La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 21 El villano de los ojos rojos #2
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21 El villano de los ojos rojos #2

—Como vosotros siempre decís que todo lo que sale por mi boca es una red flag constante, he decidido venir de Guardián de las Red Flags. Si Marvel y DC pueden inventarse héroes cada año para vender muñecos, yo también tengo derecho, ¿no?

«Claro que sí, campeón. El narcisismo como superpoder».

Patty aparece a mi lado, radiante.

—No le hagas ni caso. Lo que lleva son unas mallas de baile que robó de mi estudio, las bragas rojas que un ligue se dejó olvidadas en el sofá y la capa de Thor de nuestro amigo Lucas.

Tiago suelta una grosería en español que no comprendo, aunque por la cara de Patty, deduzco que no es una bendición.

La saludo con un abrazo. La habré visto tres veces y ya me resulta imposible no quererla. Hoy va vestida de Poison Ivy: mallas verdes ajustadas, body con hojas estratégicamente colocadas, peluca roja y maquillaje verde en los pómulos. Está preciosa.

—Ven —pide, tirando de mi brazo—. Te presentaré al grupo.

Me arrastra hacia el centro del salón. David, que va vestido de Hércules, debate algo entre risas con un tipo moreno que lleva un traje negro y huele a pecado mortal.

No debería pensar esto de buenas a primeras de los amigos de mi jefe, pero ¡vaya culo le hace el pantalón al moreno!

En mi defensa diré que está de espaldas, así que no he podido evitar fijarme.

¿Por qué él no va disfrazado?

El tipo le llena a David un vaso de plástico de Los Vengadores con un líquido de un color sospechosamente radioactivo.

—¿Quieres dejar de envenenar a mi prometido, Fabs? —dice Patty.

Un momento, ¿Fabs?

No sé cómo no había caído en la cuenta de que Fabio Vitale también estaría aquí, siendo el mejor amigo.

El Hombre Cucaracha se da la vuelta, mostrando con orgullo unos ojos rojos que dan bastante miedo. Vaya, vaya, vaya… El diablo viste de Armani.

Aprieto los labios, entendiendo que no voy a librarme de cruzar con él al menos un par de palabras.

—Dos cócteles, Patri. Dos malditos cócteles —protesta él, siguiendo con la discusión.

—¡Y mira cómo está ya! Necesito que me ayude con las clases de baile, así que deja de emborracharlo.

—Yo bailo contigo, mi reina. Solo dime qué necesitas —responde él, zalamero.

—Tú no te sabes los pasos, Lucifer. Y la idea es que encuentres a alguien con quien divertirte y que me dejes a mí en paz, que con esos ojos me das un miedo que me muero.

Fabio hace un puchero infantil, exagerado. Todo en él es drama y exceso. Bajo las luces cálidas del salón y sin el artificio húmedo de La Playa, compruebo que tiene mejor aspecto que el otro día. Más… real. También se ha cortado el pelo, me gusta más así.

Y me jode profundamente admitirlo, pero empiezo a entender por qué resulta irresistible para el común de los mortales. No sé si es el perfume —caro, con un punto dulce que no llega a empalagar— o esa sonrisa que parece diseñada para fundir neuronas, pero tiene algo.

«No, Ashley. Es un egocéntrico que se alimenta de atención. No se la des. No caigas en su trampa».

¿De qué va vestido? Traje y camisa negros, lentillas rojas. Mmm… Patty le ha llamado Lucifer. ¿Lucifer versión Netflix, estilo Tom Ellis, con la sonrisa pecaminosa incluida?

Los demás me miran con curiosidad mientras Fabio, Patty y David siguen discutiendo sobre la nula tolerancia al alcohol de mi jefe. Confirmo que es un peso pluma: dos cervezas después de surfear y tuvo que tumbarse en la arena mientras Patri y yo seguíamos dándole al mojito.

La mujer embarazada, esta vez enfundada en un pijama gigante de Lilo o Stitch —nunca sé quién es el bicho y quién la niña—, rompe el momento:

—¿Es que nadie va a presentarnos al nuevo?

Si ella supiera que ya nos conocíamos de antes…

A su lado, un hombre vestido como un oficinista retro me sonríe con franqueza.

—Eres Ashley, ¿no? Soy Colin. Encantado de conocerte al fin.

—Igualmente. David me ha hablado mucho de vosotros.

David reacciona por fin, emergiendo de su nebulosa de Hércules con dos copas de más.

