La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 24 Hamburguesas e introspección
86%

24 Hamburguesas e introspección

Hamburguesas e introspección

Diciembre, Londres, Inglaterra

Fabio

No sé en qué momento la noche decidió girar en esta dirección, pero aquí estoy: sentado frente a Ashley Grey —el chico con nombre de ceniza y mirada de océano— en un pub de Covent Garden.

Estamos bajo una lámpara de luz demasiado cálida para que esto no parezca una cita, examinando una carta grasienta en busca de algo que llevarnos a la boca que no seamos el uno al otro. Que, oye, en otras circunstancias…

Pero no así. Aún estoy temblando por el encuentro con Ivan. Qué facilidad la suya para arruinarme la noche. Decido que no voy a consentirlo. No pienso darle ese poder. Ivan ya no puede hacerme daño.

Volviendo a Fénix…, reconozco que el cálido roce de sus labios no me ha sido indiferente.

Algo efímero, apenas un segundo que fue, en teoría, una maniobra de distracción, pero a mí me ocasionó una pequeña detonación en mis cimientos en un momento en el que todo estaba a punto de saltar por los aires.

He estado tan ocupado odiándole por sus impertinencias y tan nervioso por la presencia de Ivan, que hasta ahora no me había parado a observar lo bien que le quedan las pequitas que se dibujan en su nariz.

Sin el disfraz de superhéroe, que dejó olvidado en el salón, se ve muy diferente.

Lleva una camiseta de algodón de tirantes que deja poco a la imaginación, una sobrecamisa de cuadros azules y negros, y unos vaqueros anchos algo caídos; la dichosa estética urbana que hace que todos los jóvenes parezcan tener un culo inexistente, aunque sospecho que el suyo sobrevive al desastre textil.

Lo que me lleva a la pregunta del millón:

¿Qué edad tiene este chico?

¿Sería legal llevármelo a la cama, en otras circunstancias?

«No te vas a llevar a ningún sitio al empleado de David», me recuerda mi diablillo con cara de Patri. De verdad, es que esto corta el rollo a cualquiera…

Tiene el pecho tatuado; alcanzo a ver los retazos de un dibujo asomando por encima de su camiseta. Una discreta cruz cuelga de una cadenita de plata en su cuello.

Una maldita cruz.

No puedo dejar de pensar en qué hubiera pasado si en vez de rescate hubiera habido deseo tras ese beso rápido.

La situación, tal vez por lo peligrosa, me ha generado un morbo indecente.

No voy a fingir lo contrario ante mi propio subconsciente, ni aunque aparezcan mi demonio y mi angelito particular con refuerzos.

Ashley deja la carta sobre la mesa y me atraviesa con esa mirada acuática. Me doy cuenta de que llevo varios minutos diseccionándolo en silencio.

—¿Qué es lo que te suscita tanta curiosidad? —pregunta, apoyando un codo en la mesa—. Y no me digas que estabas en Babia, porque tienes cara de estar preguntándote algo.

«Joder. Qué directo el tío». Y luego dice David que es un santito lleno de inocencia. Me parece a mí que el único inocente aquí es el canario por creérselo.

Además, está buenísimo, las cosas como son. Pero eso es un tema aparte… O debería serlo. Porque trabaja para David y yo ya he aprendido que la polla no se mete en ningún sitio donde haya ollas, ni la tuya ni la de tus amigos. Es una norma básica de supervivencia.

Ashley sigue esperando respuesta, así que bajo la mirada a la cruz de plata que descansa sobre su piel.

—Así que eres… ¿católico? —pruebo.

—Anglicano.

—¡Por supuesto! Eres inglés… Alabado sea el rey Henry VIII, que decidió romper con la Iglesia de Roma solo para poder casarse con… ¿su quinta esposa? ¿Sexta? Pierdo la cuenta cuando empiezan a decapitarlas.

—¿Quieres que hablemos de la grandeza histórica de tu Iglesia romana, Lucifer? ¿Sacamos los archivos del Vaticano?

—Me trae sin cuidado. No soy creyente. Mi única religión es el Carpe diem y el café bien hecho.

—No soy practicante —responde, sin ponerse a la defensiva—. Mi familia lo es. Ahí empieza y acaba mi fe. ¿Es mi religión un problema para tomarte una cerveza conmigo?

Me apoyo en el respaldo, estudiándolo un segundo más largo de lo necesario. Me gusta. Me gusta demasiado cómo me devuelve los golpes.

«No, no te gusta, Fabio. Recuerda: celibato. Redención. Paz mental. Una cerveza y a tu puta casa a matarte a pajas. A este chico no me lo toques». Si en vez de un diablo imaginario, fuera la verdadera Patri en carne y hueso, creo que ya la habría mandado a paseo.

—Tienes que pasarlo mal en el trabajo —digo, desviando el foco para recuperar el control—. Con Tiago. Veo que te encanta poner a la gente en su sitio, y él no es precisamente un fanático de la jerarquía horizontal.

—Tiago paga mi sueldo. Tú no. Y no tengo por qué soportarte gratis.

—Y sin embargo, aquí estás, chaval —le recuerdo, elevando una ceja—. Algo bueno tendré si las estás soportando por voluntad propia y sin nómina de por medio.

—Tenía la esperanza de que hiciéramos algo juntos para tu canal. No todos los días se tiene la oportunidad de hacer el ridículo con presupuesto de producción.

Si es que me tengo que reír. Este tío es un sobrado.

—Te dije que no eras tan importante como para salir en mi canal, Ash.

