21 El villano de los ojos rojos
El villano de los ojos rojos
Diciembre, Londres, Inglaterra
Ashley
Llevo varias semanas trabajando en CanArch y, contra todo pronóstico, me he adaptado con una rapidez que da un poco de vértigo. Resulta que la rutina me sienta bien. El ritmo frenético de una empresa emergente encaja con mi necesidad de control.
Los jueves teletrabajo desde Coventry y ceno con Simon, y en la oficina nadie cuestiona mis idas y venidas. Cumplo, entrego y traduzco el torrente creativo de David y Tiago en algo que se parezca, aunque sea vagamente, a una estructura legal.
Con David he congeniado rápido. Es fácil estar cerca de él.
Tiene esa mezcla rara de talento y humanidad que no abunda en los rascacielos de acero.
Podemos pasarnos horas hablando de arquitectura, de su vida en Japón o de surf.
Y, casi sin darme cuenta, nos hemos convertido en un proyecto de amistad que promete bastante.
El fin de semana pasado fuimos juntos a la costa. Nos enfrentamos a la furia del mar mientras su prometida disfrutaba de un café con una revista.
Lo cierto es que me vino bien tener unos días para mí, planes con adultos, sin fiestas infantiles ni películas de dibujos.
Sospecho que David se ha volcado tanto conmigo porque él también es nuevo en la ciudad y sabe lo mucho que me hace falta tener un amigo en Londres.
Bueno, en Londres… o en cualquier sitio.
Tampoco es que tenga demasiados amigos en Coventry, más allá de Hannah y Karl.
Ni siquiera he vuelto a hablar con Myles después del incidente.
Mi relación con Tiago es… otro tema. No es que me caiga mal, es que me produce una mezcla de incredulidad y agotamiento mental. Es imbécil. Con carisma, sí. Pero imbécil. Todavía me cuesta procesar cómo pueden ser amigos sin que haya habido un homicidio de por medio.
Hoy llego tarde a la oficina. Nada grave, cinco minutos de cortesía.
Me disculpo al entrar, pero nadie parece registrar mi existencia.
Hay un barullo inusual, una música sospechosamente sensual saliendo del portátil de David.
Y risas. Muchas risas. Bueno, Tiago se ríe… A David parece hacerle menos gracia.
—¿Has perdido el metro, Ashley? —me suelta Tiago en cuanto me ve.
Me quedo cortado un segundo, hasta que él me da un empujón amistoso en el hombro. Tan inapropiado como siempre.
—Era broma, hombre. No pongas ese careto.
—¿Qué estáis viendo? —pregunto, dejando mis cosas en mi escritorio.
Tiago gira la pantalla hacia mí con una sonrisa burlona. Lo que veo es a uno de esos idiotas que viven convencidos de que el mundo necesita un reporte diario de su oxigenación. Está en gayumbos, de espaldas, a punto de hacer… vete tú a saber qué.
Y en ese momento todo cobra sentido: el idiota en cuestión es mi jefe. David. Medio en pelotas. Agarrado a una barra de pole dance. Bailando.
Parpadeo. Una vez. Dos.
Entonces reconozco a Patri, y la imagen va cogiendo contexto. Ese debe de ser su salón de baile. El plano cambia y aparece alguien más en escena. El Hombre Cucaracha. En serio, este tipo es una plaga.
—No sabía que… —empiezo, pero la frase se me queda congelada en la garganta—. Ostras.
—Creo que Ash acaba de descubrir que eres el hombre biónico —se mofa Tiago, señalando la pierna ortopédica de David en el vídeo.
—¡Qué bruto eres! —replica este, cerrando la tapa del portátil a medias—. Ash, por favor, termina ya la carrera. Te necesito aquí poniendo orden y cordura antes de que me toque despedir a Tiago de su propia empresa.
En realidad, yo ya sabía lo de David, no es algo que escondiera la primera vez que lo vi en La Playa, ni cuando hicimos surf.
—Lo que quería decir es que no sabía que bailaras pole dance, jefe. Es… impresionante. Realmente impresionante.
David se pasa la mano por el pelo, algo abochornado.
—No pienses que es mi talento oculto, ni nada de eso…
Esto lo hice por mi novia, para atraer clientela —explica—.
Tenemos un amigo influencer y pensó que podría hacernos un favor subiendo contenido para promocionar el local.
Ella nos retó, dijo que no seríamos capaces de aguantar ni diez segundos en la barra y bueno…
este es el resultado. Un desastre viralizado.
—Ese es Fabio Vitale, ¿no?
Pretendo sonar indiferente, pero sé que no cuela. David me clava una mirada cargada de curiosidad.
—¿Os conocéis?
—¿Y quién no lo conoce? Es el idiota que se manifestó vestido de cucaracha. Salió en todas las cadenas —respondo, encogiéndome de hombros.
No pienso confesar que he visto algunos de sus vídeos… Ni tampoco que he visto a David sobre una barca hinchable.
Tiago niega con la cabeza.
—Fabio no es tan idiota cuando lo conoces. A mí me cae bien.
«Lo cual no dice mucho a su favor».
Respiro hondo, notando que mi juicio ha salido disparado antes de que mi cerebro le diera el visto bueno. A veces, mi lengua es más rápida que mi prudencia.
