26 Fénix en combustión
Fénix en combustión
Diciembre, Londres, Inglaterra
Ashley
Jamás una situación había hecho tanto honor a mi nombre.
He ardido.
No de esa forma grandilocuente y poética que se describe en las novelas victorianas, sino de un modo mucho más peligroso en el que el fuego empieza por las vísceras, te recorre el pecho como una corriente eléctrica y, cuando te quieres dar cuenta, ya eres ceniza tibia; brasas mal apagadas que siguen respirando con dificultad bajo la superficie.
No quería burlarme de él con el dibujo, lo juro… O bueno, quizás solo un poco.
Reconozco que empezamos la noche con mal pie, y la culpa fue solo mía.
Ni siquiera le concedí el beneficio de la duda.
Una parte de mí —la más cínica y defensiva— había decidido de antemano que Fabio Vitale sería un ser superficial, egocéntrico y adicto a la validación externa.
Y yo no pensaba convertirme en otro aplauso fácil que inflara su ego.
Quería bajarle los humos.
Quería ponerle un espejo deformante delante para que se viera desde fuera, despojado de fama y aprobación.
La lección, sin embargo, me la he llevado yo. Porque Fabio Vitale es… insoportablemente irresistible. Y yo también he caído en su trampa.
No hablo solo de ese cuerpazo que he tenido a escasos centímetros de mi lápiz.
Hablo de su carisma sin esfuerzo, de esa espontaneidad que no parece fingida, de su risa expansiva y de cómo interactúa con sus amigos.
Es inteligente, es irreverente, es… un descarado integral.
Y, para mi absoluto desconcierto, es mucho más normal, humano y vulnerable de lo que sus vídeos dejan entrever.
Vale, puede que normal no sea el adjetivo que mejor le encaje, pero tampoco es esa caricatura grotesca que yo había construido para protegerme. Y la sorpresa me ha desarmado por completo.
Supongo que todo empezó a torcerse —o a arreglarse de verdad—, durante aquel baile. Nos buscamos, nos provocamos y, entre risa y risa, sentí que las corazas se agrietaban.
Aproveché el descanso en la clase para ir al lavabo y, de paso, pillé un par de cervezas. Quería acercarme a él de forma honesta, tragarme mi orgullo y pedirle perdón por haber sido un cretino prejuicioso. Necesitaba una oportunidad para empezar de cero.
Pero, al volver, el hueco que había dejado en la pista me quemó. Recorrí el salón con un nudo en la garganta, temiendo que se hubiera marchado para huir de mi cinismo, hasta que lo vi allí, en la oscuridad, con aquel tipo.
Mi primer impulso fue una punzada de rechazo; quise darme media vuelta y dejarles su espacio; pero, en ese momento, vi las manos de ese hombre en su cuello y entendí lo que estaba pasando:
No era pasión, era una emboscada.
Me di cuenta de que no estaba presenciando un encuentro clandestino, sino algo abusivo y roto. Mientras me preguntaba qué clase de pasado arrastraba Fabio para que alguien se sintiera con el derecho de arrinconarlo así, dejé de ver al influencer y vi al hombre.
Y no lo pensé.
Intervine por instinto, como he hecho mil veces antes cuando trabajaba de camarero; pero, esta vez, no era por el deber del oficio, era por algo que me latía con fuerza en el pecho.
Comprendí que, tras la máscara de éxito y la purpurina, Fabio es tan humano como yo. Con sus sombras y sus errores.
Y desde entonces, mi único propósito esta noche ha sido conseguir que se ría. Que se olvide de ese gilipollas y recupere el aliento.
Y diría que no se me ha dado tan mal… O sí. Se me ha dado fatal, a juzgar por la situación tan comprometida en la que nos hallamos…
¡Dios, menudo desastre!
Porque, por un instante —y me duele el orgullo reconocerlo— me descubrí sintiendo interés; no queriendo ser uno más en la colección de hombres que, sospecho, han desfilado por sus sábanas.
Probablemente tipos más mayores, podridos de pasta, con carreras de éxito y muchísimo menos equipaje emocional que el mío.
No quería ser el simple secretario con dramas familiares en Coventry.
Deseaba ser algo que le descolocase. Una grieta en su narrativa perfecta. Algo que le hiciera recordarme con una sonrisa cuando pensara en esta noche.
Y cuando vi su cuerpo desnudo bajo la luz cálida de esta cabaña… Cuando vi la reacción involuntaria de su deseo, firme, evidente e imposible de ignorar mientras yo fingía concentrarme en las sombras de su pelvis…
Perdí el control sobre mis propias coordenadas.
No sé trazar una línea recta. Nunca he sabido.
Mucho menos un retrato realista. Pero intenta sostener un lápiz cuando tus neuronas están entrando en combustión espontánea y tu respiración se sincroniza con la de otro hombre, y dime qué clase de obra maestra esperas que salga de ahí.
Mis pensamientos quedaron reducidos a escombros.
La tentación de abalanzarme sobre él en aquel sofá fue una fuerza física. Animal. Y no me engaño: sé que él también lo sentía. Como mínimo, esa curiosidad peligrosa que precede a los errores de los que uno no se arrepiente del todo.
Así que aquí estamos, en este cubículo de madera que huele a testosterona, a su colonia cara y a una tensión sexual gestionada de forma nefasta.
Y vestidos, por desgracia… Demasiado vestidos. Porque el diablo no ha tardado ni dos minutos en volver a ponerse su traje negro.
