La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 20 Cobardes al amar #3
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20 Cobardes al amar #3

—Pues vete comprando una crema para las quemaduras, porque vas a verme, no con uno, sino con muchísimos hombres de ahora en adelante.

Voy a empezar a responder a todos esos mensajes directos que llevo meses ignorando.

Hay un bailarín de Magic Mike que lleva tiempo insistiendo y, ¿sabes qué?

¡A la mierda la repercusión mediática! ¡Que me vean!

Que hablen. Que el mundo sepa que el gran Fabio Vitale está de vuelta en el mercado.

Me voy a hartar de follar. —Las palabras caen entre nosotros como cristales rotos—.

Si hubiera sabido que éramos tres, te aseguro que jamás habría aceptado esta ensaladilla rusa.

Nos miramos. Hay algo flotando en el aire viciado de la oficina. Algo que no es solo rabia; es el residuo de lo que podría haber sido otra cosa. Su mandíbula se tensa y veo cómo se desmorona su fachada de control.

—Fabio…

—Se acabó —digo, y mi voz suena extrañamente tranquila.

—Por favor…

—No. Se acabó. Para siempre.

La parte que más odio de este trabajo no son los clientes inconformistas ni las reuniones que no llegan a ninguna parte.

Son las horas interminables sentado frente a una gráfica que ha caído, intentando entender la historia detrás de los números.

Porque si una campaña deja de funcionar no es por mala suerte; es porque algo dejó de conectar.

Me obligo a hilar hipótesis; reviso segmentaciones, keywords, cambios en creatividades…

Me rindo. Tengo demasiadas pestañas abiertas en la cabeza y el procesador echando humo. Guardo el portátil en la mochila y salgo sin despedirme. Necesito una copa y una buena conversación. O que hablen otros… Solo quiero una distracción que me obligue a apagar el cerebro.

Llamo a Patri. Clase hasta las doce.

—¿Estás bien, mi rey? —pregunta, oliéndose el desastre.

—Sí, todo bien. Ya hablamos.

Mentira piadosa número uno del día.

Llamo a Chloe. Está fundida en el sofá.

—Hablamos mañana, Fabs. Estos monstruos me están dejando sin energía y aún les faltan semanas para salir.

David ha salido con su nuevo mejor amigo, el tal Ashley. Se le nota la ilusión hasta por el tono de los emojis de WhatsApp.

David: ¿Por qué no te unes? Tomaremos un par de birras, algo tranquilo mientras arreglamos el mundo.

Paso. Hoy no puedo arreglar el mundo de nadie cuando el mío se está cayendo a trozos.

Colin está tan agotado que ni me molesto en proponerle nada. Acabaría hablándome de la llegada de los bebés y yo acabaría tirándome al Támesis.

No sé cómo acabo en el Puente de la Torre, con los auriculares puestos y Kevz cantando Cobardes al amar. La escribió después de una relación tóxica y describe exactamente cómo me siento. Mi algoritmo de Spotify no podría haber elegido mejor por mí:

«Me he dado cuenta de que abandoné mis ganas de amar.

No seré yo, por tercera vez, de nuevo el que entregué más.

Me vuelvo promiscuo, algo arisco.

“No quiero nada serio en realidad”.

Es lo que decimos si sufrimos,

por miedo a que nos dañen una vez más.

Valiente será, valiente será

el que encuentre amor donde no hay.

¿En dónde estará mi amor ideal?

Ya no quiero buscar…».

A mi alrededor veo turistas haciéndose selfies, parejas dándose besos que parecen sinceros y el viento soplando con mala leche.

Y yo me siento perdido. Solo. Rodeado de gente que no ve más allá del personaje que he construido a golpe de reels.

Tengo miles de desconocidos que me escriben cada día para decirme cuánto me odian o me admiran, y sin embargo, siento que nadie —aparte de mi grupo de amigos— consigue ver a través de mi piel.

Abro la mochila y saco la invitación a la gala de Mejor Influencer del Año, un aplauso público con letras doradas a mi máscara. Iba a pedirle a Patri que viniera conmigo, pero ahora mismo me trae sin cuidado si me dan ese estúpido trofeo o si lo usan para nivelar una mesa.

La sostengo unos segundos, dejando que el viento juegue con las esquinas. No tardo en hacerla pedazos y lanzarla al agua. Flota un instante antes de hundirse, como todas las cosas que, en algún momento, dejan de significar algo.

Estoy harto.

Harto de hombres que me convierten en un secreto de Estado.

Harto de entregar más de lo que recibo.

Harto de ser el muñeco antiestrés de nadie.

¿Tan difícil es encontrar a alguien normal? Que me respete, que quiera una relación pública conmigo y que comparta mis metas.

¡A la mierda con todos! No pienso apostar más por nadie. No quiero enamorarme. Solo quiero divertirme. Gozar. Y cuando algo se vuelva intenso, cuando empiece a oler a compromiso…, cortaré por lo sano.

Cojo el metro hasta Covent Garden y me pierdo en las arterias del Soho. Entro en un bar oscuro donde la música es demasiado alta para pensar. Me apoyo en la barra. Pido algo fuerte. Luego otro. Y otro más… La embriaguez llega rápido cuando el estómago está vacío y el orgullo herido.

No sé en qué momento todo se vuelve una neblina borrosa. Recuerdo un lavabo. Un espejo empañado por el vapor del sudor ajeno. Azulejos fríos que huelen a desinfectante. Un hombre cuyo nombre —si es que llega a pronunciarlo— no retengo.

