El invierno del que vuelve #3
—Ay del solo —tradujo, y se le notó que la traducción le costaba más que el latín.
Padre Mateo cerró el libro de la cofradía y se lo devolvió.
—¿Va a perdonarlo? —preguntó fray Julián.
—No. Voy a entenderlo. Perdonar tiene su ministro, y no soy yo esta mañana.
Se volvió hacia el sacristán.
—Don Roque. Va usted a hacer cuatro cosas y en este orden. Primero, va a ir a la cuadra del concejo, delante de quien haya, y va a decir en voz alta que el pastor no fue. No en mi presencia. En la suya.
—Sí, padre.
—Segundo, va a llevarle usted mismo pan y tocino para el camino y le va a pedir perdón mirándole la cara.
—Sí, padre.
—Tercero, ese libro se abre el jueves de San Miguel con todo lo que hay dentro y todo lo que falta, y lo lee usted en alto.
Roque Ayllón tragó saliva.
—Delante del señor cura.
—Delante del señor cura, del alcalde y de quien quiera oírlo. Y cuarto: la restitución la fija el padre prior, no yo, y la fija a plazos, porque una restitución que no se puede pagar no es justicia, es venganza con papeles.
El prior asintió despacio.
—Eso último lo firmo.
Roque Ayllón se levantó. En la puerta se detuvo.
—Padre.
—¿Sí?
—¿Cómo supo lo del barro?
—Porque friega usted mejor de lo que roba. Y porque riega los lunes.
El sacristán salió.
Fray Julián esperó a que los pasos se perdieran.
—Nueve años de mayordomo.
—Nueve años en los que nadie le preguntó nada, porque llevaba él las cuentas —dijo Padre Mateo—. Los que guardan la llave rara vez figuran en la lista de los que entran.
El prior lo miró.
—Eso ha sonado a otra cosa.
—Es que estaba pensando en otra cosa.
Por la tarde vino Gil Marrón a discutir de quién era el preso.
El alcalde sostenía que el robo se había cometido en el término. La justicia ordinaria era suya.
El señor cura del lugar llegó a los diez minutos sin que nadie lo llamase. Sostenía que don Roque tenía corona desde los quince años, servía altar y vestía hábito clerical. Su causa, por tanto, no era del alcalde sino del vicario del obispado.
El prior sostenía, con voz de gobierno, que el hurto había ocurrido dentro de la iglesia del convento.
Y que la cofradía era de fundación conventual.
Discutieron una hora y cuarto.
Padre Mateo escuchó de pie, junto a la ventana, sin decir palabra.
Cuando se fueron, fray Julián resopló.
—Tres justicias para un sacristán.
—Tres justicias y ciento sesenta y cuatro reales —dijo Padre Mateo—. Habrá que ver qué pasa cuando la cifra sea grande.
—Pasará lo mismo, digo yo.
—No. Cuando la cifra es grande, curiosamente, siempre acaba mandando uno solo. Y no suele ser el que más razón tiene.
—¿Sino?
—El que se lleva los papeles.
El correo llegó cuando faltaba poco para el toque de oración.
Traía la ropa blanca de polvo hasta la cintura y una nariz colorada de septiembre. Venía de Madrid, con dos mudas de caballo y prisa por volver.
El novicio Tomás le sujetó la mula y le trajo agua sin que se lo pidieran.
Padre Mateo lo advirtió y no lo comentó.
En la sala del prior había, sobre la mesa, un pliego lacrado.
Por fuera decía, en letra ancha y cuidada:
«Al M. R. P. Prior del convento de San Bartolomé, en tierra de Soria. Por el Rey. Entréguese en propia mano.»
El prior no lo abrió. Lo empujó dos dedos hacia Padre Mateo, que era su manera de opinar.
—Es para vos.
—Va dirigido a vos.
—Todas las cartas que os buscan van dirigidas a mí. Ya lo hemos hablado.
Padre Mateo le dio la vuelta.
Y se quedó quieto.
—¿Qué ocurre? —preguntó el prior.
—El lacre.
—¿Qué tiene?
—Que no es el que esperaba.
Fray Julián se acercó, curioso.
—¿Y cuál esperaba?
—Ninguno. Ese es el problema. Hace ocho meses habría esperado uno. El conde de Floridablanca lleva desde julio preso en la ciudadela de Pamplona, con los bienes embargados y un proceso encima. Los sellos de los ministros caídos no viajan.
—¿Entonces de quién es?
—De alguien que ha ocupado su sitio y ha tenido que buscarme el nombre en un papel viejo.
Dejó el pliego sobre la mesa sin abrirlo. El lacre estaba entero, redondo y limpio, con una impronta que no reconocía y una segunda marca menor, hundida en el borde, que sí parecía eclesiástica.
Dos sellos. Uno civil y otro de la Iglesia.
El correo, desde la puerta, carraspeó.
—Padre, si es para responder, salgo mañana al alba.
—¿De dónde viene?
—De Madrid. Pero el pliego me lo dieron los de Toledo.
Padre Mateo levantó la vista.
—¿Toledo?
—Sí, padre. Estuve dos días. Hay allí una cosa mala.
—¿Qué cosa?
El correo miró al prior, y luego al suelo, con el pudor de los hombres que no quieren parecer supersticiosos delante de frailes.
—No sabría decirlo. No es que haya pasado nada. Es que la gente ha dejado de andar de noche.
Nadie contestó.
Fuera, en la torre, empezó a sonar la campana.
No era la de completas.
Era la otra: nueve golpes lentos, sueltos, con el eco vaciándose entre golpe y golpe.
En todos los pueblos de Castilla se llamaba igual, y todos los niños aprendían a contarla antes que a rezarla.
El toque de ánimas.
Padre Mateo se quedó escuchándola hasta el último golpe, con la mano abierta sobre el pliego cerrado.