La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 25 Solo con el colgante #3
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25 Solo con el colgante #3

La respiración de Ashley se vuelve irregular.

La mía intenta acompasarse para no delatar el incendio que me recorre la columna.

Estoy excitado, pero no me avergüenzo de ello.

Soy un hombre joven, atractivo y homosexual desnudo frente a otro hombre igualmente atractivo, que me observa con una intensidad que roza el delito.

Cuanto más me mira, más consciente soy de cada milímetro de mi propia piel.

—¿Cómo va eso, Leonardo? —pregunto, con una voz que intenta sonar neutra y fracasa de manera estrepitosa.

—Bien. Yo lo tengo todo bajo control —responde él sin levantar la vista del papel, aunque su mano tiene un sutil temblor—. ¿Y tú, Luci?

Siento unas ganas locas de matarlo. Es evidente que yo no tengo NADA bajo control. Mi cuerpo es un manifiesto de deseo gritando en silencio.

Y, sin embargo, no pienso cubrirme.

Es humano. Es una consecuencia directa de tener a un Caballero de Fénix mirándome como si estuviera calculando dónde prender el primer fósforo para que todo vuele por los aires. Porque todo en él es fuego. Y yo, esta noche, quiero arder aunque no pueda. Aunque no deba.

Ashley sigue dibujando, concentradísimo. Pasan quince, veinte minutos de un silencio sepulcral, solo roto por el rasgueo del lápiz contra el papel y el latido de mi propio pulso.

De pronto, deja el lápiz sobre la libreta y empieza a recoger las cosas.

—Ya está.

—¿¡Ya!? —Me incorporo con una rapidez que casi me hace perder el equilibrio mientras me subo los calzoncillos. La desnudez, sin el amparo del propósito artístico, de repente se siente muy real.

—Claro. No pensarás que necesito cuatro horas para captar tu esencia, chico. ¿Estás preparado para la gran revelación?

No. No lo estoy. Pero asiento con la barbilla bien alta.

—A la de una… a la de dos… y…

Ashley gira el papel con un floreo teatral. Y lo que veo es…

Indescriptible.

«Por favor, que alguien me pellizque para ver si sangro».

El Ecce Homo de Borja parece una obra maestra del Renacimiento al lado de esto.

Hay un garabato tembloroso tumbado sobre algo que podría ser un sofá o un bloque de hormigón armado.

Las proporciones desafían cualquier noción básica de anatomía humana, además de tomarse la licencia artística de exagerar ciertas partes con un entusiasmo cuestionable:

Mi polla es gigante.

Pero no gigante en plan sexy y varonil, no. Es monstruosa. Casi alienígena. Un faro de grafito que eclipsa el resto del dibujo.

—¿Qué… demonios es esto, Ash?

Él mantiene la compostura, mirándome con la seriedad de quien acaba de entregar una pieza conceptual para la Tate Modern.

—Querías que te pintaran como a Rose, y yo te he pintado.

—Ya, pero esto… esto es un atentado visual.

—Perdona, pero no dijiste en ningún momento que tuviera que hacerlo bien.

Me quedo mirando el dibujo desde todos los ángulos posibles, procesando que acabo de ser víctima de la vacilada más elegante de mi vida.

Me ha tenido desnudo, expuesto y vibrando de tensión durante media hora para… esto. Me ha tomado el pelo de forma magistral, y lo peor de todo es que lo he disfrutado. Es, con diferencia, lo más humillante que he hecho nunca por mi lista de deseos.

La carcajada me atraviesa antes de que pueda contenerla. Es una risa limpia, incontrolable, que me dobla por la mitad. Él se ríe conmigo. No de mí, sino conmigo. En sintonía.

—Eres un auténtico idiota —declaro entre espasmos de risa.

—Y tú eres demasiado exigente con los artistas emergentes.

—Esto es oro puro para mi canal. —Señalo el móvil que sigue grabando desde la estantería.

La risa de Ashley se corta en seco. El cambio es sutil; apenas un pliegue en la comisura de los labios, una tensión repentina en la mandíbula. Su expresión de seguridad se resquebraja por primera vez en toda la noche.

—Vale, lo has grabado. Pero… no vas a subirlo en serio, ¿verdad? —insiste, y ahora sí detecto algo parecido al pánico en sus ojos.

—¡Desde luego que sí! —murmuro, todavía con la risa temblándome en la boca mientras sostengo aquel engendro artístico entre los dedos— .

No sé si podré tachar la trece con orgullo, pero, siendo estrictos, en algo tienes razón: me has pintado como a Rose.

De forma criminal, pero lo has hecho. Y has conseguido que me ría, que es algo que me hacía falta.

Ahora es Ashley quien deja de sonreír.

—Bórralo, por favor.

—Ni de coña. Haberlo pensado antes de dibujarme como a un mutante de Chernóbil, Rubiales.

Me mira con incredulidad, con esa mezcla de orgullo herido y nerviosismo que me resulta tan atrayente. Se pasa una mano por el pelo, inquieto.

—A mí no se me ve en el encuadre, ¿no? No quiero que David me despida el lunes por participar en tus delirios erótico-festivos.

Inclino la cabeza, fingiendo analizar el plano en mi cabeza.

—Yo diría que se ve absolutamente todo, cariño. Soy muy bueno en lo que hago.

El rojo empieza en su cuello, y asciende despacio hasta sus mejillas.

—Y ahora quiero que me firmes tu obra maestra, machote. Pienso enmarcarlo y exponerlo en el salón de mi casa.

Me observa como si estuviera decidiendo entre estrangularme o besarme.

—Estás enfermo —masculla, aunque coge el lápiz.

—Prefiero artista incomprendido.

Resopla, derrotado. Se inclina sobre el papel y escribe con trazo firme: Ash P. Grey.

Me pregunto cuál será su segundo nombre, a qué corresponde esa pe. ¿Peter? ¿Paul?