El invierno del que vuelve
Padre Mateo llevaba ocho meses de vuelta y todavía no había llegado.
Había desembarcado en Cádiz en enero con un baúl, un cuaderno lleno y una tos.
La tos la trajo de Veracruz y no quiso quedarse en el mar. En el convento aseguraban que era cosa del clima.
Padre Mateo sospechaba que era cosa de la memoria.
Faltaban diez días para San Miguel.
En Soria, septiembre aún no era otoño, pero lo ensayaba con aplicación. Las mañanas traían escarcha corta sobre los rastrojos. Al mediodía el sol calentaba lo justo para engañar a los viejos.
Y por los caminos del norte bajaban los rebaños hacia Extremadura.
Levantaban un polvo blanco que se veía desde la tapia mucho antes de oírse.
—Ya se van los pastores —dijo fray Julián, mirando por la ventana del refectorio.
—Todos los años.
—Y todos los años lo dice vuestra paternidad como si le hubieran robado algo.
—Se llevan la mitad del pueblo y dejan la sierra sin voz hasta marzo. Alguna queja merece.
—Antes de las Indias no se quejaba.
—Antes de las Indias no sabía lo que era el silencio de verdad.
Fray Julián no había cambiado. Seguía ancho, alegre, de barba espesa y paciencia corta para los misterios pequeños.
Lo único distinto era una costumbre nueva: miraba de reojo a Padre Mateo cuando este se quedaba callado más de lo razonable.
Que era a menudo.
El refectorio, en cambio, sí había cambiado.
Nada grande. Un banco nuevo. La ventana del fondo, tapiada por las corrientes.
Y el sitio de Padre Mateo, junto al vidrio, ocupado ahora por fray Martín, a quien el prior había concedido la luz por razones de vista y de vejez.
Nadie se lo advirtió al volver.
Simplemente había vuelto y el sitio ya era de otro, con esa naturalidad tranquila con que las casas se cierran sobre los ausentes.
Se sentó dos puestos más allá. Llevaba ocho meses sentándose dos puestos más allá.
—Hermano Tomás —dijo el prior desde la cabecera—, la lectura.
El novicio se puso en pie.
Tenía ya dieciocho años, la voz asentada y las orejas menos grandes, o quizá la cara más. Leyó despacio, sin tropezar. Padre Mateo lo escuchó con atención sincera. Había en aquel muchacho una mejora que no era de latín.
Cuando terminó, fray Julián se inclinó.
—Lee mejor que hace dos años.
—Miente peor. Es más notable.
El desayuno fue pan moreno, queso recio y una sopa que solo por caridad lingüística podía llamarse caldo. Padre Mateo comió poco. Comía poco desde la travesía. El hermano enfermero se lo reprochaba una vez por semana, con la constancia de un reloj mal ajustado.
Fue entonces cuando entró el hermano portero, sin llamar, que era su modo de anunciar desgracias.
—Padre prior. El cepillo.
El prior levantó la cabeza.
—¿Qué cepillo?
—El de las ánimas. Está vacío.
Se hizo en el refectorio ese silencio breve y hondo de las comunidades pequeñas, donde una noticia recorre veinte cabezas antes de recorrer una mesa.
—¿Vacío del todo? —preguntó el prior.
—Casi. Ha quedado algo suelto en el fondo.
—¿Forzado?
—No, padre. Ahí está lo malo. No hay señal ninguna.
Fray Julián dejó el cuchillo.
—Entonces alguien tenía llave.
—O alguien tenía manos —dijo Padre Mateo.
Todos lo miraron. Él seguía mirando el pan.
—¿Cuándo se abrió por última vez? —preguntó.
El portero dudó.
—Por agosto. Para el arqueo.
—¿Cuánto se contó?
—Ciento noventa reales y pico. Lo apuntó don Roque en el libro.
—¿Y desde agosto no se ha vuelto a abrir?
