24 Hamburguesas e introspección #2
—Deja, voy yo. Ya me invitas tú a la próxima.
—¿Qué te hace pensar que habrá una próxima, Rubiales? No des por sentado mi tiempo, que cotiza al alza.
—Llámalo intuición, moreno. O fe anglicana.
No voy a fingir que no me gusta cómo suena ese próxima, pero empiezo a sospechar que esta noche le invitaré a un par de copas antes de irnos a casa para saldar la deuda y cerrar el expediente.
Mientras pide en la barra, me fijo en su pose.
Relajada, pasota, con esa seguridad de quien no necesita demostrar nada a nadie.
Me pregunto qué demonios estoy haciendo aquí.
Supongo que, mientras las reglas del juego estén claras, nada me impide entablar una alianza cordial con el otro amigo gay de David, ¿no?
Es una cuestión de networking… o algo así.
Me maravilla lo rápido que sirven en estos tugurios. Ashley apenas ha regresado a la mesa cuando el camarero ya está dejando los platos frente a nosotros. Y yo, que estaba dispuesto a devorar hasta la servilleta, me encuentro analizando mi hamburguesa con más horror que apetito.
Mi hamburguesa… Si es que ese engendro puede llamarse así.
¡Joder! Es monstruosa, una especie de araña gigante rebozada, con las patas colgando por los bordes del pan. Parece que el cangrejo ha muerto intentando escapar del sándwich.
¿Por qué no habré mirado la carta yo mismo en vez de hacerme el exótico? Necesitaba comida basura que me reconfortara, no un experimento de biología marina frito.
Ashley me mira, deleitado con mi cara de asco.
—¿Qué pasa? ¿Te estás planteando llamar a National Geographic para que documenten el hallazgo?
Aparto el plato con dignidad ofendida.
—Me has tendido una trampa. Pensé que ibas a pedirte lo mismo. ¿Por qué tú tienes una hamburguesa de ternera normal, con su queso fundido, y yo tengo… este alíen rebozado?
—Yo nunca dije que fuera a pedir eso. Solo dije que era la especialidad del mes. Yo siempre voy a lo seguro; el conservadurismo gastronómico nunca falla.
—Voy a pedir otra cosa.
En ese preciso momento, la camarera aparece como un presagio del destino y nos retira la carta de la mesa.
—Lo siento, chicos. La cocina cierra en dos minutos. No se aceptan más comandas.
Le lanzo el puchero más devastador de mi repertorio. No funciona. Ella ni se inmuta. Estoy perdiendo facultades.
—¡Menudo fraude! —suelta Ash, pinchándome con una sonrisa criminal—. Pensaba que el chico Carpe diem era más atrevido. ¿Qué quedó del hombre que comía insectos en una tienda de Osaka? ¿Se ha asustado por un pobre cangrejito de caparazón blando?
—Para no haber visto nunca mi canal, te veo muy informado, Fénix…
—Ah, ya sabes… —Se encoge de hombros—. A veces te salen esos mini reels por ahí y es imposible no procrastinar con tonterías.
«Pillado y hundido, chaval».
Decido no seguir tensando la cuerda, porque está claro que Ashley sí ha visto mi canal. Lo de Elvis en patines no fue una coincidencia: lo sabía.
Intento acercarme a mi hamburguesa, pero la fobia visual gana la batalla. Esas patitas que sobresalen del pan parecen estar saludándome. ¡Qué asco más grande, por Dios!
—Venga, no lo pienses. Con los ojos cerrados.
Lo intento, lo juro, pero… me rindo. Hoy el cuerpo no está para experimentos. Decido dejar la hamburguesa de nuevo en el plato, y la aparto de mi con resquemor.
—Es igual. Me limitaré a observar cómo devoras tu deliciosa Angus mientras yo me fabrico un sándwich de patatas fritas.
—Vas a quedarte con un hambre atroz —canturrea, divertido.
—No te preocupes, cuando salgamos pienso atracar el puesto de perritos de la esquina como un animal salvaje.
Ashley sigue riendo, esa risa espontánea que parece vibrar en el aire del pub.
—¿Lucifer tiene miedo de un artrópodo frito?
—No me puedo comer esto, en serio. ¿Quién demonios pensó que era buena idea servir el cangrejo con el chasis completo?
—Se llama cangrejo de cáscara blanda por algo, Luci. Se come todo. Imagina que son patitas crujientes, como…, no sé, una cucaracha rebozada de alta cocina.
