La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 22 La noche que Lucifer conoció a Fénix #2
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22 La noche que Lucifer conoció a Fénix #2

«No puede caerme bien por principios básicos: es el otro amigo gay de David y aquí solo hay sitio para uno».

«¿Desde cuándo me ha importado a mí eso? Si David lo ha elegido, seguro que es un buen tipo. David solo se rodea de los mejores, como Sōta. ¡Mierda! Echo de menos al japonés».

«¿Dónde lo he visto yo antes? No olvidaría esos ojazos azules ni en mil años».

—Así que tú eres el famoso Ash —suelto al fin, viendo que me he quedado atrás con los saludos y se supone que yo soy el motor social del grupo.

—¿Famoso? —replica, arqueando una ceja con una chulería que me crispa—. Creo que en esta sala el único que factura por ser alguien es usted, señor Vitale. ¿Debo fingir que soy un fan entregado o podemos saltarnos el protocolo?

«What the F***!».

¿De qué cojones va este tío? Vale que tal vez no le haya extendido la alfombra roja de mi cortesía, pero he sido… aceptable. Le dedico una sonrisa cargada de veneno.

—Con que quites esa cara de que te estoy provocando un sarpullido alérgico, me vale. Encantado de conocerte, por cierto.

Patri rueda los ojos y esconde una risita. Le mando un mensaje telepático al instante: «Ni. De. Puta. Coña». No acabo de salir de una relación tóxica para aguantar impertinencias de un idiota con armadura.

«David, cariño, revisa tus filtros. Entre Tiago y Ashley, empiezo a temer por tu salud mental», pienso. Qué pena que él no tenga el superpoder de Patri de leerme la mente. No, mejor así… Hay cosas que prefiero guardarme solo para mí por el bien de nuestra amistad.

Observo al nuevo sin disimulo, recorriéndolo con toda la indecencia que me permiten mis lentillas rojas. Me trae sin cuidado lo que piense.

—¿De qué vas vestido? —pregunto.

—De Ikki.

—¿Ikki? —pregunta Chloe.

No aparto los ojos de él. Él tampoco lo hace de los míos. Hay una hostilidad palpable entre nosotros; la suya no sé de dónde viene; la mía, de que me parece un capullo integral al nivel de Tiago.

—Es un Caballero del Zodiaco —respondo yo antes de que él abra la boca—. Caballero de Fénix, ¿no?

Una leve curva aparece en la comisura de sus labios. No es una sonrisa al uso, es como si se estuviera conteniendo para no hacerlo. ¡Genial! Primero me niega la cortesía más básica y ahora el placer de ver su sonrisa. Tengo un radar para los imbéciles.

—¿Conoces Los Caballeros del Zodiaco? —pregunta el rubiales.

—Estaba obsesionado de pequeño. Y hace poco estuve en Japón con Patri. Hay una tienda otaku en Akihabara que es… bueno, ya sabes. Un templo para los que crecimos con esto.

—Sí, algo me mencionó David sobre vuestro viaje…

Decido jugar con fuego, a sabiendas de que voy a quemarme. Es lo menos que podría pasar cuando Lucifer y el Ave Fénix se encuentran cara a cara.

—¿Ah, sí? ¿Hablas con David sobre mí en tus ratos libres, Ash?

—Por lo que veo, es mutuo —suelta sin pestañear—. Si no, no habrías tardado tan poco en asociar mi nombre con mi cara.

Mis amigos sueltan un ruidito de satisfacción colectiva que me sienta como una patada en el estómago. Me niego a dejar que mi rostro cambie ni un ápice su expresión. Jaque mate… por ahora.

Además, odio que me pongan en mi sitio. Lo odio porque me pone demasiado para ignorarlo. Y este tío…

Este tío no me pone en absoluto.

Es imbécil. Con todas las letras acentuadas. Un idiota muy atractivo y con unos ojazos azules que te mueres, pero idiota al fin y al cabo.

Mejor hacer mutis por el foro antes de que esta conversación se convierta en algo que no había previsto.

—Bueno, chico, un placer. Voy a rellenar mi copa antes de que la noche se vuelva demasiado… fogosa para mi gusto.

Me alejo hacia la barra improvisada, donde Gina ya ha encontrado nuevas víctimas.

Está parloteando sobre máscaras de turquesa con Mike y Casper, que acaban de unirse a la fiesta vestidos de Grinch.

Muy apropiado. Cruzamos un par de palabras de cortesía; Casper y Sofía compartieron piso en Clapham y, entre mudanzas y dramas, acabamos forjando esa clase de amistad que solo se alimenta en las fiestas.

De pronto, la voz de Patri se impone sobre el lamento de Marc Anthony para dar comienzo al espectáculo:

—Buenas noches a todos, y ante todo, muchas gracias por estar aquí disfrazados —comienza, con ese encanto natural que tiene y encandila a todos al instante—.

Vamos a hacer una clase gratuita de bachata nivel uno en este salón, y bachata nivel dos con Romeo y Sergio en el estudio dos.

Los que no hayáis bailado nunca, os quedáis aquí conmigo.

La multitud se divide. Los seguros de sí mismos desaparecen hacia el estudio dos.

En esta sala quedan los que no saben mover los pies sin mirar al suelo.

Yo, por supuesto, me defiendo más o menos bien —ventajas de ser el mejor amigo de la jefa—, pero me quedo en la sala de novatos porque necesito grabar contenido. Ya me cambiaré después del descanso…

Veo a Colin y Chloe deslizándose hacia la salida con sutileza.