—No, padre. Se abre en San Miguel, con el señor cura y el mayordomo delante.
Padre Mateo dejó el pan.
—¿Quién ha entrado esta semana en la iglesia?
—Padre, entra el pueblo entero.
—El pueblo entero no roba a la vez. Sería un adelanto administrativo notable.
Fray Julián soltó una risa que el prior apagó con una mirada.
—Ha entrado gente de fuera —añadió el portero, bajando la voz—. Los pastores. Bajan las cabañas de Yanguas y paran en el descansadero. Anteayer estuvo uno hincado de rodillas delante del altar de las Ánimas casi dos horas. El sacristán lo vio. Todo el mundo lo vio.
—¿Dos horas?
—Dos horas, padre. Un zagal. Sin moverse.
—Qué escándalo. Un hombre rezando en una iglesia.
—Es que no era de aquí.
—Ah. Entonces cambia todo.
El prior se levantó, y el refectorio se levantó con él.
—Padre Mateo.
—Padre prior.
—Venid conmigo.
Salieron al claustro. El viento entraba por los arcos como si tuviera derecho. La higuera del patio empezaba a soltar las hojas de arriba, que caían enteras y sin resistencia.
—El alcalde ya lo tiene —dijo el prior.
—¿A quién?
—Al pastor. Gil Marrón lo prendió anoche, antes de que nadie contara nada. Dice que le olió mal desde el primer día.
—El alcalde tiene un olfato admirable. Huele delitos antes de que se cometan y forasteros antes de que hablen.
—Mateo.
—Perdón, padre.
El prior se detuvo bajo el arco.
—Son ciento noventa reales de las ánimas. En este pueblo eso es dinero de difuntos. Si mañana no hay culpable, lo habrá pasado mañana, y lo pondrá el miedo.
—Lo sé.
—¿Lo miraréis?
Padre Mateo tosió. Fue una tos corta, seca, con un fondo que no acababa de subir.
—Lo miraré.
—Gracias.
—No me las dé todavía. A veces miro más de lo que conviene.
—De eso me he enterado por carta —dijo el prior—. Dos veces.
La iglesia del convento era pequeña, fría y honrada.
Tenía una nave sola, un retablo modesto de talla vieja y cuatro bancos para el pueblo.
En el muro de la izquierda estaba el altar de las Ánimas: un lienzo oscurecido por el humo, con figuras desnudas que alzaban los brazos entre llamas anaranjadas.
Bajo el lienzo, una repisa con dos candeleros de latón y un cepillo.
El cepillo era una caja de nogal con zunchos de hierro, una ranura en la tapa y dos cerraduras. Colgaba del muro sobre cuatro grapas empotradas. Una llave la guardaba el prior. La otra, el mayordomo de la Cofradía de las Ánimas del lugar.
Cuando llegaron, había ocho personas dentro.
—Que salgan —dijo Padre Mateo.
—Padre, es que…
—Que salgan.
Salieron. El sacristán del pueblo se quedó junto a la puerta, retorciendo el sombrero.
Padre Mateo se quedó quieto en mitad de la nave. No se acercó al cepillo. Miró el suelo.
—¿Se ha barrido hoy?
—A prima, padre. Como siempre.
—¿Y se ha fregado?
—Anoche. Con el agua de la fuente.
—Bien. Entonces ya está destruido casi todo.
—¿Cómo dice?
—Nada. Hablo con la casa.
El suelo era de losas grandes de piedra caliza, gastadas en el centro por trescientos años de rodillas.
Entre losa y losa corrían juntas anchas de un dedo, rellenas de polvo apretado, cera vieja y tierra.
Padre Mateo se arrodilló junto al segundo banco, con más ruido de huesos del que hubiera deseado.
—Fray Julián, acerque la vela.
—¿Va a leer el suelo?
—Voy a leer lo que no se puede fregar.