Me encojo con una mueca de asco que arruga hasta mi amor propio.
Ashley niega con la cabeza, manteniendo esa expresión que oscila entre la burla y algo que empieza a parecerse a la ternura. Coge el cuchillo, parte su hamburguesa de ternera en dos mitades perfectas y desliza el plato hacia mí. Lo miro incrédulo.
—No puedo aceptarlo —digo, aunque mi estómago esté dando palmas—. Te morirás de hambre y aún estás en edad de crecimiento, no quiero ser responsable de tu raquitismo.
—No seas idiota. Te vas a desmayar antes de llegar al puesto de perritos. Anda, coge un trozo.
—Sobreviviré. Soy un superviviente. No puedo dejarte sin cena.
—No finjas conmigo esa timidez que estoy convencido de que no sientes. Recuerda que he visto tu canal. —Me guiña un ojo con descaro—. Si me quedo con hambre, te ayudaré a atracar al puesto de los perritos. Compartiremos el botín y la celda.
El gesto es tan jodidamente dulce que me descoloca. Acepto la mitad de su hamburguesa, sintiendo cómo el aroma a carne a la parrilla derrota a mi orgullo milanés.
—Ahora que sé que sí has visto mi canal… supongo que ya no tengo secretos para ti —suelto, intentando recuperar el tono ligero.
—En realidad sí los tienes. Muchos. Demasiados.
Lo miro. El bocado se me queda a medio camino. No entiendo por dónde viene el golpe ahora.
—Perdona —continúa él, sin rastro de burla—. Es que no suelo creerme lo que veo en pantalla. Me parece un espectáculo. Siempre he dado por hecho que el Fabio Vitale del canal es un personaje. Una máscara muy bien diseñada.
Me quedo petrificado. Por fin alguien ha sabido ver más allá del filtro, alguien que me mira y detecta que debajo de la adrenalina y los retos absurdos hay un ruido de fondo que no comparto con mis seguidores.
Comienzo a sentirme algo desnudo ante él, y la sensación me repele tanto como me atrae. No me gusta la vulnerabilidad; es una debilidad que Ivan supo explotar hasta dejarme en los huesos.
Este chico que comparte hamburguesas y juega a ser un héroe llega a mi vida con años de retraso. Aunque, pensándolo bien, teniendo menos de treinta como tiene… —eso es seguro— tampoco podría haber llegado mucho antes sin que fuera delito.
—¿Y qué te hace pensar eso? —quiero saber.
—Que aquí no te pareces a él.
—¿Y cómo soy yo aquí, según tu avanzado estudio sociológico?
Se encoge de hombros, pero no aparta esos ojos azules que parecen leer mi código fuente.
—Más callado. Más… contenido. Como si pensaras mucho antes de saltar. En el canal pareces vivir al borde del precipicio porque te divierte. Aquí pareces vivir ahí porque no sabes cómo bajarte sin que nadie se dé cuenta de que tienes vértigo.
¡Joder! Eso ha dolido. Es como si me hubiera quitado la ropa pieza a pieza en mitad del pub. De forma metafórica, claro… Ashley no va a ver ni un centímetro de mi piel desnuda si no es en una playa.
—No sabía que el Fénix también fuera psicólogo de guardia.
—Me gusta observar, ya te lo he dicho. Es deformación profesional.
Doy un mordisco a la hamburguesa para ganar tiempo. Está deliciosa, pero ahora me sabe a introspección.
—¿Y eso te decepciona? ¿Que no sea el mismo tipo histriónico de los reels que tanto dices odiar, pero que claramente has visto?
—No. —Bebe un sorbo de cerveza, observándome sobre el borde del cristal—. Más bien me intriga. El personaje es divertido, pero el original… tiene mejores matices.
El silencio que sigue está repleto de cosas que no caben en una conversación de bar. Levanto la vista y digo lo primero que se me ocurre para justificar por qué llevo un minuto mirándolo:
—Sigo pensando que si toco esa cruz me desintegro. Es una reacción química inevitable.
—Pruébalo.
Sonríe con los labios apretados y un brillo en su mirada que me dice lo que necesito saber: que nos estamos metiendo en un puto lío. Los dos. Y aun así, estamos caminando a ciegas y de la mano.
Porque este desafío no tiene nada que ver con la religión, ni con Henry VIII, ni con la fe anglicana. Es una invitación a romper el hielo, o a quemarnos los dos en el intento.