27 La temida friend zone #2
Fabio apoya la mano en mi muslo, un gesto que parece casual, pero que es una señal clarísima para que me lance. Y de repente presiento que él también quiere saber cómo seguía esa escena.
«¡A la mierda con todo! Voy a lanzarme».
Me incorporo un poco para acercarme a su rostro, y él hace lo mismo, acortando la distancia. Sé que nos vamos a arrepentir mañana de esto, pero que se preocupe de ello el Ashley del futuro.
Huele tan bien…
Pero el destino nunca se pone de mi parte, y nuestros teléfonos suenan exactamente a la vez.
El mío vibra con el nombre de mi jefe; el de Fabio, con el de su mejor amiga.
Nos miramos como si nos hubieran pillado haciendo algo ilícito, y ambos sabemos que lo que sea que habíamos construido en esta burbuja de madera ha llegado a su final.
David pregunta dónde estoy; le mando la ubicación y el número de cabina. Fantástico. Aquí es donde aparece mi jefe por la puerta y la fantasía se convierte en anécdota de oficina.
Fabio deja el móvil sobre la mesa y noto que también él se contiene. No sé si es porque no le gusto, porque le han cortado el punto o porque aún siente algo por el matón de antes. Pero ninguno cruza la línea.
Cuando Patty y David aparecen, llaman a la puerta con una delicadeza casi cómica, como si temieran interrumpir una escena de alto voltaje.
Por desgracia, se encuentran con el anticlímax.
Justo en este momento, el karaoke decide escupir la canción más gay de la historia: Let’s Have a Kiki!
, de Scissor Sisters. Mi cabeza recuerda esa escena de Glee con Leah Michele y Sarah Jessica Parker.
Que no se entere Fabio de que sí he visto ese musical…
David entra primero.
—¿Interrumpimos algo? —pregunta con una media sonrisa.
—Sí —respondo seco, blindándome—. Una sesión de idioteces variadas que Fabio ha decidido inmortalizar para su canal. Aunque reconozco que ha estado bien.
No quiero que se me note el plumero. No quiero que nadie vea que, hace tres minutos, estuve a un suspiro de lamerle el alma a su mejor amigo. David se deja caer en una silla, agotado pero divertido.
—¿En serio? Si alguien me hubiera dicho hace unas semanas que os iba a encontrar juntos grabando contenido para el canal… no me lo habría creído. ¿En qué momento habéis pasado de odiaros a ser mejores amigos?
—Tampoco exageremos —suelta Fabio—. Sigue cayéndome mal, eso no ha cambiado, pero ahora nos toleramos mutuamente.
—Estoy delante, te recuerdo —suelto con tonito.
—Lo cual ya dice mucho —replica él, sin mirarme.
Patri, que ya ha detectado el vídeo en el móvil, alza una ceja. «¿De verdad tiene la contraseña de Fabio?».
—Ashley, cariño, tienes un potencial oculto con el micrófono. Y tú, Fabio… Lo siento, no tienes arreglo, mi rey.
—¡Ey! No te metas conmigo, que estoy exultante. Hoy es un gran día.
—Debe de serlo, para que hayas desaparecido de la fiesta de tu mejor amiga…
—Juro que te lo explicaré luego. Es un gran día porque acabo de encontrar a mi nuevo compañero de fatigas. Mi nuevo amigo gay. —«¿Qué?»—. Bueno…, el único, porque nunca he tenido un amigo gay. O sea…, amigo gay en el sentido de lo que yo soy para vosotros, no gay de los que acaban en mi cama.
«Mátame camión».
El silencio que sigue es microscópico, pero a mí me atraviesa como una bala de plata.
Amigo gay. Dicho así, con esa ligereza heteronormativa disfrazada de inclusión entusiasta. Algo dentro de mí se licúa.
Amigo gay en el sentido de el que me acompaña de compras y me da consejos sobre camisas.
Amigo gay con cero tensión sexual, cero peligro, cero posibilidad.
Vamos, que si nos quedáramos encerrados en una habitación con una sola cama, Fabio la usaría para darme un vaso de leche caliente y arroparme mientras me cuenta sus dramas.
He malinterpretado su cercanía.
He malinterpretado su erección.
He malinterpretado cada mirada y cada roce.
Y sabiendo que todo en él era puro teatro, he caído como un novato. Soy un imbécil.
Patri frunce el ceño, captando la vibración extraña en el aire.
—Fabs, eso ha sonado fatal. Sobre todo porque tú también eres gay. Tu amigo gay sería como para mí mi amiga mujer. Es decir, David podría ser tu amigo hetero, porque tú eres gay y… No sé lo que estoy diciendo, pero lo que has dicho tú no tiene sentido y punto. ¿Me sigues?
Fabio niega con la cabeza. Yo me cruzo de brazos, muerto de curiosidad por saber cómo arregla —o jode aún más— este desaguisado.
—Lo que quería decir es que vosotros podéis seguir liados con vuestras aburridas vidas de adultos, de bebés, trabajos y bodas.
Yo me he buscado un aliado. Y encima es superjoven, así que no tengo que preocuparme porque mañana me venga con esos rollos de que se casa o que va a tener un hijo.
¿A que mola? Es justo lo que necesitaba.
Pum. Pum. Pum.
¿Por dónde empiezo a analizar esto? A Simon mejor ni lo mento…
«¡Menudo gilipollas! Con todas las letras».
Y pensar que hace un segundo estaba deseando morder esos labios por los que ahora no suelta más que chorradas de soltero crónico.
Fabio ignora mi cara de pocos amigos y le pregunta a Patri cómo bailan dos hombres, soltándole su teoría sobre la necesidad de crear un baile exclusivo. Patri le corta las alas con pragmatismo:
—Si crean un baile solo para vosotros, ¿no sería desprestigiar a los heteros? Al final se trata de que uno lidere y el otro siga, no veo por qué no podéis bailar una bachata normal.
—Lo que no necesariamente implica que sea el hombre el que lidere… —bufa David mirando a su mujer, recordándonos quién lleva los pantalones en su casa.
Mientras ellos siguen resolviendo problemas del primer mundo, la noche continúa, luminosa, absurda, excesiva.
Y yo, que hace media hora estaba dispuesto a saltar al vacío por un hombre que me acaba de etiquetar como su nuevo amigo gay joven y sin responsabilidades, recuerdo por qué llevo años perfeccionando el arte de quedarme en la cornisa.
En la cornisa se está más fresco. Y, sobre todo, no te rompes los dientes contra el ego de nadie.