25 Solo con el colgante
Solo con el colgante
Diciembre, Londres, Inglaterra
Fabio
No sé en qué momento exacto pasamos de «una cerveza tranquila» al «otro bar, ¡a lo loco!
», pero aquí estamos, entrando en un local del Soho que está en plena ebullición de viernes noche.
No es un bar cualquiera donde beber y perder la noción del tiempo.
Tiene una pista central que exhala sudor y perfume, pero también unas cabinas de madera insonorizadas que anuncian karaoke boot como si fueran confesionarios modernos.
Tenemos la suerte de llegar justo cuando un grupo de amigas sale de una de ellas.
Le hago un gesto a Ashley y él asiente, conforme con el plan.
Me arrepiento nada más poner un pie dentro.
Nos hemos metido en la boca del lobo, o peor aún, en un espacio de tres metros cuadrados con luces cálidas, un sofá de cuadros y una mantita que sospecho ha servido para cubrir demasiados arrebatos.
Hay una pantalla, una consola de videojuegos retro, karaoke, juegos de mesa, dardos y ese aire clandestino de lugar donde han pasado cosas que nadie quiere confesar a la mañana siguiente.
Ashley se deja caer en el sofá y coge el mando de la tele, ojeando el menú de actividades. Yo me dirijo a la barra a por un par de ginebras.
Mientras el camarero llena los vasos con una cantidad indecente de hielo —cobrándomelos a precio de sangre de unicornio—, no dejo de repetirme que esto es una pésima decisión.
No debería encerrarme ahí con él. La idea de salir corriendo me tienta, pero sería cobarde.
Mezquina. Es lo mismo que Lucas le hizo a Sofía en la buhardilla de Iron Man, y no pienso establecer una nueva tradición de huidas en plena cita en el grupo.
«Esto no es una cita», me digo. Repito que no sé cómo hemos acabado aquí, pero solo puede significar una cosa…
O quizá no significa nada.
Quizá Ashley Grey me esté usando para no volver a la fiesta.
Quizá para él esto es solo una noche de viernes.
Quizá me ve como un viejo verde.
Quizá…
¡Demonios! ¡La edad!
La edad siempre ha sido un muro para mí. Tengo treinta y cinco años y, por norma general, me gustan los hombres que han alcanzado la barrera de los cuarenta. Ashley es visiblemente más joven. Es empleado de mi mejor amigo. Y yo estoy en plena desintoxicación. Esto es un desastre.
Decido relajarme. Dos no bailan si uno no quiere, y tengo claro que no va a pasar nada. No puedo permitirlo, aunque la tensión sexual entre nosotros vaya en aumento. No quiero meterme en problemas tan pronto.
«No, no y no. Punto».
Regreso con las copas y me lo encuentro revisando el catálogo de canciones del karaoke. Sonrío y le ofrezco la bebida. Necesito soltarlo ya. La duda me está matando:
—Háblame de ti, Ash. ¿Qué edad tienes? Veinti… ¿qué?
Me mira con sorpresa mientras acepta la copa.
Ni siquiera le he preguntado qué quería beber; he dado por hecho que, siendo inglés, la ginebra era terreno neutral.
Podría odiarla. Yo soy italiano y detesto el limoncello.
Debería dejar los clichés a un lado y empezar a preguntar antes de asumir tanto.
—¿Importa? —responde él, arqueando una ceja.
—Bueno…, a mí sí me importa.
—¿Por qué lo reduces todo a etiquetas, Vitale? —pregunta, dejando el mando a un lado.
—¿Perdona? Yo no…
—Anglicano. De Coventry. Secretario de CanArch. Homosexual. Deportista. Odia los musicales… —Enumera mis propios prejuicios con una calma letal.
—Se te ha olvidado lo de rubiales —añado con retintín.
—Rubiales… —repite, sin ofenderse—. Y ahora quieres saber mi edad. ¿Qué más te da? Es solo un número en un pasaporte.
—Es un número que define realidades, Ash.
—Discrepo. Lo que importa es de qué está hecha nuestra alma. El resto es envoltorio.
Lo observo, entre divertido y desconcertado.
—Qué profundo para un Gen Z.
Se pica. Me lanza una patata frita que ha debido de sacar de la máquina de snacks mientras yo pedía en la barra. El proyectil impacta en mi hombro.
—¿Eres un Gen Z o no? —insisto—. Por el amor de Dios, ¿qué edad tienes, Ash?
—¿Y tú, abuelo? ¿Qué edad tienes tú?
—Trece mil veinte días de perfección hecha hombre.
Ashley parpadea, haciendo el cálculo mental a una velocidad que me asusta.
—Eso son… treinta y cinco años y ocho meses.
—Joder. Eres rápido.
—¿Es tu palabra favorita? Joder. La dices mucho, ¿no te habías dado cuenta?
—Solo cuando lo practico —replico sin pensar, y el aire en la cabina parece subir cinco grados de golpe.
Él se ríe, pero el muy cabrito sigue sin responder a mi pregunta. Chocamos las copas. Ashley mira la suya con sospecha.
—No te gusta la ginebra —adivino—. Debería haber traído ron o… ¿Qué bebéis la gente nueva?
—No es eso. La ginebra está bien —dice él, removiendo la bebida con el dedo—. Pero ¿querías que me construyera un iglú o qué? Hay como ocho cubitos de hielo aquí dentro. Si juntamos las dos copas, podríamos provocar una glaciación.
Me limito a beber para no regalarle de nuevo mi sonrisa, esa que provoca con demasiada facilidad.
