27 La temida friend zone
La temida friend zone
Diciembre, Londres, Inglaterra
Ashley
Momento de revisar los móviles. Fabio analiza el vídeo con una concentración que me resulta atrayente. Es su faceta de publicista, de creador de contenido. Su lado de artista estricto y profesional.
—No —dictamina. Yo pongo los ojos en blanco.
—¿Cómo que no? Si hemos estado increíbles.
—En el minuto uno pierdes intensidad en la mirada. Te has distraído.
—¡He estado a punto de perder un diente en el choque de frentes, Fabio! ¿A quién demonios le importa mi mirada con el espectáculo que estamos dando?
—Mis seguidores analizan cada maldito detalle, Ash. Tiene que ser perfecto. Necesitamos otra toma. Más garra.
Volvemos a empezar. Esta vez somos más libres, más exagerados, más descarados. Somos más… nosotros mismos.
En un momento dado, se acerca tanto que siento su aliento en mi cuello mientras canta, y mi cuerpo responde antes de que mi cerebro pueda levantar una barrera. Mi mirada cae a sus labios. Y él no evita nuestra cercanía.
Vale, ya es un hecho: le deseo. No es algo romántico en plan El diario de Noah, es algo puramente físico. Una reacción química que me enciende. Quiero saber a qué sabe su risa.
Pero la toma termina y Fabio vuelve a la pantalla con su perfeccionismo demente.
—Mejor —admite, rascándose la barba—, pero podemos hacerlo legendario. Si en el estribillo final hacemos ese paso de hombros…
Lo miro con una mezcla de incredulidad y exasperación, pero también con una fascinación que me asusta.
Es agotador, sí. Es un lunático perfeccionista que no se da por satisfecho con nada.
Insaciable. Pero me doy cuenta de que podría estar así toda la noche, encerrado en este cubículo de madera, creando recuerdos absurdos con él.
—Eres desesperante, Lucifer.
—Y tú estás sonriendo, Fénix. No intentes ocultarlo.
Tiene razón. Estoy sonriendo como un idiota. Estoy aquí, brincando con un hombre que huele demasiado bien y cuyo cuerpo conozco más de lo aconsejable para mi salud mental, que me está descolocando pieza a pieza, como si fuera un puzle que él ya sabe cómo armar.
La tercera toma es la buena. No porque hayamos clavado la coreografía —que seguimos pareciendo dos personas perseguidas por un enjambre de avispas—, sino porque en algún punto entre el segundo choque de caderas y la carcajada final, dejamos de actuar para los móviles y empezamos a movernos el uno para el otro.
Cuando la canción termina, nos quitamos las pelucas y nos dejamos caer en el sofá, sudorosos, despeinados, con la respiración desacompasada y esa sensación peligrosa de haber cruzado una línea invisible sin saber exactamente cuándo ni cómo.
—Vale, admito que quizá te juzgué mal.
«¿He dicho eso en voz alta?».
Fabio gira la cabeza hacia mí con una lentitud felina, casi depredadora.
—¿Ah, sí? Esto promete. Desarrolla la tesis, Rubiales.
—No te flipes, hablo de tu canal. Pensé que era puro exhibicionismo con cero contenido neuronal, pero tiene pinta de que te lo pasas en grande haciendo esos vídeos.
—Me lo paso en grande —confirma, sin apartar sus ojos negros de los míos—. La gente cree que es puro postureo. Y sí, a veces lo es, no te voy a engañar. Pero la mayoría del tiempo es… terapia gratuita para mí y para mis amigos. Nos ayuda a dejar atrás los problemas, a sentirnos vivos.
—Interesante concepto —murmuro—. Exposición emocional a cambio de likes. Un trueque muy de esta década.
—Y tú eres el señor discreción británica, ¿no? —me desafía—. El que no sonríe en las fotos y vive dictando sentencia desde su torre de marfil.
Le sostengo la mirada, aunque mis pulmones parecen haber olvidado cómo expandirse del todo.
—Yo… sí sonrío en las fotos. Y no dicto sentencia.
—Claro que sí. Lo hiciste conmigo. Antes de cruzar palabra, tú ya habías decidido que era un idiota y que no merecía tu amabilidad. Has sido un puñetero borde en la fiesta, ¿lo sabías?
No puedo evitar una media sonrisa. Me ha calado, y me encanta que me lo suelte sin filtros, sin máscaras. En solo unas horas hemos creado ese tipo de relación en la que puedes hablar sin tapujos de cualquier cosa. Es raro encontrar gente con la que puedas ser tú mismo sin miedos.
—Mea culpa! Pensé que eras un narcisista crónico que necesitaba una cura urgente de humildad.
—Y tú eres el héroe dispuesto a impartírmela —replica. No sé ni qué responder a eso—. ¿Y ahora?
—Ahora ¿qué?
—¿Qué piensas ahora que me has visto sudar purpurina? ¿Sigues creyendo que soy un narcisista que necesita una cura de humildad?
Aquí está el problema. El ahora.
Ahora… me gusta mucho, pero no voy a decírselo.
Nuestras miradas se encuentran y es como chocar contra un muro de agua caliente. Sus ojos son oscuros, cálidos, y derrochan una pasión que sería difícil encontrar en otro hombre.
—Ahora… —pauso, porque mi orgullo se niega a darle la victoria completa— creo que eres un narcisista…, pero con mucho encanto.
Fabs me tira una patata frita de la bolsa.
—Eres un capullo, Ashley P. Grey, pero me quedo con lo de que tengo encanto. Me sirve.