Recorrió las juntas con el índice, despacio, desde la puerta que daba a la calle hasta la repisa del altar. Luego repitió el recorrido desde la puerta pequeña que comunicaba con el claustro.
Se detuvo a mitad de camino.
—Aquí.
—¿Aquí qué?
—Barro.
—Padre, hay barro en toda Castilla.
—Hay barro en las juntas, fray Julián. Y solo en cuatro juntas. Y solo en la línea que va de la puerta del claustro al altar.
Se incorporó y se limpió las manos en el hábito.
—Y no lo hay en ninguna junta de la línea que viene de la calle.
Fray Julián acercó más la vela.
—Explíquemelo como a un fraile gordo.
—Con mucho gusto. Cuando un hombre entra con las botas sucias, pisa la losa y deja huella. Si alguien barre, la huella desaparece. Si alguien friega, desaparece también. Pero el que friega pasa el paño por encima de la piedra y empuja lo que hay hacia el hueco. La junta se llena. Y ahí se queda.
—Se limpia la losa.
—Y no se limpia la junta. Nunca. Ese es todo el prodigio.
—¿Y qué prueba eso?
—Que alguien anduvo con barro por esta iglesia, y que anduvo desde dentro de la casa, no desde el pueblo.
El sacristán, desde la puerta, se santiguó sin motivo claro.
—Y hay más —dijo Padre Mateo—. El barro de la calle de este lugar lleva paja y estiércol, porque el ganado pasa por la plaza dos veces al día. Este no. Este es limpio. Es tierra de huerta mojada.
—Anteanoche regaron —dijo el sacristán.
—Ya lo veo.
Fray Julián bajó la vela.
—¿Sospecha del pastor?
—Sospecho del suelo. El pastor todavía no me ha dicho nada.
Se acercó por fin al cepillo.
No lo tocó. Lo miró desde media vara de distancia, ladeando la cabeza como quien examina un cuadro mal colgado.
—Las cerraduras están enteras.
—Enteras —confirmó el sacristán.
—Las grapas, no.
Las cuatro grapas de hierro seguían en el muro, pero las dos de abajo tenían el yeso saltado alrededor y una raspadura clara en el borde, brillante, reciente.
—Descolgaron la caja —dijo Padre Mateo—. La levantaron de las grapas, la voltearon y la sacudieron por la ranura hasta vaciarla. Luego la volvieron a colgar. Y quien la volvió a colgar lo hizo con cuidado, porque la puso derecha.
—¿Y eso qué importa?
—Un ladrón con prisa deja las cosas torcidas. Este hombre tenía las manos firmes y ninguna prisa.
—Entonces sabía que nadie iba a entrar.
—Sabía la hora en que nadie entra. No es lo mismo. Lo primero es suerte. Lo segundo es vivir aquí.
Pidió la llave del prior. Abrió.
El fondo de la caja estaba raspado y limpio, con la madera desnuda a la vista, sin el sedimento pardo de polvo, cera y migas que se acumula en el interior de cualquier cepillo con dos años de servicio.
Y encima de aquella madera desnuda, sueltas y a la vista, había veintiséis monedas.
Padre Mateo las contó dos veces.
—Veintiséis. Todas de vellón. Ni un real de plata.
—Se le cayeron al ladrón —dijo el sacristán.
—No.
—¿Cómo que no?
—Porque están limpias y el fondo también. Si se le hubieran caído, estarían debajo de la basura del cepillo, no encima de la nada. Este cepillo se vació hasta la última brizna. Y después alguien echó estas veintiséis monedas por la ranura.
Fray Julián lo miró sin comprender.
—¿Robó y devolvió?
—Robó y devolvió.
—Eso es de loco.
—Eso es de contable.
Padre Mateo cerró la caja.
—Un ladrón se lleva lo que hay. Este se llevó lo que le faltaba.
Salieron al atrio. La mañana se había levantado clara y el aire olía a rastrojo quemado.