22 La noche que Lucifer conoció a Fénix
La noche que Lucifer conoció a Fénix
Diciembre, Londres, Inglaterra
Fabio
—En serio, mi rey, voy a hacer una colecta para erradicar el luto de tu fondo de armario —suelta Patri con amargura cuando aparezco por la fiesta como si acabara de salir de una portada de Vogue (edición Apocalipsis, eso sí)—.
¿Tanto te costaba ponerte algo de color por una noche?
Al menos para que los sensores de movimiento detecten que estás vivo.
—Voy de Lucifer. ¿De qué color quieres que vista? ¿De rosa chicle?
—No sé… ¿rojo, por ejemplo? Por eso de las llamas y el azufre, ya sabes.
La miro como si me hubiera sugerido ir de Pikachu.
—Soy Lucifer Morningstar, no Don Diablo versión Miguel Bosé. Ya llevo puestas unas lentillas rojas, ¿no te parece suficiente compromiso cromático?
—Yo solo digo que… ¡Dios! ¿Tú sabes el mal rollo que me da verte con esos ojos? Soy una mujer de fe, Fabs.
Le tapo la boca con cariño antes de que empiece a recitar el rosario y le planto un beso en la frente, con cuidado de no mancharme con su maquillaje verde.
—Hoy me he saltado la clase de body combat y una potencial cita con un ingeniero sueco para venir a ayudaros con este evento. Así que no me aburras con mi elección de vestuario. Dime, ¿por dónde empiezo?
Patri suspira, asumiendo que no tiene nada que hacer conmigo.
—Las bandejas del catering están ahí. Colócalas en las mesas y distribuye vasos y servilletas.
Me giro hacia la mesa auxiliar y me encuentro con el paraíso del plástico ilustrado: Hulk, Los Increíbles, Los Vengadores y algo que sospecho que es Thor, pero que parece más bien un granjero con un martillo de los chinos.
—Perdona —digo, levantando una servilleta verde radioactivo—, yo creía que veníamos a una fiesta para adultos, pero está claro que me he colado en el cumpleaños de un niño de ocho años. Me voy. Adiós.
Hago el amago dramático de retirarme, pero David aparece por detrás y me agarra de la cintura antes de que pueda dar tres pasos hacia la libertad.
—Tú no vas a ninguna parte, diablito. Además, era esto o decoración navideña. Y te juro que como vea un solo espumillón más en este local, me ahorco con él.
Les ayudo a colocar el festín de carbohidratos mientras Patri y David ensayan una coreografía de bachata sensual. Los otros profesores, Romeo y Sergio, están ensayando una rueda de salsa en un rincón.
Van vestidos como guerreros de la cultura precolombina: penachos de plumas turquesa y doradas, brazaletes metálicos y pantalones cortos y tan ajustados que no dejan lugar a la imaginación. Si Moctezuma hubiera tenido abdominales de acero y ritmo caribeño, luciría exactamente como ellos.
No tardan en aparecer las primeras caras conocidas para terminar de alegrarme —o hundirme— la noche. No voy a mentir: hoy no tengo ganas de estar aquí, ni los tortolitos tampoco. Lo hacemos todo por Patri. Para eso está la familia, ¿no?
Colin y Chloe entran ya arrastrando cansancio y ojeras. Él ha rescatado su viejo traje de Clark Kent, mientras que ella ha tenido que valerse de un saco gigante del Primark que hace las veces de pijama. La miro de arriba abajo, buscando el concepto.
—Vas de… ¿monstruo de las galletas con resaca?
—¡Voy de lo único que me entra con este bombo, capullo! No me tientes, que debajo del disfraz llevo mucha mala leche.
—Las hormonas, ya sabes… —se justifica Colin.
Poco después aparecen Gina y Brittany, de Ladies’Secret. Ambas han optado por la versión sexy de algo que en teoría era un personaje heroico, pero que en la práctica no es más que lencería de Ann Summers.
—Ay, Flavio, ¡qué alegría verte! —suelta Gina, cambiándome el nombre pese a que llevamos al menos quince reuniones de trabajo juntos.
—Fabio —corrijo con una sonrisa congelada.
—Eso, eso. Fabio. Justo ahora estaba hablando con Britney —«Brittany», la corrijo en mi cabeza— de mi nueva obsesión, el beige empoderado. Porque el nude ya no es nude, ahora es posnude, ¿me entiendes? Y se me ha ocurrido que podríamos hacer experimentos en los anuncios con…
Y sigue…
Y sigue…
Y sigue…
En algún punto de su monólogo, Gina deja de hablar de lencería y empieza a divagar sobre la energía femenina ancestral del encaje como herramienta de subversión social. Lástima que tenga novio, haría una pareja bárbara con Tiago.
La escucho mientras calculo mentalmente cuántos segundos tardaría en asfixiarla con una de esas servilletas de Hulk y busco con la mirada una salida de emergencia.
La encuentro en David, que observa la escena con una mezcla de piedad y regocijo.
—¿Podrías enseñarme los pasos de esa coreografía que estabais ensayando? —improviso, interrumpiendo así la verborrea de Gina sobre el patriarcado y la seda.
David me mira sin entender y yo paso a la acción, enganchando su brazo para llevarlo a la mesa de bebidas, donde están los tortolitos.
—Sálvame, esta mujer está loca.
—¿Y por qué la has invitado? —pregunta Colin.
—Porque mueve gente. Y lo que es bueno para el tráfico de la fiesta es bueno para Patri. Negocios, Colin, negocios.
