Una carta con sello ajeno
La carta pesaba más cerrada que abierta.
Padre Mateo la sostuvo un momento contra la luz de la vela, como se sostiene un huevo para saber si está claro.
—Abridla vos —dijo el prior.
—Va dirigida a vos.
—Eso ya lo hemos discutido esta tarde.
—Y lo perdí.
—Lo perdisteis.
Rompió el lacre con el pulgar.
Dentro había dos papeles. Uno grande, de oficina, con la letra ancha y regular de los amanuenses que cobran por pliego. Otro pequeño, doblado en cuatro, escrito de mano distinta y con muy poca tinta.
Leyó primero el grande.
«Muy Reverendo Padre:
Por resolución de esta primera Secretaría, y a instancia del Eminentísimo Señor Cardenal Arzobispo de Toledo, se servirá V.
P. trasladarse a aquella ciudad con la brevedad que consienta su salud, para entender en ciertas ocurrencias que allí se han dado y que conviene al servicio de S.
M. y a la quietud pública averiguar con la mayor reserva.
No se expresan aquí, por no darles cuerpo.
Dios guarde a V. P. muchos años.»
Debajo, una firma corta de oficial mayor, de orden de Su Excelencia.
Padre Mateo dejó el pliego sobre la mesa.
Lo alisó con el canto de la mano, dos veces, como se alisa un mantel.
Era lo que hacía siempre que no le gustaba algo y todavía no sabía por qué.
—¿Y bien? —dijo el prior.
—Que no dice nada.
—Eso ya lo veo.
—No, padre prior. Digo que no dice nada a propósito. Hay tres maneras de callar en un papel. Por prudencia, por pereza o por miedo a que lo lea el que no debe. Esta es la tercera. Han escrito una carta que no sirve de prueba de nada aunque se pierda por el camino.
—¿Y quién la firma?
—Un oficial. De orden de Su Excelencia.
—¿Qué excelencia?
Padre Mateo giró el lacre hacia la vela.
—La primera Secretaría de Estado.
El prior se quedó callado.
—Ahí no está Floridablanca.
—Ahí está el conde de Aranda, que lo detesta desde antes de que yo naciera. Y Floridablanca sigue en Pamplona desde julio.
—Entonces esa carta no os protege.
—Esa carta ni siquiera me conoce.
El prior acercó su propia vela.
—Hay algo peor —dijo Padre Mateo.
—Decidlo.
—Esto no lo firma Gracia y Justicia.
—¿Y qué?
—Que un delito de aquí adentro, en una ciudad de Castilla, con un arzobispo de por medio, es asunto de Gracia y Justicia. Lo firma Estado. Estado lleva a los franceses.
El prior tardó en entenderlo. Cuando lo entendió, se sentó.
—Queréis decir que en Madrid ya han decidido de quién es la culpa.
—Quiero decir que han decidido de qué es la culpa. Que no es lo mismo, pero acaba en el mismo cadalso.
Desdobló el segundo papel.
Era más corto, y estaba escrito con esa letra apretada y firme de los hombres que han escrito mucho y ya no adornan nada.
«Padre Mateo:
He leído los despachos de la Nueva España. Sé lo que hizo allí, y sé más o menos lo que le costó.
Desde el día de la Natividad de Nuestra Señora han aparecido en esta ciudad tres círculos de sal gruesa, en tres lugares que no nombro por escrito, con velas de sebo teñidas de negro y unas letras trazadas al revés: UBI SAL IBI FOEDUS.
No ha muerto nadie.
Es lo único que me consuela, y es lo que menos me tranquiliza.
Venga usted.
F., Card. Arzpo. de Toledo»
El prior leyó por encima de su hombro, sin disimular.
—Donde hay sal, hay pacto —tradujo en voz baja.
—Eso dicen las letras.
—¿Y qué dice vuestra paternidad?
—Que la sal aparece en la Escritura muchas más veces de lo que le conviene al que las ha escrito. Pero eso hoy no importa.
—¿Qué importa hoy?
—Que están al revés.
El prior lo miró.
—¿Y eso qué significa?
—Todavía nada. Solo que a alguien le costó trabajo.
Se levantó y anduvo hasta la ventana. Fuera estaba oscuro y hacía el frío puntual de las nueve.
—Tres círculos en veinte días —dijo—. En tres sitios distintos. Y ningún muerto.
—Gracias a Dios.
—Sí. Y además, qué extraño.
—¿Extraño?
—Padre prior, el que hace estas cosas por devoción, las hace donde no lo vean. El que las hace por miedo, las hace una vez. Y el que las hace tres veces, en tres sitios, y se toma la molestia de escribir del revés, quiere que se hable de ello.
—O está loco.
—Los locos también quieren que se hable de ello. Pero rara vez saben latín.
El prior puso las dos cartas juntas sobre la mesa. Los dos lacres quedaron uno al lado del otro, el redondo del ministerio y el pequeño, hundido, del arzobispado.
Estuvo mirándolos un rato.
—Dos sellos —dijo.
—Dos.
—Mateo, cuando dos poderes firman el mismo papel no es que se hayan puesto de acuerdo. Es que ninguno de los dos quiere firmarlo solo.
Padre Mateo se volvió despacio.
—Eso ha sido muy bueno.
—Llevo veintiséis años gobernando frailes.
—Y yo creyendo que era un trabajo apacible.
El prior no sonrió.
—Si vais, vais sin red.
—Lo sé.
—No, no lo sabéis. Escuchadme una vez sin ingenio.
Padre Mateo se sentó.
—Hace año y medio os fuisteis con una orden firmada por el hombre más poderoso de España. Aquello era un escudo. Podíais incomodar a un virrey porque detrás de vos había un ministro.
—Sí.
