La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 23 Héroes y villanos
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23 Héroes y villanos

Héroes y villanos

Diciembre, Londres, Inglaterra

Fabio

Me bastan tres segundos para decidir que no voy a huir.

Tres segundos en los que podría haber fingido un mareo, una notificación urgente en el móvil o una necesidad imperiosa de ir al baño —no, allí no, que está Ashley y no quiero mezclar escenarios—.

Pero no, en lugar de ser un cobarde, atravieso el salón como quien camina hacia el fuego aun sabiendo que el extintor está caducado.

Al fondo, cerca de la sala de yoga, donde la luz se rinde ante las sombras, encuentro a Ivan Petrov.

Está apoyado contra la pared con ese aire siniestro que antes me resultaba enigmático y ahora me pone los pelos de punta.

Lo nuestro no fue amor, sino esa necesidad de conectar con alguien a cualquier precio que arrastro desde hace tiempo.

Y al verle, lo único que siento es rabia, dolor e impotencia, los mismos sentimientos que me atormentan cada día en la oficina.

¿Por qué tiene que venir a arruinar también mi burbuja de seguridad?

Me detengo a un metro de él, manteniendo la distancia.

—¿Se puede saber qué haces aquí?

Levanta la cabeza despacio. Sus ojos están enrojecidos y tiene las pupilas tan dilatadas que el iris ha desaparecido. No necesita abrir la boca para que yo entienda que ha consumido algo más que cerveza esta noche.

Debería dar media vuelta antes de que la situación se nos vaya de las manos, pero una parte de mí cree que, si hablamos, se irá con su música a otra parte y no le arruinará la noche a Patri. Menudo ingenuo.

—Necesitaba verte. Me estaba volviendo loco en casa.

—¿Estás drogado, Ivan?

—¿Y qué si lo estoy? Todo esto es culpa tuya —suelta con esa sonrisa torcida que yo una vez consideré encantadora—. Mira lo que haces conmigo, Fabio. Me has destrozado.

Niego con la cabeza, incrédulo, casi con asco.

—Ni hablar. No me cargues esa mochila. El que ha jugado a dos bandas has sido tú. Y ya consumías mucho antes de conocerme —me impongo—. De hecho, te dejé muy claro después de aquella noche que no quería tener nada que ver con eso, y tú…

Da un paso hacia mí, tambaleándose. Intenta poner su mano en mi cintura y yo retrocedo instintivamente.

—Ni se te ocurra volver a tocarme —le advierto.

—¿Por qué me haces esto? Te amo tanto que estoy enloqueciendo.

—Haberlo pensado antes de… de todo.

Se le endurece el gesto. Veo la emoción transmutar en su rostro; es como ver un accidente a cámara lenta. La vulnerabilidad forzada desaparece y deja paso al verdadero Ivan: celoso, furioso, controlador.

—Así que es eso… Ibas muy en serio cuando dijiste que te ibas a follar a medio Londres. No pensé que fueras tan zorra.

Pongo los ojos en blanco, sintiendo que me falta el aire.

—¿No estarás otra vez celoso de David? De todos modos, lo que yo haga o deje de hacer ya no es asunto tuyo.

—Lo es si me invitan a una fiesta y te veo en plan putita barata restregándote con otro en la pista.

Lo miro con una mezcla de lástima y hastío.

—Estás drogado y no sabes ni lo que estás diciendo. Lárgate y deja de hacer el ridículo.

—¿Crees que soy gilipollas?

—No. ¿Por qué? ¿Es algo que te han llamado antes y has venido aquí para que yo te lo confirme?

El aire se vuelve sólido, casi irrespirable. Ivan se acerca con una agresividad que anula cualquier protocolo de defensa. Su mano golpea la pared, justo al lado de mi oreja, encerrándome en un ángulo muerto entre su cuerpo y el yeso frío.

«¡Joder, joder, joder!».

Mi corazón ya no late; golpea contra mis costillas con una violencia que me ensordece. Siento unas ganas repentinas de vomitar.

—No me provoques, Fabio.

—No me vuelvas a poner la mano encima —respondo, manteniendo la voz alta y clara, aunque por dentro estoy temblando—. O te denuncio. Aquí mismo. Delante de todos.

Su aliento con olor a alcohol de quemar roza mi boca.

—Antes te gustaba que te pusiera las manos encima. Te gustaba mucho. ¿Qué nos está pasando?

Antes. Qué palabra tan minúscula para un desastre tan grande.

Ivan no atiende a razones ni respeta mis límites; me arrincona todavía más, siguiendo la tónica general de lo que fue nuestra relación: una invasión constante.

Le empujo con todas mis fuerzas contra la máquina de agua. Uso la rabia, el asco y todo lo que me callé cuando todavía creía que el amor era una excusa válida para justificarlo todo.

—No confundas lo que fui con lo que soy, Ivan —le escupo, mientras él se tambalea.

Se recupera rápido. Se acerca otra vez, más furioso, como un animal que no piensa largarse sin devorar a su presa.

Su aliento vuelve a invadir mi espacio personal y lucho de nuevo por apartarlo, pero él es más corpulento, más fuerte.

Siempre lo ha sido. Y, por primera vez en mi vida, lamento haber priorizado las recompensas de después del gimnasio sobre el entrenamiento real.

Al fondo del salón, la vida sigue. Risas, palmas, bachata. Las clases continúan su curso y nadie parece haberme echado de menos. En el improbable caso de que Ashley aún esté en la pista, habrá asumido que he sido yo quien se ha largado porque no quería bailar con él.

