La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) Una carta con sello ajeno #2
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Una carta con sello ajeno #2

Bajaba turbio. Se lo dijo un barquero en Añover, con la satisfacción de los hombres del río cuando pueden dar una mala noticia con fundamento:

—Baja gordo para ser septiembre.

—¿Ha llovido arriba?

—Poco.

—¿Entonces?

—Entonces baja gordo y no sé por qué. Y cuando el río hace cosas sin motivo, yo no navego de noche.

Llegó a la vista de Toledo el sexto día, ya entrada la tarde.

La ciudad estaba puesta sobre su peña como algo que hubiera crecido allí y no como algo que hubieran construido. Vio primero el Alcázar, cuadrado y pardo, y después la torre de la catedral, y bajo las dos el revoltijo de tejados, cuestas y muros que se derramaba hasta el agua.

Se detuvo un momento sin quererlo.

Había visto la capital de Nueva España desde el camino de Veracruz, con sus lagos y sus cúpulas, y aquello era más grande, más rico y más nuevo. Toledo no era nada de eso.

Toledo parecía estar recordando algo.

Cruzó el puente de Alcántara cuando ya había anochecido.

Se entraba por el arco de piedra y ladrillo que habían levantado hacía setenta años en lugar del torreón viejo, con sus pilastras enormes y sus guirnaldas y su hornacina, donde una Inmaculada de bulto miraba hacia el camino con paciencia de piedra.

Arriba, a la izquierda, se recortaba la mole negra del castillo de San Servando.

Debajo iba el Tajo, sonando mucho para tan poca agua.

En la otra punta esperaba el torreón de verdad: hexagonal, almenado, con los escudos de los Reyes Católicos comidos por el aire y una doble puerta que obligaba a torcer.

Allí había cuatro hombres y un farol.

—Alto.

Padre Mateo detuvo la mula.

—Buenas noches.

—¿De dónde viene?

—De Soria.

—¿Nombre?

—Fray Mateo, del convento de San Bartolomé, en tierra de Soria.

El del farol lo levantó hasta la cara.

—Eclesiástico.

—Eso pretendo.

—Del portazgo está libre.

—No pensaba discutirlo.

—Ya. Pero hay quien lo discute, y son los que más tienen.

Le miraron las alforjas por encima. El que mandaba, un hombre de barba gris con la casaca abierta, no tenía prisa.

—¿Se queda en la ciudad?

—Unos días.

—Entonces aprenda esto ahora y se ahorra un disgusto. Desde el toque de queda no se anda por Toledo sin farol encendido.

—Lo tendré.

—Y sin cédula.

Uno de los cuatro escupió al suelo y se apartó a atizar el brasero. El farol se movió y las sombras de todos ellos treparon un palmo por el arco.

—¿Cédula?

—Licencia para andar de noche. La da quien la da y se toma razón de ella en un libro.

—¿Qué libro?

—El que llevan en el tribunal.

—Ah.

—Sin eso, la ronda le hace pasar la noche donde no le gusta, aunque lleve hábito. Ya ha pasado esta semana con dos.

—¿Con dos frailes?

—Con dos franceses.

Nadie dijo nada durante un momento.

—Pase —dijo el hombre.

Subió a la ciudad por una cuesta que no perdonaba.

Y en las primeras calles vio lo que había venido a ver, aunque todavía no lo supiera.

No había nadie fuera. Eran poco más de las nueve y no había nadie fuera. Las puertas estaban cerradas con esa terquedad de las puertas que se cierran temprano a propósito. En dos o tres se veía luz por debajo, y detrás de la luz se oía hablar bajo.

Delante de un portal, en el escalón, había un montoncito blanco.

Se agachó y lo tocó con un dedo.

Sal.

En el portal siguiente, otro.

La posada estaba a dos pasos de Zocodover, en una calle estrecha, con un zaguán empedrado y un patio con galería de madera donde dormían las bestias abajo y los cristianos arriba.

