El invierno del que vuelve #2
—Padre —dijo fray Julián—, ¿y cuánto le faltaba?
—Ciento sesenta y cuatro reales, poco más o menos. Restando lo devuelto de lo contado en agosto.
—Es una cifra rara.
—Todas las cifras verdaderas son raras. Las redondas suelen ser mentira.
Fray Julián se quedó pensando.
—Podría ser una cofradía entera. Podría estar pasando en las tres parroquias del arciprestazgo. Podría haber un hombre que lleve años vaciando cepillos de aquí a Ágreda, aprovechando las bajadas de los rebaños para que la culpa caiga siempre en los de fuera.
Padre Mateo se había parado en seco.
—Eso lo he pensado yo hace media hora.
—Ya lo sé. Se le nota en la cara desde el refectorio.
—¿Tanto?
—Vuestra paternidad, cuando piensa en grande, aprieta el pulgar contra el índice. Lo hacía antes de irse. Ahora lo hace el doble.
Padre Mateo miró su propia mano.
—En México aprendí una pregunta útil —dijo—.
Aprendí a preguntar quién se beneficia. No quién odia, no quién estaba cerca, no quién parece.
Quién se beneficia. Detrás de un muerto había una operación entera, fray Julián.
Un mecanismo. Papeles, dinero, banderas, hombres que no se conocían entre sí sirviendo a lo mismo.
—Ya. Y ahora ve mecanismos en un cepillo.
—Veo la posibilidad.
—Padre, ha vuelto vuestra paternidad de las Indias viendo ejércitos donde hay un hombre con miedo.
Padre Mateo no respondió enseguida.
—Puede ser.
—Es que no hay aquí ninguna operación. Hay ciento sesenta y cuatro reales y un pobre.
—Puede ser —repitió.
Y anotó la frase en el cuaderno, cosa que fray Julián encontró alarmante.
Al pastor lo tenían en la cuadra del concejo, atado por una muñeca a la argolla de un pesebre.
Se llamaba Cristóbal Modrego.
Tenía veintiún años, la cara curtida hasta el color del cuero, las manos abiertas y agrietadas y una zamarra que olía honradamente a oveja.
Al ver el hábito se puso en pie de un salto.
—Padre.
—Siéntese.
—No puedo, padre.
—¿Le duele algo?
—No. Es que si me siento, me duermo.
Padre Mateo se sentó él en el poyo, para obligarlo.
—¿Desde cuándo no duerme?
—Desde el jueves. Con la bajada no se duerme. Se echa uno un rato y vuelve.
—¿Cuántas cabezas trae su amo?
—Mil doscientas. Vamos a la Serena.
—¿Y su cuadrilla?
—Salió ayer al alba. Sin mí.
Lo dijo sin dramatismo, que fue lo que le dio peso.
—Padre, la cañada no espera. Lo que se pierde en septiembre no se recobra en marzo. Si no los alcanzo antes de Almazán, pierdo la soldada del año. Y si pierdo la soldada, mi madre pasa el invierno con lo que dé el huerto, que este año no ha dado.
—¿Estuvo el lunes en la iglesia?
—Sí, padre.
—¿Dos horas?
—No sé cuántas. Un rato largo.
—¿Haciendo qué?
Cristóbal Modrego bajó la vista.
—Rezando.
—¿Por quién?
—Por mi hermano.
Se le movió algo en la garganta.
—Se quedó el año pasado en la cañada, viniendo de vuelta, por la nieve de Cebollera. Tenía diecisiete. No hubo entierro como Dios manda porque lo trajimos tarde. Y en el altar ese están las ánimas pintadas. Yo no sé leer, padre, pero eso lo entiendo.
Padre Mateo estuvo callado un momento.
—¿Echó usted moneda en el cepillo?
—Dos cuartos.
—¿Dos cuartos de qué?
—De lo mío. De lo que llevaba.
—¿Y por qué se quedó tanto rato de rodillas?
Cristóbal se encogió de hombros.
—Porque en el monte no hay dónde arrodillarse que no haya que levantarse enseguida.
Padre Mateo se puso en pie.
—¿Cuánto calzado trae?
—¿Cómo?
—Los pies. Enséñemelos.
El muchacho, desconcertado, levantó una pierna. Traía abarcas de cuero crudo, atadas con correas, y las suelas lisas y secas de polvo blanco de camino.
—Gracias.
—¿Eso me sirve de algo, padre?
—Le sirve de mucho. El que entró en mi iglesia traía barro de huerta. Usted trae polvo de cañada. Son dos tierras distintas y no se hablan.
El alcalde Gil Marrón estaba en la puerta, y llevaba allí un rato.
Era un hombre corto, de cuello grueso y ojos de administrar.
Tenía fama de justo con los del lugar y de expeditivo con los demás, que en muchos pueblos de Castilla se tenía por la misma virtud.
—Padre Mateo.
—Señor alcalde.
—Ese hombre no es de aquí.
—Es un argumento excelente contra su vecindad. Contra su inocencia, ninguno.
—Estuvo dos horas delante del cepillo.
—Estuvo dos horas delante de un cuadro de ánimas. El cepillo estaba debajo porque el que lo puso quiso que estuviera debajo. Esa es la industria de los cepillos.