—Ahora ese ministro está preso, con los bienes embargados, y quien ocupa su mesa se pasó veinte años deseando su ruina. Si en Toledo molestáis a alguien, ¿quién responde por vos?
—El cardenal.
—El cardenal responderá por su obra, que es lo que tiene que hacer. No por vos.
—Es probable.
—Y hay más. Vos no sois súbdito suyo. No os manda. Os pide. Un hombre que os pide es un hombre que puede soltaros el día que le convenga, y encima quedará agradecido.
Padre Mateo miró la mesa.
—Todo eso es cierto.
—¿Entonces?
—Que sigue habiendo tres círculos de sal en una ciudad con quinientos sacerdotes franceses dentro.
El prior cerró los ojos un instante.
—Ah.
—Sí.
—Eso no lo habíais dicho.
—No hacía falta decirlo. Está en la carta que no dice nada. Por eso la escribió Estado.
Se hizo un silencio largo.
—Puedo negarme yo —dijo el prior—. Puedo escribir que vuestra salud no lo consiente. Sería verdad a medias, que es la única clase de verdad que admiten las secretarías.
—Podéis.
—¿Queréis que lo haga?
Padre Mateo tosió. Fue la tos de siempre, corta y sin fondo.
—¿Qué os pide el cardenal? —insistió el prior.
—Compañía. Lo del crimen es el pretexto.
—No hay crimen.
—Todavía.
El prior se pasó la mano por la cara. Fue el único momento de la noche en que pareció el hombre cansado que era, y duró lo que dura un parpadeo, porque enseguida volvió a ser prior.
—Llevaos a alguien.
—¿A quién?
—A cualquiera. A un lego. A un mozo. A alguien que os sujete el farol y sepa dónde estáis.
—Iré más rápido solo.
—Ay del solo, Mateo. Y esta vez lo digo en castellano, para que no se os escape por el latín.
La vela se había consumido hasta el candelero.
El prior la cambió por otra sin dejar de mirarlo.
—Padre prior.
—Decid.
—Hace año y medio, fray Julián me preguntó si tenía miedo y le dije que sí.
—Me lo contó. Tres veces.
—Ahora es distinto.
—¿Ya no lo tenéis?
—Lo tengo de otra cosa.
—¿De cuál?
Padre Mateo tardó en contestar.
—De acertar demasiado pronto.
—Eso no lo entiendo.
—En México tardé cuatro meses en ver el mecanismo. Cuando lo vi, todo lo que vino después encajó solo. Fue una sensación magnífica.
—¿Y?
—Y he vuelto con ganas de repetirla.
El prior lo miró.
—Mateo, eso no es miedo. Eso es un aviso.
—Es lo mismo, dicho por un hombre educado.
Padre Mateo recogió las dos cartas.
—Escribiré cada semana.
—Escribiréis cuando podáis y me mentiréis sobre la tos.
—Eso también.
Salió antes del amanecer, tres días después, con una mula, un breviario, dos camisas y un cuaderno nuevo.
En la puerta de la celda, al levantarse, había encontrado un hatillo: pan, un queso entero de los buenos y una bota pequeña. Encima, un papel doblado con letra grande y torcida.
«Coma. Y vuelva. En ese orden. — J.»
Fray Julián no bajó al camino. Dijo, según le contaron después, que ya se había despedido una vez y que no le había salido bien.
El viaje duró seis días y no merece más de una página.
Bajó por Almazán con el frío pegado a las orejas y durmió en Sigüenza, en una posada donde un arriero leía la Gaceta en voz alta a ocho hombres que no sabían leer. Leía mal y despacio. Cuando llegó a la palabra república, la dijo dos veces, la segunda más bajo, como quien toca algo caliente.
—¿Y eso qué es? —preguntó uno.
—Que se han quedado sin rey.
—¿Y quién manda entonces?
—Ahí está la gracia. Que no lo dice.
Padre Mateo cenó sin intervenir. Aquella era la única gaceta que se imprimía y la única que estaba consentida, y aun así llegaba a Sigüenza con nueve días de retraso y con la mitad de los nombres cambiados de sitio en la boca de los que la repetían.
En Jadraque vio a los primeros.
Eran cinco, con sotanas malas, alpargatas y un papel firmado por un obispo del que nadie en la venta había oído hablar.
El mayor tendría sesenta años. Hablaban entre ellos en voz muy baja y en cuanto entraba alguien callaban, que es exactamente lo que hace un hombre asustado y también lo que hace un conspirador, y esa coincidencia iba a costar sangre.
Padre Mateo se acercó al mayor y le habló en latín, que era el único idioma entero que tenían los dos.
El hombre contestó despacio, buscando cada palabra.
Venían de un puerto de Vizcaya. Antes, de un barco. Antes, de una casa que ya no era suya.
—¿Adónde van? —preguntó Padre Mateo en castellano.
El viejo entendió la pregunta y no supo la respuesta.
—Toledo —dijo.
—¿Los esperan?
—Toledo —repitió.
Era la única palabra española que había aprendido, y la decía como quien enseña un salvoconducto.
El ventero no quiso alojarlos.
Una mujer que fregaba les sacó pan al camino y no cobró.
Padre Mateo la miró y no dijo nada. Anotó dos líneas en el cuaderno y siguió.
En Guadalajara le pidieron el pasaporte por primera vez. En Alcalá, por segunda. En ninguno de los dos sitios lo miraron: miraron el hábito, y con el hábito bastó, que era precisamente lo que empezaba a no bastar en otras partes.
Madrid lo tuvo tres horas y no lo miró.
Bajó luego hacia Aranjuez, entre olmos y agua, por un tramo de camino tan bien cuidado que resultaba casi indecente, y allí tomó el Tajo, que a partir de aquel punto ya no lo soltó.
El río lo acompañó dos jornadas.