—Perdonad, qué falta de modales. Él es Ashley —nos presenta, señalándome con el dedo—. Ash, ellos son Colin, Chloe y Fabs.

El influencer me escanea de arriba abajo. No es una mirada de cortesía; es la clase de escrutinio que un experto en arte le dedicaría a una falsificación. ¿Me habrá reconocido como el camarero vacilón del bar?

No, no creo que sea eso… No me dedicó ni medio pensamiento.

—Así que tú eres el famoso Ash —suelta al fin.

No es amistoso, ni coqueto, ni borde. No es… nada, no sé. Neutro como el agua de grifo. Y me molesta. No entiendo por qué, pero lo hace.

—¿Famoso? —replico, arqueando una ceja—. Creo que en esta sala el único que factura por ser alguien es usted, señor Vitale. ¿Debo fingir que soy un fan entregado o podemos saltarnos el protocolo?

«¡La madre que me parió! ¿Se puede ser más gilipollas?».

Fabio esboza una sonrisa que es puro desafío.

—Con que quites esa cara de que te estoy provocando un sarpullido alérgico, me vale. Encantado de conocerte, por cierto.

Patri rueda los ojos y esconde una risita contra el pecho de David, disfrutando del espectáculo. Yo sigo rígido. Desde luego, estoy haciendo méritos para conquistar al que podría llegar a ser mi nuevo grupo de amigos.

Por suerte, a Fabio le importo demasiado poco para ofenderse.

—¿De qué vas vestido? —pregunta él, recorriéndome de arriba abajo con descaro.

—De Ikki.

—¿Ikki? —repite la que ahora sé que se llama Chloe.

—Es un Caballero del Zodiaco —responde Fabio antes de que yo pueda articular palabra. Me inquieta el modo en que me sostiene la mirada, como si intentara ver a través de mi piel—. Caballero de Fénix, ¿no?

Lo miro, descolocado. No esperaba que un influencer de vida disipada tuviera cultura de anime de los ochenta, aunque probablemente tiene mucho más sentido al hecho de que yo la tenga, dada la diferencia de edad.

—¿Conoces Los Caballeros del Zodiaco?

—Estaba obsesionado de pequeño —admite, restándole importancia con un gesto—. Y hace poco estuve en Japón con Patri. Hay una tienda otaku en Akihabara que es… bueno, ya sabes. Un templo para los que crecimos con esto.

—Sí, algo me mencionó David sobre vuestro viaje…

Fabio arquea una ceja, y en su mirada brilla esa chispa de autocomplacencia que tanto me irrita.

—¿Ah, sí? ¿Hablas con David sobre mí en tus ratos libres, Ash?

Ahí está. El ego asomando la patita por debajo del disfraz de Lucifer. Tres segundos de conversación real y ya espera que le levante un altar en mi psique. Lo lleva claro si cree que voy a engordarle el narcisismo.

—Por lo que veo, es mutuo —le devuelvo el golpe con una sonrisa gélida—. Si no, no habrías tardado tan poco en asociar mi nombre con mi cara.

Me sostiene el pulso visual un instante que se me hace eterno. Sonríe de forma maliciosa, una expresión que sus lentillas rojas elevan a la categoría de pecado capital.

—Bueno, chico, un placer. Voy a rellenar mi copa antes de que la noche se vuelva demasiado… fogosa para mi gusto.

Hay una estación de bebidas a menos de un metro. Su vaso está prácticamente lleno. Y aun así, se da la vuelta y se marcha, abriéndose paso entre la multitud con la elegancia de quien sabe que todos los ojos le siguen la espalda. Incluyendo los míos.

Me quedo ahí, clavado en el suelo, viendo cómo se aleja y sintiéndome demasiado estúpido.

¿Qué demonios me pasa? Ni siquiera le he dado la oportunidad de mantener una charla en condiciones y ya estoy elevando el escudo. Pero hay algo en él que…

¡Joder! De cerca es más guapo de lo que pensaba. Más… hombre. Y esa manera de mirarme…, visible incluso a través de sus tenebrosas lentillas.

Colin y Chloe intentan mantener conversación conmigo, amables, educados, pero pronto se excusan. La pobre necesita sentarse y Colin la acompaña.

Y yo me quedo ahí, con mi armadura roja, rodeado de extraños y preguntándome por qué el villano con lentillas rojas acaba de convertirse en el centro exacto de mi gravedad.