22 La noche que Lucifer conoció a Fénix #4
—¿Qué te parece si empezamos de nuevo? —propone cuando volvemos a quedar frente a frente. Entrecierro los ojos buscando la letra pequeña del contrato, pero su mirada azul parece sincera—. Prometo no juzgarte por tu canal.
—¿De verdad crees que puedes permitirte mantener una conversación y bailar al mismo tiempo, Fénix? Te veo muy osado.
—Soy un chico aplicado, no te preocupes por mí. Háblame de La vida me pervierte.
—¿Qué quieres saber?
—No sé…, cómo surgió, cómo eliges las patochadas que haces… —suelta. Le miro incrédulo y él añade rápido—: Era broma, tranquilo. Ya veo que no se puede jugar con el ego de un diablo.
Decido relajarme. El tipo es un vacilón, pero no parece que busque sangre, solo cachondeo.
—Al principio eran cosas pendientes que tenía en mi lista de deseos. Retos que no encontraba el tiempo o el valor para cumplir. Y ahora…, bueno, el público siempre quiere más. Son una bestia insaciable.
—Y tú los alimentas.
—Me dejan retos cada día. Yo los filtro. Algunos son cursis, otros directamente sádicos… No te imaginas lo mal que está la cabeza de la gente, pero me entretengo leyendo los comentarios con mis amigos y decidiendo qué locura será la siguiente.
—Déjame ver si lo he entendido: tu canal ha pasado de ser un diario de sueños a un servicio de entretenimiento a la carta.
Mis ojos se cruzan con los suyos, infierno contra cielo, un choque de contrastes. Voy a defenderme, pero me interrumpe:
—O sea, que si quiero ver al gran Fabio Vitale cruzando Londres de punta a punta en patines, vestido de Elvis y recitando poesía coreana al revés, ¿solo tengo que pedirlo en los comentarios?
—Pódcast número 147 —replico con una sonrisa de victoria—. No era poesía coreana, era china. Pero sí, iba vestido de Elvis y fue un desastre.
Me observa con una mezcla de incredulidad y algo que, si yo fuera un optimista patológico, llamaría respeto; pero hace rato que tengo la impresión de que se está riendo de mí.
Entonces se queda callado un segundo, estudiándome, y de pronto rompe a reír.
Una risa limpia, de las que no se pueden fingir.
—Me estás vacilando, Luci. No has hecho eso.
—Sí, sí lo he hecho… ¿Luci?
No contesta. Frunzo el ceño. Comprendo rápido que es el diminutivo de mi disfraz, pero el apelativo suena demasiado dulce, demasiado cariñoso en sus labios.
Se me ha escapado un poquito de control y, en esta etapa de mi vida, eso es lo más parecido a un pecado.
—¿Hay algo que no hayas hecho? —pregunta, mientras intentamos que la siguiente figura de baile no acabe en siniestro total—. Aparte de bailar bachata con otro hombre, claro. Oye, te autorizo a subirlo al canal si quieres. Te regalo el clickbait[6].
—No eres tan relevante en mi vida como para permitirte vivir en mi feed, Ashley.
Él me hace burla, un gesto infantil que me arranca una sonrisa real a traición. En serio, ¿cuántos años tiene? ¿Veinte? ¿Cuatro?
Sin embargo, su mano en mi espalda ya no me escuece. Me reconforta. Es una sensación peligrosa que decido archivar en la carpeta mental de Cosas que ignorar para no complicarme la existencia.
—Ya que lo preguntas… Tampoco he vivido en un barco —digo, casi sin pensarlo—. He oído que tú sí.
—¿Y qué quieres, mudarte conmigo o qué?
El tono cambia, la burla se evapora y deja paso a un coqueteo abierto. Me acerco, giro, lo obligo a pivotar sobre su eje. Cambio el peso y lo atraigo hacia mí en un movimiento fluido, considerando que Ash tiene la coordinación de un pato de madera y está haciendo el papel de chica.
—Me gusta demasiado vivir solo —murmuro, rozando su oído con los labios—, pero… tal vez pueda hacerte una visita.
Siento cómo su respiración se entrecorta apenas un segundo. Victoria: lo he puesto nervioso y mi alma se llena de gozo.
Patri anuncia un descanso de cinco minutos por encima de la música. La gente se dispersa hacia la barra, y Ashley se aparta de mí de golpe, como si mi contacto acabara de subirle la temperatura por encima de lo recomendable.
—Voy al baño —dice, casi huyendo.
Ya, claro… Este no vuelve. Conozco el truco. Junto al baño hay una salida de emergencia que da a las calles laterales de Covent Garden.
«Adiós, Ashley, fue un placer conocerte».
Suspiro, sintiendo una mezcla de alivio y una decepción que me niego a reconocer.
Estoy sopesando la idea de robar un canapé para anestesiar el vacío feroz de mi estómago cuando veo a la última persona que quería ver esta noche. Y el tiempo decide detenerse de golpe, haciendo que me tambalee un poco por el impacto.
Al fondo del salón, apoyado contra una columna, medio oculto por la penumbra, lo descubro observándome con una intensidad que me hiela la sangre. Es viernes por la noche, franja doméstica. ¿Qué demonios hace aquí? ¿Y por qué mi primer instinto es huir de él?
Me saluda con una timidez ensayada, levantando apenas la mano, y me hace un gesto imperceptible para que me acerque. Dudo un instante, mirando a mi alrededor. David y Patri han desaparecido, probablemente a reponer suministros para la fiesta o a ver qué tal ha ido la clase en la otra sala.
Y de pronto, el aire a nuestro alrededor se congela. La música pierde el sentido y el ritmo latino se convierte en tan solo un zumbido lejano.