El silencio que sigue vibra bajo la piel, cargado de todo lo que no estamos diciendo. Y esa sonrisa…
—¿Qué música escuchas? —pregunta de pronto, cambiando de tema y de terreno.
—Mayormente indie. Cosas con guitarras melancólicas y letras sobre gente que no sabe quererse bien.
—Qué profundo nos ha salido el Gen Z —reitera con recochineo. Sé que se muere por saber mi edad pero no pienso contestarle—. Yo escucho de todo.
—Qué raro. —Me incorporo un poco—. Alguna preferencia tendrás, Lucifer. No puede gustarte la ópera y el reguetón por igual.
—Pues… sí. Me adapto. Me gusta lo que me hace sentir algo en ese momento, a veces puede ser Rigoletto, a veces Baby K y otras Rosalía.
—Eso es muy poco comprometido, Vitale.
—O muy abierto de mente.
—¿Crees que podrías elegir por una vez? —le reto, sintiendo que la tensión me quema los dedos—. Si pudieras poner una canción ahora mismo para definir este momento, solo una… ¿cuál sería?
Cierra los ojos con esa teatralidad exagerada suya, y yo, idiota impulsivo disfrazado de hombre prudente, veo la oportunidad. Pienso que podría besarle ahora mismo. Sin discursos. Sin preámbulos. Sin pedirle permiso a mi conciencia, que, de todas formas, hoy está de vacaciones.
Me inclino un poco, despacio. Mi pulso se acelera y mi respiración se mezcla con la suya. Estoy a centímetros de su boca, un suspiro más y… Siempre podré culpar a la ginebra si me rechaza.
«¡Abortamos misión! ¡Abortamos misión!».
Fabio abre los ojos de golpe y suelta:
—Perfect Strangers. Jonas Blue y JP Cooper.
«¿Qué?».
Me quedo petrificado, a medio camino entre su boca y la cordura. Él me observa, evaluando la distancia, probablemente preguntándose por qué demonios estoy invadiendo su espacio personal como un satélite fuera de órbita.
«¡Mierda! ¿Ahora qué digo?».
—Magnífica elección —suelto—. Voy a… voy a ponerla.
Paso por encima de él para alcanzar el mando del karaoke. Mi cuerpo roza el suyo, pero él no se aparta. No se inmuta. No dice nada.
¡Jesús bendito! Por un momento pienso que va a recoger sus cosas y se va a largar, que he metido la pata hasta el fondo.
No es gilipollas; sabe de sobra que estaba a punto de besarlo.
Pero él ha decidido fingir que no se ha dado cuenta.
Está claro que no siente la misma curiosidad y ha decidido ahorrarnos el mal rato.
Me centro en la pantalla, con el pulso a mil, buscando la dichosa canción. No tengo ni puñetera idea de lo que ha dicho. ¿Algo de unos desconocidos perfectos?
«Clic. Mierda, ¿es una indirecta?».
La encuentro al instante, las opciones eran Deep Purple o Jonas Blue.
La canción empieza a sonar. Tiene ritmo, es la típica melodía fácil que evoca noches de verano y pasión sin límites.
«Necesito unas vacaciones. Y un jarro de agua fría directo a la cabeza, ya de paso…».
Cuando regreso a mi pose en el sofá, él carraspea. Me mira con esa expresión fanfarrona, la misma que me hizo querer odiarlo el primer día que lo vi en televisión.
¡Dios! Casi lo beso y él me ha pillado.
«Se acabó. Actitud profesional. Volvemos a la casilla de salida y a fingir que no me atrae ni un poquito. Es un sobrado, un egocéntrico y…».
Mentira cochina. ¡Es un morenazo guapísimo! Y superdivertido. Y sexy. Y…
Mi rodilla roza la suya. Mi mano cae cerca de su muslo. Estamos demasiado cerca para fingir normalidad, pero demasiado lejos para justificar lo que casi ha ocurrido.
«You were looking at me like you wanted to stay
when I saw you yesterday.
I’m not wasting your time, I’m not playing no games.
I see you…»[9].
Nos miramos. Esta canción no la ha elegido por casualidad, no me jodas. Tal vez haya sido yo quien ha dado el primer paso fallido, pero la letra me está gritando algo a la cara.
«Es el mejor amigo en Londres de tu jefe, Ash», me susurra mi subconsciente.
«Lo sé. Lo sé. Pero ¿de verdad voy a privarme del primer hombre que me ha hecho sentir de este modo solo porque es amigo de David?».
«Sí, Ash. Vas a hacerlo. Porque eres responsable. Porque eres adulto. Porque no mezclas el sustento con el deseo… ¿Sigo?».
«¿Responsable? ¡Ja! Lo que soy es un puto muermo. Siempre poniendo todo en una balanza y eligiendo el platillo que menos pesa. Pero no puedo arriesgar mi futuro por un hombre que, muy posiblemente, solo me vea como su último entretenimiento de sábado noche».
Me dejo caer en el sofá sin saber muy bien qué decir o hacer. Fabio me observa en silencio mientras suena el estribillo, y por la forma en que entorna los ojos hacia mi boca, sospecho que él está viviendo los mismos conflictos que yo.
¿Y si le echara un par de huevos y terminara lo que he intentado empezar antes?
No debería sentirme avergonzado por desear que ocurra, pero lo estoy. Porque me parezco a los tres millones de idiotas que lo idolatran, y yo nunca he sido de seguir al rebaño. Disfruto siendo la oveja negra. Esto es… bochornoso.