26 Fénix en combustión #2
«Es el mejor amigo de tu jefe, Ashley. Mente fría», me repito como un mantra. Este trabajo en CanArch es lo mejor que me ha pasado en años; no voy a ponerlo en peligro por una noche de hormonas disparadas.
Pero Fabio ya está organizando el set de rodaje como si fuera Spielberg.
—Necesitamos varios ángulos.
Coloca su móvil contra la pared de madera. Después, toma el mío sin pedir permiso y lo ajusta en una diagonal estratégica. Y lo peor es que no me quejo, lo cual ya es un síntoma alarmante de mi rendición.
—Plano general y plano medio. La edición se hará sola en mi cabeza.
—Temo seriamente por el futuro de la humanidad —murmuro.
Me ignora, abre el baúl de atrezo y saca dos micrófonos cubiertos de brillantitos: uno rosa y otro plateado, ambos plagados de una purpurina que amenaza con quedarse en mi ropa hasta el próximo siglo. Diva energy en estado puro.
—¿Me dejas tu camisa? —pide.
—¿Mi…? ¿Para qué quieres… mi camisa?
—Bruno Mars lleva una camisa de cuadros anudada a la cintura, y Rosé lleva una camiseta blanca de tirantes. Parece que ya lo sabías cuando elegiste la ropa esta mañana; ni hecho adrede, chico.
Me la quito sin rechistar, tratando de ignorar cómo su mirada me escanea el torso un segundo más de lo necesario antes de anudársela a las caderas. Por alguna extraña razón, que no quiero analizar, me siento bastante desnudo a pesar de seguir llevando una camiseta debajo.
—Rosé —dice, entregándome el micro rosa.
—Bruno —respondo, aceptando mi destino con una inclinación de cabeza.
Empieza a sonar la canción y, de repente, la cabina de madera se convierte en el set rosado del videoclip.
Fabio se pone las gafas de sol y entra en el personaje con una intensidad que roza lo absurdo.
Está mal de la cabeza… Hace playback, exagera los gestos, dramatiza cada sílaba y mira a la cámara con ese descaro magnético que me obligó a juzgarlo la primera noche y que ahora, por desgracia, me hipnotiza.
Yo intento seguirle. Al principio soy pura contención, pero la música me ayuda a soltarme un poco. O más bien, es él quien me incita a hacerlo. Su energía es una corriente eléctrica, ridícula y liberadora que termina por derribar mis muros.
No sé qué me ha dado Fabio Vitale, pero quiero más.
Mucho más.
Saltamos. Giramos. Hacemos ese baile ridículo moviendo los brazos hacia los lados como si estuviéramos en un patio de colegio coreano. Nos chocamos en este espacio minúsculo y, en un giro mal calculado, nuestras frentes colisionan con un golpe seco.
—¡Ay! —exclamamos al unísono, llevándonos las manos a la cabeza.
Nos quedamos un segundo demasiado cerca, recuperando el aliento, compartiendo el mismo aire. Y entonces nos reímos. Es una risa limpia, antierótica por lo caótica, pero maravillosa.
Volvemos a poner la canción, esta vez más metidos en el papel y mucho más entusiastas.
—¡Más actitud, Fénix! ¡Dalo todo! —me ordena entre verso y verso mientras finge tocar una batería invisible, igual que Bruno en el vídeo.
—¡Te recuerdo que soy inglés! —protesto, sudando purpurina y orgullo a partes iguales.
—Y yo te recuerdo que eres tú quien odia los clichés.
Me guiña un ojo y yo decido mirar para otro lado para que no vea que estoy sonriendo.
Me siento en el suelo en plan sirenita seductora, imitando a Rosé mientras canto los primeros versos mirando a cámara con una timidez que voy perdiendo por el camino.
Luego me levanto de golpe para el estribillo. Aquí viene la parte del vídeo que me pone a prueba: me acerco a él, lo abrazo por la espalda mientras él mantiene el tipo fingiendo que sigue tocando la batería, haciéndose el duro, el inmune a mi presencia.
Le quito las gafas de sol con un gesto rápido, me las pongo yo y vuelvo a rodearle con los brazos, apoyando mi barbilla en su hombro.
—«Don't you want me like I want you, baby?»[7] —le susurro, aunque sé que no está grabando el audio. A ver si pilla la indirecta…
Seguimos brincando, compartimos el micrófono plateado mejilla contra mejilla, y Fabio toma el control. Se posiciona, me mira de ese modo suyo tan intenso que me corta la respiración y, siguiendo el guion de Bruno y Rosé, me lanza una flecha de Cupido imaginaria que me da de lleno en el pecho.
Acabo la escena dándole un beso rápido en la mejilla que lo deja descolocado un milisegundo antes de que recupere su pose de estrella del rock.
Guitarra imaginaria en mano, ambos coreamos:
«… Don't you want me like I want you, baby?
Don't you need me like I need you now?
Sleep tomorrow, but tonight go crazy… »[8]
Llegamos al final de la canción. Fabio me sujeta de la cintura, rodeándome con un brazo para inclinarme hacia atrás, imitando ese cierre clásico de baile de salón donde parece que Bruno va a besar a Rosé.
Pero, en un movimiento demasiado entusiasta, el equilibrio nos traiciona.
Al final, soy yo quien le sujeta a él por la cintura sin pensar, por puro instinto de supervivencia.
Para que no nos estampemos contra la pared, más que nada…
Mi mano se queda allí, anclada a su costado, medio segundo más de lo necesario para estabilizarlo. Siento el calor de su cuerpo a través de la fina tela de su camisa.
Demasiado calor.
Me estoy metiendo en un lío.
Lo suelto como si quemara. Pero seguimos bailando como si fuéramos dos niños con un subidón de azúcar.
Fabio dramatiza una nota alta llevándose la mano al pecho; yo me dejo caer sobre él.
Giramos, saltamos… Cuando la canción termina, estamos jadeando, con las pelucas alborotadas y el corazón golpeando las costillas.