Me arden las ganas de lanzarme, pero el miedo me tiene clavado al suelo. No sé si lo que Fabio necesita ahora mismo es un amigo que lo escuche o uno que le haga olvidarse del mundo, y me aterra elegir la opción equivocada.
Fabio me sonríe como si acabara de decidir que mi tomadura de pelo con el dibujo no solo no le ofende, sino que le encanta. Como si acabara de añadir diez cosas nuevas a su lista de deseos pendientes mientras yo me como la cabeza.
Yo solo quiero empotrarlo contra la pared, borrar el ruido amortiguado del bar y hacer que el universo entero se reduzca al espacio milimétrico entre su aliento y el mío. Apuesto lo que sea a que no seríamos los primeros en mancillar este sitio.
«Deberías dejar que fuera él quien diera el paso si eres lo que busca».
¿Y qué obsesión tiene con mi edad? Vale que me saca casi diez años, pero los dos somos adultos desde hace tiempo. No veo dónde está el problema.
—¿Sabes? —dice de pronto, revisando en su móvil los vídeos que ha grabado—. He decidido que voy a crear el primer baile de la historia diseñado solo para homosexuales.
Pongo los ojos en blanco, recuperando mi armadura de cinismo. El tipo es ambicioso hasta para inventar la rueda.
—Deberías documentarte un poco antes de lanzar afirmaciones tan categóricas, Luci. Estamos en el siglo XXI. Seguro que alguien ya ha coreografiado algo parecido.
—Si existiera, Patri lo bailaría en su salón —replica él con una seguridad aplastante—. Créeme, no hay un solo estilo que esa mujer no haya dominado.
—¿Baila claqué?
Me mira con los ojos entrecerrados, como si hubiera detectado algo en mis palabras que yo no he dicho.
«¡Mierda!».
—No que yo sepa. ¿Y tú?
Silencio. Maldita sea mi bocaza.
—Espera un momento —me señala con el móvil mientras se le ilumina la cara—. Tú sí. ¿El Caballero de Fénix sabe bailar claqué? ¿Dónde demonios aprendiste, Ash?
—¿Te apetece grabar un videoclip? —Me desvío del tema con una elegancia más bien cuestionable—. Estaba en tu lista número… tropecientos ochenta, ¿no?
—La número trescientos cincuenta y siete de mi Lista de retos que la gente propone en los comentarios —me corrige. Lo lleva claro si cree que voy a aprenderme su lista de estupideces de memoria—. Replicar un videoclip usando solo lo que tengamos a mano.
—Perfecto. Tenemos este cubículo, un karaoke con pantalla táctil y… —abro un pequeño baúl de atrezo que hay bajo el banco— pelucas. Rubio platino, azul eléctrico y afro. ¿Cuál prefieres?
—¿Bailarías claqué para mí, Ashley? —pregunta, haciendo un puchero tan exagerado y ridículo que, por desgracia, consigue que suelte una carcajada.
—No. Pero bailaré… —agarro el mando y empiezo a navegar por la lista de éxitos— lo primero que nos haga quedar como dos completos idiotas delante de tus tres millones de seguidores. Estoy dispuesto a sacrificarme para que mantengas tu fama.
Sus ojos brillan con una intensidad que me hace replantearme mi cordura.
—APT.
—¿Cómo?
—APT —reitera, como si acabara de pronunciar el conjuro que abre las puertas del mismísimo cielo.
Mi mirada en blanco le da toda la información que necesita para empezar a burlarse de nuevo.
—La canción que tienes ahora mismo en la previsualización. Rosé. Bruno Mars. ¿Te suena de algo o sigues anclado en los coros de la iglesia de Coventry?
—Ah, sí… Claro. Esa canción. La del estribillo pegadizo. Obvio.
Fabio se ríe sin ninguna piedad.
—No tienes ni idea de lo que hablo, ¿verdad? Eres un fraude como Gen Z, Ashley. Un auténtico desastre.
—Soy selectivo con mi consumo auditivo, que es distinto —replico, tratando de mantener la dignidad mientras el ritmo de la canción empieza a retumbar en las paredes de madera.
—Es un temazo. Yo siempre me vengo arriba cuando lo escucho. Y, como hoy me siento generoso, te voy a dejar ver el videoclip un par de veces antes de que hagas el ridículo más espantoso de tu vida en mi canal. Prepárate, Fénix.
—¿Mmm…, gracias? —suelto con una duda razonable, porque con él nunca sé si me está insultando con elegancia o siendo condescendiente.
—Tú serás Rosé —decide él, ignorando mi escepticismo—. Yo Bruno. Hoy no me he afeitado y necesito justificar esta barba.
—¡Pero si no te afeitas nunca!
—Empiezo a sospechar que has visto mi canal más de lo que dices, Rubiales…
Me sonríe. Y yo pierdo el hilo argumental de mi propia existencia durante varios segundos. Esa barba de dos o tres días le da un aire insolente, una especie de rudeza descuidada que me pone a mil.
Estoy perdido. Perdido en sus ojos negros, en su boca, en su cuerpazo, en su carisma… Que Dios me ayude. Soy uno más de los millones de imbéciles que babean por Fabio Vitale.
Y esa sonrisa… esa maldita sonrisa. Me dan ganas de beberla. De morderla. De comprobar si sabe tan bien como parece o si solo es culpa de la ginebra.