La llevaba una mujer de unos cincuenta años, ancha, con las manos rojas y un delantal que había sido blanco en tiempos del rey anterior.

—Ceferina Robles, para servir a Dios y a vuestra paternidad, y por ese orden porque a Él le pago menos.

—Necesito cama.

—Tengo tres. Todas.

—¿Está vacía la posada?

—Vacía. En septiembre. Con la feria de San Miguel encima.

Le puso delante un plato de gachas y una jarra sin preguntar.

—¿Y eso a qué se debe?

Ceferina Robles se secó las manos.

—A que la gente de fuera no viene y la de dentro no sale. Llevamos así desde la Natividad.

—¿Por lo de la sal?

Ella lo miró con más atención.

—¿Vuestra paternidad viene por eso?

—Vengo por eso.

—Entonces le voy a decir una cosa y luego no vuelvo a hablar del asunto, que bastante tengo. Aquí, cuando uno pasa la noche sin pegar ojo, decimos que ha pasado una noche toledana. Es cosa antigua. Se dice de broma.

—Lo sé.

—Este mes la está pasando la ciudad entera y no se dice de broma.

Le echó vino sin que se lo pidiera.

Arriba, en la galería, el viento movía una contraventana suelta. Nadie subió a cerrarla.

—¿Ha muerto alguien? —preguntó Padre Mateo.

—Nadie. Eso es lo peor.

—¿Por qué lo peor?

—Porque cuando se muere alguien, se le entierra y se acaba. Y esto no se acaba.

—¿Qué dice la gente?

—La gente dice lo que dice Toledo desde siempre que pasa algo que no entiende.

—¿Y qué es?

Ceferina Robles bajó la voz sin ninguna necesidad, porque no había nadie.

—Que aquí hubo una escuela.

—¿De qué?

—De lo que no se enseña en las otras. Mi abuela ya lo contaba, y a mi abuela se lo contó la suya. Que debajo de esta ciudad hay una cueva, y que en la cueva se daba clase.

—¿Y vuestra merced lo cree?

—Yo no creo nada. Yo cierro con tranca.

Fuera, muy cerca, sonó una campana.

Padre Mateo levantó la cabeza.

—¿La gorda?

Ceferina Robles soltó una risa breve, sin ninguna alegría.

—La gorda no suena, padre.

—¿Cómo que no suena?

—Se rajó el día que la estrenaron, hace cuarenta años y pico. Suena a cazuela. La tocan cuatro veces al año y aun así se oye que está partida. Las horas las dan otras.

—¿Y un forastero lo sabría?

—Un forastero diría lo que ha dicho vuestra paternidad.

Padre Mateo bebió el vino.

No dijo nada más, pero aquella noche, antes de dormirse, lo escribió en el cuaderno.

El palacio arzobispal estaba pegado a la catedral, frente por frente con la casa del ayuntamiento, y por dentro tenía el aire recién reparado de las casas donde manda un hombre a quien le gusta arreglar cosas.

Lo hicieron esperar veinte minutos en una antesala con dos mapas de las Indias y un armario de libros.

Padre Mateo leyó los lomos. Era una costumbre que había perdido en el mar y recuperado en tierra.

Después lo pasaron.

Don Francisco Antonio de Lorenzana y Butrón, cardenal de la santa Iglesia romana y arzobispo de Toledo, recibía sentado, con un brasero cerca aunque no hacía frío, y con la espalda muy recta.

Tenía setenta años recién cumplidos y ninguna intención de aparentarlos.

Junto a él, de pie y con papel, esperaba un clérigo enjuto de unos cuarenta y cinco años, de manos limpias y boca estrecha.

—Mi provisor y vicario general. El doctor don Ventura Arceo.

—Eminencia. Doctor.

—Sentaos, padre.

Se sentó.

El brasero estaba encendido en septiembre. Padre Mateo lo anotó sin escribirlo.

