La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 22 La noche que Lucifer conoció a Fénix #3
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22 La noche que Lucifer conoció a Fénix #3

—Creo que esto se nos va a dar muy mal, Lucifer, no soy uno de tus seguidores.

—Pues si no te gusta el plan, ya sabes dónde está la puerta —suelto, sintiendo un regocijo casi infantil al ver que bufa—. E intenta sonreír un poquito, encanto, que ya sabes que lo estoy grabando todo.

—¿Y mis derechos de imagen?

—En realidad, deberías pagarme tú a mí por salir en mi canal. Estoy muy cotizado.

Patri da una palmada por encima de la música y nos manda callar a todos. El silencio cae, pero el aire entre el fénix y yo ya está a punto de arder.

—Posición básica —dictamina, liderando a David, que está haciendo un esfuerzo heroico por mantenerse erguido bajo los efectos de los cócteles—. Mano derecha en la espalda. Mano izquierda aquí. Marcamos uno, dos, tres… y en el cuatro, golpe de cadera. ¿Lo tenéis?

Repiten varias veces el paso para que todos les imiten. Conozco bien la rutina porque he venido a varias de estas clases. Es increíble verlos en acción, perfectamente sincronizados mientras el resto de los mortales intenta no fracturarse un tobillo.

Pongo la mano en la espalda de Ashley y cojo la suya con la que me queda libre. Le marco el paso.

Un, dos, tres, cadera.

Un, dos, tres, cadera.

Un dos, tres…

En el tercer compás, su cadera roza la mía apenas un milímetro más de lo necesario, lo suficiente para estremecerme. Es un breve chispazo que me recorre la columna y me deja descolocado.

«Fabio, céntrate». Me reprende mi angelito con cara de David. Eso le corta el punto a cualquiera.

Estamos desacompasados, descoordinados, y esos ojos tan vivos me están dejando fuera de juego. ¿No podría mirar al suelo, como hacen todos los novatos con un mínimo de decencia, en lugar de analizarme así? ¿Qué diablos piensa cuando me mira?

Intento concentrarme en la música, pero con él tan cerca, el ritmo de Tutto Durán me suena a ruido blanco.

—¿Has escuchado música alguna vez en tu vida, Fénix?

—¿A qué viene eso ahora, Lucifer?

—A que me resulta fascinante que seas físicamente incapaz de seguir un pulso tan básico. Uno, dos, tres, cadera. Uno, dos, tres… —le marco con autoridad.

—Pero ¿qué dices? Estoy siguiendo el compás de maravilla.

—¡Ni de coña! Estás dando por lo menos seis o siete pasos extra. ¿Tú cuántos pies tienes? Pareces un pulpo en una discoteca.

He herido su orgullo. Lo huelo. Ashley tensa los hombros y empieza a marcar el ritmo de forma exagerada, rígido como un soldadito de plomo.

Cuando llega el golpe de cadera, se restriega contra mí de un modo que solo puede calificarse de insultante.

O de provocación máxima. Este no sabe con quién está jugando…

Llevamos poco más de un minuto y medio de canción, según mis cálculos, y ya saltan chispas. Y no de las que terminan con un beso bajo la lluvia, sino con alguien llamando a seguridad.

—¿Ese era el golpe de cadera o estás intentando hacerme una revisión de próstata en mitad del salón? —susurro, apretando los dientes.

—Creía que a los expertos en marketing os gustaba el impacto directo —me devuelve con una sonrisa—. O igual no sabes liderar tan bien como tú te crees.

—Lidero de maravilla cuando mi pareja de baile no se mueve con la fluidez de un palo de escoba. —Estrecho el agarre—. Y me has pisado como seis veces, ¿podrías hacer el favor de concentrarte en los pasos?

El muy idiota me sonríe sin abrir los labios, clavando en mí esos ojos azules que me inquietan. Mi sistema nervioso está disparando dopamina como si no hubiera un mañana, y no sé si es por las ganas de matarlo o por lo bien que encaja su mano en la mía a pesar del desastre rítmico.

La canción cambia. Ahora suena Propuesta indecente de Romeo Santos, una melodía que invita a una intimidad que mi instinto de supervivencia desaconseja.

Patri corrige a una pareja que parece invocar a un demonio, mientras David cuenta el ritmo en alto con la voz algo pastosa. El salón es un festival de risas, tropiezos y sudor. Voy a tener que hacer magia para sacar de aquí contenido decente.

La profe nos enseña un par de figuras básicas que, en la teoría, son pura geometría erótica. En la práctica…, en serio, espero que no sea verdad eso de que se folla según se baila, porque si es así, este chico va a morir de inanición.

¿No dijo Patri que habría rotación de parejas? Cualquiera diría que la muy cabrona está disfrutando con mi tortura logística.

Un, dos, tres, cadera… Nuestros muslos se rozan de un modo que mi huelga de hombres no aprueba.

Un, dos, tres, cadera… Sus botas de caballero medieval chocan con mis zapatos de diseño.

Un, dos, tres, cadera… Se ríe. El maldito Ashley se está descojonando en mi cara. ¿Lo hace adrede?

Un, dos, tres, cadera. Decido que yo también sé jugar a esto. Invado su territorio con la rodilla, colándola entre sus muslos al marcar uno de esos movimientos sensuales que, seamos realistas, solo le quedan bien a Patri. Ashley parece una serpiente con artritis.

Y hablando del Caballero de Fénix, su voz rompe el compás y me lanza una frasecita que me descoloca:

—Qué lástima que estés aquí perdiendo el tiempo conmigo con la cantidad de tías buenas que hay en esta fiesta, ¿no?

Arqueo una ceja. Este chico es tonto.

—¿Es que no soy lo suficientemente gay para ti o qué?

—Reconozco que tenía mis dudas.

Sonríe tímido, y yo prefiero no analizar por qué me estremece ese interés repentino en mi orientación sexual.

—Pensaba que habías visto mi canal…

—Lo evito en la medida de lo posible. No te ofendas, Lucifer.

—Tranquilo, no tienes el poder de ofenderme —suelto, aunque su rechazo me escama más de lo que quiero admitir. Me obligo a contraatacar—: ¿Y qué es lo que te va a ti? Porque está claro que bailar no es lo tuyo. No te ofendas, Fénix.

—Tranquilo, no tienes el poder de ofenderme.

No puedo evitar sonreír. El tipo tiene reflejos, se lo concedo. Nos movemos mejor ahora; quizá porque hemos dejado de pensar en los pies y hemos empezado a pensar en el otro.

—Lucifer —baja el tono hasta que es casi un susurro—, creo que hay cierta… tensión entre nosotros.

—¡Menos mal que lo has dicho, chico! No me había dado ni cuenta. Igual que tampoco había notado que llevas toda la noche comportándote como un capullo.

Pienso que va a soltarme la mano y mandarme al infierno, pero Ashley decide quedarse. Le marco un giro que me deja justo detrás de su espalda. Movemos las caderas juntos, esta vez algo más acompasados.

¡Joder! Tenerle así, callado y dócil por un segundo, se siente peligrosamente bien. Huele a paraíso, aunque todo en su postura me sugiera un incendio inminente con cenizas predecibles.