La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El secreto y la verdad #3
100%

El secreto y la verdad #3

Juana bajó del poyo, fue a la mesa larga, sacó una hoja del cartapacio y se la dio.

Padre Mateo la miró.

Era él.

De espaldas, bajando una calle en cuesta, visto desde arriba y un poco de lado, con seis o siete líneas y ni una de más.

Se le veía el hábito. Se le veía el brazo izquierdo colgado del cuello. Se le veía andar por el medio de la calle.

En la esquina, arriba a la derecha, ponía 27 y debajo, más pequeño, X10bre.

Padre Mateo estuvo mirando aquel papel un rato largo, de pie, delante de una niña de trece años.

Era el mismo ángulo.

La misma ventana, la misma calle en cuesta, la misma manera de mirar desde arriba y un poco de lado a un hombre que se va.

En septiembre había dibujado así a un asesino con un farol y un legajo.

En diciembre dibujaba así a un fraile con el brazo colgado del cuello.

Y los dos iban por el medio de la calle.

No se le ocurrió absolutamente nada que decir.

Salieron de Toledo el veintiocho de diciembre, por la puerta de Bisagra, a las ocho de la mañana.

Iban en un coche de vuelta que hacía el camino de Madrid vacío y que los llevó por doce reales.

Ceferina Robles les puso en las alforjas pan, queso y una bota, y no les dejó pagar la última noche.

—Padre.

—Diga.

—¿Volverá?

—No lo sé.

—Los que dicen que sí no vuelven nunca. Ande, váyase.

El coche cruzó el puente y salió a la vega, y Padre Mateo se volvió una sola vez.

Vio la peña, y el Alcázar cuadrado encima, y la torre de la catedral, y todo lo demás debajo, derramado hasta el agua.

Tres meses antes había llegado de noche por el otro lado y le había parecido que aquella ciudad estaba recordando algo.

Seguía pareciéndoselo.

Y ahora sabía lo que era.

Después se sentó bien y ordenó los muertos, que era lo que hacía siempre antes de que el camino los mezclara con el polvo.

Bruno Sardá, encuadernador, sesenta y un años, muerto por haber abierto un libro y haber dicho en voz alta que un papel no era hermano de sus hermanos.

Don Fadrique Ortuño, canónigo obrero, cuarenta y cuatro, muerto por tener en un arcón una lista que nadie había leído.

Matías Colodro, papelero, cincuenta, muerto por saber decir en qué año se había hecho un pliego.

Tres muertos.

Un francés con una mano rota que se iba a Salamanca sin que nadie le hubiera pedido perdón.

Una mujer descalza que saldría en febrero.

Un desfalco resuelto en Madrid tres meses tarde.

Un hombre de cincuenta y ocho años en un sitio del que no se da noticia.

Y una niña de trece con doscientas hojas de papel en un cartapacio de badana verde.

—Padre.

—Diga.

—¿En qué piensa?

Padre Mateo tardó en contestar.

—En que en México aprendí a preguntar quién se beneficia.

—Es una buena pregunta.

—Es una pregunta excelente y me salvó un caso. Y aquí he tenido que aprender otra vez a preguntar quién sufre.

—¿Y cuál es mejor?

—Ninguna. Hay que hacer las dos y en ese orden al revés.

—¿Y qué se hace con la que sobra? —preguntó Leoz.

—¿Con cuál?

—Con la pregunta que no toca. Usted ha estado tres meses haciendo la de México.

—Se hace lo que he hecho yo. Se equivoca uno, se le rompe una mano a un francés y se aprende tarde.

—Eso no es un método.

—No, no lo es. —Padre Mateo miró por la ventanilla—. Escríbalo vuestra merced de todos modos, que dentro de veinte años me lo va a leer en voz alta y yo diré que nunca lo dije.

Pararon a comer en Illescas y a dormir en Madrid.

En Madrid le entregaron una carta que había llegado de Cádiz el día antes y que traía el sello de Nueva España y la letra de doña Mariana de Velasco.

Padre Mateo la miró, le dio la vuelta, y se la guardó en la manga sin abrirla.

—¿No la abre? —dijo Leoz.

—Todavía no.

—¿Por qué no?

—Porque esa señora escribe cada vez más corto y cada vez acierta más, y si la abro hoy me va a decir en cuatro líneas todo lo que he hecho mal desde septiembre. Y hoy no.

—¿Y cuándo?

—Cuando esté en Soria y haya alguien que se ría conmigo.

Salieron de Madrid el treinta y uno y subieron por Alcalá y por Guadalajara con nieve en las cunetas.

El uno de enero, en una venta de Jadraque, se cruzaron con el correo que bajaba.

El correo traía valija de Soria y en la valija había un pliego para él.

No venía con la letra grande y despaciosa del padre prior.

Venía con una letra enorme y torcida, que se salía del renglón por abajo.

Padre Mateo la había visto una sola vez en su vida.

Encima de un hatillo con pan, queso y una bota, en la puerta de una celda, a oscuras, tres días antes de salir para Toledo.

La abrió allí de pie, en el patio de la venta, con la mano buena y ayudándose con los dientes.

Decía cuatro líneas.

«Mateo:

Ya como.

Venga cuando pueda. En ese orden.

Y traiga chocolate del bueno, que el que mandó llegó hecho una piedra y el prior dice que es culpa mía por haber estado enfermo.

J.»

Padre Mateo se quedó de pie en el patio de aquella venta, con el pliego en la mano y el brazo colgado del cuello, y no dijo nada durante un rato largo.

Leoz, desde el coche, lo estuvo mirando.

Después Padre Mateo dobló la carta, se la guardó en la manga, junto a la otra, que seguía cerrada.

Y subió al coche.