Chloe me lanza un «lo siento» mudo antes de desaparecer, temerosa de que Patri improvise una sesión de bachata premamá.

Fantástico, me he quedado sin aliados en este océano de superhéroes y villanos.

No importa, no he venido a divertirme. Esta noche solo soy un publicista infiltrado.

—La bachata nació en los barrios humildes de la República Dominicana y hoy es bandera cultural —continúa mi amiga—.

Esta noche vamos a aprender los pasos básicos.

Aquí se baila pegadito, pero con respeto.

Hemos venido a gozar y a pasarlo bien. Así que, si estáis todos de acuerdo, vamos a formar parejas.

Buscad a quien tengáis más cerca, no seáis vergonzosos.

Todo el mundo empieza a emparejarse con timidez. Observo el panorama y, como suele ocurrirme siempre, soy demasiado lento. No quedan mujeres disponibles y Patri se da cuenta al instante.

—Vaya, normalmente siempre sobran chicas, pero parece que hoy los hombres han venido con hambre de baile. No os preocupéis, los dos que habéis quedado desparejados, poneos ahí en medio. Nadie se queda sin clase, iremos intercambiando las parejas.

—No te preocupes, Patty. Nos apañamos.

Me giro hacia la voz detrás de mí. Por supuesto, el otro que no ha encontrado pareja tenía que ser el rubiales. El Caballero de Fénix. Al parecer, somos los únicos dos ejemplares que han fallado en el juego de las sillas musicales de la heterosexualidad por pura falta de reflejos.

Pero lo que me dispara las alarmas no es el baile, es ese Patty con el que se ha dirigido a mi amiga. ¿Desde cuándo tienen tanta confianza?

El Fénix malinterpreta mi inspección ocular —que pretendía ser gélida y analítica— y se acerca en pie de guerra. O no, igual solo quiere…

¿Por qué cojones me tiende la mano?

Quiere que… ¿bailemos juntos? ¿Él y yo? ¿Bachata? ¿Ese baile que lleva la palabra sensual en el propio nombre?

«Vale, tranquilízate», pienso. «Es solo un gesto diplomático, casi una propuesta de armisticio entre potencias enemigas».

Frunzo el ceño. «Es que no me fío ni un pelo de él…

No ha dudado ni un segundo en vacilarme delante de mis amigos ¿y ahora pretende que bailemos un género diseñado para el roce íntimo?

Perdona que me muestre escéptico, encanto».

Nota mental: acabo de detectar un vacío de mercado. Necesito investigar si existen bailes pensados para bailar solo entre hombres. Y si no existen, mejor: los inventaré yo. El primer baile gay de la historia con patente Vitale. Me veo haciéndome de oro.

Ante la evidencia de que todos nos están mirando y yo sigo parado como un pasmarote, acepto su mano. Patri, encantada con la resolución logística, continúa con la clase:

—¡Genial! Solo recordad que uno empieza con la derecha y el otro con la izquierda, dependiendo del papel que adoptéis.

Esa palabrita de nuevo… Roles, papeles, etiquetas. Me pregunto cuál es el rol de Ashley más allá de estas cuatro paredes, pero el pensamiento muere conmigo tan pronto escucho los primeros acordes de una melodía de Daniel Santacruz, ¿Adónde va el amor?

Nos colocamos frente a frente. Tan pronto intentamos adoptar los dos el rol masculino, el error de cálculo es inmediato: nuestros rostros quedan a escasos milímetros, un roce de narices que me eriza el vello.

Carraspeo y desvío la mirada hacia un punto indeterminado de la pared, fingiendo que su innecesaria proximidad no ha movido ni un átomo de mi compostura. Ashley inclina la cabeza, divertido.

—Será mejor que nos pongamos de acuerdo, Lucifer. ¿Rol femenino o masculino?

—¡Yo qué sé! Nunca he bailado con otro tío.

—Uh… —Una sombra de sonrisa asoma en su comisura—. ¿Voy a tener el honor de ser el primero en algo, chico Carpe diem? Qué lástima que no tengas la cámara para inmortalizar el hito en tu canal.

De verdad, ¿este tío desayuna cinismo o es un don natural? Me acerco un paso más, lo suficiente para susurrarle al oído.

—¿Ves ese trípode junto a la figura de cartón de Thor y Catwoman? —señalo con la barbilla. Él gira la cabeza y su aliento me roza el cuello. Cosquillea. «¡Maldita sea!»—. Es mi GoPro. Lo estoy grabando todo para el canal.

—Ya me extrañaba a mí que no hubiera un objetivo de por medio.

—Mi canal tiene audiencia —replico con frialdad.

—Lo sé, no hace falta que alardees de ello.

—Entonces, también sabrás que la audiencia es buena para el negocio de Patty —aclaro, recalcando el nombre con una punta de veneno.

Sus ojos me buscan. Y ahí es donde el universo decide aplicar el slow motion. De nuevo estamos tan cerca que sus labios quedan a escasos centímetros de los míos. Son finos pero muy bien definidos, sensuales, con una mandíbula cuadrada muy varonil. Y esa mirada azul que te invita a hundirte en ella…

Okey, es un maldito borde, pero reconozco que tiene algo. Un gran algo.

Empieza a sonar Labios Rojos de Tutto Durán, y Patri inicia la clase. Me veo obligado a reaccionar, adoptando el rol dominante por pura inercia.

—¿Has bailado bachata antes? —pregunto. Él niega—. Bien. Serás la chica. Yo lidero y tú me sigues.