Chloe interviene, envuelta en su disfraz azul y peludo, con una expresión que oscila entre el agotamiento crónico y las ganas de morder a alguien.
—A mí me cae bien. Es un poco intensa, pero es divertida.
—Intensa y concentrada. Siento que me ha robado tres años de vida en cinco minutos.
David suelta una risa y me da un golpe afectuoso en el hombro.
—Relájate, Lucifer, no sea que empieces un ritual satánico con esas lentillas. En serio, me resulta difícil hablar contigo sin que me provoques un escalofrío.
—No sé quién ha hecho estos cócteles, pero están espectaculares —suelta Colin, meneando su vaso infantil como si catase un Gran Reserva.
Chloe se gira hacia él con furia contenida.
—¿Podrías al menos solidarizarte con las que no podemos beber y no decirlo en voz alta? —ruge.
—Y aquí es cuando cobra sentido la ginebra esa rara que Fabio intentó vendernos —suelta David.
—No veo el momento de expulsar a los monstruos. Necesito una maldita copa para relajarme —grita Chloe, a punto de explotar, no sabemos muy bien por qué esta vez.
—Eh…, cariño —interrumpe Colin, jugándose la vida—, sabes que tampoco puedes beber durante la lactancia, ¿verdad?
—¿Ves? ¡Estoy harta de ser madre y ni siquiera han nacido! Bendita la hora en que me dejé convencer de que crear vida era hermoso.
David se ríe demasiado fuerte. Tanto, que casi derriba el recorte a tamaño real de Sofía y Lucas disfrazados de Thor y Catwoman que hemos puesto en el photocall. Los echamos de menos y es una manera de tenerlos un poco más cerca.
En cuanto a David…, el brillo de sus ojos me confirma que le han bastado dos cócteles para coger el puntillo. Me pilla in fraganti en medio de la inspección ocular y me veo obligado a abrir mucho los ojos para que mis lentillas le provoquen un estremecimiento.
—¿Qué lleva esto? —David observa el líquido azul.
—¿Y a mí me lo preguntas? ¡Lo ha preparado tu novia!
Está espectacular, pero lo cierto es que el cóctel estrella de mi amiga podría desinfectar un quirófano.
Le relleno el vaso sin pedir permiso y me sirvo otro para mí. Dulce, cítrico y traicionero.
Estoy dando el segundo sorbo cuando Patri aparece como un tsunami y le quita el vaso a su novio.
—¿Quieres dejar de envenenar a mi prometido, Fabs?
Me río, sintiendo ya el calor del licor bajando por mi garganta. Le ha echado ron, eso seguro.
—Dos cócteles, Patri. Dos malditos cócteles. No seas tan dramática.
—¡Y mira cómo está ya! —responde ella, señalando a David, que intenta hacer un giro sensual y casi se lleva por delante una mesa de aperitivos—. Necesito que me ayude con las clases de baile, así que deja de emborracharlo.
—Yo bailo contigo, mi reina. Solo dime qué necesitas.
—Tú no te sabes los pasos, Lucifer. Y la idea es que encuentres a alguien con quien divertirte y que me dejes a mí en paz, que con esos ojos me das un miedo que me muero.
Pongo mi mejor cara de niño bueno, de ángel que nunca ha roto un plato en el cielo. No funciona. Así que pruebo la estrategia contraria: abro exageradamente los ojos, dejando que las lentillas rojas hagan su trabajo infernal y me acerco a un centímetro escaso de su rostro.
Patri grita —pero un grito de los de verdad— y se esconde en el pecho de David como si acabara de ver una aparición satánica. Yo me descojono. Colin también suelta una carcajada seca y Chloe casi se cae de la silla de tanto reír, sujetándose el bombo con ambas manos.
En ese instante, la voz de Colin corta el momento, dirigiéndose a alguien que está detrás de mí:
—¿Es que nadie va a presentarnos al nuevo?
Yo no me había fijado en que había alguien más con nosotros, pero no necesito que nadie me diga quién es.
Me basta con haber visto su foto en la web para reconocer esos ojos azules imposibles de olvidar.
Lástima que esté oficialmente en huelga de hombres.
Son todos escoria. Toditos. Con y sin ojazos azules.
No tengo ni puñetera idea de qué va vestido, pero está claro que ha puesto más entusiasmo que cualquiera de nosotros. Excepto Patri, claro, que se ha tirado cuatro horas solo con el pincel de maquillaje.
El rubiales lleva unos leggings azules con grebas rojas, una armadura tallada, un casco… Sonrío para mis adentros, reconociendo de pronto al personaje. ¡Qué apropiado! Diría que no soy el único al que le gusta jugar con fuego en esta fiesta.
Ante la evidencia de que todos esperan una respuesta y David está demasiado afectado para ejercer de anfitrión competente, Colin da un paso al frente.
—Eres Ashley, ¿no? Soy Colin. Encantado.
—Igualmente. David me ha hablado mucho de vosotros —responde con timidez.
Su voz es más grave de lo que esperaba, una de esas voces que vibran en el pecho.
David reacciona al fin, saliendo de su letargo etílico.
—Perdonad, qué falta de modales. Él es Ashley. —Le señala con un dedo. Como si fuera necesario—. Ash, ellos son Colin, Chloe y Fabs.
Le hago un escaneo completo mientras miles de ideas se agolpan en mi cabeza.
«Qué lástima que sea tan joven».
«¡Es guapísimo!».