28 Encontrar mi camino
Encontrar mi camino
Diciembre, Londres, Inglaterra
Fabio
¿Se puede ser más imbécil? No sé por qué he dicho eso.
Bueno, sí lo sé: porque me he sentido como un niño al que pillan copiando en un examen.
Porque estoy en plena rehabilitación emocional y no quería que mis amigos supieran que me he sentido absurdamente atraído por Ashley.
Porque no quería complicar las cosas con etiquetas que todavía no sé dónde pegar, cuando a duras penas acabo de salir de ese tormento con Ivan.
Pero lo he ofendido. Por la mirada que me ha dedicado y la tensión repentina de sus hombros, sé que Ashley vuelve a creer que soy el gilipollas que llevo toda la noche intentando demostrar que no soy.
¡Qué desastre!
Iba a besarme. Lo supe tan pronto como abrí los ojos y vi su rostro a escasos centímetros del mío, con ese hambre voraz dibujada en sus pupilas. Si Patri y David no hubieran aparecido en ese preciso instante, creo que habríamos hecho muy buen uso de ese sofá de cuadros.
Y eso hubiera sido una idea terrible. Nefasta.
Así que supongo que es mejor así. Manteniendo las distancias. Él seguirá siendo el empleado joven y guapo de CanArch y yo… el eterno solterón adicto a las relaciones tóxicas. Cada uno interpretando su rol a la perfección en este frágil equilibrio en el que nos hallamos.
Además, necesito tiempo para desintoxicarme. Necesito aprender a darme prioridad. Aprender a elegirme antes de que otros decidan por mí.
Patri está tirada en el sofá junto a él, destrozada después de haber trabajado desde las siete de la mañana.
David sigue en el taburete, micro rosa en mano, entonando una versión de Livin’ on a Prayer que haría llorar de pura angustia a Bon Jovi.
El local aguanta sus gallitos sin que revienten los altavoces ni nuestros tímpanos, lo cual me parece una proeza tecnológica.
«De verdad, David, tú dedícate a levantar edificios bonitos, porque oírte cantar es terrorismo auditivo».
La distancia emocional entre Ashley y yo se ha vuelto palpable. Es como si hubiera emergido un iceberg entre nosotros y cada uno hubiera decidido quedarse en su lado del océano por pura supervivencia.
¿Es porque está su jefe delante?
¿Es por mi comentario idiota sobre ser mi amigo gay?
¿O es porque no le gusto tanto como su mirada me hizo creer?
No quiero darle vueltas. Analizar es el primer paso hacia el desastre, y el Fabio que quería enamorarse quedó enterrado en alguna versión anterior de mí mismo que ya no está disponible para descargar.
Una lástima, en otra vida podría haber sido el indicado si me hubiera pillado menos roto y con diez años menos.
Cuando Patri anuncia que se van a casa, Ashley es el primero en saltar como un resorte, sin darme tregua a una disculpa o a terminar la noche de otro modo. No sé cómo, pero…, no sé, diferente. Algo que nos dejara un sabor de boca que no fuera ginebra barata y reproches mudos.
—Yo también debería irme. Estoy reventado y mañana madrugo. —Ash abraza a Patri con calidez y a David con camaradería. En cuanto a mí…—. Adiós, Lucifer. Ya nos veremos por ahí si eso…
Indiferencia perfectamente ejecutada. Un diez en interpretación. Y, aunque me repito que es lo mejor que podría pasarnos, me jode. ¡Joder si jode! E ignoro por qué pero tampoco quiero analizarlo. O sí… Sí, sí quiero. ¿Por qué demonios me jode tanto?
—Sí, supongo. Ya nos veremos por ahí, Rubiales.
Salimos todos al mismo tiempo, adentrándonos en la jungla que es el Soho a estas horas. Ashley se despide con un gesto vago de la muñeca y emprende rumbo al metro con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás. Ni una vez.
Creo que la he liado pardísima y ni siquiera le he pedido su número de teléfono para arreglarlo. Preguntárselo a David sería… inapropiado. Un lío mayúsculo. Con lo que le ha costado encontrar a alguien decente, no quiero arruinarle las cosas.
¡Total! Con un poco de suerte, no volveremos a vernos hasta la próxima fiesta de Navidad.
Nosotros caminamos en dirección contraria. Por supuesto, Patri y David han percibido una energía entre nosotros que no piensan permitir que muera en esa cabina de karaoke.
—Así que Rubiales… —suelta Patri, alargando la palabra—. ¿Ha pasado algo que debamos saber, mi rey?
—No. Nada en absoluto.
David suelta una carcajada.
—¿No te lo habrás tirado, que nos conocemos? Mira que me cae bien y no quiero que deje la empresa cuando le rompas el corazón en pedacitos de diseño.
—Ni se te ocurra, mi rey. Tú aún estás en rehabilitación. Teníamos un plan para recomponerte, ¿recuerdas? —interviene Patri con un tono afilado.
—Estás cosas no se planean, mi niña —insiste David—. Y yo tengo un feeling con estos dos.
—Feeling? ¡Pero si ni siquiera sabías que era gay! —suelto.
—Sí, sí se planean —me interrumpe Patri—. Y Fabio no está listo para el mundo. Aún sigue bajo los efectos de ese gilipollas.
—No es cierto —aclaro—. Solo… estoy dañado. Defectuoso. Como esas chaquetas con tara que venden más baratas porque tienen un hilo suelto en la costura que nadie sabe cómo arreglar.
Patri se detiene en seco. Su mirada me atraviesa el abrigo.