Siento su boca en mi cuello, luego en mis labios, bajando con una urgencia que me marea. O quizá lo que me marea es tener más alcohol que sangre en las venas. Sostengo su cabeza mientras él se pierde en mis pantalones.

Yo no colaboro. Me limito a existir. No es pasión, es anestesia local. Necesito dejar de sentir. Desconectar el cable que me une a mi propia consciencia. Silenciar el eco de la voz de Ivan.

Puede que yo haya roto con él, pero es él quien me ha roto a mí, y esta es la única forma que conozco de recoger los pedazos.

Entramos en uno de los cubículos. El sonido del pestillo al cerrarse es el único punto de anclaje con la realidad. Siento el metal de la puerta en mi espalda cuando me quita la camisa. No sé si es rubio o moreno; su rostro es un enigma borroso que el alcohol se niega a resolver.

Es un encuentro rápido, desordenado, desprovisto de cualquier valor.

No busco conexión. Yo no estoy aquí. Solo intento escapar de mí mismo. Mientras me pone un condón, mi mente está en otra parte… o en ninguna. Cada roce es una manera de demostrarme que si lo convierto en algo físico, tal vez deje de doler en el pecho.

Sexo sucio. Rápido. Sin significado. Rabia intentando salir por los poros. Y, aun así, cuando la puerta vuelve a abrirse y el ruido ensordecedor del bar me golpea de nuevo, la grieta sigue ahí. Intacta. Profunda.

Son las cuatro de la mañana cuando un Uber me escupe en Clapham Junction. Londres está en ese punto muerto en el que la noche ya no da miedo pero el amanecer aún no ha empezado a limpiar las calles. Camino hacia la casa de David y Patri, tambaleándome.

Soy un egoísta. No debería presentarme aquí arrastrando mi borrachera cuando sé lo mucho que madrugan. No es su culpa que mi vida sea un caos ahora mismo. Pero necesito hablar con ellos. Necesito que alguien me dé un abrazo y me diga que voy a estar bien. Que yo no soy el problema.

Pulso el timbre. Me arrepiento al microsegundo, pero ya no hay marcha atrás.

Es David quien abre la puerta, con esos ojos que nunca sé si son dorados o verdes, entreabiertos por el sueño. Lleva una camiseta vieja y el pelo revuelto.

No alcanzo a decir nada. Cuando abro la boca, me tambaleo, y David se ve obligado a agarrarme por los hombros cuando mi cuerpo decide que mantenerse erguido es ser muy optimistas con la que llevo encima.

—Vale. Ya te tengo, Fabs. Vamos adentro.

La casa huele a hogar. A velas de jazmín, a rutina compartida. Huele a todo lo que yo no tengo ni tendré jamás.

Patri aparece enseguida, abrochándose una bata de seda sobre un picardías que está claro que no se puso para recibir a su mejor amigo borracho.

—¡Dios santo! ¿Estás bien, mi rey? Tienes un aspecto horrible.

Intento articular palabra, pero mi boca ha decidido independizarse. Lo que sale es una ensalada de sílabas sin dueño.

—Per… fectamente… —balbuceo.

David me deja en el sofá con delicadeza. Patri me mira con una mezcla de preocupación y esa furia protectora que tanto la caracteriza.

—¿Qué ha hecho Ivan esta vez? ¡Voy a matar a ese cabrón!

—Nada… Todo. Yo qué sé. Se acabó. Hasta la vista, baby —suelto sin pensar—. ¿Sabíais que en España cambiaron la mítica frase por… Sayonara o algo así? Claro que lo sabíais, sois hispanohablantes, los culpables de cambiar una frase tan épica. Deberían quemaros en la hoguera.

—¿De qué demonios hablas? —pregunta Patri.

—No sé. ¿Robocop? ¿Terminator 8? ¿Existe Terminator 8? —Me pierdo en mis propios delirios—. Sayonara, baby. En serio, malditos doblajes…

—Visto lo visto, ¿preparo té o palomitas? —ofrece David.

—Ginebra —murmuro yo.

—Té verde para todos, que es depurativo.

Patri se acerca y me toma la cara entre las manos. Su piel está caliente.

—Fabio, mírame.

La miro… o lo intento, al menos. Sus facciones son una mancha borrosa. Me la imagino guapísima, tan exótica, tan real. Me hundo en sus manos mientras el mundo deja de dar vueltas, aunque solo sea por un segundo.

Y en cuanto distingo su cara de consternación, en cuanto dejo de fingir que esto es solo una noche divertida, siento que algo se desmorona.

—Estoy bien, ¿vale? —suelto, aunque mi voz suena a cristal roto—. Solo he hecho algo estúpido para celebrar que soy libre. Por fin soy libre, ¿no es genial?

—¿Algo ilegal? —pregunta David desde la cocina, con el sonido de la tetera de fondo.

El pobre siempre lo arregla todo con té, pero aún no ha aprendido que una colombiana y un italiano no negocian si no hay café en la mesa.

El frío del azulejo del bar todavía parece pegado a mi espalda, un recordatorio físico de ese hombre sin rostro y de mi intento desesperado por sentirme algo, aunque fuera usado.

—No… Nada preocupante —murmuro, cerrando los ojos.

—En ese caso, podemos arreglarlo —sentencia David, apareciendo con tres tazas humeantes.