—Ya, pero yo no te he creído ni una palabra. Si fuera verdad, no estarías aquí sentado conmigo —me la devuelve con una sonrisa de suficiencia.

Me río. Esta vez sin escudo. A carcajadas. Es irritante, es directo y es insoportablemente honesto. Me encanta cómo no me compra el personaje que vendo en mis redes; cómo ve a través del filtro de Instagram.

Qué lástima que sea tan joven.

Y tan empleado de David.

Y que yo esté tan roto que no quiera compartir mis ruinas con nadie más.

Tiene unos labios demasiado mordibles para no pensar en ello.

—Sospecho que es mejor que tampoco hablemos de política, ¿no? —digo por pura precaución civil—. No quiero que terminemos tirándonos las cervezas a la cara.

—Ni de fútbol.

—Perfecto, porque no entiendo una mierda de lo que pasa en el campo. Pero me encantan los musicales. Tema neutro, ¿no crees?

—¿Puede haber algo más cliché que un gay al que le gustan los musicales? —se mofa.

—Soy gay —le recuerdo, con mi mejor tono de superioridad—. Los musicales son mi derecho de nacimiento.

—Ya. Y yo también soy gay, y prefiero mil veces un partido de fútbol a ver Wicked.

Lo miro con un horror fingido que tiene un puntito de real. Espero que no empiece a despotricar contra Ariana Grande o me largo de aquí.

—Nunca he visto un partido de fútbol en mi vida —confieso.

—No pienso llevarte a uno si es lo que estás proponiendo con ese tonito —responde con una sonrisa que es pura provocación.

—Puedo ir solito, gracias. Tengo Google Maps. ¿De qué equipo eres?

—Del Coventry.

—¿Es allí donde naciste? —me intereso. Él asiente con parsimonia—. ¿No había un lugar más feo en toda Inglaterra o qué?

—Ey —se inclina hacia mí, fingiéndose ofendido—, no está tan mal. Y, de todos modos, no es como si me hubieran pasado un catálogo para elegir coordenadas antes de nacer.

Me quedo embobado mirándolo. La luz cálida del pub suaviza las líneas de su rostro, aunque no consigue que la cruz de su cuello me resulte menos terrorífica.

Es delgada, discreta. Pero está ahí, recordándome que este chico cree en algo que a mí me genera rechazo.

El cura del pueblo de mi madre me prohibió la entrada en el templo después de saber que era gay.

¿Cómo voy a subscribirme a un movimiento que no aprueba quién soy?

Y no puedo evitar pensar que, si toco esa cruz, me desintegraré como un vampiro.

—Tú no hagas la prueba, por si acaso. No querría tener que recoger tus cenizas con una mopa.

Me quedo congelado. «Mierda».

—Lo he dicho en voz alta, ¿verdad?

—Sí. Y, por si no te habías dado cuenta, sigues hablando en voz alta. Por cierto, siento lo del cura de tu pueblo. ¿Ves? El de mi parroquia es mucho más enrollado. Minipunto para los anglicanos.

—¿El cura de tu iglesia sabe que eres…? —inquiero, él asiente con naturalidad—. ¿Y qué opina al respecto?

—Dice que no hay que llorar —responde en un tono tan profundo que adquiere toda mi atención—. Que la vida es un carnaval. Y las penas se van… cantando.

Me quedo unos segundos de más digiriendo su reflexión. Tal vez si no lo hubiera dicho en inglés, mis reflejos hubieran sido inmediatos.

—Pero eso… eso es una canción de Celia Cruz.

Él no me niega nada, tan solo se descojona delante de mi cara. Yo estoy flipando con este chico.

—Lo siento, me has hecho una pregunta absurda. Pensé que merecía una respuesta igual de ridícula —suelta. Yo bufo—. El cura de mi parroquia está felizmente casado y tiene tres hijos. Mientras no mate a nadie, le da igual a quién tenga en mis sábanas. Estamos en el siglo XXI.

Me aclaro la garganta, recuperando mi dignidad tras la vacilada que me ha pegado que, sospecho, no será la última de la noche. Tiene un don para descolocarme.

—Será mejor que pidamos, anda.

—¿Birra? ¿O eres más de vino? —pregunta, apoyando el mentón en la mano—. Tienes pinta de gustos finos y paladar de seda.

—Si te digo que ahora mismo lo que estoy es muerto de hambre… —Me inclino sobre la mesa, rompiendo la distancia de seguridad—. No he comido nada en todo el día. Y el chico de gustos finos se conforma con una ración de patatas con beicon y queso. Cuanto más grasientas, mejor.

—Pues creo que no hay de eso, pero tienen… —mira la carta con ojo crítico— lo típico: fish and chips, hamburguesas… Aquí dice que la especialidad del mes es la hamburguesa de cangrejo con caparazón blando.

—Vale —respondo sin procesar la información—. No sé qué es eso, pero si tiene calorías, me vale.

—¿Estás seguro, Lucifer?

—Me encanta probar cosas nuevas. Gajes del oficio, ya sabes… Todo por el contenido —le provoco, dedicándole mi mejor sonrisa de influencer de éxito.

—Prepara la cámara entonces, porque sospecho que va a ser una experiencia culinaria —se burla él, levantándose.

No le veo mucho misterio a una hamburguesa de cangrejo; en mi cabeza suena a algo sofisticado, una especie de delicatessen marina entre dos panes de brioche. Mientras me alivie el agujero que tengo en el estómago, me doy por satisfecho.

Saco la cartera, pero Ashley me detiene con un gesto sencillo.