La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2)
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Prólogo
Hay crímenes que no buscan un culpable, sino un tribunal.
Miles cruzaron. Más de quinientos hallaron amparo en la diócesis de Toledo, porque su arzobispo, el cardenal Lorenzana, entendía la caridad como una obra pública y no como un sentimiento.
Toledo los recibió con la cortesía tirante de quien abre la puerta sin soltar la aldaba.
Era una ciudad vieja, ilustrada por decreto y supersticiosa por costumbre.
Tenía una catedral que gobernaba el cielo, cuatro justicias que apenas se hablaban, un alcázar convertido en casa de pobres, un hospital de locos a medio construir y, bajo un callejón estrecho, una cisterna romana que quinientos años de leyenda habían ascendido a escuela de artes prohibidas.
Toledo llevaba desde el siglo XII contándose a sí misma que el diablo había estudiado allí.
Solo hacía falta que alguien se lo recordara.
Y alguien se lo recordó.
Una noche de aquel septiembre, sobre las losas húmedas de un lugar que la ciudad no visitaba desde hacía siglos, una mano paciente y sin prisa trazó un círculo de sal gruesa.
El que lo trazó no creía en el diablo.
Contaba con que los demás sí.