La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 25 Solo con el colgante #2
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25 Solo con el colgante #2

—Quítate al menos la camiseta para que pueda empezar el esbozo.

Pensaba negarme. Soltar otro sarcasmo y pedir otra ginebra. Pero me sorprendo queriendo hacerlo. Queriendo perder el control. Desde Japón no me sentía así: ligero, imprudente, vivo.

—Bien…, si vamos a hacer esto —carraspeo, tratando de sonar profesional—, sabes que voy a grabarlo para mi canal.

—Lo tengo asumido.

—Necesito que firmes un contrato de cesión de derechos de imagen. No me fío de ti.

—Estudio Recursos Humanos, Fabio. Soy el tipo de fiar por definición.

—Si te dijera que los hombres de leyes y gestión sois en los que menos confío…

—Uy, eso ha dolido —responde con esa sonrisa torcida que me desarma—. ¿Quieres hacer el favor de desnudarte de una vez y dejar de decir tonterías?

—Si me lo pides así…

Me quito la camisa despacio. Demasiado despacio.

Siento su mirada recorriéndome sin ningún pudor, como si estuviera trazando líneas invisibles antes de que el lápiz toque el papel.

Mi piel reacciona mucho antes que mi orgullo. La situación se vuelve… evidente bajo la tela de mis bóxers negros. Otra vez he traído los negros. De nuevo voy a suscitar comentarios en mi canal sobre si tengo veinte pares iguales o es que no me los cambio nunca.

La solución sería sencilla: quitármelos y cumplir el reto al cien por cien. Pero ¿de verdad voy a llegar tan lejos en un reservado del Soho con el empleado de mi mejor amigo? Además, sería la forma más rápida de perder todo el misterio.

Me pregunto si debería soltar una carcajada y parar esto, o asumir que la noche ha dejado de ser un juego para convertirse en algo mucho más peligroso.

Mientras decido si hago un desnudo integral o no, me distraigo colocando el móvil en una balda, encajado entre dos macetas de plástico que intentan, sin éxito, darle un toque orgánico al lugar.

Ajusto el encuadre, compruebo que la luz amarillenta no me haga parecer un enfermo y regreso al sofá.

No pienso reconocerlo, pero el chico que nunca le teme a nada está como un maldito flan.

Ashley se levanta y corre las cortinas de los ventanucos de la cabina.

De golpe, el reservado se vuelve más íntimo, más hermético, cargado de una electricidad estática que hace que se me erice el vello de los brazos.

Afuera, el mundo sigue su música estridente; aquí dentro, solo existen su respiración y la mía.

Él saca punta al lápiz, como si estuviera a punto de trazar la Capilla Sixtina y no a un idiota en pelotas. Clavo la mirada en sus ojos, buscando una señal de duda que me devuelva el poder. No la hay. Lo que encuentro es hambre. Una curiosidad voraz que yo estoy a punto de alimentar.

Me desabrocho los vaqueros. Sin prisas. Los dejo caer. Me acomodo en el sofá, sintiendo el roce del tejido contra la piel.

Ashley arquea una ceja, deteniendo el lápiz en el aire.

—Aún no… aún no estás desnudo —titubea.

—No pienso… —empiezo a protestar, pero él señala mi móvil con el extremo del lápiz.

—En tu lista pone claramente: Que me pinten desnudo como a Rose en Titanic. Y Rose, que yo recuerde, no llevaba unos bóxers de Boss.

—Rose no estaba en un pub.

—No, ella estaba en un barco sin calefacción que, para más colmo, se estaba hundiendo. ¿Necesitas que te ponga My Heart Will Go On para entonarte? —Si es que tengo que reírme—. No seas cobarde, Luci.

Cojo aire para estabilizar el pulso. No es solo la piel expuesta; es la vulnerabilidad de dejar que alguien te mire sin ninguna armadura.

Mis emociones están a flor de piel. Esta experiencia es infinitamente más sensual que cualquier otra locura que haya grabado antes.

Bendito sea el lío en el que me he metido por un puñado de likes.

«¿De verdad solo lo haces por eso?».

Comienzo a quitarme los bóxers con lentitud. No es vergüenza a quedarme desnudo, sino que mi cuerpo hace rato que ha traicionado lo mucho que esta situación me está excitando.

Y el muy cabrito no aparta la vista. Ni un segundo. Ni un maldito parpadeo.

Cuando se muerde el labio inferior de ese modo, concentrado pero con un destello indecente en la mirada… ¡Joder!

Esto no es jugar con fuego, esto es caminar a ciegas hacia las brasas.

Giro la cabeza hacia el lado contrario y, antes de despojarme del todo de la prenda, me cubro con el cojín más cercano. Es una prudencia que roza lo ridículo, pero decido que no pienso regalarle el placer completo de descubrir la reacción que él mismo ha provocado. Que se lo gane.

Me recuesto en el sofá intentando parecer despreocupado, cuando en realidad estoy al borde del colapso térmico. Ashley empieza a dar indicaciones como si estuviera dirigiendo una sesión artística en la Sorbona.

—Recuéstate hacia mí. Apoya los brazos sobre la cabeza. —Hago lo que me indica, algo nervioso—. Exacto, así, como Rose.

Me pide que abra los brazos, que estire el torso, que deje caer el peso con naturalidad.

«¿Naturalidad? ¿En serio? ¿Qué tiene de natural está situación?».

—Eso es demasiado revelador —protesto, sintiendo que el cojín se resbala por el ángulo de mi cadera.

—¿Qué pasa? ¿El chico atrevido de internet tiene algo que ocultar?

Ahí está el problema: ya ha entendido lo fácil que es tensarme. Lo mucho que me gusta el juego. Lo rápido que reacciono cuando alguien me desafía con inteligencia en lugar de con halagos. Y él juega con ventaja.

Yo estoy desnudo; él no.

Yo soy un personaje público; él es un misterio.

Y, por un instante, odio con todas mis fuerzas ser tan accesible para todo el mundo porque me deja sin enigmas ante él.

Entendiendo que no va a mover el lápiz hasta que le dé exactamente lo que busca, retiro el cojín con una exhalación lenta.

Me quedo como mi madre me trajo al mundo.

No tengo complejos, y estoy bastante satisfecho con mi cuerpo, sobre todo cuando está…

así, erecto y orgulloso. Aunque eso implique que Ash sepa el efecto devastador que tiene sobre mí.

A Kate Winslet le resultó mucho más fácil disimular la humedad que le provocó Jack; la anatomía masculina es una chivata de mierda.

Su reacción es justo lo que necesitaba para recuperar algo de terreno. Se queda inmóvil. Traga saliva con dificultad. Y, de repente, cruza las piernas con un movimiento brusco.

«Mmm…».

Bajo la mirada hacia sus vaqueros anchos y maldigo cada centímetro de tela que me impide confirmar mis sospechas. De nuevo, la desventaja: yo no tengo secretos, él sigue siendo un acertijo.

Olvido que el móvil está grabando.

Olvido que medio mundo podría ver esto mañana.

En esta cabina solo existimos él y yo.

Tendré que pixelar medio vídeo si no quiero que YouTube me cierre la cuenta de por vida…