—Alguien se ha llevado ciento noventa reales.
—Ciento sesenta y cuatro.
Gil Marrón parpadeó.
—¿Cómo dice?
—Digo que si va usted a colgar a un hombre, cuélguelo al menos por la cifra correcta.
Hubo un silencio incómodo.
—Suélteme al zagal antes de mediodía —dijo Padre Mateo, más suave—. Y déle pan para el camino, que va a andar diez leguas para alcanzar a mil doscientas ovejas que no lo esperan.
—¿Y si es él?
—Si es él, se lo devolveré yo mismo. Tengo poco patrimonio, pero conservo la palabra.
Don Roque Ayllón llegó al convento a la hora de sexta, llamado por el prior, con el libro de la cofradía bajo el brazo.
Era sacristán del lugar desde hacía veintinueve años. Mayordomo de la Cofradía de las Ánimas, desde hacía nueve.
Tenía sesenta y un años, la espalda ya vencida, las uñas cortas y una casaca parda que había sido negra.
Escribía bien. En el pueblo, cuando alguien necesitaba una carta, iba a don Roque.
Puso el libro sobre la mesa del prior con las dos manos, como se posan las cosas que pesan más de lo que pesan.
—A mandar, padre prior.
—Padre Mateo tiene preguntas.
—Las que quiera.
—Solo tres —dijo Padre Mateo—. ¿Dónde estuvo la noche del lunes?
—En mi casa.
—¿Solo?
—Solo. Desde que enviudé, siempre solo.
—¿Regó usted la huerta del convento esa tarde?
Roque Ayllón levantó la cabeza muy despacio.
—La riego los lunes y los jueves. Desde hace nueve años.
—Gracias. Tercera. ¿Por qué devolvió veintiséis monedas?
El silencio que siguió fue de otra clase.
No era el silencio de quien busca respuesta. Era el de quien lleva meses teniéndola preparada y no sabía que iba a decirla aquel día.
El prior se puso muy quieto.
—Don Roque —dijo—. Sentaos.
Se sentó.
—No fue el zagal —dijo, mirándose las manos.
—Ya lo sabemos —dijo Padre Mateo.
—Yo iba a decirlo. Iba a decirlo mañana.
—¿Por qué mañana?
—Porque hoy no me salía.
Abrió el libro sin que nadie se lo pidiera, y lo abrió por donde estaba abierto siempre.
—En marzo saqué del arca de la cofradía ciento sesenta y cuatro reales.
Los saqué yo, con mi llave, sin decírselo al señor cura.
Mi mujer llevaba desde noviembre con el mal del pecho.
Vino el médico de Almazán tres veces. La botica de Berlanga cobró dos onzas de no sé qué polvo que le mandó tomar en leche.
Todo eso lo pagué con dinero de las ánimas.
—¿Y ella?
—Se murió en abril.
Lo dijo sin levantar la voz.
—La enterré con dinero de las ánimas, padre. No sé si eso fue sacrilegio o parentesco.
Fray Julián, junto a la puerta, se pasó una mano por la cara.
—Siga —dijo Padre Mateo.
—Pensé devolverlo. Todos los meses pensé devolverlo. Pero un sacristán cobra lo que cobra y el arca se cuenta en San Miguel delante del señor cura y del señor alcalde. Y este año el arqueo cae en jueves.
—Y usted no tenía ciento sesenta y cuatro reales.
—No tenía cuatro.
—Así que abrió el cepillo.
—El lunes por la noche. Descolgué la caja. La sacudí. No quería llevarme más de lo mío… —se detuvo—. De lo que debía. Perdón. De lo que debía.
—Y en la oscuridad no podía contar.
—No podía. Me lo llevé todo a casa, lo conté encima de la manta y sobré veintiséis monedas de vellón. A la mañana siguiente, antes de prima, las eché por la ranura.
—¿Por qué?
Roque Ayllón lo miró como si la pregunta fuera injusta.
—Porque no eran mías.
Padre Mateo bajó los ojos al libro.
—Falsus in uno, falsus in omnibus.
Fray Julián tradujo por lo bajo, sin ganas:
—Falso en una cosa, falso en todas.
—Es la regla que usan los jueces con los testigos —dijo Padre Mateo—. Y es buena regla para un testimonio.
—¿Y para un hombre?
—Para un hombre es una carnicería. Este ha mentido nueve meses en una línea de un libro y ha dicho la verdad en todas las demás. Si aplicamos la regla entera, lo perdemos.
Roque Ayllón cerró los ojos.
—¿Lo tiene por ladrón? —preguntó el prior.
—Lo tengo por contable. Es peor y es mejor. Un ladrón huye. Un contable cuadra. Este hombre lleva medio año intentando cuadrar una resta imposible, y por eso ha hecho tres cosas que ningún ladrón hace: no forzó, no se llevó de más y devolvió lo que sobraba.
—Y dejó que prendieran a un inocente —dijo el prior.
—Sí. Eso también lo hizo.
El sacristán abrió la boca y no salió nada.
—Anoche —dijo por fin—, cuando supe que Gil Marrón lo tenía atado en la cuadra, no dormí. Vine dos veces hasta la tapia. Las dos veces me volví.
—Vae soli —murmuró el prior.