Un hombre de setenta años que tiene frío en septiembre no suele tener cinco inviernos por delante, y lo sabe.

El cardenal lo miró un rato largo, sin ninguna incomodidad. Era una manera de mirar que Padre Mateo había visto antes en obispos, en jueces y en tratantes de mulas.

—¿Cuándo salisteis de México?

—En noviembre del año pasado, eminencia.

—¿Por Veracruz?

—Por Veracruz.

—Entonces sabéis lo que es el vómito negro.

—Sé lo que es el olor de la cal en las calles cuando lo hay.

Lorenzana asintió despacio.

—Yo entré en aquella ciudad en julio del sesenta y seis. Tomé posesión en agosto. Estuve cinco años y medio.

—Lo sé, eminencia.

—¿Qué sabéis?

—Que fundó vuestra eminencia la casa de niños expósitos a su costa. Que juntó los concilios provinciales y los imprimió. Que celebró el cuarto. Y que anotó las cartas de Cortés y las publicó.

—Eso lo sabe cualquiera que lea.

—También sé que en México, cuando alguien quiere decir que una obra está bien hecha y mal querida, dice que es obra de Lorenzana.

Hubo un silencio.

Arceo dejó de escribir.

—¿Se acuerdan de mí? —preguntó el cardenal.

—Se acuerdan de sus obras.

—No es lo que he preguntado.

—No, eminencia. De vuestra eminencia, menos.

Lorenzana estuvo quieto un momento. Después hizo un gesto pequeño con la mano, como quien aparta una mosca que ya se ha ido.

—Bien. Al menos no habéis venido a agradarme.

—Sería un mal empleo del tiempo de los dos.

—El día tres de octubre hará veinte años que entré en esta ciudad.

Veinte. En esos veinte años he puesto a los pobres de Toledo dentro del Alcázar, he levantado un hospital para los dementes que aún no tiene techo, he comprado casas para meter en ellas la universidad y he abierto mi librería a quien quiera entrar en ella.

—Lo he visto al subir.

—No lo habéis visto. Habéis visto sal en los escalones.

—También.

El cardenal se inclinó un poco hacia adelante.

—Padre Mateo, tengo en esta diócesis más de quinientos sacerdotes franceses. Han venido andando. Muchos no traen más papel que su cara. Los he repartido por conventos, por curatos, por casas particulares, y he pagado de mi bolsillo lo que no daba la limosna.

—Es sabido.

—Ahora escuchadme bien. Si esta ciudad decide que el demonio se ha metido dentro de mi caridad, no se hunde una opinión.

Se hunden treinta años. Y antes de que se hundan, alguien morirá a pedradas en Zocodover, y será un pobre hombre de Angers que solo ha hecho el mal de no querer jurar contra su conciencia.

—Eso último es lo único que me ha dicho vuestra eminencia que me interesa de verdad.

Arceo levantó la vista.

—Padre —dijo—, medid el tono.

—Lo estoy midiendo, doctor. Si no, habría dicho más.

Lorenzana alzó dos dedos y el provisor se calló.

—¿Qué necesitáis? —preguntó el cardenal.

—Saber quién manda.

—Yo.

—No, eminencia. Perdón. ¿Quién instruye?

Se hizo un silencio distinto.

—Depende —dijo Arceo.

—¿De qué?

—De dónde. De quién. Y de qué se llame.

—Explíquemelo.

El provisor dejó el papel.

—Dentro de la ciudad, y siendo lego el muerto, el corregidor. En despoblado, la Santa Hermandad Vieja, que tiene cuadrilleros y cárcel propia y no se lleva bien con nadie. Si el difunto es clérigo o el hecho ocurre en sagrado, nosotros.

—¿Y si se llama pacto?

Arceo tardó un poco.

—Entonces el Santo Oficio.

—¿Con todo?

—¿Cómo con todo?