—Fabs no es lo que parece —añade David—. Solo hay que saber rascar un poco para ver su verdadera esencia, como con Patri. Hay personas con las que no puedes quedarte solo en la superficie.
Me quedo pensando en eso un segundo más de lo que debería. Sé que es irracional, pero algo en él me genera un rechazo que no logro controlar.
—Y hablando de Patri… —añade David, rompiendo mi trance—, ¿qué planes tienes para este viernes?
—Pensaba escaparme a Coventry, como siempre. ¿Por qué lo preguntas?
—Hay una fiesta de Navidad en el salón. Vente. Conoce gente nueva. Te presentaré a mi círculo, son buena gente, te lo aseguro. No puedes pasarte la vida entera subiendo y bajando de trenes.
Tuerzo el gesto y dejo que la duda se instale en mi mente. Ir a esa fiesta también supone no ver a Simon hasta la semana que viene. Por otro lado, la Navidad está a la vuelta de la esquina y vamos a poder hacer infinidad de cosas juntos.
La verdad es que mi vida social es comparable a la de un ermitaño. Y quizá vaya siendo hora de salir de la cueva.
—Claro —digo, forzando una sonrisa—. Me encantará ir. Así aprovecho y saludo a Patty.
Tiago le da un empujón cómplice a David, casi haciéndole perder el equilibrio.
—Cuidado con este, que, como te descuides, te levanta a la novia.
—Soy gay, Tiago. Lo pusiste tú mismo en el formulario —le recuerdo con sequedad.
—¡Así me gusta, chaval! Que no te salgas del guion.
Tiago se marcha por el pasillo soltando una carcajada sonora. Por fin. Yo resoplo, y David pone una mueca que es una mezcla entre la disculpa y el bochorno. Estoy contando los minutos para el día en que este hombre pierda la paciencia y le lance una maqueta a la cabeza a su socio.
—No me mires con esa cara —ruega—. Yo también me replanteo mis decisiones vitales tres veces por hora. Te aseguro que mis amigos son… diferentes a él. Muy diferentes.
—No es asunto mío, jefe.
—No me llames así, prefiero que me veas como a un igual —pide—. ¿Vendrás a la fiesta, Ash?
—Cuenta con ello. Necesito salir del barco o seré yo quien acabe hundiéndose en el Támesis.
—Perfecto. Espero que te gusten los disfraces…, la temática es de superhéroes.
Clavo mis ojos en él. Él me devuelve la mirada con una chispa de diversión. No sé por qué, pero tengo la sensación de que esa fiesta va a ser el principio de algo muy grande… o el final catastrófico de mi tranquilidad.
Odio ser el primero en llegar a las fiestas donde no conozco a nadie.
Es una forma de tortura social silenciosa: te obliga a ejercer de anfitrión accidental, a sonreír hasta que te duela la mandíbula y a improvisar conversaciones con desconocidos que solo quieren saber quién eres y por qué no estabas en su radar hasta hoy.
Así que decido concederme un margen de cortesía de treinta minutos. El tiempo exacto para que Tiago y David ya estén allí salvándome de tener que interactuar con extraños.
El salón de Patri es, para mi sorpresa, un lugar bastante equilibrado. Una mezcla de cosas que suenan inmezclables y que, sin embargo, aquí funcionan. Armónico, cálido, vivo.
Y luego está el tema de los superhéroes… La decoración entera parece decisión de un niño de nueve años con acceso ilimitado a la cuenta de Amazon de sus padres. Ni en la fiesta de cumpleaños de Simon vi tanta cantidad de plástico y celulosa impreso.
Servilletas de Spiderman, platos de Wonder Woman, pajitas adornadas con escudos del Capitán América…
El local está a reventar de gente de lo más variopinta. Veo a un Hulk discutiendo con Sailor Moon. Un Capitán América compartiendo mesa con Naruto. Deadpool debatiendo de forma acalorada con Daredevil.
Hay un Batman que parece haber reutilizado el mismo disfraz desde los últimos veinte Halloweens y un Goku con un nivel de detalle demasiado convincente como para ser casual.
Ha sido complicado encontrar algo a la altura con tan poco margen de maniobra, pero, gracias a un envío urgente, he logrado hacerme con un disfraz de Ikki, de Los Caballeros del Zodiaco.
Armadura en plata y rojo que se ajusta a mi torso como una segunda piel sobre una túnica azul eléctrico. Guanteletes color bronce en los puños y leggings azules decorados con unas grebas rojas que me hacen parecer ligeramente más alto y bastante más épico de lo que soy en realidad.
Lo más imponente es el yelmo, una corona alada con una gema roja en la frente que vigila como un ojo de fuego. A mi espalda, tres largas colas de eslabones dorados se agitan con cada uno de mis movimientos, como si fueran las plumas de metal de un ave fénix.
Localizo a Tiago al instante. Está acompañado de una de las muchas rubias que se rumorea que rotan por su agenda. Si yo fuera mujer, creo que mi jefe sería el último hombre sobre la faz de la tierra con el que compartiría sábanas. Mucho menos hoy.
—¿De qué demonios vas vestido? —le pregunto, incapaz de contener la curiosidad ante su atuendo inclasificable.
—De Guardián de las red flags —responde él con orgullo.
Parpadeo, intentando procesar la información.
—¿De guardián de qué?