Seamos sinceros: la idea me cruzó la mente. El tipo es un cretino.

Ivan me agarra de la mandíbula, atrayéndome hacia su boca, y yo hago lo posible por zafarme de él, pero es mucho más fuerte que yo. Me siento indefenso, humillado. ¿Qué clase de hombre soy que ni siquiera puedo en un cuerpo a cuerpo con él?

—Ivan, déjame en paz —ruego, cuando me mira con esa cara de mafioso que no sé qué pretende, si volver a comerme la boca o partirme el cráneo en dos. Ambas opciones me parecen igual de violentas ahora mismo.

—Te deseo tanto, Fabio…

Su mano baja sin permiso. Demasiado abajo. Siento asco, una náusea que me sube por la garganta.

Lo empujo de nuevo con todas mis fuerzas, pero es inútil. Es como si la cocaína le hubiera dado un superpoder maligno, convirtiéndolo en el único villano real de esta fiesta de disfraces.

—¡Esto no tiene ni puta gracia! —rujo, apretando demasiado los dientes—. ¡Lárgate, maldita sea! Déjame disfrutar con mis amigos.

—¿Con ese chico? Lo llevas claro.

—¿Qué chi…?

Tardo un segundo en caer en lo que lo tiene tan alterado.

«¡Ostras! ¿De verdad todo este despliegue de celos es por… Ashley?».

—No me mientas, ¡joder! Le estabas mirando como si ya le hubieras desabrochado el disfraz con los ojos.

—Estás enfermo. Solo estábamos bailando.

—Ese puto niñato no tiene ni idea de lo que necesitas.

—No te acerques a él, Ivan. Y lo digo en serio. No puedes ir amenazando a cada persona con la que cruzo palabra en el metro o en una pista de baile.

—Eres mío, Fabio. ¡Solo mío! Y no pienso perderte.

—Me estás asfixiando.

Y lo digo de manera literal. Su mano está apretando mi garganta contra la pared y me cuesta ingerir aire.

Intento otro empujón, pero me tiene aprisionado.

La probabilidad de que alguien nos vea desde el salón principal es inexistente.

Empiezo a agobiarme de verdad. No sé qué pretende, pero su fuerza es desmedida.

—Siento haber tardado tanto, babe. Había demasiada gente sirviéndose bebidas y… ¿Todo bien por aquí?

Ivan y yo nos giramos al mismo tiempo. Esa tercera voz es la última que esperaba escuchar, y me invade una mezcla de alivio y pavor.

Le lanzo una mirada a Ashley para que salga corriendo y sé ponga a salvo, pero él no parece entenderla. Sigue ahí, de pie, sujetando dos botellines de Corona abiertos, con su rodajita de lima perfectamente encajada.

Yo no entiendo nada. ¿La segunda cerveza era… para mí?

¿Y por qué ha soltado esa frasecita sobre las bebidas? ¿Por qué me ha llamado babe?

Se me pasan toda clase de pensamientos contradictorios por la cabeza.

Por un lado, es una aparición divina; su presencia hace que Ivan se tense y se aparte, dándome el oxígeno que me faltaba.

Por otro…, se masca la tragedia. Un Ivan celoso y puesto de sustancias es una bomba de relojería, y temo por la integridad de este muchacho que solo ha tenido la mala suerte de aparecer en el momento más inoportuno de la historia.

La escena es de una incomodidad insoportable. Fácilmente malinterpretable. Yo contra la pared, Ivan demasiado cerca… Pero Ashley parece haber leído el ambiente a la perfección: esto no es un encuentro clandestino, es un abuso en toda regla.

Lo siguiente que ocurre es tan surrealista que mi capacidad de análisis se bloquea.

Ashley aprovecha el hueco que Ivan ha dejado al apartarse y me da un pico rápido en los labios.

No es romántico, es territorial. Una marca de propiedad frente al intruso.

Le acaba de confirmar a Ivan todas sus paranoias de un solo golpe.

Está claro que al fénix le encanta quemarse a lo bonzo.

«¡Madre del amor hermoso! Vamos a salir de aquí como el rosario de la aurora». Es increíble lo religioso que me vuelvo cuando estoy a punto de presenciar un homicidio, pero me tiemblan hasta las pestañas. Esto no va a acabar bien…

Miro de reojo a Ivan. Siento cómo su cuerpo se convierte en un bloque de hormigón a nuestro lado. Su mandíbula podría triturar vidrio. Sus ojos pasan de mí a Ashley con la promesa muda de una pelea que no va a tener lugar en una escuela de baile.

El rubiales, sin embargo, mantiene una calma que me niego a creer que sea real. Yo, que conozco a Ivan, y sé que nunca me ha golpeado, estoy aterrorizado.

Decido interpretar el papel que no sabía que teníamos asignado y acepto la cerveza que me ofrece.

—Gracias, Ash…, cariño.

El ruso aparta la mirada. Es solo una pequeña victoria, pero en mi estado actual, me sabe a gloria bendita.

Ashley, con una educación que roza lo insultante dada la situación, le sigue dando coba:

—Soy Ashley. ¿Y tú eres…?

Ivan le mira con desprecio y se gira hacia mí, ignorando la existencia de mi salvador.

—Ya nos veremos el lunes en la oficina, Fabio.

«Eso me temo».

Veo cómo su espalda desaparece por la puerta y, en ese instante, el aire vuelve a mis pulmones con la violencia de un vendaval. Es tanto el sofocón que tengo encima que siento las piernas de gelatina.