—Ni se te ocurra venderte más barato, ¿me oyes? Eres una pieza de colección, aunque ahora mismo estés un poco abollado. —De repente, me agarra por el cuello de la camisa y mira… algo—. ¿Qué es eso?
Juro que no sé a qué se refiere. Por un instante, mi mente viaja a las últimas dos horas buscando una marca, un chupetón, algo que delate el fuego de la cabina. Pero no, Ashley no ha dejado marcas físicas en mi piel.
Por desgracia.
—Tendrás que ser un pelín más específica, Patri.
—Tienes todo el cuello rojo. ¿Te parece lo suficientemente específico?
Me llevo la mano a la garganta y, de golpe, lo recuerdo todo.
Ivan.
Sus dedos apretando mi piel contra la pared.
Sus celos enfermizos.
—Olvídalo. Solo… me caí.
—¿Te caíste contra los puños de alguien, Fabio? —suelta ella, perdiendo la paciencia.
Suspiro. Sé que no puedo mentirles, así que les cuento lo que pasó con Ivan.
Cómo me arrinconó. Cómo me agarró. Cómo Ashley apareció de la nada, como un caballero con una cerveza en cada mano, y me sacó de allí sin necesidad de montar un espectáculo.
Les pido que no le den importancia a Ivan. Que se ha acabado.
Omito hablarles de la cena, las risas, el dibujo…
De lo mucho que me calentaron esos ojos azules.
—Y bien —interviene David con la mirada fija en mí—. Ahora que sabemos que, literalmente, te ha salvado el cuello… ¿qué te ha parecido Ash?
—Es… mono.
—Me das miedo cuando usas ese tono, Fabio —suelta mi amiga.
—No le des vueltas. Solo digo que estaría bien para un ratito, supongo… Un paréntesis.
—Nada de ratitos —sentencia ella—. Los ratitos los tienes con cualquier chulo de Grindr o con tu vibrador. A Ashley me lo dejas en paz.
—¡Joder, qué tía! ¿Tampoco apruebas a Ash? Pensaba que era el yerno ideal.
Patri ni siquiera duda.
—A Ash sí lo apruebo. Lo he visto tres veces contadas y ya lo adoro. A quien no apruebo es a ti ahora mismo, mi rey.
—Auch.
Y sí, eso duele. Porque cuando Patri me señala con el dedo no lo hace desde el juicio moral, sino desde ese amor honesto que solo los amigos de verdad se atreven a escupirte a la cara.
Me sostiene la mirada como si estuviera leyendo los subtítulos de mi orgullo herido.
—No me pongas esa cara. Te adoro y lo sabes —dice, suavizando el tono—, pero ahora mismo estás roto, Fabs. Y cuando estás roto, juegas con fuego solo para sentir que sigues vivo. No pienso permitir que arrastres a ese chico a tu incendio. No se lo merece.
Me gustaría reírme, soltar un comentario ingenioso sobre extintores y seguros de vida.
Pero la imagen me golpea: yo, envuelto en llamas, buscando a alguien a quien aferrarme para no ser el único en convertirse en cenizas.
Curioso nombre el suyo, ahora que lo pienso.
Parece destinado a ser un clavo ardiendo.
—Si dentro de unos meses me dices que te gusta, seré la primera en apoyarte —continúa ella—. Pero ahora mismo…
—Ahora mismo no lo aprobarías.
—Apoyo todo lo que hagas, idiota. Siempre. Si matas a alguien, te ayudo a deshacerte del cadáver y me invento la coartada. Pero la verdad es que no es vuestro momento. ¿Recuerdas lo que me dijiste sobre qué hubiera pasado si hubiera salido con David hace ocho años?
Lo recuerdo. ¡Cómo olvidarlo!
David estaba atravesando el momento más crítico de su vida tras aquel accidente que le rompió más cosas que huesos, y Patri vagaba por el mundo con el alma hecha jirones después de una cadena de traumas que tardó años en cicatrizar.
De haber intentado algo entonces, habrían sido dos trenes chocando de frente y hoy no estarían aquí.
El tiempo que pasaron separados fue un regalo.
—En lo que a mí respecta puedes estar tranquila —respondo al fin, respirando el aire gélido de Londres—. No me voy a tirar a su cuello. Es guapo, pero no me interesa en ese sentido.
—¿En serio? —Patri duda—. Pero si a ti los rubios de ojos azules te vuelven loco.
David, que hasta ahora había permanecido sospechosamente callado, interviene:
—¿Por qué no te interesa? ¿Qué tiene de malo Ash? Es un amor.
—Di que sí, cariño: tú dale más coba —protesta Patri.
—Solo quiero entender qué criterio sigue para enrollarse con un imbécil como Ivan y, sin embargo, asegurar que no le interesa alguien como Ashley.
—Para empezar —replico, cruzándome de brazos—, se llama Ceniza y se apellida Gris.
David se cruza de brazos y Patri alza una ceja.
—¿Se supone que eso es un argumento? —pregunta él—. Igual necesitas que alguien matice un poco tus colores.
—Además, es mucho más joven que yo. Es un crío.
—Tiene veintiséis años, ¡por el amor de Dios! —responde David—. No es como si fuera menor de edad.
Ahí está. Veintiséis. Nueve años de diferencia. No es una brecha moral, pero se me hace extraño pensar que entre Ivan y Ashley hay casi dos décadas de distancia.
Ivan y Ashley.
Uno es el pasado que me asfixia y el otro es… la promesa de algo que no debería siquiera considerar.