Durante un segundo eterno, el universo se contrae hasta quedar reducido a la luz dorada de este reservado, el murmullo amortiguado del bar exterior y la forma en que sus ojos reflejan las luces, como dos faros en mitad de una tormenta.
—Bueno ¿qué tienes en esa lista que podamos hacer hoy aquí? —pregunta, reclinándose en el sofá—. Aprovecha que tenemos esta cabaña maravillosa y un montón de tiempo libre hasta que Patri y David den por acabada la fiesta.
Levanto una ceja, refugiándome en mi sarcasmo defensivo.
—¿Eso es lo que estamos haciendo? ¿Esperar a que salgan papá y mamá? ¿Qué pasa, Ashley, necesitas que alguien te lleve de la mano a casa?
Su sonrisa se afila, volviéndose casi peligrosa.
—¿Por qué? ¿Te ofreces voluntario?
No insisto. No quiero complicaciones.
—Muy bien, Fénix. Tú lo has querido.
Saco el móvil, asumiendo que el yogurín no va a soltar prenda sobre su edad exacta, pero confiando en que, si acepta la mía, la brecha no puede ser un océano insalvable.
Abro mi interminable lista digital de deseos. La versión actual incluye un vídeo introductorio donde una mascota virtual con toga romana desenrolla un pergamino que parece el testamento de un emperador.
Ashley observa la pantalla en silencio, atónito. Luego me mira a mí, como si buscara el tornillo que se me cayó por el camino.
—Tú estás mal de la cabeza —suelta—. Nadie puede querer hacer tantas cosas después de todo lo que ya has tachado. Y la mitad de esta lista contradice a la otra mitad. Estás tarado.
—Te aseguro que todavía me quedan muchas cosas por probar, babe.
Lo digo con recochineo, devolviéndole el dardo de su rescate en la fiesta. Él ni se inmuta. Está concentrado, leyendo la lista como si fuera un contrato que está a punto de firmar con sangre.
Se muerde el labio inferior de forma inconsciente, y ese gesto me golpea el estómago de una forma que no tiene nada que ver con el hambre. Es tan sexy… Sus ojos parecen una piscina en calma: profundos, transparentes y muy atentos.
Miro hacia otro lado antes de que note que lo estoy escaneando. De nuevo.
—Ya está. Lo he decidido.
Hay algo en su tono, una mezcla de convicción y travesura, que me obliga a enderezarme en el sofá como si acabara de escuchar mi sentencia de muerte. O de vida.
—¿Qué has decidido exactamente?
—La trece de tu lista con Patri: Que me pinten desnudo como a Rose en Titanic.
—No podemos hacer la trece.
—¿Por qué no?
—¿Acaso sabes pintar? Es un requisito imprescindible.
—¡Por supuesto que sé! ¿Por quién me has tomado?
Lo dice con una seguridad tan obscena que sospecho que no ha sostenido un lápiz desde preescolar. Pero él va lanzado, se pone en pie y coloca un taburete de plástico verde frente al sofá, marcando el territorio del artista.
—Venga. Despatárrate en el sofá. Resulta que estamos de suerte, hay folios y lápices de colores en esa caja de ahí.
Miro la caja de juegos sintiéndome traicionado por el bar.
—Creo que es para los juegos de mesa, Ash.
—Todavía tienes la ropa puesta —me acusa él, sin pestañear.
Silencio. Le sostengo la mirada, esperando encontrar algún rastro de que me está vacilando, pero su voz no tiembla.
—Es broma, ¿verdad? —insisto, aunque una parte de mí, la más imprudente, reza para que no lo sea.
Ashley adopta un tono exageradamente teatral, llevándose la mano al pecho con un dramatismo digno de un Óscar.
—«Jack, quiero que me dibujes como a una de tus chicas francesas. Con el colgante… Solo con el colgante».
Me río, porque es eso o admitir que la imagen de mí mismo posando para él me ha atravesado el cuerpo como una corriente eléctrica de alto voltaje.
¿De verdad voy a quedarme en pelotas?
¿En este sofá que ha sido testigo de…? No quiero saber de qué.
—¿Y de dónde demonios vamos a sacar un colgante de diamantes en un karaoke del Soho, Ash?
Él se lleva un dedo a la frente, sonriendo.
—De aquí. Tengo el pedrusco grabado en la memoria.
—¡Ni hablar! Si no hay colgante, yo no me desnudo.
—Tú lo has querido, Luci.
Y entonces hace lo impensable. Se quita la cruz. ¡La maldita cruz de plata! Desabrocha el cierre y la sostiene entre los dedos mientras el metal refleja la luz dorada del reservado. Se acerca a mí y yo levanto las manos, tratando de mantener la distancia de seguridad entre ese artilugio y yo.
—No seas crío, Lucifer. Te prometo que no te va a quemar la piel. No eres tan malvado.
—Yo no estaría tan seguro de eso…
Ashley se inclina peligrosamente sobre mí en el sofá. El espacio se reduce a nada. El frío del metal contra mi piel me recorre la columna como un latigazo íntimo cuando me pone la cadena.
No…, no es el objeto en sí. Es el gesto. Es su pulgar rozándome la clavícula mientras acomoda el cierre. Es su respiración cálida sobre mi cuello. Me quedo paralizado. Me entra una risa nerviosa, traicionera, esa que uso cuando mi cuerpo no sabe cómo gestionar el deseo puro.
—Hala —dice, retrocediendo medio paso—. Ya tienes colgante. Y sigues entero. No te has desintegrado. A ver si vas a estar en proceso de reconciliación con tu fe, Luci.
—Ni lo sueñes, Rubiales.