La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 23 Héroes y villanos #2
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23 Héroes y villanos #2

Ashley no dice nada durante unos segundos. Me observa en silencio, regalándome ese espacio necesario para que las piezas de mi dignidad vuelvan a encajar en su sitio sin sentirme atosigado.

Me muero de vergüenza. Me horroriza que haya sido testigo de esta humillación, y me aterra que Ivan cumpla alguna de sus amenazas contra él.

—¿Estás bien? —pregunta al fin.

No me veo capaz de articular palabra sin que me tiemble la voz, así que me limito a asentir. Todavía estoy procesando el susto.

—Joder…, lo siento, tío. No debería haber… Pensé que… —Se pasa una mano por el pelo, frustrado—. No sé qué se me pasó por la cabeza. No tenía ningún derecho a entrometerme así. Perdona.

Lo interrumpo antes de que siga autoinculpándose como si hubiera cometido un delito internacional por salvarme la noche.

—Está bien, Ashley. En realidad…, te lo agradezco.

Lo digo en serio. Y eso me incomoda más que el pico que me ha dado que, aunque me joda reconocerlo, no me importaría repetir en otro contexto en el que no sienta esta presión en la boca del estómago.

—Yo no quería…

—Tranquilo, de veras. Has aparecido justo cuando las cosas iban a ponerse feas. Estaba colocado.

Él asiente, aunque la duda sigue bailando en sus ojos azules.

—He trabajado muchos años en bares —explica—.

Tengo un radar bastante afinado para detectar cuándo la tensión sube de volumen aunque nadie esté gritando.

Y… no soporto a los abusones. Siento que tengo que intervenir.

Igual te he ocasionado un problema mayor con ese tipo, yo… Joder, Fabio, lo siento.

Me apoyo contra la pared, ya sin la sombra de Ivan asfixiándome, y por primera vez noto el frío real del yeso en mi espalda.

—No te preocupes, Ashley. De verdad. No creo que se hubiera atrevido a hacerme nada. Se le ha ido de las manos con la maldita cocaína, pero seguro que mañana ni se acuerda de esto.

Me estudia un segundo más. Mataría por saber qué proceso algorítmico está siguiendo su mente mientras me disecciona con esa mirada de cielo despejado. La mía son todo nubarrones ahora mismo.

—¿Es tu…? ¿Sois…? ¿Tú y él…? —recula de inmediato—. Perdona, no contestes. No es asunto mío lo que hagas con ese matón de discoteca.

No puedo evitar una sonrisa torcida. La primera sonrisa honesta de la noche.

—Fuimos un error pasajero, pero ya no somos nada —aclaro.

Y ahí está, ese pequeño descenso en la tensión de sus hombros. Esa micro expresión de alivio que dura apenas un parpadeo. Lo que me lleva a preguntarme por qué demonios le importa tanto a un desconocido que asegura odiarme lo que yo tenga con otro hombre.

—Descubrí que estaba casado con otro —añado, porque siento que le debo una explicación que no me ha pedido—. Y, bueno…, eso solo fue el desenlace de semanas de abusos que no quise ver.

Ashley suelta el aire por la nariz en un bufido de desprecio.

—Menudo cabrón de mierda. Perdón.

Esa manera suya de medir las palabras, esa caballerosidad que no es fingida, me arranca otra sonrisa.

—Lo es. Estuvimos solo un par de meses juntos, pero es de esa clase de personas que se te meten en el sistema y lo destruyen todo a su paso. Como un parásito. Y lo peor es que no puedo librarme de él porque compartimos oficina.

—¿Por eso se ha presentado hoy aquí?

—No sé, supongo… En realidad pudo haberlo visto en cualquier sitio. Lo anunciamos en redes y él vino a un par de clases de capoeira. Imagino que le llegaría la invitación de socios por email, como a todo el mundo.

De pronto, un rastro de mi paranoia profesional asoma. No conozco de nada a mi caballero de brillante armadura y, por un instante, temo que lo que le cuente pueda filtrarse a mi canal y dañe mi reputación.

—No es lo que parece, Ashley. Yo no sabía…

No me van las relaciones tóxicas, ¿vale?

Pensé que era un juego de seducción y me vi atrapado en su tela de araña antes de poder reaccionar.

Eso es todo. Pero ya he salido. Estoy bien.

—Refuerzo esas palabras, no sé si para convencerlo a él, o a mí mismo—. Estoy bien. De verdad…

—Ey, tranquilo. No tienes por qué explicarme nada, Luci.

—Ya, pero… no quiero que pienses que soy…

—Yo no pienso nada malo, ¿vale? —Me interrumpe con suavidad—. No creo que tengas que avergonzarte por haber confiado en alguien que no supo qué hacer con esa confianza.

Me pierdo en sus ojos sin saber muy bien qué etiqueta ponerle a este chico.

Decir que es un cretino después de lo que ha hecho sería una injusticia muy grande.

No me debe nada y aquí está, haciendo de escudo humano por pura ética.

David me contó que estudiaba Recursos Humanos; quizá sea eso, una afición patológica por la justicia.

O quizá sea un buen tipo, el héroe que en el mundo real no duda en enfrentarse a los villanos para salvar a completos desconocidos.

¿De verdad soy un desconocido a estas alturas? Me pregunto qué le habrá contado David sobre mí…

Una idea descabellada se me pasa por la cabeza. Lo más seguro es que me diga que no, pero no tengo nada que perder. Y lo cierto es que me estoy asfixiando aquí dentro.

—Oye, Fénix, te agradezco el rescate. Y la cerveza… Pero lo cierto es que no me apetece seguir aquí. Se me han quitado las ganas de fiesta de golpe.

Él asiente de inmediato, respetando mi espacio.

—Claro. Lo entiendo perfectamente.

No. No lo entiende. Y, sin embargo, algo en su mirada decepcionada me invita a seguir hablando.

—Quiero decir que… lo que necesito ahora mismo es una cerveza, pero en un sitio más tranquilo donde no haya música de Juan Luis Guerra ni gente disfrazada de Grinch.

Lo miro a los ojos. Sin filtros. Sin ironía. Sin el personaje.

Noto cómo él me estudia, calculando riesgos, sopesando si aceptar una propuesta que juro que no tiene segundas intenciones. Ahora mismo tengo tal malestar en el cuerpo que, por muy guapo que sea, no puedo pensar en eso.

Se cruza de brazos, mira hacia el salón donde la fiesta recupera su pulso, y luego vuelve a mí:

—Será mejor que nos larguemos antes de que Patty nos eche de menos.