mentir?
—Os creo bien informado. No es lo mismo.
Hubo un momento en que la habitación pudo torcerse hacia cualquier lado.
Lorenzana se echó a reír. Fue una risa breve y sin ganas, pero era una risa.
—Doctor Arceo, extienda vuestra merced la licencia.
—Eminencia…
—Extiéndala.
El provisor se sentó a escribir. Lo hacía deprisa y bien, sin manchar.
—Alojaos aquí —dijo el cardenal—. Hay habitación.
—No, eminencia.
—¿Por qué no?
—Porque en cuanto duerma en esta casa, seré de esta casa. Y voy a tener que preguntarle cosas incómodas al corregidor, a la Hermandad, al cabildo y al tribunal. Si duermo aquí, tres de los cuatro sabrán de antemano qué contestarme.
—¿Y dónde dormís?
—En una posada junto a Zocodover.
—¿Cómo es?
—Fría. Y la que la lleva sabe más de esta ciudad que vuestro provisor, con perdón del doctor.
—Sin perdón —dijo Arceo, sin levantar la cabeza del papel.
Terminó de escribir, echó arenilla, sopló y se la tendió.
Era media hoja. Decía que el portador podía transitar por la ciudad a cualquier hora de la noche, con farol, en razón del servicio del arzobispado, y que se guardase su persona.
Padre Mateo la leyó dos veces.
—Falta algo.
—No falta nada —dijo Arceo.
—Falta que valga.
El provisor apretó la boca.
—Valdrá cuando se tome razón de ella.
—¿Dónde?
—En el libro de las licencias de noche.
—¿Y quién lleva ese libro?
—El tribunal del Santo Oficio. Mañana pasará un oficial a asentar el nombre de vuestra paternidad.
Padre Mateo dobló la hoja despacio, por la mitad, y otra vez por la mitad.
—Entonces mañana, antes de mediodía, habrá en Toledo un hombre que sabrá exactamente por dónde puedo andar de noche.
—Habrá un asiento en un registro —dijo Arceo—. Como con todo el mundo.
—Sí, doctor. Como con todo el mundo.
Se guardó la licencia en la manga.
El cardenal lo acompañó hasta la puerta, que era más de lo que exigía la cortesía y menos de lo que Padre Mateo hubiera querido en aquel momento.
Al salir a la calle, la tarde caía sobre la plaza y las campanas empezaron a llamar a algo.
No era la gorda.
Padre Mateo, esta vez, no preguntó cuál era.
Delante de cada puerta, en el escalón, alguien había echado un puñado de sal.
Toda la ciudad estaba defendiéndose.
Y todavía no había muerto nadie.